“Folletín de El Contemporáneo. Revista dramática. 13 de octubre”
- Autor del texto editado
- Sin firma
- Título de la obra
- El Contemporáneo, año II, n.º 249, 13-10-1861
- Autor de la obra
- Albareda, José Luis (dir.)
- Edición
- Madrid:
1861
- Paginación
- pp. 1-2
Fuentes
Información técnica
Encoding: Noelia Santiago López
FOLLETÍN DE EL CONTEMPORÁNEO
REVISTA DRAMÁTICA
13 DE OCTUBRE
La carencia de producciones nuevas notables nos pone en grande apuro para escribir estas revistas, y no consiente a veces que aparezcan todas las semanas, según habíamos prometido. Hoy, por fortuna, tenemos algo de qué hablar. En Novedades, en el Príncipe y en Jovellanos ha habido estrenos. Pero procedamos con orden. Empecemos por la zarzuela, que sigue en privanza y alcanzando gran favor del público madrileño. No se puede negar que de la poesía y de la música, en la zarzuela combinadas, suele resultar una pobre combinación, salvo raras escepciones. El poeta se disculpa con la música, y escribe un libretto ligerito; el músico piensa que la poesía va a hermosearlo y dorarlo todo, y escribe una música no menos trivial y ligera, y, unidas una y otra ligereza, que a veces rayan en debilidades, producen una pesadez insufrible para ciertos sujetos descontentadizos; pero la mayoría del vulgo se encanta, a pesar de todo, con la zarzuela, y prefiere las obras de Camprodón a las del mismo Shakespeare. No hace muchos años que fue silbado en Madrid el Macbeth, traducido por Villalta; pero, en cambio, apenas hay vaudeville mal traducido o arreglado que no se aplauda y celebre.
Dos cosas, en otros tiempos enteramente diversas, se van haciendo ya una misma cosa; a saber, la popularidad y la vulgaridad. No solo el vulgo, sino los hombres de estado citan hoy sentencias de Camprodón como los graves senadores de Roma y los filósofos de Grecia citaban las sentencias de Menandro, de Terencio y de Publio [...], además que la condición menos que humana de los personajes de la zarzuela, todos ellos, por lo general, formados de una mezcla portentosa de simplicidad y de chuscada, se comunica más de lo justo a los personajes del mundo real. Los chistes, las conversaciones de las tertulias, las relaciones amorosas, la política y los discursos parlamentarios, adquieren cierto carácter zarzuelesco. Hasta un género de más sublime oratoria, si bien tenemos no indignos discípulos de los Leones y Granadas, ha tomado en este o en estotro Gerundio tan perversa calidad, y de uno sabemos que, no hace mucho, introdujo en cierta plática la cancioncita, bien fuese para censurarla, de ¡Ay mamá! ¡Qué noche aquella!.
No se piense por lo dicho que somos enemigos de la zarzuela, y que la juzgamos causadora de tantos males. Lo único que censuramos es la desenfrenada afición a la zarzuela que muestra el público de Madrid y el mal gusto literario que va prevaleciendo. Zarzuelas hay bonitas, y aun las habrá mejores si Dios quiere; pero el teatro clásico español no debiera olvidarse por estos juguetes modernos. Nuestra rica, elegante e inspirada poesía dramática, la primera del mundo, no debiera reducirse a un remedo de la ópera cómica francesa.
En buen hora que el público se deleite con este linaje de espectáculos; pero estime en más y favorezca más con su asistencia y sus aplausos los teatros verdaderamente españoles y castizos. Y en cuanto a los poetas, como Vega, García Gutiérrez, Serra y Ayala, que son poetas de buena ley y saben escribir dramas y comedias, escríbanlos y no incurran tan a menudo en el pecado de zarzuelear. ¿No es una lástima, por ejemplo, que el Sr. Vega no termine su bellísima tragedia de César, y que gaste y consuma su tiempo y su ingenio en hacer arreglos, traducciones o, a lo más, zarzuelas originales? ¿No lisonjearía más su orgullo poético el aplauso inmortal y merecido que indudablemente alcanzaría con el César que el éxito efímero, aunque más general, que pueda obtener en Jovellanos, no tanto por su claro y vivísimo ingenio, cuanto por su savoir faire?
