“FOLLETÍN. Balcones viejos y nuevos de la Plaza Mayor. Artículo primero”
- Autor del texto editado
- Estébanez Calderón, Serafín (1799-1867)]
- Título de la obra
- El Correo Nacional, n.º 1213, 21 de mayo de 1841
- Autor de la obra
- Borrego, Andrés (dir.)
- Edición
- Madrid:
Imprenta de El Correo Nacional,
1841
- Paginación
- pp. 1-2
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Hemeroteca Digital Hispánica. (texto completo)
Información técnica
Editor: Mercedes Comellas
Encoding: Noelia Santiago López
Encoding: Noelia Santiago López
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Córdoba, 9 junio 2025
FOLLETÍN
Balcones viejos y nuevos de la Plaza Mayor.
Artículo primero
No habrá mucho más de tres meses en que, allá por las más altas horas de la noche, triste y solitario discurría yo por las calles de Madrid, llena la fantasía de las imaginaciones más desvariadas y peregrinas. Alguno que otro farol, en medio de la oscuridad general, conservaba una luz pálida y mortecina. A tales horas y en tal disposición de espíritu, no me parecía que yo miraba a aquellos faroles, sino que ellos me miraban a mí como cíclopes que estaban en agonía, siguiéndome con un ojo siniestro y sombrío. Al través de estas ideas de alto coturno, pimpleas y rebosando solemnidad, compungimiento y respeto, como festividad parlamentaria, me asaltaban otros pensamientos de condición más apicarada y aviesa. ¡Cosas de la humanidad! Se me representaba en cada relámpago de los agonizantes faroles las miradas traidoras de cierta bizca dama, a quien serví en un tiempo, más vizcaína por la mala gramática y peor concordancia de sus ojos, que por lo férreo y duro de su condición y entereza. He aquí, me decía yo, divagando a estas horas por la Calle Mayor y la de la Almudena, en la misma disposición, ni pizca más ni pizca menos, que Luis Vélez de Guevara cuando escribió su Diablo Cojuelo, y que Barbadillo cuando nos retrató a su don Diego de Noche. Ellos, como yo del mío, observaban las costumbres de su siglo, sobre ellas reían o se amostazaban, ya herían y punzaban a sus contemporáneos con el aguijón delicado de sus chistes, ya los crujían y fustigaban con el látigo cruel de sus sátiras. Pero ellos en medio de la sociedad en que vivían encontraban a menudo caracteres elevados que encomiar, sentimientos esquisitos de lealtad, de desinterés que ofrecer por modelos, una dignidad nacional inmaculada, las ideas del bien y del mal perfectamente distintas y no barajadas, confundidas y suplantándose su lugar y grado... ¿Podré yo decir lo mismo? Al decir esto me entraba en la Plaza Mayor; el viento destemplado, revoltoso y murmurador de la luna de marzo se dejaba sentir desapaciblemente y, revolviendo las veletas y chapiteles de las torres y palacios encumbrados, bajaba estruendosamente por los canalones y chimeneas. La Plaza Mayor estaba convertida en un inmenso osario y cementerio, no de calaveras y huesos humanos, sino de los deshechos esqueletos de cien soberbios edificios que formaban la parte oriental de la plaza. El maderamen y las puertas se miraban en el suelo en simétricos lechos, como la geodesia nos enseña que se encuentran las capas primitivas de la tierra o como la prensa y la discusión nos revelan que se hallan la presunción y la necedad en la cabeza de nuestros mandarines y tribunos. Las verjas, los enrejados y el balconaje se ofrecían en crecidos rimeros, como queriendo enseñorearse y levantarse, ya que desde tan alto habían venido a la humildad de rodar por el suelo. La obra, me dije, del arquitecto Gómez Mora murió ya para siempre: la que comenzó fábrica insigne en los tiempos de Felipe III, al dejar de existir, resucita en plaza elegante en el siglo XIX. Aquí, al menos, lo que ha destruido una mano lo ha edificado la otra; aquí el hacha y el martillo han guardado perfecta vicenda con la escuadra y el nivel.
Senteme en esto en una de las piedras, parte un tiempo de los antiguos porches de la plaza, y en mi imaginación se representaban los festejos reales, las mascaradas, las cuadrillas, las justas y cañas que en los días de esplendor y grandeza de esta monarquía regocijaron y poblaron aquellos ámbitos célebres por los escritos de cien claros ingenios. En esto el viento silbaba en confusa y diversa manera, y, al pasar por los hierros de unos y otros balcones de los cesantes que rodaban por el suelo y los de activo servicio que decoran al presente la plaza, creí percibir unos como sonidos articulados; apliqué más mi atención y escuché con sorpresa mía un diálogo, un parlamento entre los viejos y nuevos balcones de la Plaza Mayor, en el que tomaban parte con retiñir agudo y voz ronquilla, y como de burla, las veletas de la contigua Panadería.
