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Prensa y canon · Textos historiográficos

“Breve reseña de la Literatura Española (continuación)”

Autor del texto editado
García Flores, José
Título de la obra
Álbum Literario. Periódico de Ciencias y Literatura, nº. 8, 21 enero 1858
Autor de la obra
García Flores, Isidoro (dir.)
Edición
Madrid: Imprenta y librería de la viuda de Vázquez e hijos, 1858
Paginación
pp. 57-58
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Hemeroteca Digital Hispánica. (texto completo)
Información técnica
Editor: Pedro Ruiz Pérez
Encoding: Noelia Santiago López
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Córdoba, 10 enero 2025

Breve reseña de la literatura española

(Continuación)


La edad robusta o viril del castellano debe contarse desde el reinado de los Reyes Católicos hasta el de Felipe IV, y comprende todo el siglo XVI, llamado comúnmente nuestro siglo de oro. Dásele con propiedad este nombre, lo primero porque en él se fijó nuestro idioma castellano y adquirió un carácter permanente y estable; lo segundo, porque a las prendas que poseía añadió riqueza, rotundidad, suavidad y un chiste o donaire sabroso nada inferior a lengua alguna; y lo tercero y último, por los muchos ingenios y célebres escritores de prosa y verso que tuvieron sus talentos, su ingenio y maravillosa facundia en esta época.

Debió nuestro idioma sus riquezas a una feliz combinación de circunstancias favorables, como la invención de la imprenta por Gutemberg, la estensión del imperio español, el descubrimiento del Nuevo Mundo, la pasión por el estudio de la literatura, las frecuentes versiones del latín y griego y el haber aplicado el romance en vez del latín, como hasta entonces se había hecho, a tratados de agricultura, geografía y otras ciencias.

Debió nuestro lenguaje la rotundidad en el estilo al modo de pensar elevado y grandioso que infundieron las sorprendentes y gloriosas conquistas que llevaron entonces a cabo los valientes tercios de Castilla, y a la imitación continua de Cicerón y autores clásicos latinos, que hacían pasar sus giros a nuestra lengua. Debió la suavidad al prolijo cuidado de los humanistas en dulcificar la pronunciación y purgarla de todo sonido desapacible, y así se dice hijo por fijo, habla por fabla, hacer por facer, etc. Debió, en fin, el donaire y chiste sabroso a la viva imaginación de nuestros escritores de fábulas milesias, habiendo contribuido más que nadie el inmortal Cervantes con su Don Quijote y Mendoza con su Lazarillo de Tormes. Entre los muchos autores que lucieron estas galas nos contentaremos con citar los más célebres y la obra maestra de cada uno.

El reinado de los Reyes Católicos doña Isabel y don Fernando fue, sin duda, el más glorioso y feliz para los pueblos de cuantos le precedieron y aun de los que les han seguido hasta nuestros tiempos. En él no solo la España ensanchó sus límites y adquirió el primer puesto entre las naciones europeas, sino que la lengua patria, las ciencias, las artes y la literatura tomaron un incremento favorable por la constante protección que se las dispensaba. Es verdad que no es el período en el que florecieron mayor número de escritores, pero hay que confesar que los que ilustraron los reinados de Carlos I y Felipe II lo debieron al esmero con que todos los ramos del saber se enseñaron en este reinado y a la educación que en él recibieron.

Con todo, no pasaremos en silencio las cartas de doña Isabel la Católica, los Claros varones de Castilla de Fernando del Pulgar, la Poética o Ciencia gaya de don Enrique de Villena, y, sobre todo, la colección de cartas de Gonzalo de Ayora al Rey Católico y a su secretario Miguel Pérez de Almazán, escritas en 1505, pues, además del interés que encierran para la historia militar, son dignas de leerse por la propiedad del lenguaje, fluidez y nobleza del estilo, franqueza en el decir y elevación de conceptos.

