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Prensa y canon · Textos historiográficos

“Breve reseña de la Literatura Española (Continuación)”

Autor del texto editado
García Flores, José
Título de la obra
Álbum Literario. Periódico de Ciencias y Literatura, nº. 6, 7 febrero 1858
Autor de la obra
García Flores, Isidoro (dir.)
Edición
Madrid: Imprenta y librería de la viuda de Vázquez e hijos, 1858
Paginación
pp. 73-74
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Hemeroteca Digital Hispánica. (texto completo)
Información técnica
Editor: Mercedes Comellas
Encoding: Noelia Santiago López
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Córdoba, 13 enero 2025

Breve reseña de la Literatura Española

(Continuación)


La decadencia del castellano debe contarse desde el reinado de Felipe IV hasta el de Felipe V, y se extiende a todo el siglo XVII. El furor de latinizar nacido del escolasticismo y la erudición pedantesca de este tiempo fue el primer borrón que enunció el castellano en la pronunciación, en el caudal de la lengua y en las construcciones. De aquí resulta la pretendida secta de los cultos o cultolatinispana, cuyos corifeos fueron en prosa el padre Hortensio Paravicino y en el verso , el cordobés Luis de Góngora, tan atrevido e hinchado que ha dado nombre en el estilo gongorino a toda obra poética oscura, hinchada y pedante. No se puede negar a Góngora talento y genio poético; sus romances y letrillas es lo mejor que se halla en nuestro Parnaso español. Pero después del empeño que mostró en singularizarse aparece extravagante, como se ve en su Polifemo y Soledades. El escribir culto según la práctica de Góngora consistía en usar las metáforas más atrevidas y monstruosas, de las más violentas transposiciones, usar a cada paso sin necesidad ni gracia voces latinas; de todo lo cual resultaba una oscuridad inexplicable. La turba de poetas, deslumbrada con la novedad y fama de Góngora, adoró sus misterios, le declaró por príncipe de los poetas y quiso imitarle ciegamente; explicó, o más bien, se ensayó a explicar sus enigmas gastando el tiempo en hacer de sus obras pesados e indigestos conceptos. Mas, como estos miserables imitadores carecían del ingenio y demás prendas de que se hallaba adornado, aunque abusó de ellas desgraciadamente, solo imitaron la corteza del estilo, logrando excederle en oscuridad y extravagancia. Últimamente, como en el fondo nada sabían y no queriendo aparecer tan pigmeos como en realidad eran, afectaron su mezquina erudición hasta en las voces y en el modo de usarlas, acabando de corromper la literatura y el lenguaje con sus insípidos equívocos y retruécanos de palabras. Otra de las causas que contribuyó a la decadencia de la literatura fue el dedicarse a traducir aquellos autores últimos restos de la literatura latina y que florecieron cuando ya los declamadores principiaban a corromper la elocuencia, y cuyo estilo hinchado, oscuro y campanudo tradujeron e imitaron fielmente sin hacerlo de sus bellezas. Así vemos en la traducción de la Farsalia por Jáuregui, el cual con sus cultas perífrasis y redundancias enerva los robustos conceptos y versos de Lucano, echando un borrón en su fama y gloria poética con una traducción modelo del culteranismo, a cuya escuela, que entonces principiaba, dio Jáuregui mayor vida. Lo mismo y aun más puede decirse de la traducción hecha por el doctor Faría del Robo de Proserpina, original del poeta Claudiano, que vivió en los tiempos de Arcadio y Honorio. Para que se vea el gusto depravado por su hinchazón y demás defectos que acabamos de notar cundían en nuestra literatura, copiamos la primera octava de este poema, escogiendo esta por que no se crea lo hacemos de la peor para poder probar nuestro aserto más fácilmente. Dice así:

Los caballos furiosos del amante
robador infernal, rey del Erebo,
y de Tenaro el carro, que arrogante
oscureció la clara luz de Febo,
de la hija infeliz del gran Tonante [5]
cantar me manda (atrevimiento nuevo)
las negras bodas y el horrible caso;
Lejos profanos, alargad el paso.


