Prensa y canon · Textos historiográficos
“Estado de la literatura europea. Artículo II”
- Autor del texto editado
- Daza y Malato, Juan
- Título de la obra
- Revista literaria de El Granadino, nº 13, 3 de agosto de 1848
- Autor de la obra
- Giménez-Serrano, José (dir.)
- Edición
- Granada:
Imprenta de Juan María Puchol,
1848
- Paginación
- pp. 97-98
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Hemeroteca Digital Hispánica. (texto completo)
Información técnica
Editor: Pedro Ruiz Pérez
Encoding: Noelia Santiago López
Encoding: Noelia Santiago López
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Córdoba, 18 noviembre 2024
ESTADO DE LA LITERATURA EUROPEA
Artículo II
Además del sentimiento del interés y de la afición a la política, que hemos considerado como las causas de la decadencia de la literatura europea, hay otro sentimiento en oposición a su desarrollo no menos influyente que las anteriores causas, y que por lo mismo merece ser examinado con alguna detención.
Los placeres sensuales obran de una manera directa en las concepciones del entendimiento; cuando el número de aquellos es considerable, cuando el hombre se dedica a saborearlos sin reflexión, estas son menores y carecen de energía, porque los placeres de los sentidos embotan la sensibilidad del corazón y enervan el vigor de la fantasía.
El sentimiento de la belleza, por el cual se escita en nosotros un goce tranquilo y agradable, una conmoción vehemente que nos eleva por medio de la admiración a una región intelectual, es una cualidad del alma. Entre las ideas y los sentimientos existe una diferencia que los separa enteramente. Las ideas son el resultado del trabajo del alma, y el sentimiento, como acabamos de decir, es una afección, una cualidad de ella. Por eso se ha adelantado tanto en la generación, combinación y deducción de nuestras ideas, mientras que la teoría de los sentimientos es apenas conocida en la república de las letras. Ni podía suceder de otra manera; el sentimiento es el aroma de una flor que se evapora, es un meteoro que cruza el espacio, antes de que podamos ocuparnos de él ¿Quién sería capaz de hacer con el sentimiento lo que hacemos con las ideas? ¿Quién podría sujetarle a las operaciones de la inteligencia?
Esto es más perceptible cuando el sentimiento proviene de la belleza, cualidad aérea, impalpable, sensible al alma y que parece que se aleja de nosotros cuando queremos tocarla para hacer su análisis. Muchas veces sentimos arrobados ese placer que de su contemplación resulta, sin que podamos esplicarnos la causa de este arrobamiento. El placer pues, que de ese sentimiento emana, pertenece esclusivamente a la imaginación.
Las sensaciones adquiridas por la vista y el oído reproducen el sentimiento de la belleza, mientras que las que provienen del olfato o el tacto son pasajeras, porque los sentidos que nos las trasmiten son más sensuales, y el alma las goza sin que afecte a la fantasía, cuyas fruiciones son una consecuencia de la armonía que resulta entre las ideas concebidas y los objetos de donde parten. El sentimiento adquirido por medio de las sensaciones que se reciben por el oído puede considerarse de dos maneras: ya sensual, ya espiritual. Cuando solo atendemos al placer que nos resulta de oír un trozo de música, el que sentimos es meramente sensual, pero cuando a las armonías de los instrumentos se añaden las ideas que espresan y los sentimientos que producen, haciéndonos concebir la correspondencia de las unas con los otros, entonces pasa a la clase de los espirituales y son los que más se acercan a los producidos por la belleza moral que se desprende de la contemplación de las virtudes, de los hechos heroicos y sublimes.
El órgano de la vista, el más perspicaz de todos, es el que nos hace gozar el placer de la belleza en la mayor sublimidad. El número de sensaciones que produce es más variado y mayor que las que nos proporcionan los otros sentidos. El oído, por ejemplo, nos ofrece únicamente las que se desprenden de los sonidos, mientras que pertenecen al dominio de la vista la pintura, la escultura, la arquitectura y el gran catálogo de objetos que embellecen la naturaleza entera. Cuando tenemos delante de los ojos un edificio de Herrera, una estatua de Miguel Ángel, un cuadro de Murillo o uno de esos variados panoramas que por donde quiera nos ofrece la rica naturaleza, el placer que nos resulta de su contemplación es puramente espiritual; es todo de la imaginación, que se recrea observando la grandeza del edificio, las formas de la estatua, el colorido y la perspectiva del cuadro. El sentimiento nacido de la contemplación del panorama es más grande, es más bello por el enlace de las ideas con los objetos que las producen. Cuando miramos los gigantes picos de las montañas elevarse hasta tocar las nubes, los deliciosos valles con sus plateados arroyos formando una caprichosa red al serpear entre las flores, los frondosos árboles cuyas pobladas copas dan grata sombra en el caloroso estío al cansado pastor que dirige el hato a su lejano aprisco, cuando al acercarse la noche el rey del día se aleja lentamente colorando con vagas tintas las crestas de los montes, y la luna solitaria se descubre a través de la enramada, y los pájaros se ciernen en los aires, y el ligero cabritillo retoza a la puerta de la rústica cabaña, el sentimiento de la belleza es grande, inmenso, sublime; el alma se siente llena de poesía, y el entusiasmo que produce escitando la fantasía y conmoviendo el corazón es una fuerza creadora que le incita a repetir aquellas imágenes halagüeñas, aquellos afectos elevados que tanto placer le proporcionan.
Esta fuerza creadora, hija del entusiasmo propio, que impele el alma a la representación ideal de la belleza para escitar el entusiasmo ajeno, es lo que se llama inspiración poética.
Ahora bien: si la inspiración poética es producida por el sentimiento de la belleza, si esta se halla en oposición de los placeres sensuales, y sin aquella no puede haber literatura en la verdadera acepción de la palabra, podremos sentar como una consecuencia lógica que los placeres sensuales se aponen al desarrollo de la literatura.
Juan Daza y Malato