«Desde nuestra escelsa altura ⎼decían estas⎼ os hemos visto por luengos años hermosear la plaza. Como que somos vuestras hermanas segundo-génitas, os hemos conocido muy bien a vosotros, los del tiempo de Felipe III, y contamos con acompañar por un par de siglos de existencia todavía a vosotros los que desde el incendio de 1790 decoráis estas cinco andanas de ventanas. ¡Cuántas cosas sabréis! ¡Qué de secretos habréis sorprendido! ¡De cuántas citas habréis sido partícipes! ¡Qué de galanterías habréis oído! ¡De cuántas aventuras habréis sido cómplices! ¡Oh, y qué espectáculos habréis presenciado!».
⎼ Nosotros, los que rodamos por el suelo, hemos presenciado, como vosotras, días serenos, de dolor, de espanto y de regocijo para España. Esta alternativa es condición de la humanidad, pero, desapareciendo nosotros de aquí, desaparecen los únicos testigos que en esta plaza quedaban de la grandeza española.
⎼ ¿Y por qué decís esto, balcones cesantes, en la moderna algarabía, o balcones reformados, según el lenguaje de nuestro tiempo?
⎼ Porque nosotros alcanzamos el poder español en gran parte de su esplendor, y vosotras venisteis aquí solo para ver el auto de fe de Carlos II cuando se reedificaron en 1672 las torres desde donde ahora gritáis.
⎼ Cierto es eso, replicaron ellas, que en mal hora vinimos al mundo, pero la mayor vida que nos reserva el destino y que nos asegura la firme piedra y los robustos cimientos sobre que descansamos, nos prometen que alcanzaremos a ver restablecida la antigua gloria de la monarquía. Ya veis que desde 1834 aquí, y muy particularmente desde septiembre del año gracioso o de gracia de 1840 nos podemos lisonjear de ir entrando...
⎼ Vosotras, dijo con voz de soprano un balcón pulido en los ángulos de Guadalajara, debéis posponer esas vuestras esperanzas de los sueños dorados a las que yo y estos mis hermanos y compañeros podemos concebir y levantar... Nosotros hemos visto apuntar y estenderse el gran movimiento intelectual del siglo XVIII, y nosotros por nuestra edad juvenil y moderna estofa deberemos ver los abundantes y ópimos frutos que ha de dar en los tiempos venideros. La civilización, la gloria, el orgullo nacional, todo, todo lo veremos llegar, subir al más sublime punto de esplendor, desterradas la ignorancia y las preocupaciones.
⎼ Calla, necio, replicó uno de los balcones apeados. Bien se conoce en tu petulancia, en tu osadía el pedante siglo que te dio el ser. Tú y los hombres de tu tiempo, en mal hora venidos para este país, ¿qué habéis hecho para tanta arrogancia? Habéis perdido un mundo entero para España en sus Indias y colonias, las fuentes de sus riquezas las cegasteis, los cimientos en que se apoyaba su existencia los habéis quebrantado, todo se lo habéis perdido, nada le habéis ganado; hasta la condición noble y el carácter elevado de la nación lo habéis alterado. La desvergüenza y la procacidad han ocupado el lugar de la discreción; el de la galantería, la disolución y el libertinaje. Habéis deificado el egoísmo y desterrado al país de la fábula el desinterés y el desprendimiento. El pundonor individual y de caballeros lo habéis gastado con los libelos de la imprenta, con los pregones lenguaraces de la tribuna, y no por eso habéis hecho más susceptible y más sentido el orgullo nacional, aquella altivez española proverbial en las generaciones pasadas. No habéis hecho más que arrastraros de la Francia a la Inglaterra, que sujetar el león de España al gallo francés o al leopardo británico... Maldición... No, no, desprecio, ludibrio para vosotros.
⎼ Pues ¿y la guerra de la independencia?, respondió algo balbuciente y turbado el balconcillo soprano.
⎼ Menguado, le dijo el contendiente, ¿queríais también adulterado el nativo valor español? La cobardía será la única planta que no lograréis aclimatar en nuestro suelo. Era preciso para ello que alterarais la electricidad de esta luz, la naturaleza de estas aguas, y a tanto no alcanza la perversidad humana. Pero, ya que hablas de la lucha inmortal, de esa guerra de gigantes, ¿por qué no la estudias en su esencia, para no hablar con error de ella, aunque siempre la malicia haya de ser la prenda y date dominante en vuestros razonamiento y discusiones?... La guerra y el triunfo contra Napoleón fueron efecto de causas anteriores, resultado glorioso como necesario de la organización antigua del país, fue una esplosión de los resortes vírgenes y poderosos que en su seno guardaba la nación. Con vuestras doctrinas, con vuestras palabrotas nada hubierais alcanzado; al emplear las grandes fuerzas del Estado las hubierais encontrado gastadas ya por el uso inútil de ellas; como que alteráis el sentido de las palabras, en vuestros labios no hubieran tenido para el pueblo el mágico valor con que se le entusiasmó entonces; por patria hubiera entendido el provecho individual; por sacrificios heroicos, los goces materiales; por largueza y desprendimiento, los empréstitos y las contratas...
