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Prensa y canon · Textos historiográficos

“Breve reseña de la Literatura Española (continuación)”

Autor del texto editado
García Flores, José
Título de la obra
Álbum Literario. Periódico de Ciencias y Literatura, nº. 7, 14 enero 1858
Autor de la obra
García Flores, Isidoro (dir.)
Edición
Madrid: Imprenta y librería de la viuda de Vázquez e hijos, 1858
Paginación
pp. 49-50
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Hemeroteca Digital Hispánica. (texto completo)
Información técnica
Editor: Pedro Ruiz Pérez
Encoding: Noelia Santiago López
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Córdoba, 10 enero 2025

Breve reseña de la literatura española

(Continuación)


Los griegos, siempre celosos por dar a su nación el honor de haber sido la inventora de las ciencias y de las artes, atribuyen la invención de la poesía a Orfeo, Lino y Museo; es posible que entre los bardos de la Grecia hayan existido algunos personajes conocidos por estos nombres. Mas el origen de la poesía y de la elocuencia se ha de buscar en los bosques y los campos, no perteneciendo su descubrimiento a nación alguna en particular, pues es evidente que la poesía lírica existía en otros países. Ya, según Estrabón testifica, tuvieron sus bardos los celtíberos, turdetanos y galaicos. Sin embargo, preciso es confesar que la poesía, como todas las artes fundadas en la naturaleza, ha sido cultivada y llevada por un conjunto de circunstancias favorables a mayor perfección en unas naciones que en otras. Los griegos, favorecidos por la naturaleza con una imaginación viva y creadora, con un suelo fecundo y fértil y con un cielo despejado, teniendo también un gobierno democrático y popular que no les ponía trabas algunas, fueron los que más sobresalieron, dejándonos los más antiguos, perfectos y acabados modelos.

Pero, limitándonos a tratar de la literatura castellana, hay que convenir en que su verdadero origen se pierde en las tinieblas de la edad media, como, asimismo, en que los primeros acentos poéticos que resonaron en el norte de España fueron romances y canciones populares. Cuando el Cid aseguró en las sienes de Fernando I la nueva corona de Castilla ya se repetía, tal vez en incultos versos, el nombre de aquel héroe, ídolo de sus contemporáneos y gloria de su nación.

El Poema del Cid, de autor incierto, es según el sentir de don Tomás Sánchez de mediados del siglo XII, aunque el abate Andrés sostiene ser del siglo XI. Fray Alonso de Berceo, escritor del siglo XIII, escribió el Poema de santo Domingo de Silos, la vida de san Millán de la Cogolla y otros poemas ascéticos. Estos dos escritores son los que merecen algún recuerdo y deben reputarse por los principales de aquellos tiempos.

Estas obras, apreciables por su antigüedad, nos enseñan cómo iba ya degenerando el latín, que era el idioma que antes se hablaba, y cómo empezó el romance o romano rústico, ya por sus inflexiones y prosodia de los godos, ya por las muchas voces que habíamos aprendido de los árabes que dominaban desde hacía tres siglos en nuestra España. Nos enseñan también cómo se desfiguraron los exámetros y pentámetros latinos, y dieron principio los versos alejandrinos y los consonantes, versos toscos y de mala rima, como nos demuestran los siguientes:

Espolonó el caballo y se metió en el mayor haz.
Moros le reciben por la seña ganar,
danle grandes colpes, mas nol pueden falsar.
Dijo el Campeador: “¡Valedle, por caridad!”,


Aquí vemos la infancia del castellano, que debe contarse desde la conquista de Toledo, acaecida en el año de 1085, hasta la reunión de Castilla y de León, que fue en 1230; porque en esta época, ensanchando los castellanos sus límites bajo las banderas victoriosas de san Fernando, pudieron al mismo tiempo sacudir el yugo de la lengua árabe que iban imponiéndoles los sarracenos, quedando en libertad el romance naciente.

