“De la originalidad”
- Autor del texto editado
- Balmes, Jaime (1810-1848)
- Título de la obra
- La civilización. Revista religiosa, filosófica, política y literaria de Barcelona, tomo II
- Autor de la obra
- [No se indica]
- Edición
- Barcelona:
Imprenta de A. Brusi,
1842
- Paginación
- pp. 365-380
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Biblioteca Virtual de Prensa Histórica. (texto completo)
Información técnica
Editor: Tania Padilla Aguilera
Encoding: Noelia Santiago López
Encoding: Noelia Santiago López
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Córdoba, 27 diciembre 2024
DE LA ORIGINALIDAD
Hay en la originalidad algo de tan seductor y brillante, que en cierto modo puede decirse que ella ya por sí constituye un verdadero mérito. Leed la obra más bella que podáis imaginar, donde campeen a la par el ingenio, la fantasía y los sentimientos del corazón. ¡Ay de esa gloria si, al través de los disfraces en que la habilidad del escritor ha sabido encubrir los lineamientos del modelo, alcanzáis a conocer que no es en su mente donde se ha vaciado por primera vez la obra! Desde entonces podrá mereceros aprecio, pero no admiración; leeréis con gusto, mas no con entusiasmo.
A esta diferencia entre lo general y lo imitado contribuyen dos causas. Es la primera una inclinación natural que nos lleva a admirar el genio, que nos embriaga de entusiasmo al contemplar sus rasgos, que nos asombra y anonada ante la fuerza creadora, ¡cosa admirable! El trabajo, es decir, aquello en que nosotros tenemos una parte positiva, aquello en que contraemos un verdadero mérito, y que no es un don de la naturaleza, el trabajo por útil, por digno que sea, nunca logra de nosotros la misma admiración que la fecundidad del talento natural, y es fácil observar este hecho aun en los actos más comunes de la vida, en el terreno de la naturaleza, es decir, de la verdad. Este mozo, decimos, es muy aprovechado, tan estudioso, tan asiduo... Aquel tiene un talento brillante, bastárale quererlo para aventajarse a todos sus compañeros. Lo primero es un elogio de la aplicación, lo segundo es un tributo pagado al talento, y ¿cuál, sin embargo, se tiene por más halagüeño? Es tan palmar la diferencia, que aquel se recibe con frialdad, si no con disgusto, cuando el otro se recoge con avidez. El hombre se complace en sacrificar el sólido mérito de la laboriosidad al brillante título del talento, ambición, si se quiere, caprichosa, llena de orgullo, de vanidad, pero que muestra el grandor del alma, sus deseos sin límites, su espansión que no cabe en el mundo, el ansia de parecer grande, cuando no pueda serlo. Todos queremos ocultar el sudor que nos cuestan nuestras producciones, todos abrigamos la secreta ambición de acercarnos a la fuerza creadora que dijo “hágase la luz, y la luz fue”.
Pero este entusiasmo por la facultad creatriz no es el único manantial de las ventajas de la originalidad sobre la imitación; tiénela en sí misma, en su propia naturaleza, sin que hayamos de achacar la culpa a la preocupación o el orgullo. Lo que es original, si es bello, es más agradable porque es más bello; y, si es grande, es más admirado porque es más grande. El mérito de la literatura consiste en la perfecta y atinada imitación de la naturaleza, pero el imitador de la literatura no imita a la naturaleza, imita al literato. Esta indicación señala una diferencia inmensa. Desenvolvamos este pensamiento. Los trabajos literarios, tomando esta palabra en su dimensión más lata y, si se quiere, más vaga, no son más que la espresión de nuestro pensamiento, comprendiendo en este vocablo toda operación o pasión de nuestra alma. Pues bien, esta espresión nunca será la verdadera, la propia, si no es original; faltarale más o menos la primera de todas las cualidades de una buena producción, la naturalidad, la verdad. Cada individuo, cada nación, cada época tiene su carácter, tiene su modo de ver las cosas, de imaginarlas, de sentirlas. Prestar lo del uno al otro es transformar el orden natural y, por lo tanto, poner en tortura las facultades del alma, es atajar su espansión, es secar las fuentes de lo bello y de lo sublime. Y cuenta que no se trata aquí de desterrar del mundo la imitación, solo, sí, de indicar sus inconvenientes y ponderar sobre todo las ventajas de la originalidad. El que se propone un modelo, por el mismo acto, se doblega bajo su autoridad, y cuando se trata de rasgos felices y osados no es buen agüero empezar bajando la cabeza; sin advertirlo, sin pensarlo, es entonces el modelo el bello ideal; no procuramos hacerlo bien, sino en conformidad a lo que a la vista tenemos y, lo que es más, copiamos por lo común los defectos sin copiar las bellezas. Este es el resultado natural de querer violentar las cosas. Los retóricos han escrito largos tratados sobre la imitación; respetando su mérito y sin negar su importancia, nos parecen más propios para una literatura convencional que para otro objeto. La ideología podría suministrarnos en esta parte abundantes reflexiones, pero deseamos huir del árido y escabroso terreno de la abstracción y espaciarnos por el ameno campo de la historia literaria.
