“AMENA LITERATURA. Esvero y Almedora. Poema en doce cantos por Don Juan María Maury, autor de L'Espagne Poétique. Artículo 1º”
- Autor del texto editado
- Bermúdez de Castro, Salvador] “Lúculo”
- Título de la obra
- El Iris Periódico artístico y literario, tomo II, n.º 13, 26-09-1841
- Autor de la obra
- Mellado, Francisco de Paula (dir.)
- Edición
- Madrid:
1841
- Paginación
- pp. 203-207
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Biblioteca Digital de la Memoria de Madrid. (texto completo)
Información técnica
Editor: Juan Montero
Encoding: Noelia Santiago López
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Córdoba, 26 mayo 2025
AMENA LITERATURA
Esvero y Almedora. Poema en doce cantos, por Don Juan María Maury, autor de L'Espagne Poétique
(Artículo 1º
Únicamente por cumplir la tarea que nos hemos propuesto de dar cuenta al público de todas las producciones contemporáneas que merezcan la atención, vamos a analizar breve y sencillamente una obra de que tan cumplidamente se ha ocupado uno de nuestros literatos más distinguidos. Si la importancia del poema no nos retrajese, bastaría a arredrarnos la altura de la crítica del señor don Juan Nicasio Gallego. Su informe presentado a la Real Academia Española es un análisis completo y razonado, al mismo tiempo que elogio lisonjero y merecido. Por nuestra parte, estamos poco acostumbrados a hallar libros tan extensos y concienzudos, que el pequeño compás de nuestra crítica apenas ha de alcanzar a medir sus proporciones.
Colecciones de poesías, ligeros cantos, improvisados dramas, cuentos y leyendas se suceden con bastante rapidez en nuestra literatura. Las hermanas del monte sagrado, vestidas con más o menos chillantes adornos, disputan valientemente los aplausos del pueblo a las furias y arpías políticas, a esas viejas regañonas e importunas que se devuelven hace cuarenta años los mismos insultos y las mismas lamentaciones. Si se compara nuestro estado literario con el estado literario de diez años a esta parte, comprenderase con facilidad que hemos adelantado indudablemente, aunque andemos a tientas todavía. Hubiéramos caminado al mismo paso por otros senderos, y algo más floreciente y rica sería esta pobre y abandonada nación . Mas ahora, en el movimiento literario de la época, aparece una obra trabajada con esmero y con conciencia, durante una porción de años limada y corregida, un poema en fin con doce cantos, en octavas reales, con los arreos y las galanas formas del Orlando, de la Araucana y de la Jerusalén. Seguramente ha de tener el autor de semejante libro una constancia a prueba; ciertamente ha de profesar hacia el arte el respeto y el amor de que mana el raudal de las grandes inspiraciones.
Poco conocido en España, tenía sin embargo Maury hechas sus pruebas. Residente en Francia, cuyo idioma maneja con prodigiosa facilidad, propúsose una obra difícil y poco halagadora. Viendo desatendidos a los poetas de su país cuya lengua, gracias al estado de la nación, es poco conocida en Europa, intentó abrirles las puertas del gran parnaso europeo y hacer que los escuchase el mundo. De repente Lope de Vega y Garcilaso, Alcázar y Herrera se presentan hablando en francés y no así como quiera, sino en versos claros, puros y tan fluidos como los de los primeros poetas de Francia. Todo el que tenga la más ligera idea de los caprichosos giros de nuestros antiguos autores se convencerá fácilmente de las inmensas dificultades que tuvo que superar el traductor. Pero hasta tal punto consiguió su objeto, que los periódicos del país vecino no pudieron menos de tributar colmados elogios a su temeraria osadía. Pero esta gloria con reflejos ajenos no le bastaba: quería alcanzar la corona de poeta, el hombre que tan bien comprendía a los poetas, y encadenándose con asiduidad al trabajo, dedicose a perfeccionar una obra de antemano comenzada.