En el reinado de Carlos I y V emperador los que sobresalieron en prosa fueron: el maestro Hernán Pérez de la Oliva en el Diálogo de la dignidad del hombre, el bachiller Pedro Rúa en sus cartas al obispo Guevara; aunque como tales pierden parte de su mérito en la retórica, que son: don Luis de Ávila y Zúñiga en los comentarios de la Guerra de Alemania, Jerónimo de Zurita en sus célebres Anales de la corona de Aragón, Gabriel Alonso de Herrera en su Tratado de agricultura, el cronista Pero Mecía en su Historia imperial y Cesario Florián de Ocampo en la Crónica general de España, cuya obra, aunque escrita con poca crítica y llena de hechos fabulosos, no deja por eso de contener bellezas literarias.

Fueron célebre prosistas, distinguiéndose durante el reinado de Felipe II, don Diego Hurtado de Mendoza en la bien escrita Guerra de Granada, fray Luis de Granada principalmente en la Guía de pecadores, santa Teresa de Jesús en sus cartas, obra de entendimiento varonil donde retrata su gran alma, su indulgente austeridad, su afabilidad y jovialidad cristiana; el maestro fray Luis de León en los Nombres de Cristo, La perfecta casada y otras obras recomendables, Antonio Pérez, ministro el más sagaz de Felipe II, en sus interesantes cartas familiares.

Bajo Felipe III se hicieron célebres el padre Sigüenza en su bien escrita vida de san Jerónimo, el padre Juan de Mariana en su escelente Historia de España, Leonardo de Argensola en su florida Historia de la conquista de las Molucas, y últimamente el insigne Miguel de Cervantes Saavedra en su Ingenioso hidalgo don Quijote, novela la más ingeniosa de cuantas ha dado a luz el entendimiento humano, obra la más bella, popular y moral de su género, digna por lo tanto del aprecio de todo el mundo civilizado. No se sabe qué admirar más, si su ingenioso argumento, lo bien seguido y variado de la fábula, su feliz desenlace y sus chistes y donaires, o su lenguaje puro y castizo, su estilo claro y propio del asunto, o su moral cristiana. Al lado de tantas bellezas, los pequeños lunares que en tan hermosa obra se advierten sirven solo para realzar su mérito y hacernos admirar más sus bellezas. ¿Qué censor moralista, por enemigo que sea de las novelas, será capaz, después de leer a don Quijote, de condenarlas sin escepción alguna? Desde luego, aseguro que no podrá menos de esclamar admirado, con la sonrisa en los labios: “Novelas que a la vez deleitan y enseñan tanto deben ser preferidas a todos los libros de moral que cansan por lo árido y lo seco”. También son dignas del mayor aprecio sus Novelas, las cuales, aunque de bastante mérito, no llegan ni con mucho a la antes citada.

En toda esta época de los tres reinados ya la poesía adquirió un lenguaje más propio y esmerado, y, sobre todo, la versificación se perfeccionó grandemente, merced a los desvelos de los poetas. Los primeros que dieron pasos para ello fueron Boscán, Mendoza y, sobre todo, el suave Garcilaso de la Vega. La introducción del endecasílabo italiano por los tres citados forma época en los fastos de la rima. Desterrose con este el verso alejandrino de doce o más sílabas, que, por su construcción particular, se dividía en su mitad, como se ve en los de Juan de Mena que antes copiamos, por cuyo motivo herían al oído por la seguida monotonía que era preciso se siguiera. No así el endecasílabo o verso de once sílabas, que, pudiendo variar el acento sin perder su melodía, cadencia, fluidez y armonía, en la cuarta quinta, sesta y séptima sílaba, no da lugar al cansancio del oído por la variedad que introduce.

Para que se vea la verdad de lo dicho, y, a la vez, comparen nuestros lectores el verso y la rima de la época anterior con esta, trasladaremos aquí la siguiente octava de las muchas y muy bellas que se hallan en la égloga tercera de Garcilaso, escogiendo una octava porque así lo lucimos con otra de Juan de Mena:

Flérida, para mí dulce y sabrosa
más que la fruta de cercado ajeno,
más blanca que la leche y más hermosa
que el prado por abril de flores lleno,
si tú respondes pura y amorosa [5]
al verdadero amor de tu Tirreno,
a mi majada arribarás primero
que el cielo nos demuestre su lucero.


(Se continuará)



José García Flores

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