Respetamos la literatura romana y no intentamos disputarle el alto punto de gloria a que se elevó en su siglo de oro; sin embargo, todavía nos atrevemos a afirmar que no tomó el rumbo más acertado para granjearse un renombre que hubiera sido más justo. ¿Y qué? ¿Será quizá esta proposición demasiado avanzada? Puede ser así, pero, al menos, no la dejaremos sin apoyo. ¿Qué es la literatura romana? Generalmente hablando, un traslado de la griega. Poetas, oradores, filósofos, todos son griegos que hablan en latín, y esto, a nuestro juicio, fue un mal, y mal gravísimo, porque, si bien con esto se aseguraron los romanos una regularidad, una belleza artificiosa que de otra manera no hubieran alcanzado, perdieron todo el mérito de la originalidad; no se abandonaron lo bastante a su propio pensamiento, y así todo lo que ganaron en la forma lo perdieron en el fondo; tuvieron más regularidad, menos defectos, pero en cambio sacrificaron una buena parte de la elevación, del fuego, del grandor que en otro caso hubieran tenido en mayor abundancia.
Despojémonos por un instante de las preocupaciones que se nos han comunicado desde nuestra infancia, atrevámonos a pedir a la antigüedad los títulos con que exige nuestra admiración, no desechemos como una tentación de orgullo el pensamiento de ¿quién sabe si los antiguos, que tanto admiramos, no hubieran andado mejor por otro camino? Discurramos con la debida independencia, y entonces no nos parecerán osadas paradojas lo que son verdades inmensas. Es innegable que las ideas romanas, y sobre todo las mitológicas, tienen mucha semejanza con las de los griegos, y que por esta razón sus producciones literarias no podrán menos de presentar muchos puntos de contacto, pero no nos es dado persuadirnos que el genio romano, ese genio que había conquistado el mundo, no hubiera encontrado en sí propio más recursos que el genio griego; no nos es dado persuadirnos a que ese pueblo que había llevado sus armas desde las colunas de Hércules hasta el corazón de Asia, desde los arenales del África hasta lo más hondo de los bosques de la Germania, a ese pueblo que hasta en los tiempos en que más se desplegaba su espíritu tenía todavía ante los ojos el inmenso espectáculo de tanto grandor, no nos es dado persuadirnos, repetimos, que le fuera ventajoso ceñirse a la imitación de los griegos, de los griegos que a la sazón solo vivían de recuerdos, y, por cierto, no tan grandiosos cual los recuerdos y la realidad de la señora del orbe. Si, en vez de ceñirse los poetas romanos a traducir e imitar de los griegos; si, en vez de tener fijas sin cesar las miradas en ese pequeño recinto que se apellida Grecia, se hubiesen espaciado por los arenales de la Libia, por los campos de la Iberia, por los bosques de la Germania y por las nebulosas orillas del Támesis; si hubiesen estudiado el Asia por sí mismos, y no entregándose ciegamente a las relaciones de los griegos, al través de las preocupaciones de ese pueblo tan amable, pero amable como un niño, según la espresión de Bacon; si, aprovechándose de las curiosas relaciones que debían de oír de boca de los soldados de las legiones que batallaron en esos países, nos hubiesen presentado interesantes cuadros de costumbres, descripciones de nuevos países; si hubiesen dado una forma poética a las inspiraciones de César, ¿qué interés tan nuevo no hubieran ofrecido? ¿Cómo se hubiera desatado su alma tan llena de fuego a la vista de unos lugares testigo de la gloria de un padre, de un hermano o de un amigo, regados quizá con su sangre o consagrados con sus despojos mortales? Recorred las sublimes odas de Horacio; ¿cuándo es más bello?, ¿cuándo es más sublime?: cuando canta las grandezas y las victorias de Roma, cuando es romano, solamente romano; cuando olvida un poco aquel su celebrado precepto “vos exemplaria Graeca nocturna versate mana versate diurna”. ¿Es griego Tácito, ese escritor entregado tan sólo a merced de un pensamiento profundo y sombrío y de un corazón exasperado por la vista de la tiranía y agriado por la corrupción? Y, sin embargo, ¿cuál es el autor romano que se hace leer con más gusto?, ¿quién no ha devorado con avidez aquellas páginas en que, pintando tan admirablemente su objeto, retrata con tan vivos colores su grande alma?
La filosofía de los romanos se resiente un poco del mismo defecto; es una repetición de la de los griegos y nada más. O, si no, ¿qué es lo que ha creado de original? Uno de los más claros talentos de la antigüedad, el filósofo más aventajado de Roma, Cicerón, ¿?qué nos ha dicho que no se halle en los griegos?, ¿brilla en sus obras una filosofía nueva, cual parece era de esperar de su portentoso ingenio? No seremos nosotros quienes le juzguemos acerca de este punto, no será tampoco un hombre desafecto a los antiguos; será un escritor muy versado en la literatura romana, muy aficionado a ella: D’Aguesseau.
