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Prensa y canon

“Museo español del Louvre. La Asunción de Murillo”

Autor del texto editado
Sin firma
Título de la obra
Álbum pintoresco universal, vol I
Autor de la obra
Oliva, Francisco
Edición
Barcelona: Imprenta de D. Francisco Oliva, 1841
Paginación
pp. 15-16
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Hemeroteca Digital Hispánica. (texto completo)
Información técnica
Editor: Mercedes Comellas
Encoding: Noelia Santiago López
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Córdoba, 20 febrero 2025

MUSEO ESPAÑOL DEL LOUVRE

LA ASUNCIÓN DE MURILLO


Si quisiéramos empezar la historia de la pintura española desde sus primeras tentativas, es decir, desde las miniaturas que adornan los manuscritos, nos veríamos precisados a remontarnos al siglo X y tal vez a los anteriores. Dominó al principio en España, como en las demás naciones, el estilo bizantino y posteriormente el gótico. [...]

Schepeler describe del siguiente modo las cualidades características de la Escuela Ibérica: “El colorido es más dulce y menos brillante que el de los antiguos pintores germánicos. Se creería que flota sobre las imágenes un mágico velo, lo que redondea sobremanera la composición. Los españoles se enamoraron más tarde de la escuela veneciana, de su magnífico diseño y vigoroso colorido. Añadiendo a estos distintivos un grande atrevimiento de pincel y una extremada facilidad en expresar las concepciones de una ardiente imaginación, no será difícil reconocer los caracteres de la escuela española”.

No llegó esta su más alto grado de esplendor hasta que en el siglo XVII, al estudio de los italianos, añadió una imitación de Rubens y de Van Dyck. No es difícil distinguir las diferentes escuelas, entre las cuales es la de Sevilla la que más hombres célebres ha producido. Nace y se desarrolla el principio del siglo XVII y antes de llegar a su último tercio había ya adquirido toda su importancia, contando en su seno a Roelas y a Francisco Herrera. El primero introdujo en España el color veneciano, imitó a la naturaleza con grandiosidad y no desconoció el arte de ennoblecer sus formas. Lleno de ardor y de actividad, trabajaba constantemente, de modo que las iglesias de Olivares, Sevilla y Madrid y las academias de Aranjuez y de Córdoba contienen un sin número de obras suyas. Herrera pintaba de un modo fecundo y atrevido, desconocido hasta él, y ejecutaba con una especie de furor que no desdecía de su ardiente carácter. Servíase de juncos para diseñar y de brochas para aplicar el colorido. Y cuéntase que cuando le faltaba tiempo mandaba a su sirvienta que cogiese la escoba y llenase a su capricho la tela de diferentes colores, los cuales Herrera convertía en pocos momentos en figuras de magnífico ropaje y de un elevado carácter. Pertenecen a la misma época Vázquez y Juan del Castillo, maestro el último del célebre Murillo.

Nació este en Sevilla en 1618, progresó rápidamente desde la niñez , pero, habiéndose su maestro marchado a Cádiz, Murillo quedó sin guía y reducido a la necesidad de pintar pendones y muestras para enviar a América. Al llegar a los 16 años de edad, resolvió pasar a Italia y, careciendo de los medios necesarios para el viaje, gastó en tela el poco dinero que tenía. Pintó flores y asuntos de devoción para enviar a América y con el módico producto de su venta se puso en camino sin consultar a sus padres ni a sus amigos. Al llegar a Madrid se dirigió a Velázquez, su compatriota, a quien comunicó sus proyectos. Velázquez le recibió bondadosamente, le prodigó excelentes consejos y le animó, persuadiéndole de que se quedase en Madrid, donde le proporcionó varias comisiones ya para El Escorial, ya para los diferentes palacios. Vuelto Murillo a Sevilla al cabo de tres años, fue recibido con frialdad, pero no tardaron sus obras en excitar la admiración general y en proporcionarle una fortuna más que mediana. Lejos de imitar a los artistas a quienes la popularidad hace olvidar la gloria póstuma, Murillo se empeñó en perfeccionarse cada día más y alcanzó mayor franqueza en los toques y mayor fuerza de colorido. Puesto en la primera fila de los pintores españoles, bastaría él solo para evidenciar el mérito poco conocido de la escuela de su patria.

Se han llegado a confundir los cuadros de Murillo con los de Pablo Veronés, y no han faltado escritores que han denominado al primero el Van Dyck español. Al admirar sus vírgenes, cuyas divinas miradas eleva el pintor con tanta maestría a las regiones celestiales, nos vemos tentados a darle el título más glorioso a que pueda aspirar: el de Rafael de las Castillas. Su Asunción es un cuadro de colorido brillante, de pintura muelle y fresca y de suaves encarnaciones. Murillo parece excederse a sí mismo en los cuadros destinados a Santa María la Blanca, en la Concepción que posee la Catedral de Sevilla y, sobre todo, en la de Santa Isabel y el hijo pródigo que pintó para la iglesia de la Caridad. Hacia la misma época compuso para el Hospicio de los Venerables otra Concepción, que puede compararse a las mejores obras de la escuela lombarda. Después de haber enriquecido con sus composiciones los conventos y las iglesias de Sevilla, fue llamado a Cádiz para pintar el altar mayor de los Capuchinos, en donde, antes de terminar su magnífico cuadro de los Desposorios de Santa Catalina, recibió una grave herida y murió el día 3 de abril de 1682.

Cuéntase que, estando un día en Sevilla prosternado al pie del altar mayor de la Iglesia arrobose al contemplar un descendimiento de la Cruz del maestro Campana, cuadro colocado sobre la tumba de este pintor. Debiéndose cerrar la iglesia, advirtióselo el sacristán y, como viese que el artista continuaba inmóvil, le preguntó qué era lo que aguardaba; a lo cual contestó Murillo: “Aguardo a que estos santos varones hayan descendido de la Cruz a Jesucristo”. Su imaginación le había transportado a los primeros tiempos del cristianismo.

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