Esto es declamar, y solo hallamos en estos versos confusión, ripio y conceptos bajos y ridículos. ¡Qué diferencia con la claridad, sencillez y belleza que se nota en todos los de nuestros clásicos poetas! Parece imposible que los que tan pésimamente escribían fuesen proclamados por superiores a un Garcilaso o un Lope, Balbuena y otros. Es verdad que los que esto hacían eran hombres sin talento e inficionados en los mismos defectos.

A pesar de que la mayor parte de nuestros escritores de aquel tiempo se dejaron arrastrar de la corriente y fueron envueltos en este vicio, no obstante, se libraron de corrupción y sostuvieron el honor de la lengua castellana: Moncada en su Expedición de catalanes y aragoneses, obra que, aunque no perfecta, como modelo de historia debe ser estudiada por la vivacidad de sus descripciones; Quevedo en sus obras jocosas, como es el Sueño de las calaveras y el Alguacil alguacilado, donde se admira su ingenio, talento y gracia; don Carlos Coloma en la Guerra de Flandes, pues aunque su narración es desaliñada, y su estilo no completamente castizo, refiere con sencillez e imparcialidad los hechos en que se halló interesado como testigo y como parte; Solís en su Conquista de México, cuyo estilo es siempre brillante, pecando de afeminado a causa de su empeño en tornear y pulir las frases; con todo hay que convenir que, atendido el tiempo en que este apreciable autor escribió, parece imposible se hallen en su historia tan pocos rastros del mal gusto que entonces dominaba. Últimamente, Saavedra Fajardo en sus Empresas políticas, obra la más jugosa y útil que posee la lengua castellana. Con todo, se nota ya en ella la aglomeración pedantesca de citas con que el autor quiso lucir su erudición y otros vicios en que, desgraciadamente, por la época en que vivió no pudo o no supo evitar.

En los poetas le conservaron: Villegas en sus Eróticas y Anacreónticas, que son bastante felices, aunque tienen sus resabios de conceptuosas; Quevedo en sus poesías satíricas, a pesar de haber abusado de equívocos y retruécanos de palabras; Esquilache en algunas de sus poesías. Pero los que sobre todo se contaminaron menos fueron nuestros poetas cómicos. Moreto lució su ingenio en muchas, como El desdén con el desdén, Tía y sobrina, El lindo don Diego, etc. Con todo, se le tacha y con justicia de que, habiendo conocido y aún satirizado la deformidad y extravagancia de la escuela culta, incurrió algunas veces en sus defectos. Rojas en sus comedias de Amo, criado, etc., en que se ve su ingenio y gracia; pero se puede decir de él lo mismo que del anterior. Estos dos célebres poetas crearon el género de comedia llamada de figurón. Últimamente, descuella sobre todos el fecundo don Pedro Calderón de la Barca, que mereció y conserva aún la primacía de la escena española. Calderón fue un autor de mucho talento y mayor imaginación. Sucedió en el teatro al gran Lope de Vega y se encontró con un público ansioso de novedad y variedades. Además, Lope era excelente versificador, y a Calderón le fue preciso no dejarse vencer ni aun en esta parte, y así se admira la lozanía de las descripciones y la floridez de su estilo. De este modo consiguió no solo igualar, sino exceder a su antecesor. Las mejores comedias de este autor son las de enredo, llamadas de capa y espada, como Antes que todo mi dama, La dama duende, No siempre lo peor es cierto, etc., todas las cuales, siendo excelentes por lo bien sostenido de la fábula, lo feliz de su solución y naturalidad y belleza del diálogo, le acreditan por el primer dramático no solo de su patria, sino de toda Europa.

(Se continuará)



José García Flores

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