“Cicerón, dice el ilustre canciller, más orador que filósofo, propio más era para esponer los pensamientos ajenos que para pensar por sí mismo”. Estas son sus palabras en su instrucción, tratando del estudio del derecho, juicio severo sin duda, quizá demasiado duro. No estuvo el mal en la falta de genio, como parece pretenderlo D’Aguesseau, sino en las circunstancias en que se hallaba Cicerón. Cicerón hubiera sido más filósofo si se hubiese parado más en el fondo que en la forma y hubiese pensado mucho más por sí mismo; si, no teniendo la cabeza tan henchida de conceptos ajenos y no tan preocupado por el mérito de los filósofos que le habían precedido, se hubiese arrojado por el difícil, sí, pero fecundo camino de la invención.
Es esto tanta verdad, que es bien notable que los romanos se aventajaron más en aquellos ramos en que tuvieron poco que imitar. Sabido es que la jurisprudencia, en su parte propiamente científica, en cuanto constituye una serie de estudios sobre los ramos de la legislación, y muy particularmente sobre el derecho privado, se debe principalmente a los romanos. Aquí puede decirse que fueron originales; pues bien, aquí mismo cabalmente es donde fueron más grandes.
Conviene notar que para ciertos talentos es un gran recurso la imitación; a veces es imposible la originalidad; y bueno es que, si no pueden acuñar nueva moneda, al menos sirvan para dar circulación a la corriente. Pero para los talentos superiores es una verdadera calamidad la imitación; es abandonar su puesto, es no querer aprovechar los dones con que les ha favorecido el autor de la naturaleza; y de aquí es que debe considerarse como un mal muy grave para la gloria literaria de una nación el que se arroje a imitar, porque, como es sobremanera difícil que los hombres por superiores que sean alcancen a sobreponerse a la atmósfera que les rodea, todos imitarán; aun los primeros talentos serán arrastrados por la corriente, y los que podrían producir obras originales de insigne mérito consumirán sus fuerzas en imitaciones más o menos felices.
Si hay una literatura verdaderamente nacional, si los modelos se escogen dentro del mismo país, los inconvenientes no son tantos, porque entonces el escritor lleva siempre en sí algún germen de originalidad, pues que, imitando lo que está pintado sobre los mismos objetos que le afectan, no tendrá que hacerse violencia, y se desenvolverán más fácilmente sus talentos naturales.
Cuando se habla del renacimiento de las ciencias y de las letras en Europa, se pondera como una felicidad sin límites cada hallazgo que se va haciendo de las obras de los antiguos; se asegura que la toma de Constantinopla, arrojando a las costas de Italia los últimos restos del saber griego, produjo a la Europa beneficios inmensos.
Confesaremos que contribuyó mucho al desenvolvimiento del espíritu humano en Europa el hallazgo y la circulación de las obras de los antiguos; confesaremos también que los espíritus siguieron la dirección que era regular en aquellas circunstancias, pero juzgamos que aquella no fue la más acertada. No era la más acertada, pero la más natural, porque natural es que lo muy brillante deslumbre, que la novedad interese y que rindamos una especie de veneración a todo cuanto se eleva mucho sobre nosotros. Y tales circunstancias reunía, sin duda, a la sazón la literatura antigua. Convenía, sin duda, cultivar la antigüedad, saludable era el entusiasmo que por semejante cultivo se excitaba, pero ese entusiasmo fue excesivo y no contribuyó poco a retardar la marcha de los conocimientos. Rico caudal ofrecían los manuscritos de los antiguos, pero la Europa poseía también caudales inmensos, y, si se ponían a logro los primeros, necesario era hacerlo sin embargar el fruto de lo segundo; convenía reparar que nuestras ideas, nuestras costumbres, nuestros hábitos, nuestras leyes, nuestros climas, nuestra organización doméstica y social, nuestros sistemas políticos eran muy diferentes de todo lo antiguo, y que, por consiguiente, era imposible que nuestra literatura se amoldase del todo a la antigua; que el obrar así era forcejar contra la naturaleza de las cosas, era tomar un empeño que no podía cumplirse, era, por decirlo así, una reacción que en mayor o menor lontananza preparaba una revolución.