La forma del poema es una forma clásica y pura; escrita en la más noble y difícil combinación métrica, la octava real, está dividida en cantos de semejantes proporciones que son separaciones y paradas naturales para proseguir la narración. Tres obras de la misma clase se han presentado a la imaginación del poeta: la Eneida, la Jerusalén y el Orlando. No encontramos con la primera género alguno de afinidad, pues, si bien hay un empeño que lleva a ambos héroes a acometer empresas, son empresas de índole tan distinta, están expresadas con tan diferente forma, que todo cuanto pudiera decirse es que en los poemas de todo género hay una acción única, un fin directo y principal. Ni se asemeja tampoco a la epopeya del Tasso: hay menos tono, menos severidad, aunque más riqueza de situaciones en la obra del señor Maury, y solo encontramos muchos puntos de contacto con el inmortal Orlando del Ariosto. Entre uno y otro se hallan a cada paso multitud de episodios que alejan la imaginación de la acción madre, que queda olvidada completamente por bellísimos trozos de animada y brillante poesía; en una y otra se encuentra un plan sencillo que acabaría muy pronto sin los obstáculos que el autor va amontonando con profusión; en una y otra abunda esa variedad de estilos que descansa y facilita la lectura. Esas reflexiones disparadas, esas largas descripciones, esos cuentecillos graciosos que une Maury al nudo del poema, son del género de Ariosto, sin que sean por eso imitaciones y mucho menos copias de tan gran modelo.
El argumento de Esvero y Almedora es el paso honroso del galán don Suero de Quiñones, del mantenedor de aquellas célebres justas del tiempo de Juan II, del bizarro caballero que llevaba al cuello una cadena en señal de su amorosa esclavitud. Su rescate estaba concertado con su dama: «trescientas lanzas rompidas» habían de darle libertad; el rey concede su permiso, y comienza el torneo; mas en medio de él hay una tregua de veinte y un días, y en este término el poema se desarrolla. Vano empeño sería representar un extracto de tantos episodios y aventuras: la estrechez de nuestro periódico nos lo impide. El autor ha escogido el paso honroso como tema más bien que como acción: distráese a lo mejor del tiempo y nos cuenta una porción de cosas que no vienen al caso, pero tan bien contadas, que sentimos cuando las abandona: mariposa inconstante, va tocando las flores en su camino, posándose apenas sobre su ligero tallo; los personajes, que aparecen cuando quieren y desaparecen cuando les acomoda, no obedecen a otra regla más que al capricho; los accidentes nacen y mueren, se suceden las anécdotas y los cuentos, vienen complicaciones y enredos, y el lector que al principio quiere resistirse a este movimiento desarreglado acaba por distraerse de tal manera en el florido laberinto, que ya solo piensa en dejarse arrastrar a nuevas regiones. A impulsos de la fantástica imaginación del poeta, parece que se complace en mortificar agradablemente su curiosidad; si empieza a conmover una narración, la corta de repente con un episodio magnífico o burlesco, pero poético siempre y bien desempeñado.
Esvero, como no ha podido menos de adivinar el lector, es don Suero de Quiñones, pero un don Suero ideal, un caballero galante y enamorado que anda corriendo deshechas aventuras hasta encontrar puerto al fin, después de verificada su hazaña. Arrebatado en su carácter, audaz en sus empresas, lleno de galas y de cortesía, es un Amadís de Gaula sin su puerilidad y exageración, pronto a todo, dispuesto a todo con tal de dar lustre al nombre de su dama y altura a su reputación de valiente paladín. Pero Almedora es el personaje más interesante del poema; guerrero unas veces, otras encantadora mujer, tal vez maga, tal vez deidad, toma todas las formas, se vale de todos los artificios para romper las relaciones del héroe con la hermosa Rosalinda. Su carácter es dulce y enérgico a la par; es una creación sublime y peregrina, un tipo de idealismo y amor, una encarnación de los más abstractos sentimientos de ternura. Como la Dido de Virgilio oscurece al protagonista, Esvero y Eneas son figuras pálidas y débiles al lado de Almedora y de la reina de Cartago. Situada en el alcázar de Albano, en la portentosa Helbrida, la heroína, envuelta en misteriosos velos, dirige todos los resortes que dan vida a la complicada trama: ella enreda la fábula con sus intrigas, y para sorprender la imaginación encierra en su alma secretos maravillosos que recogió de la sabiduría oriental. Así tiene por fuerza que dotarla el autor con más conocimientos de los que su época poseía; las invenciones modernas, el vapor, la electricidad, los globos aerostáticos supónense conocidos en Asia durante el siglo XV; y allí Almedora adquirió tan portentosos conocimientos.
