“Tirso de Molina. Cuentos, fábulas, descripciones, diálogos, máximas y apotegmas, epigramas y dichos agudos escogidos en sus obras, con un discurso crítico, por D. Ramón de Mesonero Romanos”
- Autor del texto editado
- Cañete, Manuel (1822-1891)
- Título de la obra
- El Faro, nº 302, 27 de febrero de 1848
- Autor de la obra
- Coello y Quesada, Diego (dir.)
- Edición
- Madrid:
Imprenta a cargo de Luis García,
1848
- Paginación
- p. 4
Fuentes
Información técnica
Editor: Pedro Ruiz Pérez
Encoding: Noelia Santiago López
PARTE LITERARIA
REVISTA BIBLIOGRÁFICA
Tirso de Molina. Cuentos, fábulas, descripciones, diálogos, máximas y apotegmas, epigramas y dichos agudos escogidos en sus obras, con un discurso crítico, por D. Ramón de Mesonero Romanos, Madrid, 1848.
[siguen otros títulos de diferente naturaleza y temática]
Artículo primero
Solo es dado a los Alejandros, dice un famoso escritor, cortar el nudo gordiano. Solo a los pueblos de verdadera virilidad y de maduro entendimiento, decimos nosotros, es dado producir obras trascendentales y duraderas. Por esta razón son tan pocas las que con dichas condiciones se deben a la España de nuestros días, pues, si el amor propio no ciega enteramente nuestra comprensión, alcanzaremos sin dificultad que para el mundo de las ideas apenas hemos salido de la infancia, ya que la libertad de pensar nos sorprendió en un vergonzoso estado de decrepitud, del que (a no habernos regenerado por el auxilio de la Providencia) hubiéramos venido a dar en la muerte.
Sin embargo, nuestra raza, como todas las que son de suyo inteligentes y poderosas, ha andado en breve tiempo mayor camino del recorrido en igualdad de circunstancias por otras naciones; y, si bien el respeto a la tradición, los instintos altaneros y belicosos y las bastardas pasiones que la revolución engendra siempre (para que las sociedades conozcan el mal por sí mismas y se purifiquen exterminándolo) han puesto muchas veces rémoras al desarrollo del pensamiento, aún podemos gloriarnos del vigor con que empiezan a dar fruto en nuestro suelo ciertos gérmenes civilizadores, y del activo movimiento intelectual, cuyos resultados son más útiles cada día para la propagación de las luces.
Esta saludable actividad que, si no tuviese otros títulos, seria en todo evento de la mayor importancia, porque abre la senda y allana las dificultades de la producción, como precursora y amiga del talento superior y del genio, extiende a todos los ramos del saber su beneficioso influjo, y tanto se dirige a poner en fermentación los dominios de la ciencia, para hacer surgir de ellos las verdades más luminosas y las de más general aplicación, cuanto a educar el terreno que debe producir en su día las flores literarias más puras y las emanaciones artísticas de mayor encanto.
A examinar, pues, el fruto de las tareas de algunos laboriosos obreros vamos a consagrar el presente artículo, y como para dar cima dignamente a tamaña empresa fuera necesario disponer de mucho espacio y no corto tiempo, nos contentaremos con apuntar simplemente las ideas que cada una de las obras que han de ocuparnos ha despertado en nosotros, sin entrar en el campo de las consideraciones a que se prestan algunas por la índole del pensamiento que les ha servido de norte.
El señor Mesonero Romanos, que bajo el pseudónimo de El Curioso Parlante ha conseguido entre nosotros tan alta fama de escritor infatigable y concienzudo, acaba de dar a luz en el establecimiento del señor Mellado un libro de pequeño volumen, pero de gran importancia, porque en él ha reasumido los cuentos, fábulas, descripciones, dichos agudos, etc., del maestro Tirso de Molina, poniéndoles un discurso crítico preliminar acerca de las obras del inmortal mercenario. Este trabajo de paciencia y de gusto es de una utilidad inmediata para la juventud, sobre todo, que en breves páginas encuentra reunido un tesoro de agudezas, elevados pensamientos, máximas, epigramas y locuciones puras del cual puede resultarle gran provecho. Si a esto se une que en el discurso crítico se aprecia con tino y con claridad el valor de las obras de nuestro poeta, en aquella parte que es más comprensible para los jóvenes (es decir, en lo que más que con la idea generadora tiene relación con el estilo), no se extrañará que celebremos la feliz ocurrencia habida por el señor Mesonero, ni que nos atrevamos a estimularle, puesto que a tan prolijos y hoy descuidados estudios se consagra, para que siga haciendo con algunos otros de nuestros famosos autores del gran siglo, tales como Alarcón y Moreto, el mismo utilísimo trabajo que ha hecho con los celebrados dramas de Tirso.