Pero no es lo peor la esterilidad de dramas y comedias que lamentan todos. Lo peor es que ni tan solo zarzuelas se escriben. Las musas duermen.
Ambas compañías del Circo y de Jovellanos acuden a su antiguo repertorio para entretener al público. Para darle algo nuevo, se proponen traducir librettos de óperas cómicas italianas, alemanas y francesas, y representarlos con la música de los maestros estranjeros. Ya hemos visto y oído en Jovellanos La pradera de los desafíos y La reina Topacio; pronto se pondrá en escena Stradella, música de Flotow. Se diría que vamos perdiendo la esperanza, que por algún tiempo nos halagó, de crear la ópera española, esperanza que era la única escusa que podía darse del desmedido amor a la zarzuela.
La única novedad digna de memoria que ha habido en Jovellanos desde que se estrenó La Gitanilla ha sido un paso del señor Serra, discreta e ingeniosamente escrito, aunque no tanto como otras muchas obras suyas, las cuales nos persuaden de que es el primer poeta cómico de España, después de Bretón. El loco de la guardilla, que así se titula el nuevo paso, tiene, con todo, el mérito de lo imprevisto, que al público tanto le agrada. El asunto está tomado de un cuento del señor Hartzenbusch, y es en resumen como sigue:
Una beata pobre, que vive en una guardilla, tiene consigo a un su hermanastro, soldado viejo, estropeado y pobre, y con más achaques y desengaños que dineros, esperanzas u otro cualquiera motivo de alegría. El hermanastro, sin embargo, no hace más que reír a solas, de noche y de día, sin saberse por qué, de manera que la beata, que es algo simple, acaba por persuadirse de que está loco o de que tiene los malos, y llama a un médico que le cure y a un clérigo que le exorcice. Ambos vienen; entra el uno a ver al loco, y un instante después, le oye la beata reír como él; entra en seguida el otro, y también se ríe. Acuden los vecinos y las vecinas, y van entrando sucesivamente a ver al loco, y se van sintiendo acometidos del mismo acceso de risa. La beata y un sacristán de monjas que está con ella imaginan que aquellas risas tienen algo de diabólico y arman tal ruido, que sube el Santo Oficio a la guardilla con un señor familiar, que pregunta la causa de todo aquel alboroto. Entonces sale el loco mismo y hace ver que no lo es, y explica la causa de la risa, que no era otra sino la lectura de un libro de entretenimiento que estaba componiendo. El libro era el Don Quijote, y el tenido por loco Miguel de Cervantes. Da, asimismo, la casualidad de que el familiar del santo oficio sea Lope de Vega, a quien reconoce Cervantes, y de quien entonces se hace amigo. El público, que no sospecha que se va a encontrar con tan importantes personajes, se queda muy complacido. Hemos de confesar, con todo, que este paso no tiene, ni con mucho, aquella versificación suelta y espontánea y aquellos chistes tan naturales que se admiran en otras obrillas del señor Serra.
El loco de la guardilla se representó en conmemoración del nacimiento de Cervantes, cuyo aniversario fue el día 9. En la misma noche se celebró también el nacimiento del gran novelista en el teatro de Novedades, el cual se abrió al público con el estreno de un drama titulado Cervantes.
Primera producción, este drama, de un poeta novel y muy joven, don Joaquín Torneo y Benedicto, merece indulgencia y hasta alabanza. Está bien versificado y hablado, y el enredo no carece de interés. En los caracteres hay algo de falso y de completamente imaginario, como creación de un mozo que aún no conoce bien el mundo y que piensa haber penetrado en el alma de los hombres con leer sus versos, novelas y comedias. Los literatos y poetas que pinta, a saber: Quevedo, Avellaneda, Villegas, Espinel, Figueroa y Cervantes mismo, así pudieran ser ellos como otros sujetos cualesquiera, salvo las obras, el nombre y la fama. Avellaneda hace, como es natural, el papel de traidor; Quevedo, el de varón justo y valedor de menesterosos: Villegas, el de galanteador, que escala los balcones de la casa de Cervantes, para tener una cita con su mujer, doña Catalina, recitando la «Oda al céfiro»; y Cervantes representa, primero, el papel de frenético, declarando su deshonra o lo que creía su deshonra, en palacio y en presencia de todo el mundo; después imita a García del Castañar, velando por la honra de su mujer y tratando de matar a Villegas de un arcabuzazo. Antes quiere imitar también a El médico de su honra, disponiendo para curar la suya sangrar a doña Catalina; y por último se muere y es coronado como el Tasso con el laurel de oro. Todo esto, sin embargo, se combina y entrelaza con primor, y, en vez de cansar, entretiene y tal vez interesa. A nosotros, que no creemos que haya nada tan difícil como escribir un buen drama, nos incumbe decir que no es malo este para ser el primero de su joven autor.
