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Prensa y canon · Textos historiográficos

“Estado de la literatura europea. Artículo I”

Autor del texto editado
Daza y Malato, Juan
Título de la obra
Revista literaria de El Granadino, nº 12, 27 de julio de 1848
Autor de la obra
Giménez-Serrano, José (dir.)
Edición
Granada: Imprenta de Juan María Puchol, 1848
Paginación
pp. 89-90
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Hemeroteca Digital Hispánica. (texto completo)
Información técnica
Transcriptor: Isabel Román Gutiérrez
Editor: Pedro Ruiz Pérez
Encoding: Noelia Santiago López
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Córdoba, 11 noviembre 2024

ESTADO DE LA LITERATURA EUROPEA


1

Articulo I


Cuando se inaugura la publicación de un periódico literario parece lo más en armonía con la razón que los encargados de llenar sus columnas expongan en sus primeros trabajos las bases o fundamentos de aquellas doctrinas que se proponen examinar. Convencidos de este aserto y dedicados a la bella literatura, hemos creído un deber presentar en estos primeros artículos un cuadro o reseña de su actual estado, tarea digna de otras plumas y que procuraremos abordar tal cual nos lo permitan nuestros escasos conocimientos.

La literatura del siglo XIX es una secuela de los principios filosóficos del siglo XVIII. Como aquellos, carece de convicciones y creencias: el materialismo que los presidía, encubierto bajo las halagüeñas formas de un principio reformador, concluyó con el genio y por consiguiente con el entusiasmo. La sublime contemplación de la naturaleza, el examen de sus bellezas y sus encantos y el estudio de sus relaciones y sus armonías desaparecieron bajo el influjo de su espíritu destructor. Los dos principios, o, mejor dicho, las dos sectas, entablaron una lucha encarnizada que empezó por separarlas y concluyó por derrocar a la más antigua, sin que la vencedora, a pesar de tantas lágrimas y de tanta sangre derramada, haya conseguido alzar ese nuevo edificio social sobre las ruinas del que ha destruido.

Las ideas reformistas debían presentarse simbolizadas en una nueva forma, y la política se encargó de dársela. Los hombres dedicados a su estudio se olvidan de lo bello: sus pensamientos y sus inclinaciones se dirigen a la consecución de goces materiales que, a la par que bajo un fingido deleite ofrecen un positivo mal, secan la fuente de las ilusiones y enervan el corazón y la fantasía. Por eso sin duda uno de nuestros más célebres literatos ha dicho que “la política es el cáncer que corroe al genio en su entraña misma”.

La ciencia de los gobiernos parte de principios exactos; allí no hay nada ideal, todo lo dirige el cálculo, todo se justifica por el resultado de los hechos, y la literatura, todo idealismo, todo ilusiones, no puede en manera alguna amalgamarse con su enemigo capital.

Los sectarios del materialismo, preconizando una doctrina cuyo objeto, según ellos, era reformar o más bien levantar un nuevo edificio social sobre las ruinas del antiguo, se dedicaron a examinar las cuestiones políticas y con ellas a proporcionarse los medios necesarios para la consecución de los placeres que en los mismos principios se desenvuelven. La literatura se resintió de este trastorno, y simultáneamente empezó a echarse menos la inspiración y el gusto en cuantas publicaciones siguieron al cambio de principios.

Este desborde, ofreciendo un nuevo colorido a la civilización, despertando el sentimiento del interés y dando distinto giro a las costumbres, proscribió el gusto y con él la afición a estudiar e imitar los buenos modelos.

El espíritu caballeresco de los siglos anteriores se vio arrollado por el del interés, muy bueno en las ciencias económicas, pero muy malo, de perniciosas influencias, en literatura. Con ese cambio acabaron de desaparecer los antiguos trovadores , cuyas endechas, mezcladas con los deliciosos ecos de sus sonoras arpas, ofrecían una idea de esos cuadros de bella poesía que tanto se armonizan con los sublimes de la vida patriarcal.

La vida pastoril, tan llena de encantos y de inspiración, se cambió por la agitada de las ciudades; los desinteresados sentimientos de la hospitalidad, el cariñoso amor a los demás hombres, perdieron también el sello de su grandeza. De nada sirve para los sectarios de la nueva escuela aquel precepto de Horacio: “el interés concluye con el genio”. Fijos en una idea, anhelan conseguir su fin sin reparar en los medios, y estas ideas y estos pensamientos, separándose de las bases que sostienen el esplendor de la amena literatura, fueron el primer paso dado hacia la anarquía literaria que se nota.

Los buenos modelos se miran, sí no con desprecio, con una marcada indiferencia, y si bien nosotros estamos muy distantes de aconsejar esa ciega obediencia a los preceptos de la literatura clásica que algunos preconizan, no podemos ser indiferentes a la autoridad de Aristóteles, Horacio, Boileau y otros no menos célebres escritores.

Como sería demasiado extenso para una revista de las dimensiones de la nuestra presentar en un solo artículo el cuadro que nos hemos propuesto trazar, nos ha parecido oportuno dividirlo en artículos que sucesivamente iremos publicando.



Juan Daza y Malato

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