Tal fue el fanatismo por la antigüedad, que varios literatos, no contentos con trocar sus nombres en otros latinos o griegos, no satisfechos con entregarse sin tasa al estudio exclusivo de la literatura griega y romana, hasta escrupulizaban en ver aquellos libros que trataban de religión, solo por el pueril recelo de que no se pegase algo de poco latino a su gusto afectado y melindroso, singular extravío que llegó hasta a causarles un desvío por la lectura de la Biblia, no fuera el caso que el traductor latino los infeccionara con alguna frase que no fuese de todo punto ciceroniana. Prescindiendo de los males que debió de acarrear a la misma latinidad y al cultivo de la literatura griega y romana, ese furor de imitación, esa completa abnegación de sí mismos en las aras de un fanatismo literario, débese advertir que nada fructifica en el orden intelectual si no es plantado y cultivado por la razón y el buen juicio, todo se ahoga y marchita con la destemplanza y la exageración. Pero, remontándonos a otra esfera superior y más en contacto con el objeto de la presenta tarea, ¿qué efecto más triste no debió de producir ese servilismo imitador para la causa de las ciencias y de la literatura?. Desde luego se echa de ver que, vueltos los ojos hacia la antigüedad, fijos allí con una especie de admiración, de estupor, de hechizo, muchos sabios y literatos debieron de olvidarse del mundo real, para vivir otro de recuerdos, descuidando la rica y grandiosa civilización que en torno suyo se iba magníficamente desenvolviendo, para admirar solamente las arengas de los antiguos foros; y la religión, con su admirable sublimidad y bellezas, y la humanidad, con sus grandes adelantos hacia un orden social y político incomparablemente mejor que el de los antiguos, y la literatura propiamente europea, con su brillo naciente, sí, pero encantador y lleno de presagio de un inmenso porvenir, todo debía desaparecer a sus ojos, todo eclipsarse; y el saber y el genio y la civilización y la cultura solo pudieron encontrarse en Grecia y Roma. En tal caso la literatura no era ya una expansión del alma donde retratárase con toda su variedad, con todos sus matices; fue una cierta cosa fija, estable, que tenía un tipo del que no era lícito desviarse; hubo un culto exclusivo, intolerante, que no admitió en su comunión a quien no respetase hasta los yerros de los antiguos, y el espíritu del hombre se preocupó con la funesta idea de que la fuerza creadora se había como agotado en la producción de los grandes ingenios de Grecia y Roma. Así fue como el entusiasmo por los modelos, el ciego furor de la imitación acarreó a la ciencia y a la literatura gravísimos males, así fue como se cegaron más de lo que se cree los manantiales de la inspiración y del genio, así fue como se hizo que marchasen en direcciones divergentes la literatura y la sociedad. Y no se compensaron, ciertamente, los daños con los bienes de la regularidad y cultura que nos trajo el estudio de los antiguos, pues ignoramos que haya uno más grave en este punto que el hacer que la literatura y la sociedad estén animadas por dos espíritus diferentes, el hacer que el hombre no pueda recibir las inspiraciones de los objetos que le rodean y que el literato haya de ser como un extranjero, que solo vive de recuerdos y que, espaciándose por un mundo ideal, haya de estar privado del contacto y fraternidad con los demás hombres; que los acentos de armonía no hayan de ser una exhalación de la naturaleza, sino un eco de lo que se dijo allá a la distancia de veinte siglos.
Una literatura semejante tiene siempre un inconveniente, y es que nunca puede ser popular y, por tanto, ni alcanzar profundo arraigo, asegurada duración. Se circunscribe a un número por necesidad muy limitado, lleva el manto de la erudición, las señales de largas vigilias, de asiduos trabajos y, por tanto, es poco natural, es afectada; pretende la palma, no precisamente del genio y de la belleza, sino del saber adquirido a costa de penosos sudores, menguadas disposiciones para que pueda presentarse ufana y rozagante, para que pueda ser variada y una como la naturaleza, voluble y delicada como nuestro corazón, tierna, cándida, natural como las producciones espontáneas de un suelo benigno y fecundo. Apliquemos estas observaciones a la historia literaria de España.
Al renacer las letras en Europa, elevose el ingenio español al más alto punto de esplendor; el brillo de nuestra literatura parecía competir con el grandor y brillo de aquel imperio en que no se ponía jamás el sol; pero, si fijamos profundamente nuestra atención sobre los más bellos florones de nuestro Siglo de oro, veremos que son aquellos cabalmente en que el autor se olvidaba, por decirlo así, de su erudición, y en que, movido por alguna circunstancia grandiosa o abandonándose a los sentimientos recibidos de los objetos que le rodeaban, daba rienda suelta al vuelo de su fantasía y a las inspiraciones de su corazón, desatando su alma como en plateados raudales, en las expresiones de nuestra hermosísima lengua. Dando un paso más, y cuando nos acercamos a la época de la decadencia, nos encontramos con un nombre inmortal , honor del genio español y hasta del espíritu humano, con Cervantes. Pues bien, ¿dónde es más bello, más rico, más interesante? ¿Es allí donde pone en boca de su discreto loco o de otros actores alguna de aquellas pláticas en que se encuentra como derramada la erudición antigua y el sabor de griegos y romanos, o allí donde da libre curso a su fantasía, recordando solo que es español, soldado, cristiano, enamorado? ¿Allí donde nos describe los usos y costumbres del país, donde nos retrata los caracteres, donde satiriza los vicios y las ridiculeces, donde Cervantes se olvida que haya leído y solo se encomienda en brazos de su genio festivo, de su vista perspicaz, de su razón juiciosa, de su discreción finísima, de su corazón delicado, de su portentosa fantasía? Dígalo quien le haya leído una y mil veces, siempre con el más vivo interés, hallando siempre frescura y novedad, perdiendo a cada paso la gravedad de buen o mal grado, merced al inagotable ingenio del escritor. Allí hay la originalidad con todo su mérito, con todo su interés, con todos sus atractivos, con toda su belleza: allí hay el genio en todo su candor, en toda su naturalidad, sin los atavíos de una afectación pueril, sin el fárrago de una erudición pesada, sin la monótona gravedad de una razón fría que quiere pasar plaza de una completa madurez, adquirida en los largos trabajos del gabinete. Cervantes se espacia libremente, salta como la mariposa por entre ramajes y florestas, susurra como la abeja en torno del cáliz de la flor y forma el sabroso jugo de una lectura que jamás cansa. ¡Qué grato es entonces encontrarse con aquellos ligeros descuidos, con aquellos olvidos que muestran la expresión, el derramamiento del genio que, libre de trabas, conduce rápidamente la pluma sin repasar siquiera lo que ha escrito, que esparce las bellezas sin advertirlo, sin ufanarse, sin pretensiones de literato ni erudito! ¡Ah, ojalá nuestros escritores no hubiesen desnaturalizado su genio con su manía de ser retóricos, y que en vez de pretender ser oradores o poetas de profesión y arte , de acreditarse de cultos, hubiesen ensanchado más y más la vasta esfera en que se espaciaron los escritores del Siglo de oro, pidiendo sus recuerdos a los héroes de Covadonga y de Clavijo, a las leyendas de los árabes y formando esa literatura semioriental a que tan bien se brindaba nuestro suelo, nuestro clima, nuestras tradiciones, nuestros usos y costumbres, y hasta el dejo arábigo de nuestra propia lengua.