⎼ Por cierto, volvió a decir el de Guadalajara, que hablas con más pasión que cordura, y que en tus arrebatos de celo por las cosas de nuestra vieja España te muestras más dominado del espíritu de sus crónicas y libros rancios que de los sanos principios filantrópicos, civilizadores, fraternales.
⎼ No me mates de náuseas con tu moderna solfa y flamante fraseología, replicó el apeado; guárdalas para los periódicos del día o préstalas a los oradores de la época, dulcísimos canarios para esa sinfonía, si es que aún se hallan orejas que tal aguanten. Tú y los de tu ralea, hablándonos de civilización y fraternidad, sois tigres como los de Hircania, pero no con su vistosa taracea de colores, sino con piel de repugnante sierpe; preconizáis el orgullo nacional, y no hay libertad o baratija estranjera a quien no miréis con el mismo supersticioso respeto que al fetiche el negro bozal, y no pasa por vuestra mente idea alguna española castiza que no la hagáis pasar por las horcas caudinas de ese idiota estranjerismo que os aboba y supedita. Hasta a los descendientes y discípulos de los Córdobas, de los Parmas, de los Albas, de los Figueroas y otros mil gloriosos capitanes los habéis obligado a despojarse en su traje de su severa y resplandeciente sencillez, para adobarlos a la estranjera, prestándole los arreos de figura o comparsa, o los adherentes de un tambor mayor... Desprecio, ludibrio para vosotros...
⎼ ¿Y dónde vais a dar con esa granizada de recíprocas inculpaciones?, gritaron como mofándose las veletas burlonas desde su altura. Basta que seáis de raza española para que todo lo salpiquéis con pimiento picante y tomatillo chile. Cuando para los pueblos suena la hora de las revoluciones todos a un tiempo son cómplices y culpados, todos víctimas y sacerdotes, todos opresores y oprimidos, y no por eso el mal deja de ser mal, ni la perversidad puede reclamar los títulos de la virtud. Bien se conoce, balcones viejos y nuevos de la Plaza Mayor, que no os habéis frisado mucho, ni tenido gran comunicación con los altos ingenios de vuestras respectivas edades.
Porque, si de otra manera fuera, cierto es que haríais muestra de mayor discreción en vuestras razones y de más conocimiento, en vuestra contienda, del corazón humano y de las causas que han traído las costumbres y usos de este pueblo a ser tan otras hoy de lo que en un tiempo fueron.
⎼ Por nuestra fe que os engañáis, encumbradas veletas, respondieron a un tiempo varios de los balcones viejos, haciendo coro con ellos muchos de los balcones nuevos. En mis balaustres he visto, decía uno de aquellos, a Olivares y a Lerma; en mí, decía otro, han pasado las pláticas y reyertas de Góngora y Lope. Reclinada su frente sobre mi antepecho, gritaba este, he sentido la cabeza de Calderón de la Barca concibiendo esos grandes pensamientos y esos caracteres, que por elevados no parecen de la tierra. Y aquel exclamaba: y yo oído las improvisaciones rabiosamente mordentes de Villamediana y Quevedo... ¿Pues, y nosotros?, gritaba el balconaje en servicio: Yo he conocido a Floridablanca, Campomanes y Aranda, decía uno. Yo he oído a Cadalso, a Meléndez y Moratín, añadía otro.
⎼ Si eso es así, contestaron las veletas, ¿por qué en alternativa sabrosa no relatáis algunas de las escenas de que habéis sido, teatro retratándonos al vivo esos célebres personajes actores de ellas, en lugar de acusaros destempladamente con resaltado tan estéril como baldío? Acaso de esta manera y como por una serie de cuadros de costumbres habréis formado la historia de las vicisitudes y desgracias de este país y veréis que esto que os parece a los unos el abismo del mal y a otros el pináculo del bien son consecuencias de premisas desde muy antiguo establecidas y cuyo primer germen data de luengos años atrás.
⎼ Bien nos place, dijeron estas, parécenos bien, respondieron aquellos y el balcón número 1 comenzó así.
[NOTA DE LA TRANSCRIPTORA: Apareció sin firma y no tuvo continuación].