Prensa y canon · Textos historiográficos
"Breve reseña de la Literatura Española"
- Autor del texto editado
- García Flores, José
- Título de la obra
- Álbum Literario. Periódico de Ciencias y Literatura, nº. 6, 7 enero 1858
- Autor de la obra
- García Flores, Isidoro (dir.)
- Edición
- Madrid:
Imprenta y librería de la viuda de Vázquez e hijos,
1858
- Paginación
- pp. 41-42
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Hemeroteca Digital Hispánica. (texto completo)
Información técnica
Editor: Pedro Ruiz Pérez
Encoding: Noelia Santiago López
Encoding: Noelia Santiago López
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Córdoba, 8 enero 2025
Breve reseña de la literatura española
Ciertamente que no han sido las reglas las que han dirigido los genios; estos nos han presentado los modelos con haber estudiado la naturaleza. Todas las artes imitadoras las han copiado y esplotado, porque es la madre que ha producido y produce lo bello, lo agradable, lo sublime y lo peripatético.
El genio ha considerado, observado y estudiado profundamente a esta madre universal e, imitándola, la ha embellecido. Posteriormente talentos observadores han notado las obras de estos grandes genios y las bellezas que han producido, y por medio del análisis han desenvuelto sus secretos. Estos talentos, viendo lo que habían hecho los genios verdaderamente creadores, han dicho a los demás hombres: ved lo que debéis hacer si queréis imitarlos, ved los defectos que debéis evitar si queréis excederlos. De este modo la poesía y la elocuencia han precedido a la poética y la retórica.
Habían escrito ya y puesto en escena sus tragedias Eurípides y Sófocles, que se han considerado siempre como obras clásicas y maestras; y contaba la Grecia doscientos escritores dramáticos antes que Aristóteles trazase las reglas de la tragedia en un arte poética; y Homero había sido sublime siglos antes que Longino ensayase el definir qué era y en qué consistía lo sublime. Pisístrato y Pericles habían ya subyugado con su elocuencia al pueblo de Atenas cuando Georgias Leontino dio reglas de retórica, y Aristóteles escribiese sus instituciones. Cicerón había sido el primer orador romano antes que Quintiliano diese a luz las reglas de la oratoria.
Luego es claro que la naturaleza ha precedido al arte; así que la literatura nos da a conocer todas las obras de prosa y verso, todos los escritos amenos y todos en los que haya belleza, sublimidad y entusiasmo.
Convencidos de que la literatura se apoya en espresar con toda verdad la naturaleza en prosa y con toda belleza en verso, de aquí la elocuencia y la poesía. Mas es necesario que entendamos que estas dos artes se presta mutuamente su auxilio, y que son necesarias en todos género de composición. La historia y la oratoria, lo miso que toda obra didáctica y filosófica, deben adherirse a lo útil y verdadero, y en sus mayores licencias (donde está permitido), si se echa mano de lo verosímil y agradable, no lo hace debidamente, sino con respecto a la verdad, porque toda composición no logra jamás tanto crédito como cuando agrada y es verosímil.
El orador e historiador no son propiamente creadores, y el gusto que deben desplegar es hallar el verdadero aspecto por donde presentar los objetos, despertando la curiosidad de sus oyentes o lectores, fijando su atención, y convencer por este medio el entendimiento y mover la voluntad.
El poeta, al contrario, no se fija en la realidad; se forja él mismo sus modelos y su plan; estudia la belleza, lo sublime y todo aquello a donde puede llegar la naturaleza; reúne todos los rasgos, todas las acciones que no sean repugnantes, atendiendo siempre a lo verosímil, y, de este modo, con su entusiasmo produce seres bellos, maravillosos y sublimes.
Las bellas letras imitan, pues, la naturaleza; imitar es formar un retrato fiel y exacto del original que uno se propuso por modelo. De aquí se deduce que debemos comparar estas dos ideas. Primera: el prototipo o modelo, el cual contiene los rasgos y lineamientos que queremos copiar; segunda: la cosa que los representa.
Siendo, como hemos dicho, la naturaleza el modelo o prototipo de las bellas letras, debemos entender por naturaleza todo cuanto existe y todo cuanto concebimos fácilmente como posible. Para esto, claramente podemos distinguir cuatro mundos, a saber: primero, el mundo existente o el universo actual físico, moral y político del cual somos parte; segundo: el mundo histórico, que está poblado de grandes hombres y lleno de célebres hechos; tercero: el mundo fabuloso que se supone habitado por dioses y héroes imaginarios; cuarto, en fin: el mundo ideal o posible, que debe su origen a la imaginación, pero caracterizado con todos los rasgos de existencia y propiedad. Así pintó Aristófanes al filósofo Sócrates del mundo existente, los Horacios de la historia, Medea de la fábula, y el misántropo del mundo ideal o posible.
No escribimos una obra didáctica y, por tanto, no nos detendremos en definir, pero sí apuntaremos las condiciones que han hecho brillar a tantos sabios en el campo literario: genio, inteligencia y gusto; he aquí la fórmula general aplicable para la resolución del problema que nos ocupa; he aquí la síntesis que forma todos nuestros objetos y todas nuestras operaciones intelectuales; de aquí las ciencias, las letras y todas las artes imitadoras; de aquí la literatura, la buena ideología y la moral.
Para formar nuestro gusto en las buenas letras tenemos todos dentro de nosotros mismos aficiones con que nos ha dotado el autor de la naturaleza y que nos estimulan a buscar la perfectibilidad. Una de estas aflicciones es la curiosidad innata a todo hombre que no sea estremadamente apático o esté sumido en el idiotismo más craso. La curiosidad impele al espíritu humano hacia la perfección; obra en todos los hombres y en todos manifiesta el vigor y universalidad de su acción con los placeres que de ella proceden. Tal es el placer de recibir gran número de cosas, de percibirlas fácilmente, el de la variedad, opuesto al disgusto de la monotonía, y el de la sorpresa. Para satisfacerlos hemos de consultar a la claridad, al orden, a la sencillez, a la simetría, a la unión y a la espresión. Inseparables de estas dotes, necesitamos recordar además los preceptos de la ideología que debemos tener aprendidos en la lógica, principalmente las facultades del alma llamadas atención, comparación y raciocinio.
Asentados estos principios comunes a la literatura de todas las naciones, como que son dictados por la naturaleza, descenderemos a hacer la aplicación de ellos a la literatura española, pasando revista a los más célebres escritores de prosa y verso que ha honrado nuestra España en toda clase de composiciones.
(Se continuará)
José García Flores