Prensa y canon · Textos historiográficos
“Sobre la historia de la novela”
- Autor del texto editado
- Castro y Orozco, José de, Marqués de Gerona (1808-1869)]
- Título de la obra
- El Panorama. Periódico de literatura y artes, nº 131, 7 junio 1841
- Autor de la obra
- Azcona, Agustín (dir.)
- Edición
- Madrid:
Imprenta de El Panorama,
1841
- Paginación
- pp. 214-216
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Hemeroteca Digital Hispánica. (texto completo)
Información técnica
Transcriptor: Isabel Román Gutiérrez
Editor: Pedro Ruiz Pérez
Encoding: Noelia Santiago López
Editor: Pedro Ruiz Pérez
Encoding: Noelia Santiago López
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
Este documento sigue los criterios y lenguaje cifrado de TEI http://www.tei-c.org/About/website.xml
Córdoba, 23 octubre 2024
[Sobre la historia de la novela]
1
[…]
La mujer, personaje necesario para su perfección y viveza, apenas suena en los pueblos clásicos como ser social, y ni el matrimonio ni la familia tuvieron en ellos ese carácter grande sublime y eterno que después le imprimió el cristianismo. Preciso era, por lo tanto, realzar el primer amor y todas las afecciones tiernas y generosas, dándolas [sic] una importancia señalada en el orden político y moral, para pasar naturalmente de este hecho consumado a la narración pintoresca de sus desdichas y contrastes. Así pues, en las sociedades cristianas es donde debe buscarse el origen inmediato de la moderna novela, porque de ellas se deriva sin duda más próxima y directamente.
Cuando la invasión de los bárbaros produjo un lastimoso retroceso en la marcha progresiva de la civilización del mundo, un pueblo del mediodía, de ardiente imaginación y de costumbres puras y esencialmente galantes, fue el primero que empezó a cultivar medrosamente la poesía, crepúsculo siempre de la cultura de las sociedades. Los célebres trovadores de Provenza hacían hacia el siglo nono odas y romances, y los triunfos de su ingenio y la fama de sus justas literarias y juegos florales excitaron a las naciones limítrofes el deseo de imitarles, cundiendo así y brotando de nuevo espontáneamente en Francia, en Italia y en España la semilla de otra nueva civilización, que muy pronto debía extenderse y propagarse con el auxilio de las antiguas romana y bizantina. Los provenzales no llegaron, en verdad, a dejarnos un poema acabado, ni aun un cuento bucólico o pastoril propiamente dicho, pero, en cambio de esto, la novela amorosa y caballeresca nació entonces en el septentrión de la misma Francia, separándose visiblemente en sus formas de la poesía y aproximándose notablemente hacia el terreno de la historia. La crónica y la tradición reunidas produjeron primero el cuento y el romance, y las leyendas del rey Arturo y de los caballeros de la Tabla Redonda, escritas en la lengua llamada d'oil para diferenciarla de la provenzala, parece que deben ser miradas como los primeros ensayos de la moderna novela europea. Muy pronto pasaron a España estas compilaciones caballerescas, unas veces completamente fabulosas, otras más verídicas; pero siempre en la mayor armonía con la afición a lo maravilloso que nos inocularon los árabes y con las hidalgas costumbres de nuestros infanzones. Los cuentos de caballería, primera forma visible de la novela europea, se habían propagado ya prodigiosamente por el mundo a principios del siglo XV, y dentro de él fue escrito en España el famoso Amadis de Gaula por un autor portugués, según la más común opinión de nuestros críticos. Tirante el blanco y otros muchos libros de esta laya corrían ya impresos entre nosotros con bastante anterioridad al siglo XVI: el escrutinio del cura en el Quijote puede servir de muestra de cuán abundante era hacia aquellos tiempos la colección de caballerías, ora nacionales, ora traducidas.