Con motivo del ya mencionado aniversario, se leyeron en los teatros algunas lindas composiciones en alabanza, de Cervantes, debidas a los poetas don Carlos Frontaura, don Narciso Serra, don Ventura de la Vega y don Juan Eugenio Hartzenbusch . La composición de este último, que está en lenguaje del siglo XV, y puesta en boca del propio don Quijote, es, a nuestro ver, con perdón sea dicho, la mejor de todas. Tiene además la circunstancia de declarar que el día 9 de octubre no fue el del nacimiento, sino el del bautismo de nuestro poeta, el cual, según el señor Hartzenbusch presume, debió de nacer el 29 de setiembre, día de San Miguel arcángel. El sñor Hartzenbusch, hecha esta erudita aclaración, prosigue:
Importa empero un ardite
que a Cervantes felicite
la afición con que venís
hoy día de San Dionís,
u esotro, pasado ya: [5]
como es del mérito paga,
cuando quiera que se faga
bien está.
Non cuenta España scriptor
de lauro merescedor, [10]
que a Cervantes aventaje;
non es de ninguno ultraje
proferir en voz y canto
que la su gloria consigne:
«¡Nadie
cual el manco insigne [15]
de
Lepanto!»
Por él en Orán e Flandes,
en las lomas de los Andes
e las playas de Luzón,
don Quijote y Sancho son [20]
conoscidos por do vamos:
nos nombran en el camino,
y al caballo y al pollino
que montamos.
El orbe señala entero [25]
a mi duque y mi ventero,
al bien malparado Andrés,
al bizco infame Ginés,
Maritornes, tuerta e fea,
el hábito de Luscinda, [30]
e las trenzas de la linda
Dorotea.
Cervantes vida nos da,
que dura e
perdurará
mientras fiel quede una mano [35]
que persigne en
castellano,
e quede o no, bien lo fundo;
que, si acontesce tal mengua,
ya nos ha dado su lengua
todo el mundo. [40]
Mísero
mi autor vivió,
y en mi figura pintó
su malandanza cruel;
por poco es dueño de Argel,
y en la
patria
que fulgura [45]
con luz por él encendida
tuvo pobre, ya perdida,
sepultura.
Yo, pues, el famoso hidalgo,
vos pido, por lo que valgo, [50]
que al valiente en la campaña,
rey del ingenio de España,
digáis con voces amantes,
que en bronce la fama escriba:
¡Eterno el renombre viva
[55]
de Cervantes!
Son también muy sentidas las dos últimas quintillas con que termina la composición del señor Serra, y que nos complacemos en trasladar aquí:
Perdóname si no sé
hablar como tú solías;
yo
imitarte
procuré
en el castellano de
estos tiempos y estos días. [5]
Y los aplausos que oí;
los bravos que recibí;
los abrazos en tropel
te los devuelvo, Miguel:
son para ti, para ti. [10]
[...]
En el [teatro] de Variedades aún no se ha dado, ni siquiera se anuncia nada nuevo. Después de Sullivan, hemos tenido la preciosa comedia de Tirso, Desde Toledo a Madrid, y los dramas ya tan conocidos de los señores Larra y Rubí, La Oración de la tarde y Bandera negra. Pero la falta de novedad en las obras ha sido suplida y compensada por la excelencia de los actores. En la comedia Desde Toledo a Madrid hizo la señorita Berrobianco una graciosísima doña Mayor, y el señor Romea estuvo admirable en su papel de Lucas Berrio. [...]