Prensa y canon · Textos historiográficos
“Fuentes de la literatura. (Conclusión)”
- Autor del texto editado
- R. de P.
- Título de la obra
- El esposito: revista semanal de literatura, ciencias, artes, modas y teatros, nº 13, 29 de noviembre de 1846
- Autor de la obra
- Díez Fernández de Córdoba, Manuel (dir.)
- Edición
- Cádiz:
Imprenta de la Casa de Misericordia,
1846
- Paginación
- pp. 97-99
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar del Internet Archive. (texto completo)
Información técnica
Trancriptor: Isabel Román Gutiérrez
Editor: Pedro Ruiz Pérez
Encoding: Noelia Santiago López
Editor: Pedro Ruiz Pérez
Encoding: Noelia Santiago López
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Córdoba, 28 octubre 2024
FUENTES DE LA LITERATURA
(Conclusión)
¡Ah! Desde entonces se derribó la máquina de las maravillas y los encantos, y en vano con nuevo estilo y nuevas invenciones han invocado los genios del norte los nebulosos fantasmas de sus selvas, pues se han convencido de que no escribían sino para aquella clase de gentes cuya edad e ignorancia la acercaba al estado de los pueblos primitivos y que, de consiguiente, no podían dispensarle ningún favor en nuestra época. Desencantado el mundo de sus ilusiones, entregado a los intereses materiales y la realidad, ¿dónde iría a buscar la imaginación las nuevas fuentes de Hipócrene, las aguas vivas que derraman en el alma los raudales de la felicidad ideal y de la gloria? Ignorando, ¡ay!, que en la verdad hay una belleza que, aunque triste a veces, causa impresión más duradera y profunda que la mentira, los ingenios fuertes o se recrearon en ir destruyendo con sacrílega mofa aun las creencias útiles que quedaban o se entregaron con cínico placer a pintar una verdad desmoralizadora.
En medio, pues, de este general desencanto, de los trastornos políticos, de los sangrientos estragos y las revoluciones, la voz del genio se paseaba por el mundo, encarnada tal vez con los vicios de la humanidad, pero aspirando a la esencia de ángel y queriendo arrancarle a Dios el misterio de los destinos del hombre así en la tierra como en la eternidad.
Los vínculos más sagrados se convirtieron en cadenas, las pasiones se transformaron en demonios, y cada imaginación quería tener otro genio como Aristóteles a quien consultarle en las tinieblas de la noche sus acciones. Chateaubriand, el más piadoso quizás de los escritores de esta escuela, vino a pasear por los desiertos de América su imaginación desencantada y a soñar entre los salvajes con las virtudes que huían de los pueblos civilizados. Goethe sometía la ambición y el destino del hombre al imperio del demonio, y Byron trepaba a la cumbre de las montañas para interrogarle a los nebulosos espíritus de los Alpes sus delirios y sus deseos.
La influencia febril de estos cerebros se ha calmado, y el hombre en la reacción de sus errores ha vuelto la vista con más o menos amor a la sociedad que lo rodea. En todos tiempos hay una verdad de que puede aprovecharse el genio, pero que, una vez descubierta, llega a fastidiar con el abuso: así es como Walter Scott ha encantado el mundo con las realidades de la edad media, cosa que no podía hacer ya con las fábulas que destruyó Cervantes, pero no era posible que consiguiesen igual éxito sus imitadores. En busca, pues, de esta verdad, la literatura ha llegado a tomar en el día un carácter enteramente histórico y social, pero se trata de la historia individual, de la sociedad privada, que forman el carácter de la novela y poesía actual, así como los hechos públicos eran el fundamento de la epopeya.
Nuestra actual literatura, pues, se distingue de las otras en que no tiene sus fuentes en los libros, en la imaginación ni en las tradiciones —en la sociedad—, sino que los libros sirven para dar la instrucción necesaria, y la imaginación para prestarle al lenguaje sus formas y sus coloridos, pero el verdadero mérito de una obra consiste en su verdad.
Esta verdad no es forzoso que sea histórica ni material, basta que sea humana, pues tanto llegará a ella el que formule el deseo, aunque irrealizable, de su época, como el que pinte un hecho ya pasado. Byron ha revelado la triste verdad del hombre extraviado en el delirio de sus deseos, y Scott nos ha pintado la verdad de acciones caballerescas, pero ni el uno ni el otro se deben leer para reproducir lo que ellos dicen, sino para admirar la exactitud con que lo dicen.
Nuestra época tiene mucha vida actual para que pueda alimentarse con lo pasado ni las imitaciones, de manera que ha de fijar su vista en sí misma, y al hacer su propio examen, se encuentra con una fuente inagotable de recursos e inspiraciones.
Hay tal vez en nuestra época pensamientos y deseos que la palabra jamás ha formulado; hay verdades quizás que ninguno ha hecho sentir con toda su vehemencia: el drama privado de cada vida encierra tantos sucesos, el pensamiento del hombre recibe tantos matices y modificaciones, las necesidades morales son tan grandes y variadas, que en los pueblos muy adelantados la literatura no puede menos que ser la historia de su actualidad, y la expresión de su deseo.
R. de P.