“Crítica dramática. Don Francisco de Quevedo, drama en cuatro escenas y en verso, original de D. Eulogio Florentino Sanz”
- Autor del texto editado
- Cañete, Manuel (1822-1891)
- Título de la obra
- El Faro, nº 289, 12 de febrero de 1848
- Autor de la obra
- Coello y Quesada, Diego (dir.)
- Edición
- Madrid:
Imprenta a cargo de Luis García,
1848
- Paginación
- pp. 3-4
Fuentes
Información técnica
Editor: Pedro Ruiz Pérez
Encoding: Noelia Santiago López
CRÍTICA DRAMÁTICA.
DON FRANCISCO DE QUEVEDO, DRAMA EN CUATRO ESCENAS Y EN VERSO, ORIGINAL DE DON EULOGIO FLORENTINO SANZ
Cuando en medio del arenoso desierto de nuestra literatura dramática, entregada casi esclusivamente ha días al brazo secular del arrojo y de la ignorancia, encontramos algún oasis donde encontrar aliento y poner en olvido, gracias a las dulzuras presentes, los pasados sinsabores, nuestro corazón se dilata, la esperanza renace en nuestro pecho con más encantos, y nos formamos mil y mil ilusiones halagüeñas, que tal vez se desvanecen en un soplo, pero que nos consuelan mientras existen, porque la fe que tenemos en el arte nos hace desear ardientemente que salga del estado vergonzoso en que ha venido a quedar reducido en España.
Afortunadamente, el año se inaugura de tal modo, que no hay sino pedir a la suerte que no decline en tan saludable rumbo para que entre nosotros el arte vuelva a ser arte; y desde la tentativa hecha con el Régulo los dos principales teatros han ofrecido a los verdaderos amantes de la buena literatura otras tantas flores que no por exhalar diferentes perfumes dejan de seducir a todos con la magia de sus atractivos. Desde luego se comprenderá que hablamos de Don Francisco de Quevedo, drama estrenado en el Teatro del Príncipe a beneficio de don Julián Romea, y de Sara, la tragedia representada en la Cruz al de don José Tamayo; pero, a decir verdad, en esta ocasión los primeros beneficiados han sido el público y la literatura española.
Don Francisco de Quevedo es un drama que, sin falsear el carácter de un gran personaje histórico (antes bien, comprendiéndole tal como debió ser y no como la necedad del vulgo se lo figura) y sin desatender el colorido de localidad y de época, está en las condiciones del verdadero drama moderno, tanto por lo grave del pensamiento que ha presidido a su creación cuanto por otras dignas prendas que lo realzan y lo elevan sobre el cúmulo de tentativas dramáticas que salen a luz cada día. El señor Sanz ha querido describir en el inmortal autor de tantos escritos inmortales al hombre generoso y de elevados pensamientos que, víctima de las injusticias de la sociedad, se pone como desgraciado del lado de la desgracia, y arriesga su reposo, su felicidad, su existencia misma por sacarla a salvo de las persecuciones y asechanzas de los perversos; al hombre de agudo ingenio que, por ese instinto profético de las organizaciones privilegiadas, se antepone a los sucesos, y antes que alboree el mal lo presiente y dispone los medios de conjurarlo; al hombre, en fin, que, animado del más profundo desprecio hacia las pequeñas miserias de los llamados grandes que le circuyen, se burla de sus maldades y de sus vicios con la más amarga ironía, mientras los necios (que forman la inmensa mayoría de la humanidad) le toman solamente por un loco amable que dice chistes, y al cual dispensan con la candidez propia de la ignorancia el honor de que les haga reír con los gritos sarcásticos que brotan de su corazón dolorido.