Quizá no se halló pueblo alguno de Europa en tan inoportuna situación para reunir el oriente y el occidente, el norte y el mediodía, los perfumes de la Arabia con el helado aquilón, la fuerza y la blandura, el ardor y la calma, la ternura y la impetuosidad. Los descubrimientos del Oriente y de la América, la vuelta del mundo, las conquistas gigantescas, la vista de pueblos tan variados en idiomas, religión y costumbres, el mismo poderío avasallador de nuestra monarquía… Todos estos elementos, que sin duda contribuyeron notablemente a dar vuelo al ingenio español, ofrecíanle anchuroso campo para espaciarse y le suministraban todo linaje de materiales para levantar monumentos grandiosos; todo esto le excusaba bastante de no impregnarse en tal manera de ese fárrago de erudición que, rebosando después por todas partes y no encontrando fácilmente nuevos senderos por donde encaminarse, después de haberlos recorrido con tanta gloria los escritores del Siglo de oro, se desataba como raudal turbio, estragando miserablemente el buen gusto , y haciendo nacer una literatura indefendible y monstruosa.
Cuando hubo transcurrido esa época tan triste para la literatura española, cuando se entró, por decirlo así, en el empeño de una restauración, se notó por largo espacio una frialdad, una esterilidad que causa lástima. No se ve en ninguna parte levantarse un genio, parece que la nación que había llegado al borde del abismo bajo el reinado de Carlos II había perdido también su primitiva fecundidad literaria, su vigor y lozanía. Pero ¿por qué? ¿Faltábannos recuerdos, faltábamos el clima, faltábanos la lengua? No, el mal estaba en que se acometió la empresa entregándose a una servil imitación de los escritores del siglo de Luis XIV, cuyo brillo era natural que nos deslumbrase; que nos deslumbró, en efecto, y que ahogó por largo espacio hasta el pensamiento de la originalidad. En la literatura antigua se habían encontrado antes las columnas de Hércules del ingenio humano; ahora se las encontraba de nuevo en el siglo de Luis XIV; se las duplicaba como si no hubiera bastado una barrera sola. Donde no alcanzase Horacio, llegaba Boileau; donde no Sófocles, Corneille; donde no Demóstenes y Cicerón, Bossuet y Bordaloue. Y el ingenio español se amilanó por haber oído un non plus ultra, Plus ultra podían clamar las sombras de Colón y de Magallanes, plus ultra las sombras de Hernán Cortés y de Pizarro, plus ultra las sombras de Ercilla desde los bosques del Arauco.
Tuvimos regularidad, no incurrimos en faltas, observamos las reglas. Pero ¿ignórase acaso que es malísima señal el no hallarse qué reprender en una producción, que es esto indicio de las reglas del artista apocado y no de los osados rasgos del genio?
Los inconvenientes de la imitación, grandes en todas partes cuando se llega a tomarla por sistema, lo son mucho más en España a causa de que nuestra sociedad ha tenido siempre y conserva aún cierta fisonomía característica muy diferente de todas las demás, y así es que ha debido sentarse con mucha mayor fuerza la violencia sufrida por el ingenio español cuando se le ha querido encajonar, por decirlo así, en el carril abierto por otras naciones. Con el entronizamiento de la casa de Borbón se procuró que nuestra monarquía tuviese con la de Francia toda la analogía posible, y el reinado de Carlos III ofreció más de un punto de semejanza con el de Luis XIV. Como en países donde el monarca reina absoluto tiene el gobierno de este mucha influencia en señalar el giro hasta a la literatura, nos hicimos franceses no solo en cuanto a la política, sino también en las letras. Como si las ideas dominantes en la estrecha esfera de la política pudiesen derramarse en breve sobre la sociedad, como si esto lograse fecundizar el genio nacional, no pasando su influjo de un círculo muy limitado, como si fuera capaz de engendrar otra cosa que frívolas y vanas dedicaciones y composiciones y trabajos de real orden.