Sin embargo, parécenos que el método seguido por el señor Mesonero hubiera ganado un tanto si, en vez de haber hecho la distribución por comedias, la hubiese ordenado por asuntos; así como echamos de menos muchos trozos no inferiores a los escogidos, y que debían figurar en una colección como la presente. Sirvan de muestra los siguientes, entresacados al azar de una sola producción, La Huerta de Juan Fernández. Empieza el señor Mesonero haciendo sus extractos por la natural relación de Tomasa, que concluye:
porque al jumento no es bien
que le igualen al rocín,
y suprime estas oportunas reflexiones que en el más bello estilo hace el autor enseguida por boca de los personajes de su drama:
PETRONILA. No os han de faltar molestias
si no templáis ese humor,
y os pudrís reformador
comenzando por las bestias.
¿Quién diablos os mete a vos [5]
tan mozo en esos pesares?
Los vestidos y manjares
comunes los hizo Dios.
TOMASA. Engañaisos.
PETRONILA. ¿Que me engaño?
TOMASA. Perdonadme esta simpleza. [10]
¿Por qué hizo naturaleza
el tabí, la seda, el paño,
la holanda, el cambray y estopa,
distintos al tacto y vista?
Por que cada cual se vista [15]
según su estado la ropa.
Dentro de una misma especie
hallaréis que el universo
hizo su manjar diverso,
de que cada cual se precie. [20]
El racimo moscatel
y alvillo, que al noble pinta,
la cepa jaén y tinta
para el que rompe buriel.
El noble melocotón [25]
que deleita al caballero,
con el durazno grosero
para los que no lo son.
……………………………..
Ofrece una misma granja,
en fe de esta distinción, [30]
para el príncipe el limón,
para el no tal la naranja.
En el campo y el vergel
la primavera arrebola
para el pastor la amapola, [35]
para la dama el clavel.
Esto sin mencionar aquellos preciosos cuatro versos que dice Hernando:
Jardinero soy de amor,
mis esperanzas cultivo;
mientras que méritos siembro
galardones pronostico,
ni aquel pensamiento tan gallardamente expresado en dos versos:
que bien es quien siembra engaños
que en desprecios coja el fruto,
ni, finalmente, aquel malicioso consejo que Mansilla da a Tomasa en el acto último:
Niña, en un lugar estás
donde por todo se pasa,
no pase todo por ti.
Asimismo sentimos que el autor haya dejado correr algunas incorrecciones que no pudieron ser de Tirso, sino de los malos impresores de su tiempo, y que o debilitan el sentido o destruyen el efecto de la rima. Entre las primeras advertimos la siguiente:
Doncella y corte son cosas
que
indican
contradicción,
la cual nace de haber conservado el verbo indicar en vez de implicar, que es el que reclama el sentido, y el que se encuentra en la edición corregida por el señor Hartzenbusch. La más visible de las segundas es la que notaremos a continuación en unos versos de Marta la piadosa que dicen asi:
PASTRANA. Besando a vuestras mercedes...
INÉS. ¿Qué?
PASTRANA. Las manos.
INÉS. ¡Socarrón!
Flemáticas manos son,
pues en el beso te
quedas.
PASTRANA. Pues en cualquiera suceso,
¿qué venta puedo yo hallar
donde me pueda quedar
con más gusto que en un beso?
Esta versión de la primera redondilla, que es la corriente en diversas ediciones , y, lo que es más, que es la admitida también por los ilustrados señores Mesonero y Hartzenbusch, el último de los cuales ha purgado de errores con tanto acierto los viciados textos del padre Téllez, es a todas luces equivocada, pues ni era posible que un versificador de tanta facilidad como Tirso hubiese concertado mercedes con quedas, ni que hubiese repetido sin necesidad en dos versos subsiguientes la partícula pues, que hace anfibológico el sentido de las palabras que Inés dirige a Pastrana. Por nuestra parte, creemos que podría sin escrúpulo corregirse esta falta del siguiente modo:
Flemáticas manos son;
nunca en el beso te quedes,
pues de esta manera no solo se restituiría la rima a su verdadero ser, borrando la imperfección que la deslustra, sino que desaparecería la anfibología arriba indicada, y la contestación de Pastrana sería más consecuente y más lógica; pudiendo decirse, casi sin el temor de equivocarse, que tal debió ser la verdadera lección de Tirso. Esto no obstante, el trabajo del señor Mesonero arguye grande estudio de nuestra buena literatura y llena en parte un vacío que ojalá personas de su ilustración se apresuren a llenar del todo.
[siguen las reseñas de los otros títulos]
Manuel Cañete