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Prensa y canon

“Estado de la Literatura en el siglo XIX”

Autor del texto editado
Perogordo y Rodríguez, Gregorio (1840-1891)
Título de la obra
Álbum Literario. Periódico de Ciencias y Literatura, n.º 3, 10 de diciembre de 1857
Autor de la obra
[No se indica]
Edición
Madrid: Imprenta de la Viuda de Vázquez e hijo y en la de Manuel Galiano, 1857
Paginación
p. 17
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Hemeroteca Digital Hispánica. (texto completo)
Información técnica
Editor: Mercedes Comellas
Encoding: Noelia Santiago López
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Córdoba, 18 marzo 2025

Estado de la literatura en el siglo XIX


Al hablar del estado de nuestra literatura en la época que atravesarnos no es mi objeto menospreciar la noble emulación que en nuestra querida patria se ha suscitado, ni tampoco censurar a sus tiernos hijos al verlos correr tras una gloria que sus antepasados les han hecho desear como la mayor felicidad, como el único deseo del corazón humano. La literatura, ese precioso arte que ha nacido con el mundo y que ha ceñido el laurel inmortal en las frentes de nuestros antepasados, no podía extinguirse en los tiempos más gloriosos de la humanidad. Es cierto que en la época presente no existe ya la orgullosa Roma, la señora que hizo extender su dominio a cuantos pueblos alumbraba el sol; es cierto que nos faltan los antiguos héroes que conducían sus armas victoriosas doquier que les llevaba su deseo; cierto es también que las doradas liras de Homero y de Virgilio enmudecieron ya, que cesó su inspiración con su existencia, pero sus obras inmortales han llegado hasta nosotros, y, a pesar del largo periodo que nos separa, aún podemos acercarnos a rendir un tributo de admiración a los primeros héroes de la literatura. Su espíritu existe todavía en sus obras, y la sucesión de los siglos le trasmitirá con mayor gloria a las edades venideras.

Ciñéndonos a nuestra patria, podemos recordar aún con una grata emoción los escritos de nuestros antiguos e inmortales poetas: Lope de Vega, Cervantes y otros mil cuyos nombres leemos con júbilo en las gloriosas páginas de nuestra historia, que nos han alentado también a seguir el camino de la gloria con sus merecidos laureles. Con sus obras ha llegado hasta nosotros un rayo de inspiración. ¿Qué extraño es que la lengua quiera cantar lo que siente el corazón? ¿Qué extraño es que los hijos de Pelayo corran sedientos de gloria a recordar sus triunfos para cantarlos acompañados de su lira? ¿Qué extraño que en torno de sus sepulcros entonemos los dulces y melancólicos cantos que nos inspira su memoria?

Además, nuestros ojos están empañados aún con las lágrimas que vertieron nuestros antecesores cuando, a imitación de la ciudad del mundo, llevaron nuestros pendones a otro suelo, desconocido por todos menos por el osado marino que arrancó de Dios ese secreto: el inmortal Colón, que a través de las encrespadas olas supo llevar nuestro nombre y nuestras armas al otro lado del Océano Atlántico. ¿Qué extraño es que haya llegado a sus hijos la inspiración que la condujo a la alta gloria del saber humano? No son estos solos los motivos que nos obligan a pulsar las cuerdas de nuestra lira moderna: hemos visto nacer entre nosotros otros héroes dignos también de admiración eterna; nosotros hemos visto la religión católica extender su dominio por casi todo el universo, y a nuestros oídos llegaron los himnos religiosos de los que un tiempo fueron idólatras; nosotros cruzamos los mares con una velocidad que nadie pudo imaginarse, hemos sabido elevarnos por la atmósfera azul que nos rodea y hemos llegado a recorrer el espacio que solo las doradas nubes cruzaron algún día. Nosotros, por fin, hemos visto la aurora que, alegrando el corazón humano, viene a alumbrar los campos y las pintadas flores frescas como el primer día de su creación, y sin las gotas de sangre con que nuestros padres las salpicaron. ¿Y no son dignas de alabanza estas empresas? ¿O acaso nuestro corazón helado no siente ya?

Ciertamente que sí. El corazón necesita una nueva vida, tiene sed de gloria, y es necesario que corramos a buscarla. Ahora bien, ¿en dónde podemos encontrarla? Nuestra España libre y feliz hace ya mucho tiempo que ha abatido el orgullo de sus enemigos y por otra parte el siglo XIX no quiere sangre, y era preciso dedicarnos a la literatura, y así lo hemos verificado, como el único medio de poder aspirar al laurel que tantos y tan ilustres españoles ciñeron en sus frentes.



GREGORIO PEROGORDO Y RODRÍGUEZ.

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