Ha resultado de aquí un mal harto grave, y es que no solo hemos imitado en el fondo sino hasta en la expresión, en la lengua. Y no es poco lo que ha sufrido el habla de Garcilaso, de fray Luis de León y de Cervantes.
Con laudable celo han procurado remediar tamaño mal algunos escritores distinguidos, y uno entre ellos hasta se ha arrojado a hacer frente a la sonrisa del galicanismo hablando en el siglo XIX la lengua de una manera que no parece sino que estamos leyendo un escritor del siglo XVI. A decir verdad, confesamos que nos place sobremanera el encontrar en un escritor moderno el sabor del antiguo lenguaje español y que en gracia de lo puro y castizo del lenguaje disimularíamos de buen grado algunos deslices en el vicio cercano, cual es el de la afectación. Pero fuerza es reconocer también que, si bien este medio de restaurar la lengua no deja de ser provechoso, dista mucho de poder producir efectos que se hagan sentir con alguna generalidad. Es ventajoso, sin duda, que los jóvenes tengan modelos que consultar, donde puedan beber en su pureza el idioma español, pero, si los remedios no son más radicales, no se obtendrá efecto notable, y el que se obtenga será poco duradero. Duro empeño es forcejar contra la corriente; perdónase a escritores de nombradía asentada, como se perdonó a Mariana, quien, según expresión de Saavedra, “así como otros se tiñen las barbas por parecer mozos, así él por hacerse viejo”, pero, por lo demás, hay allí sobrado estudio, siéntese algo de afectación, pálpase la dificultad que ha debido de superar el autor para hablar una lengua que no está en uso, y esto es bastante para que pase el trabajo como una cosa meritoria, singular, interesante si se quiere, pero que para reformar el abuso no dejará de ser estéril. Es una especie de reacción sobrado violenta, y las reacciones no son lo más a propósito para producir buenos resultados.
Demás que aquí median otras razones que es preciso meditar bien. Cuando hay imitación en la lengua es porque la hay en el pensamiento, y esto explica bastante que los remedios dirigidos a la lengua son meros paliativos. Pero ¿y el mal en el pensamiento cómo se cura? ¿Dejaremos de imitar en el orden de las ideas? He aquí la cuestión en toda su gravedad, en toda su desnudez.
Cuando una nación imita es necesario que medien para ello causas, porque nada se hace en el mundo sin razón suficiente. Esta causa se halla por lo común en que una nación tiene otra a la vista mucho más adelantada en civilización o en cultura, y cuenta que nos valemos de la disjunción porque estas palabras expresan o, al menos, deberían expresar cosas muy diferentes. Si hallarse pudieran dos pueblos cuyos principios de civilización y cultura fuesen enteramente los mismos, entonces sería mucho más natural que el que anduviese detrás imitase al que marcha delante; entonces el pueblo imitador y el imitado, como salen del mismo punto y se dirigen al mismo término y todos por idéntico camino, vendrían como a confundirse en uno solo, el uno sería el tronco y el otro una rama. Pero sucede a menudo que dos pueblos de civilizaciones muy diferentes quieren asemejarse en la cultura, y eso es el origen de grandes extravíos. La civilización romana era muy distinta de la civilización griega; halláronse los romanos con el esplendor, con la belleza de la cultura griega; de buen o mal grado tuvieron que emparejarse Régulo y Arístides, Escipión y Alcibíades, y esto era imposible: aquellos hombres en nada se parecían. Los pueblos europeos, sedientos de saber, se encontraron con los monumentos de Grecia y Roma, deslumbráronse; no se pararon en la inmensa diferencia de su civilización, y el cielo cristiano hubo de dar junto con el olimpo de los elisios, y la cruz, con los dioses inmortales. El contraste es vivo, chocante, y no encontramos cosa más a propósito para hacerle resaltar y al mismo tiempo para expresar todo nuestro pensamiento que el secretario del papa León X, el célebre cardenal Bembo, llamando a Jesucristo un héroe, a la Virgen, Dea Lauretana, y haciendo decir al papa, al anunciar a los príncipes y a los reyes su exaltación al pontificado, que él había sido creado pontífice por los decretos de los dioses inmortales.
Una gran cuestión ha ocupado en los tiempos recientes a los literatos y a los filósofos sobre las ventajas del cristianismo y del paganismo con respecto a la literatura y, en particular, a la poesía. Pues bien, esta cuestión, no siendo de pura teoría, antes sí de práctica, en cuyo caso podía considerarse como un litigio entre la musa cristiana y la musa pagana, en que se disputaban la preferencia y aun el establecimiento, no siendo, repetimos, de pura teoría, hubiera sido absurda; ridícula, si no hubiera sido necesaria; y decimos necesaria porque tal habíala hecho la monstruosa confusión de ideas que, merced a la ciega imitación de los antiguos, se había introducido.