El estilo del poema es infinitamente variado: mezclados están los géneros en las más caprichosas proporciones, y para nosotros jamás puede ser esta circunstancia un motivo de crítica. La libertad de variar de tono es conveniente y fecunda, usada con cierta sobriedad; en igualdad de circunstancias causa excelentes efectos. No aprobamos, sin embargo, esa unión de lo sublime y lo grotesco llevada a la exageración; los que exageran son los que no pueden brillar de otro modo, y el señor Maury no está en este caso. Si se establece como teoría, comprenderase fácilmente que, pintando un poeta con más o menos fidelidad la existencia humana, tenga que retratarla tal como es en sí: la risa al lado del llanto, la alegría al lado de la tristeza; y, si se critica el abuso, difícil será probar hasta dónde llega la facultad de usar libremente, dónde está la barrera, en qué señales se conoce. Una regla y no más admitimos: la del buen gusto, y el fallo está en el público, solo en él. Si el poema agrada a los lectores, si en vez de fastidiarlos los divierte, si en vez de cansarlos los interesa, si su imaginación se exalta con las descripciones, si siente su corazón las pasiones que ha presentado el autor, indudablemente el poema ha llenado todas las condiciones que necesita. En nuestro entender, si ha abusado alguna vez el señor Maury de las galas de su fantasía para extraviarse del camino que su misma mano le trazó, hay arte hasta en el desarreglo y método en el desorden; así pocas veces lamenta el lector sus frecuentes extravíos.
Si analizásemos detenidamente la forma, señalaríamos excelentes narraciones, concisas unas veces, abundantes otras, pero propias siempre y adecuadas al asunto; las descripciones pecan con frecuencia por sobra de lujo; conócese que el autor está nutrido con la lectura de nuestros antiguos poetas, que derramaban sobre todos los objetos materiales los tesoros de su inagotable fantasía. El lenguaje recio y ostentoso se presenta a veces con la pureza de la sencillez, ya humilde en la relación de cosas frívolas, ya profundo en la contemplación de los arcanos del corazón del hombre, ya elocuente al enumerar las maravillas de la creación, ya melancólico al contemplar el triste fin de la existencia. El metro, aunque difícil, está manejado con la habilidad de un hombre que comprende perfectamente su estructura; las voces se suceden armoniosamente, ostentando algunas una riqueza singular, aunque introduciendo cortes atrevidos. El autor ha conservado el molde clásico en las pausas y descansos que dan a esta versificación tan admirable energía. Nada ha perdido el idioma en manos del señor Maury: hay abundancia de colorido poético, de giros que nacen espontáneamente, de frases que recuerdan a Herrera y a Calderón.
Esta epopeya, en que se confunden dos géneros en bien combinada armonía, es ciertamente una novedad: por vez primera hemos visto trozos del más puro clasicismo unidos con los sentimentales arrebatos y con la valiente fraseología que ha adoptado, con varia fortuna, el romanticismo invasor; el autor muestra que no desconoce los buenos modelos, que no los desprecia, aunque no los acepta como única norma y regla exclusiva. Así, si se ha engañado algunas veces, si peca por defectos que hubiera querido evitar, no ha elevado tampoco una fábrica a la moda o al gusto pasajero de las preocupaciones. En otro artículo presentaremos al lector algunas muestras de su brillante versificación y de la riqueza de su estilo.
Lúculo