Bajo este punto de vista, el drama del señor Sanz es un drama de verdadera importancia, porque la idea generadora es en él una idea profunda y trascendental, una idea de progreso que responde a las actuales necesidades del arte y que revela en el que la ha concebido no sola la elevación de entendimiento, sino también algún genio verdaderamente creador. Esta brillante facultad del alma, que absorbe en sí misma otras muchas, es sin duda la de más valía, pues nadie ignora que el genio, cuando merece nombre de tal, tiene un poder intuitivo que le hace adivinar el buen gusto y que le pone en posesión de verdades cuyo descubrimiento es asunto de largas investigaciones y vigilias para menos claros entendimientos. Después de esto, ¿qué importan los defectos de mera forma en que ha incurrido el joven autor, que empieza su carrera por donde algunos muy aplaudidos quisieran poder acabarla? El fundamento de la obra es sólido; el pensamiento que la anima, de valor sumo; el carácter que sirve de encarnación a la idea que intenta personificar y ha personificado, verdadero y simpático a todas luces. ¿Qué vale, pues, que, más por negligencia que por falta de saber y de tacto, haya en ciertos detalles algún descuido, cuando no son estos de tal naturaleza que puedan empañar el mérito del conjunto? ¿Deberemos ser implacables cuando se anuncia un ingenio de feliz augurio para la abatida dramática española, y buscaremos para cebarnos en ellas las faltas que no pueden menos de existir en todo producto del entendimiento humano?
Quede a las nulidades envidiosas el sabrosísimo placer de desgarrar a sus anchas lo que es superior a su comprensión y menosprecia sus ineficaces tiros. Por nuestra parte, aunque no perdonaremos nunca el mal gusto ni las presunciones locas, seremos siempre apologistas decididos de las verdaderas obras de arte; y esta conducta imparcial será el mentís único que ofrezcamos en las aras del juicio y de la razón contra aquellos que tachan de demasiado severas nuestras críticas y que calumnian torpemente nuestras intenciones, porque, rindiendo ciego culto al ídolo deleznable de su vanidad, juzgan que son injustos en demasía cuantos ven de mal ojo las vulgaridades que, por serlo, han conseguido halagarles o entretenerles.
El drama del señor Sanz es una idea que se desarrolla por medio de un gran carácter, y el principal mérito del autor (mérito que por sí solo bastaría para que calificásemos de importante su obra) es que el personaje escogido para servir de personificación a esa idea es el más popular quizá de los escritores españoles de nuestro gran siglo, aquel a quien la multitud atribuye la invención de todas las insulseces a que da el nombre de chistes, y que sirve de tipo cuando se habla de truhanescas bufonadas o de cínicos decires. Con semejantes antecedentes hubiera sido lógico, y no nos hubiera causado la más mínima extrañeza, que hubiese obtenido ruidoso éxito el drama en que se pintase a Quevedo como a un bufón que conoce la sociedad y se burla de los hombres, sin menospreciarlos ni escarnecerlos, o como a un indiferentista que dice con la frialdad propia de un escéptico de baja esfera:
Si va a decir la verdad,
de nadie se me da nada,
que el ánima apicarada
me ha dado esta libertad.
Pero entrar en concurso con la imaginación de la muchedumbre que solo mira a Quevedo por esta fase, y vencerla, y subyugarla, y hacerle que, merced al influjo magnético del genio, acepte desde luego como inconcuso lo que borra sus tradiciones y anonada sus creencias respecto al personaje de que se trata, cosa es para la cual se necesita un poder de adivinación extraordinario, y un talento de combinación indecible. Gracias a estas dos cualidades esencialísimas en el que se arroja a la arena del teatro (arena pacífica al parecer, aunque removida siempre por el fuego oculto de mil bastardas pasiones), el señor Sanz ha logrado un triunfo no menos envidiable que merecido.