Por lo demás, a no mediar preocupaciones, la cuestión era muy sencilla: ¿el paganismo puede ser el alma de la literatura moderna?, ¿puede continuar disfrutando de la preponderancia que había adquirido? La respuesta debía ser muy fácil; consistía en una pregunta: ¿puede contarse con entusiasmo lo que no se cree, lo que se tiene por absurdo, lo que se mira como un tejido de bellas mentiras?, ¿puede encontrar eco en la sociedad lo que es rechazado por las ideas, costumbres y leyes de la misma sociedad?, ¿puede entronizarse en el reino de la literatura lo que ha sido destruido y abolido para siempre en el orden social? ¿Sí o no? Si se nos responde que sí, entonces diremos que la literatura es un puro pasatiempo, un juego, no es la expresión de la sociedad, no es la expresión del entendimiento, no la efusión del corazón; es un arte frívolo en que pueden atarearse los ociosos y desocupados, que puede servir como para lucir la habilidad, el ingenio y el trabajo, pero que no echará nunca raíces en la sociedad, será una planta artificial, bella si se quiere, pero sin vida, sin aroma, sin fruto. No tememos asegurarlo; la cuestión, presentada bajo este punto de vista, no llega a cuestión, no hay dos resoluciones; es un teorema, una verdad clarísima; el ponerla en duda es no comprender lo que es la literatura, es una aberración inconcebible. Y, sin embargo, merced al prurito de imitación, este teorema era una cuestión, y cuestión dudosa. Confundíase con otra de la que debe prescindirse enteramente, cual es si en literatura la fábula del paganismo es preferible a la religión cristiana. No debía tratarse de esto, sino de si una literatura impregnada de mitología no era para nosotros un contrasentido. Porque ¿qué os parecería si vierais en los juegos olímpicos disputar la palma la poesía hebrea a la griega? Así es que Chateaubriand no tanto resolvió la cuestión de preferencia como hizo sentir la necesidad del cambio.
No es tanta la diferencia que media entre los pueblos modernos entre sí como la que se halla entre estos y los antiguos, porque su civilización dimana toda de una misma raíz, y son numerosos los puntos de contacto y los aspectos de semejanza. Sin embargo, a pesar de ser uno mismo el color, no dejan de ser muy variados los matices, y esta variedad basta para producir considerables daños cuando se quiere importar en un país la literatura de otro. Los críticos ingleses se quejan justamente de que con la restauración se les introdujo la escuela del siglo de Luis XIV, que, imitada por largo tiempo por sus primeros ingenios, contribuyó no poco a disminuir el número de las producciones originales, y alejando la época en que pudiera ser debidamente apreciado el mérito de Shakespeare, sin que se crean integrados del daño por lo que ganó durante esa época su literatura en regularidad, en exactitud y hasta en gracia, en cuanto así puede apellidarse el resultado de ingeniosos esfuerzos, sujetados inflexiblemente a las reglas de un arte y a la imitación de los modelos que se tienen a la vista.
Nosotros con más razón que los ingleses podemos lamentarnos de tal daño, pues que ha sido mucho mayor que entre ellos por la suma facilidad de causárnoslos. Fronterizos y dominantes, los franceses han ejercido sobre nosotros una influencia sin límites, y, a pesar de las hondas diferencias que distinguen nuestra civilización y la suya, nótase hace mucho tiempo el tenaz empeño de hacernos cultos a la francesa, literatos a la francesa, y ojalá no hubiese habido también el empeño de civilizarnos a la francesa.
En la larga distancia a que marcha de nosotros esa gran nación, en el inmenso poderío que le asegura sobre nuestro país una poderosa influencia no solo sobre nuestro suelo, sino también sobre la Europa entera, hay un grande obstáculo para que podamos desentendernos de su influencia literaria, mayormente cuando en los tiempos actuales no puede ninguna nación aislarse en lo que toca a las ciencias, y siendo los franceses por su genio comunicativo los propagadores natos de todos los conocimientos de Europa. Estas circunstancias embarazarán por mucho tiempo nuestro movimiento literario, y, si nuestra patria puede levantarse de la postración en que la tienen abatida tantas guerras y discordias, es regular que el ingenio español participará del mismo desfallecimiento y que no tendremos el gusto de ver muchas producciones originales.
