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Prensa y canon · Textos historiográficos

“Fuentes de la literatura”

Autor del texto editado
R. de P.
Título de la obra
El espósito: revista semanal de literatura, ciencias, artes, modas y teatros, nº 12, 22 de noviembre de 1846
Autor de la obra
Díez Fernández de Córdoba, Manuel (dir.)
Edición
Cádiz: Imprenta de la Casa de Misericordia, 1846
Paginación
pp. 93-94
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar del Internet Archive. (texto completo)
Información técnica
Transcriptor: Isabel Román Gutiérrez
Editor: Pedro Ruiz Pérez
Encoding: Noelia Santiago López
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Córdoba, 28 octubre 2024

FUENTES DE LA LITERATURA


Puede asentarse que la literatura sea la expresión del carácter y la idea dominante de cada época, pero dudamos mucho que se haya propuesto nunca un fin determinado, debiéndose las influencias que ha ejercido más al poder de sus atractivos que a la intención de los autores.

Los hombres de genio son por lo regular apasionados, y en las obras de imaginación se busca más lo que agrada e impresiona que lo que instruye y aprovecha, no oponiéndose a este principio, sin embargo, el que suelen andar ambas cosas reunidas.

Por lo regular sucede que los escritores más populares son aquellos que más halagan las pasiones de la multitud o que más excitan la curiosidad, dimanando de aquí el afán de buscar argumentos maravillosos u originales y de aprovechar los sucesos extraordinarios que más eco han hecho en el mundo y han influido en los destinos de la humanidad.

La guerra de Troya fue el manantial perenne de la literatura clásica mientras el heroísmo y el espíritu épico dominaron en la Antigüedad, mas, una vez relajadas estas virtudes, los escritores buscaron más de sí el interés que ya no prestaban las viejas tradiciones, y hallaron nuevas fuentes de inspiración en el examen de su propia sociedad.

Conviene, pues, advertir las distintas faces que suele presentar la literatura, pues hay escritores que pueden considerarse como la expresión espiritual o la idea del alma que se anticipa a su época, al paso que algunos no son más que el símbolo de lo pasado, y otros la cifra de lo presente.

Los hombres, mientras más atrasados en cultura y más simples en costumbres, aman más sus tradiciones, y su imaginación se remonta a lo pasado, porque allí al menos pueden fingir la perfección y lo maravilloso que la actualidad le niega; así es que en todos los pueblos que se acerquen a esta condición, la literatura no será más que el poema de sus pasadas generaciones, como claramente lo comprueban la historia y las mismas obras que conocemos.

Prescindiendo nosotros, pues, de la antigüedad, nos ocuparemos solamente de la época en que la edad presente empezó a salir de las tinieblas del oscurantismo. En la ignorancia, la simplicidad y el aislamiento de la vida feudal, solo el recuerdo de un gran hecho podía servir de pasto a la imaginación. Fuera de esto no había más pasado, porque se ignoraba, el presente no era comprendido, y solo cavilaban en el porvenir los pueblos muy adelantados.

En este estado, pues, empezaron a conocerse la historia y la filosofía de los antiguos. El gran hecho que acabamos de citar, las Cruzadas, pusieron en contacto el Oriente y Occidente, comunicándole aquel a este, junto con su cultura, también sus maravillosas fabulas y tradiciones.

La mitología pagana, la doctrina de Jesucristo, las prácticas de Mahoma, la literatura latina, la filosofía griega, las fabulas de oriente, las tradiciones del norte, los cuentos de los trovadores... Todo esto produjo la confusión, la informe mezcolanza de ideas, de religiones, de fábulas, de principios y de hechos que se nota en las obras de los primeros escritores de la edad moderna, sin exceptuar de ellos ni aun el mismo Tasso, cuya cultura y adelantada época no fueron bastantes a libertarlo de estos errores todavía.

Pero con Tasso puede decirse que murió la epopeya para el mundo. Los hombres iban adelantando mucho en la carrera de la verdad y el desengaño, para que pudiesen satisfacer sus nuevas necesidades con el pasto de lo maravilloso, y un gran genio vino por fin a disipar el último vapor de sus ilusiones. Cervantes fue el que, a pesar de su imaginación ardiente y caballeresca, supo comprender lo que le rodeaba, y con sonrisa festiva, aunque desencantada, les señaló el camino de la realidad a sus épocas y a las futuras.



(Concluirá)

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