Es verdad que alguna vez, por esforzar el ingenio de los recursos, toca en trivial y raya en inverosímil, como sucede en el momento en que, próximo a ser vencido por la astucia del conde-duque, presenta Quevedo, para que le hagan inmune, los despachos de embajador de Sicilia, reproduciendo desvirtuado el efecto de una situación anterior, más original y más cómica; que desde la caída de Olivares en el acto cuarto el drama, desenlazada ya en su mayor parte la acción, debía correr más rápidamente al final y no diluir tanto las situaciones; y, por último, que sería oportuno suprimir algunas frases poco nobles en un diálogo urbano por lo general, así como algunas repeticiones frecuentes de giros y hasta de versos, tales como Margarita de Saboya y en San Marcos de León. Sin embargo, estos leves lunarcillos no impiden que el lenguaje sea correcto y elegante, ni que la versificación brille por su naturalidad y por su esmero. Además, el ingenio que a través del cerrado prisma de la opinión general busca la fisonomía interior de su héroe para hacerle intérprete y depositario de su pensamiento; el que arroja sin temor a la liza, combatiendo desde su cuna dramática las preocupaciones vulgares; el que ha sabido tan oportunamente infundir el sentimiento filosófico en el sentimiento poético; el que, finalmente, pone en boca de Quevedo las palabras que vamos a copiar a continuación, ¿no merece que la crítica le salude con aplausos y siembre de rosas un sendero que sólo debe producir espinas para el desvanecimiento o la ignorancia?
Quevedo.- No me han visto. Es fuerte apuro
que me hayan de perseguir
necios siempre, y de seguro
con este infame conjuro:
“¡Quevedo, hacednos reír!” [5]
Y es, por Dios, contraste horrendo,
y aun vice-versa nefando,
y hasta sarcasmo estupendo,
que ellos escuchen riendo
lo que yo digo rabiando. [10]
Tal vez por que se desvíen
suelto un chiste insulso y frío...,
mas de gusto se deslíen
y tanto a veces se ríen,
que al fin yo también me río. [15]
Risas hay de Lucifer...
risas preñadas de horror,
que en nuestro mezquino ser
como en su llanto el placer
tiene su risa el dolor. [20]
Necios, los que abrís las bocas,
¡abrid los ojos!... Quizás
veréis que mis risas locas
son de lástima no pocas
y de tedio las demás. [25]
¡No!... ¡Con su chata razón
no comprenden, cosa es clara,
que mis chistes gotas son
de la hiel del corazón
que le escupo a la cara! [30]
Y jamás librarme puedo
de este infernal retintín,
que ya me produce miedo:
“¡Divertidnos vos,Quevedo!”.
Y hablo... y los divierto al fin... [35]
¿Qué tal? “Me divierto mucho”
dice, al divertirse, un bicho
ya en diversiones muy ducho...
¡Y con qué temblor le escucho,
yo que en mi vida lo he dicho! [40]
Sí... Los necios de mil modos
que se divierten discurro
que se divierten discurro
Y yo, al divertirse todos,
siempre me canso y me aburro. [45]
(Pausa)
Cansado estoy de cansarme
y aburrido de aburrirme...
¡Necios, venid a enseñarme
cómo tengo de arreglarme
para saber divertirme! [50]
Y, si en torno hasta morir
sólo necios he de hallar,
y con necios sonreír,
y con necios divertir,
viendo a los necios bailar, [55]
padre Adán, tu parentela
mire yo en corro infinito,
a la luz de una pajuela,
bailando la tarantela...
pues... y el baile de San Vito. [60]
Ni es menos digno de loa por haber enlazado el nombre de Quevedo a ciertos acontecimientos históricos de su época, para combinar un todo de ingeniosa complicación y en el que los más imprevistos accidentes tienen un colorido de verdad que hace que la ilusión sea completa. Díganlo, si no, la oportuna lectura del soneto y otras situaciones de semejante índole, en las cuales, bajo un exterior jovial, se ve al hombre que decía:
De una madre nacimos
los que esta común aura respiramos;
todos muriendo en lágrimas vivimos
desde que en el nacer todos
lloramos.
Versos que el señor Sanz ha sacado a plaza oportunamente en su obra, y que, como todos los demás tomados al gran Quevedo, producen en el ánimo una impresión duradera. ¡Así la falta de espacio no nos impidiese trasladar algunos de los originales rasgos de nuestro autor, que se distinguen notablemente por lo sentenciosos y por lo agudos!
[...]
Manuel Cañete