Entre tanto, si se nos pidiera cuáles son los medios más a propósito para restaurar nuestra literatura, para darle vida y originalidad, si nos fuese dado dirigir una palabra a esa juventud que se levanta tan sedienta de saber y que ciertamente es digna de mejores tiempos, le diríamos que, sin descuidar el gran movimiento científico y literario que se está operando en Europa, sin descuidar las modificaciones que consigo llevan hasta en la lengua los adelantos de la filosofía, procuren ser ante todo españoles. Si queréis estudiar la historia, consultad enhorabuena a esa escuela filosófica rica de observación que se ha levantado en el presente siglo y que, andando el tiempo, dará grandes frutos de verdad, pero no olvidéis el escudriñar nuestros archivos, revolver nuestras crónicas y leer con incansable tesón nuestros sabios y sesudos historiadores. Si os abandonáis a las inspiraciones de la literatura, prendaos en hora buena del fuego de los sentimientos, de la viveza de los colores, de la osadía de los rasgos con que se distinguen esas producciones tan variadas, tan ricas, que esmaltan algunos países estranjeros; pero, si queréis andar tras sus pisadas, no cerréis la puerta a la inspiración, no malogréis las prendas con que os ha dotado naturaleza buscando en la historia estranjera los tipos de vuestras concepciones. ¿Acaso no os ofrecen bastantes materiales una tierra donde encontráis a cada paso la torre de los sarracenos al lado de un castillo feudal, una mezquita convertida en templo cristiano, donde oís todavía los sentidos trovos en que se recuerda la colosal lucha de dos grandes pueblos, de dos grandes principios religiosos, de dos civilizaciones por el largo espacio de 800 años? ¿Nada podrá decir a vuestra inspiración un pueblo que, salido de la cueva de Covadonga, avasalló el poderío de la media luna, sojuzgó la Italia y la Flandes, dominó el África, descubrió un nuevo mundo e hizo conquistas que parecerían fabulosas si no fueran tan recientes?
No cabe placer más puro, después de tanta lectura francesa, que solazarse con nuestros escritores del Siglo de oro, y hasta es una diversión no escasa de provecho el pasar algunos ratos con nuestros escritores de la época gongorina. A pesar de sus extravíos a veces intolerables, conservan todavía cierta pureza de lenguaje, cierto sabor tan español, descúbrense tantas trazas de costumbres que empezamos a olvidar, hay tanta travesura de ingenio, recógese tanta luz para comprender a fondo nuestra sociedad y aun para esplicar las causas de nuestra decadencia, de nuestras revoluciones y desdichas, que a buen seguro que quien haya empezado a saborearse en su lectura andará afanoso en busca de libros españoles; y, a pesar el empalagoso afilosofamiento de que está saturado el aire que respiramos, no verá con repugnancia los títulos peregrinos, las dedicatorias estravagantes, las aprobaciones pomposas de que andaban atestados nuestros libros. Un verdadero filósofo recogerá mucho oro en medio de aquel indigesto e informe montón de materiales; allí estudiará, allí verá con un conocimiento intuitivo a la sociedad española, de allí copiará los caracteres, los cuadros verídicos interesantes, si es que se dedique a las bellas letras; de allí tomará rico caudal de reflexiones para proceder con seso y mesura, si es que su destino le dé alguna influencia en los negocios de nuestra patria.
Y no es que no conozcamos la inmensa distancia que de aquellos tiempos nos separa, no es que se nos oculten los adelantos de la filosofía y las hondas diferencias que esto ha debido introducir hasta en el lenguaje; pero, por ser diferentes y aun lejanos los tiempos, no dejan de influir todavía en la época presente, y aun, si bien se mira, la misma lejanía es un manantial de ilusiones poéticas.
Tal vez nos habemos equivocado en el modo de mirar esa importante materia; quizá nos hemos dejado llevar por la pasión que tenemos, y lo decimos sinceramente, y hemos tenido siempre por la originalidad. No pretendemos desterrar la imitación, conocemos que es útil, que en muchas cosas es necesaria, pues que la mayor parte del linaje humano no ha nacido para abrir nuevos senderos, sino para seguir los ya trillados. Pero hemos querido, sí, hacer notar los escesos que en esta parte ha habido; hemos querido, sí, que se advirtiese que estos escesos habían acarreado males de monta a la literatura y a las ciencias, y que se viese la necesidad de reducir la imitación a sus justos límites y que se procurase no esterilizar el ingenio sujetándole a trabas que para nada son necesarias.
Échase de ver que no era de este lugar el entrar detalladamente en señalar reglas para la imitación; esta es tarea que no han descuidado los retóricos y que hubiera estado fuera de su puesto en un breve artículo en que solo se trataba con algunas indicaciones de llamar la atención sobre un punto que tan ancho campo presenta a la investigación filosófica, que tanto interesa a la verdadera inteligencia de la literatura y que afecta profundamente su porvenir.
No simpatizamos con esa escuela llena de talento y de monstruosidades que no solo ha saltado las eternas vallas prefijadas por la razón y el buen gusto, sino, y esto es lo más doloroso, ha olvidado que la literatura es para moralizar y no para corromper; pero confesamos francamente que esa especie de revolución que se ha practicado contra el clasicismo, es decir, contra la imitación reducida a sistema y con todos los atavíos del saber, de la erudición y el buen gusto, la miramos hija de causas muy naturales y legítimas, demandada por la misma fuerza de las cosas, en armonía con nuestras necesidades sociales y destinada a alcanzar su blanco, que será armonizar la sociedad y la literatura, quitar ese divorcio que circunstancias infaustas habían acarreado, y hacer que, siendo las producciones del genio la verdadera espresión de la sociedad, no sea un mero pasatiempo, sino una efusión del alma, no un arte limitado a la esfera de los eruditos, sino una armonía celeste que pueda hacer resonar sus acentos muy altos, esparciéndose sobre las otras clases, creándose así una literatura somal o social, una recíproca correspondencia en que la sociedad influya sobre la literatura y la literatura sobre la sociedad.
Jaime Balmes