“Literatura. Sobre clásicos y románticos”
- Autor del texto editado
- Carnerero, José María de (1784-1843)]
- Título de la obra
- Cartas españolas. Revista semanal, histórica, científica, teatral, artística, crítica y literaria, vol. IV (cuad. 45), 29 de marzo de 1832
- Autor de la obra
- Carnerero, José María de (1784-1843) (dir)
- Edición
- Imprenta de Sancha,
1832
- Paginación
- pp. 373-376
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Hemeroteca Digital Hispánica. (texto completo)
Información técnica
Editor: Pedro Ruiz Pérez
Transcriptor: Isabel Román Gutiérrez
Encoding: Noelia Santiago López
Transcriptor: Isabel Román Gutiérrez
Encoding: Noelia Santiago López
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Córdoba, 19 marzo 2025
LITERATURA
Sobre clásicos y modernos
Carta II
Señor editor de las Cartas Españolas: En mi carta anterior manifesté a usted la necesidad de seguir ciertas reglas para el buen acierto en las obras literarias. Esta necesidad es tan palpable, que hay románticos que dicen que su género no excluye las reglas, sino que las admite diferentes del género clásico, y que, siendo diverso el objeto que uno y otro se proponen, cada cual ha admitido aquellas reglas que más conducentes son a sus respectivos fines. De aquí nacen, pues, dos cuestiones que conviene examinar. 1.ª: ¿Es cierto que tiene el género romántico sus reglas conocidas? 2.ª: Aun dado caso que las tenga, ¿puede ser su objeto diferente del que se han propuesto siempre los clásicos en sus escritos? Confío demostrar a usted que ambas cuestiones se deben resolver por la negativa.
¿Cuáles son las reglas o principios que se han propuesto seguir los románticos? Ninguno de ellos las ha presentado hasta ahora; antes bien, los oímos siempre clamar contra la esclavitud de los preceptos, y de sus obras no se puede deducir más principio general que el de entregarse sin freno a todas las inspiraciones de la imaginación. ¿Se trata de tiempo? Puede un drama durar un siglo entero. ¿Se habla del lugar de la escena? Nos es lícito recorrer en dos horas todos los países de la tierra. El interés no está ya cifrado en una acción sola, sencilla y bien combinada: se pueden introducir cuantas acciones y episodios se quieran, complicando el embrollo hasta que, perdido el hilo, salga el poeta por donde pueda. ¿Lenguaje? El que usted quiera. Sea noble, bajo, ampuloso o sencillo, todo mezclado y sin observar ninguna especie de conveniencia. ¿Ideas? No se apure usted por que lo entiendan. Cuanto más oscuras, más sublimes, y cuanto más extrañas, más bellas. ¿Sentimientos? Si son exagerados, mejor; que sentir como el común de las gentes es insípido y frío. No recorro uno solo de cuantos objetos pertenecen al dominio de la literatura sobre los cuales no concedan los románticos libertad absoluta. ¿Adónde están pues las reglas que los guían? Ninguna veo, a no ser que se tenga por regla la carencia total de todas ellas.
Pero vengamos a la segunda cuestión, y esta es la principal. Decir que el objeto de los escritos románticos es otro que el de los clásicos, es lo mismo que decir que en las bellas artes puede haber dos objetos diferentes. Los clásicos se han propuesto siempre por fin la imitación de la naturaleza. ¿Confesarán los románticos que no es este su objeto? No, pues sería echar por tierra todo su sistema, y confesar ellos mismos que cuanto hacen es absurdo. Lo que ellos dicen es que también imitan a la naturaleza del mismo modo que sus antagonistas, pero con la diferencia que, mientras estos la presentan no tal como existe, sino tomada en un mundo ideal y perfeccionado, ellos la pintan tal como es y con todos sus caracteres buenos o malos. En esto ya se colocan en un punto inferior, pues ¡cuánto más precio tiene la piedra labrada y brillante que tosca y sin pulimento alguno! No es lícito poner ante los ojos todo cuanto existe en el mundo real. ¡Cuántas cosas hay en él que ofenden nuestros sentidos! No agradecen estos que se les presente sino lo que les causa impresiones agradables; y cuando una persona toma a su cargo el arduo empeño de complacerles, es fuerza que sepa elegir entre mil objetos aquellos que solo pueden causar deleite. Pues si los sentidos son exigentes, ¿qué diremos de la razón? Esta sí que es difícil de contentar, y tanto más cuanto suele a veces reprobar lo que a los mismos sentidos agrada. Pero ¿podemos librarnos de su yugo? ¿Faltaremos impunemente a sus preceptos? No, señor: imposible. Donde quiera que brilla su luz, no hay apelación de sus fallos, y, condenada por ella, toda obra cae por siempre en el olvido. Complacer a la razón, lisonjear los sentidos, tales son las condiciones con que ha de cumplir toda obra del ingenio. Puede la razón hallarse en un estado de atraso; pueden los sentidos ser más o menos groseros: uno y otro dependen del grado de civilización, del clima y de la educación; pero, cuando se trata de conocer cuál es la obra más perfecta, es preciso suponer también a los sentidos y a la razón, que han de ser los jueces, en el estado mayor de perfección posible.
