Prensa y canon · Textos historiográficos
“Variedades. Literatura. Una ojeada sobre la historia e índole de la literatura. Su estado actual. Su porvenir. Profesión de fe”
- Autor del texto editado
- “José María Unciti [?]”
- Título de la obra
- El guardia nacional, nº 479, 29 marzo 1837
- Autor de la obra
- Ferrer, Luis (dir.)
- Edición
- Barcelona:
Imprenta del Guardia Nacional,
1837
- Paginación
- p. 1
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Hemeroteca Digital Hispánica. (texto completo)
Información técnica
Editor: Victoria Aranda Arribas
Encoding: Noelia Santiago López
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Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Córdoba, 4 noviembre 2024
LITERATURA
Una ojeada sobre la historia e índole de la literatura. Su estado actual. Su porvenir. Profesión de fe
La política, interés principal que absorbe y […] en el día todo el espacio que a la pública sociedad ofrecen en sus columnas los periódicos, nos ha impedido hasta ahora señalar en el […] a la literatura el lugar que de derecho le corresponde. Pero no hemos olvidado que la literatura es la expresión, el termómetro del Estado y de la civilización de un pueblo, ni somos de los que piensan con los extranjeros que al terminar nuestro Siglo de Oro expiró en España la [dedicación] a las bellas letras. Si pensamos que, en la época de su apogeo, nuestra literatura ha tenido un carácter particular, el cual o habrá de variar con la marcha de los tiempos o habrá de ser su propria muerte, si no quería transigir con las innovaciones y el espíritu filosófico que comenzaba a despuntar en el horizonte de la Europa, impregnada del orientalismo que nos habían comunicado los árabes, influida por la metafísica religiosa, puédese asegurar que había sido más brillante que sólida, más poética que positiva. A esta sazón, y cuando nuestros ingenios no hacía ni podían hacer otra cosa que girar de continuo dentro de un mismo estrecho círculo, antes de que se hubiese acabado de formar y fijar la lengua, una causa religiosa en su principio y política en sus consecuencia apareció en el mundo; y esa misma causa que dio el impulso investigador a otros pueblos, reprimida y perseguida en España, fijó entre nosotros el nec plus ultra que había de volvernos estacionarios. La reforma abrió un nuevo campo a los pueblos de Alemania y de Inglaterra, que le abrazaron ansiosos; y, si en Francia no triunfó, tuvo influjo bastante para templar y equilibrar el ciego impulso del fanatismo. Los que se atrevieron a luchar con ella abiertamente, no osaron, en cambio, dejar toda su fuerza a la reacción religiosa, temerosos, sin duda, de que la falta de contemplación forzase a los pueblos, avizorados ya con el ejemplo, a lanzarse en la nueva senda que delante de sí veían abierta. De aquí la tolerancia que fue forzoso a los legisladores adoptar en política y en religión, la cual preparó en Francia un siglo de escritores filósofos, propagadores del germen de una revolución en las ideas, que debía ser sangrienta, porque no la hacía allí la predicación, sino la violencia. La España estaba más lejana del foco de las ideas nuevas; las que en otros países caducaban ya, eran nuevas todavía para ella, porque, recién salida de una larga dominación musulmana, veía todavía en el catolicismo el paladium que la había salvado. Siete siglos, además, de guerras y rencores religiosos debían haberla hecho más fanática: ¿qué mucho, pues, que el impulso de la reforma se hiciese apenas sentir en sus habitantes; más bien ocupados en sus intestinas discordias, que envueltos en el movimiento general, de que hacía tiempo la habían segregado sus intereses particulares? Ella fue, por el contario, el refugio de los vencidos de otras partes; aquí se vinieron a hacer fuertes contra la invasión reformista los que había sido por ella desarmados en sus patrios lares: y la persecución religiosa, amalgamada con el celo fundador y apostólico, que nos llevaba a descubrir mundos nuevos que ofrecer al cielo, sofocó para largo espacio toda esperanza de progreso. Ni dejamos tampoco de tener disculpa. La gloria poética de las naciones conquistadoras nos haría más llevaderas unas cadenas de que podíamos hacer cirineos a tantos pueblos sometidos, y el metal precioso de la conquista no los doraba. ¿Qué mucho que la España de entonces trocase su libertad interior por el dominio en lo exterior, si hemos visto en los tiempos modernos a una gran nación que se decía harto más adelantada, a una nación que parecía haber sacudido para siempre toda especie de tiranos por medio de la más sangrienta revolución, si la hemos visto, decimos, coronar a un nuevo déspota, que no necesitó para ceñirse con una mano la corona imperial, sino alargar con la otra a los republicanos más ardientes, laureles perecederos y el oropel de una pasajera conquista?
En España, pues, causas locales atajaron el progreso intelectual, y con él indispensablemente el movimiento literario. La muerte de la libertad nacional, que había llevado ya tan funesto golpe de la ruina de las comunidades, añadió a la tiranía religiosa la tiranía política; y si por espacio de un siglo todavía conservamos la preponderancia literaria, ni esto fue más que el efecto necesario del impulso anterior, ni nuestra literatura tuvo un carácter sistemático investigador, filosófico: en una palabra: útil y progresivo.
(Se continuará).