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Prensa y canon

“La musa campestre”

Autor del texto editado
Sin firma
Título de la obra
El Jorobado, n.º 82, 6-7-1836
Autor de la obra
Castañeira, Ramón de? (dir.)
Edición
Madrid: Imprenta de don F. Pascual, 1836
Paginación
pp. 2-3
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Hemeroteca Digital Hispánica. (texto completo)
Información técnica
Editor: Juan Montero
Encoding: Noelia Santiago López
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Córdoba, 23 mayo 2025

LA MUSA CAMPESTRE


La musa campestre vio la luz por primera vez en una humilde choza de Asturias o de Galicia. El numen poético le asoma con los dientes primeros. Apenas sabía hacer sus menesteres, cuando ya hacía solita versos. Su padre es barbero de aldea, y tiene tertulia literaria a la que concurren el alcalde, el cura y el sacristán. La musa campestre, con una lira de alcornoque que le ha hecho el carretero del lugar, canta las flores de su patria, los ríos de leche que serpentean en las llanuras, los mirtos y los naranjos que embalsaman el aire. En prosa, su patria se reduce a un lodazal donde se revuelcan los cerdos, a tres manzanos silvestres y un corral que huele a estiércol repodrido.

No tarda mucho la musa campestre en conocer la estrechez en que el cielo la tiene. Después de haber perseguido con sus versos a todas las celebridades de su provincia, vuelve la lira contra los poetas de la capital. Se compara a una flor que exhala el perfume en el desierto, a una perla oculta allá en lo más hondo de los mares. Habla de sus cabellos embalsamados que ondean a la brisa de la tarde, de su ingenio que se aniquila en la soledad; pregunta si debe consumir la vida en lavar las navajas de su padre y en frotar con jabón la barba de sus rústicos compatriotas. Desprecia la fortuna y le devora la sed de la inmortalidad, pero aceptaría algunas monedas, aunque fuesen de oro viejo, con que comprar cuerdas nuevas para la lira.

Como la gloria no dispensa de la urbanidad, los poetas de la capital contestan que tendrían la más cumplida satisfacción en arrancar una perla al profundo mar y prometen a la musa campestre su apoyo y su favor. Después de haber echado al correo estas frases antiguas, históricas y monumentales 1 , mis poetas se apresuran a olvidar a la musa campestre y duermen tranquilos, la cabeza sobre la almohada. Duerman buena hora, gazapos: al despertar os aguardamos.

Pues una mañana, cuando mis poetas aún duermen a pierna suelta, se oye gran vocerío en su aposento. Los criados juran y maldicen; crece el estrépito, los poetas se despiertan, llaman a la gente de la casa y se informan. Era la causa de todo un palurdo con su hija, que se empeña en profanar el santo asilo. Mandan los poetas que echen a la calle a estos importunos; pero en el mismo punto, el padre y la hija entran en el santuario que han tomado por asalto y se dan a conocer. Son la musa campestre, que reclama el apoyo y favor prometido, y el barbero, que bajo la fe de estas promesas acompaña a su hija, y ambos vienen a Madrid para adquirir gloria y lograr fortuna.

Contemplan los poetas, embobados, a la musa campestre; buscan aquella flor que exhalaba perfume en el desierto, aquella perla arrancada a las olas amargas. ¡Celestial bondad! La musa campestre resulta ser una tía gorda y rolliza que huele de media legua a cebolla y ajos: es el LIBERAL con faldas. Sus pies apenas caben en unos descomunales zapatos; sus manos, aplastadas y rojas, se parecen a dos sangrientos beefteks. ¿Y aquellos cabellos, Dios mío, aquellos cabellos embalsamados que ondulaban con la brisa de la tarde? ¿En qué se han convertido? Entre tanto que mis pobres poetas dan vueltas en el lecho, contentos como carpas en la arena y fumando un cigarro al sol, la musa campestre, que no se para en pequeñeces, saca de la faltriquera un lío de papeles, empuja la lira de alcornoque que siempre lleva suspendida al lado izquierdo y canta las alabanzas de sus protectores. En el mismo instante, el padre de la musa saca las navajas del estuche y se empeña en afeitar a los poetas. Estos no quieren, pero el barbero, erre que erre. La musa canta, y se arma una batalla capaz de volver loco hasta a la mismísima sensatez en persona.

La musa campestre atrae sobre sí la curiosidad. Aquellas aplastadas manos rastrillos que tocan la lira, aquellos desmesurados pies y aquellos descomunales zapatos rara vez dejan de suscitar el más vivo interés en el mundo elegante. Se hace llevar a la musa campestre como si fuera un oso o cualquier otro animal digno de llamar la atención, pero al cabo de pocos días la curiosidad se fatiga; se queman perfumes en las estancias donde ha cantado la musa campestre, y nadie quiere oírla ni verla. Tiene al fin que huir de los hombres y buscar, contra su desprecio y sus ingratitudes, un asilo en las selvas y los desiertos.

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