Por esta razón los clásicos no se colocan en el mundo real y existente, sino en un mundo ideal, cuyo tipo existe en su mente. Pero este mundo, por ideal que sea, no es menos natural y verdadero. Nada se admite en él que no exista realmente en la naturaleza; y solo se han elegido en esta las partes donde brilla en su mayor hermosura. Han hecho lo que ejecuta cualquiera en un ameno jardín donde se le ofrecen flores de toda especie y trata de formar un ramillete. Tan solo coge aquellas que más deleitan por sus colores o aromas, y se guardará muy bien de ofrecer a la belleza a quien destina el ramo, mezcladas con la rosa y el clavel, la yerba fétida o la punzante ortiga. Todo pues en lo clásico ha de ser puro, selecto y agradable. Pero ¿cuál es la naturaleza de los románticos? La que a veces no se puede ver sin hastío y repugnancia. Desfigurar la idea que tenemos de un héroe presentándole en los actos en que forzosamente ha de ser igual al común de los hombres; imitar las pasiones hasta en sus excesos más torpes; ofender la delicadeza con dichos que, si bien suelen oírse, debieran quedar sumidos en el más profundo silencio. ¿Qué crimen no han ido a buscar en los archivos de los tribunales para ponerlo en la escena? ¿Qué torpezas han dejado de inspirar a sus héroes patibularios? ¿Hay mendigo, por andrajoso que sea, que no pueda hacer papel y verter sus más soeces expresiones en los dramas inmundos y monstruosos con que diariamente nos regalan?
Pero a esto dicen los corifeos del género: la pintura de esas torpezas, de esos crímenes, es solo patrimonio del valga de los románticos y de los plebeyos melodramaturgos. El verdadero romántico se eleva a otra altura y traza escenas más grandiosas y sublimes. No se contenta con copiar servilmente lo que ve en el mundo que nos rodea. Su imaginación se eleva y en sus éxtasis profundos le conduce a regiones intelectuales donde jamás penetraron los humildes clásicos. Sí, es cierto, también tienen los románticos su mundo ideal; pero ¿qué mundo? No es ciertamente aquel de que hemos hablado antes, y que, siendo el tipo de lo bello, nos reproduce a la naturaleza en su mayor hermosura. Es un mundo lleno de fantasmas, visiones, endriagos y cuantos monstruos puede imaginar una fantasía ardiente y delirante. De allí se sacan las sombras que vienen a asustar a niños y mujeres en dramas y novelas; de allí los encantamientos y prodigios; de allí la metafísica sutil e ininteligible con que se desfiguran los afectos más puros; de allí los sentimientos exagerados, y que nunca existieron, de honor y delicadeza; de allí, en fin, el lenguaje oscuro y enredado, que, preñado de conceptos onfálicos, se lee mil veces sin atinar con su sentido verdadero. ¡Oh, Cervantes, tú, que con pincel inimitable te burlaste de las extravagancias caballerescas!, ¿qué no harías si ahora renacieses para confundir con un nuevo Quijote a los modernos reformadores de la literatura?
Concluyamos, pues, amigo mío, que en la literatura, lo mismo que en todas las bellas artes, no puede haber más que un solo objeto, que es la imitación de la naturaleza; que esta imitación no puede ser servil, porque repugna entonces a la razón y ofende a los sentidos; que es preciso buscarla en un tipo ideal, donde se halla retratada en toda su perfección; y que es errar el camino ya quedarse donde se muestra confusa y afeada, ya perderse en los espacios imaginarios donde no queda rastro de ella. Aquel tipo ideal y único digno de nuestros anhelos le alcanzan pocos, en verdad, tanto para reproducirlo en sus obras cuanto para reconocerlo en las que se acercan a él; y tal es la causa por que son también muy pocos los que gustan de tales obras, mientras la multitud corre ansiosa a aplaudir las que están más a su alcance, o la asombran con ficciones extrañas y nunca vistas; pero, perdido el primer momento de efervescencia, estas caen en un eterno olvido, mientras solo aquellas llegan a la inmortalidad.
El literato rancio