La pubertad o juventud del castellano puede decirse que comprende desde este tiempo hasta el año 1475, en que se unieron las coronas de Aragón y de Castilla bajo el glorioso reinado de doña Isabel I y don Fernando. Una de las causas que más contribuyeron a su adelanto fue el haberse mandado que todos los documentos públicos, que hasta entonces se estendieron en un pésimo latín, se hiciera en lo sucesivo en la lengua vulgar o romance. Con esto, dejando el latín de ser la lengua oficial, adquirió nueva vida el castellano, ocupando su puesto, y aquel puede reputarse como lengua muerta y usada ya solo por los doctos y escolásticos. No fue el que menos contribuyó a divulgar el idioma castellano y enriquecerle don Alonso el Sabio, con las muchas obras y tratados que publicó, en especialidad sus célebres Partidas y la traducción del latín de la Biblia y otras obras.

Pero sobre todo cuando adquirió un desarrollo mucho mayor fue bajo el reinado de don Felipe II, príncipe que se distinguió por su afición a las letras, particularmente a la poesía , habiéndose él mismo dedicado a cultivarla, componiendo algunas trovas y cantigas. Bajo este período florecieron algunos varones que con su ingenio dieron nueva vida a la literatura y libertaron completamente al idioma castellano de la tutela que entonces sobre él ejerciera el latín. He aquí las obras más célebres de toda esta época y que merecen ser leídas con detenimiento.

En prosa: la Crónicas de los cuatro reyes y el Tratado de cacerías, de Pedro López de Ayala, de fines del siglo XIV; las Generaciones y semblanzas de Guzmán, de mediados del siglo XV; el Centón epistolar de Hernán Pérez de Cibdad-Real, médico de don Juan el II; esta colección de cartas nunca serán bastantemente celebradas, pues no solo deben leerse por el interés histórico que encierran, refiriéndonos la historia secreta de aquella época, sino que deben estudiarse por ser la colección más antigua y completa que poseen las naciones modernas europeas y, a la vez, de un gran mérito literario, por la naturalidad, sencillez, soltura, gracia y chiste con que están escritas.

En verso: las Cantigas y tesoros de don Alonso el Sabio; el Poema de Alejandro de Juan Lorenzo Segura de Astorga, y según algunos del mismo don Alonso, de mediados del siglo XIII; las varias composiciones del arcipreste de Hita Juan Ruiz, de fines del siglo XIV; Las Trescientas y la Coronación de Juan de Mena, de mediados del siglo XV; las trovas y canciones del marqués de Santillana, de los Manriques, Cartagena, del conde Haro y de otros del reinado de don Juan II. Para que se note la diferencia que había ya en el verso y en el lenguaje de estos tiempos, comparemos los siguientes de Juan de Mena, en cuyas obras dice con razón don Diego Saavedra en su República literaria tenemos mucho que admirar y que aprender, con los del Poema del Cid de la época anterior y que dejamos ya copiados. He aquí cómo se espresa este escritor hablando de una correría de don Juan el II por la vega de Granada:

Con dos cuarentenas y más de millares
le vimos de gentes armadas a punto,
sin otro más pueblo y inerme allí junto,
entrar por la vega talando olivares,
tomando castillos, ganando lugares, [5]
y hacer con el miedo de tanta mesnada
con toda su tierra temblar a Granada,
temblar las arenas fondos de los mares.


Igualmente son dignas de estudiarse las cantigas del marqués de Santillana, en especial la letrilla de la Vaquera de la Finojosa, donde se ve ya usado el verso corto castellano como en las trovas de Manrique.

El que lea cuidadosamente estas obras podrá sacar, por lo menos, tres utilidades: primera, confirmar la filiación latino-gótica del castellano; segunda, ver su incremento progresivo en cada período de esta edad; tercera, observar desde aquellos tiempos el estilo ameno y sentencioso, que es uno de los constitutivos de su índole.

(Se continuará)



José García Flores

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