Cervantes se propuso desterrar su lectura como perjudicial, contribuyendo en efecto su inmortal Quijote al logro de una empresa que ya antes que él habían acometido con todo celo muchos moralistas españoles y algunos poetas distinguidos imitadores de los bucólicos italianos. Aquel peregrino ingenio conoció también desde luego que la novela era ya una necesidad del siglo, y escribió las suyas para satisfacerla. En ellas se vislumbra siempre un pensamiento moral, en cambio de las extravagantes máximas de los libros andantescos, y la narración sencilla de hechos verosímiles sustituye por punto general a las pomposas descripciones de aventuras increíbles o ridículas. Jactábase Cervantes de haber sido el introductor de la novela entre nosotros, aseveración con la cual no se hallan muy de acuerdo nuestros eruditos. Timoneda las había escrito con anterioridad; El conde Lucanor del infante don Juan Manuel es una verdadera novela, más antigua por cierto que los cuentos del Boccaccio, tenidos comúnmente por modelos primitivos de este género de literatura. La Tragicomedia de Calisto y Melibea, escrita ya por un español en el mismo siglo XV, es ciertamente una novela dialogada, y a este tenor teníamos ya ensayos felicísimos antes que Cervantes hubiese concebido el plan de las suyas; mas esto no quita que aquel les diese, en efecto, un nuevo y determinado rumbo, contribuyendo poderosamente sus cuadros de costumbres a cimentar y extender entre nosotros la novela cómica o picaresca tan célebre hoy en toda Europa. El Lazarillo de Tormes, Guzmán de Alfarache, El diablo cojuelo y el manuscrito español sobre el cual (digan lo que quieran los franceses) hubo de calcar su Gil Blas de Santillana monsieur Le Sage, elevaron, cada una en su época, nuestra novela al mayor punto de gloria, haciéndola popular en casi todas las naciones del universo. Notable es que, a pesar del seso y proverbial severidad de nuestro carácter, el genio español haya sobresalido siempre en este ramo de literatura precisamente por la picante ligereza de sus producciones.
No obtuvo menos triunfos en nuestra patria la fábula pastoril, género explotado con ansia dentro de Italia en el siglo XVI, y un tanto criticado por el mismo Cervantes a pesar de haberle ensayado, con escasa fortuna, por cierto, en su Galatea. Pero esta especie de cuadros bucólicos, que tanta honra dieron a Montemayor y a otros pocos de nuestros versificadores, pasan hoy por una raza mestiza que más bien pertenece a la poesía que a la novela. No son tampoco de olvidar en su clase las de doña María de Zayas, escritas todas en prosa, siquiera por la cínica impudencia de alguna de ellas y porque su Prevenido engañado, personificación ingeniosa de la máxima altamente saludable de que la ignorancia no siempre es el mejor escudo de la virtud, mereció el honor de ser parodiado por Molière en los buenos tiempos del teatro clásico francés.
Con la subida de Carlos II al trono de Castilla desaparecen las últimas páginas de oro de la historia de nuestra literatura, y preciso es saltar los Pirineos para encontrar allí los destellos de una ilustración que agonizaba míseramente en España. La novela, más o menos propagada en todos los países, aceptó en Francia a fines del siglo XVIII un tinte de falsa caballería, según es de ver en las interminables obras de monsieur de la Calprenade y de madame Scuderi. Alejandro, Ciro y Casandra salieron vestidos a la usanza de la corte de Luis XIV, y no desapareció este mal gusto hasta tanto que Voltaire, Rousseau, Montesquieu, Marmontel y Diderot adoptaron de consuno el medio de desnaturalizar el género novelesco, haciéndole filósofo o, mejor dicho, un arma o máquina política. En Inglaterra se desenvolvía al mismo tiempo la novela bajo un carácter eminentemente moral, que, por laudable que fuese en sí mismo, la [sic] robaba su ligereza y sus encantos.
La Clara, la Pamela y generalmente todas las de Adisson y Richardson adolecen de demasiado artificio en su sentimiento, y la mucha y muy severa filosofía que rebosa en sus páginas las hace un tanto lánguidas y desabridas. Fielding, por el contrario, por picar muchas veces en cómico, deja a un lado la moral y presenta a sus lectores cuadros poco edificantes. Monsieur La Harpe decía que su Tom Jones era el libro mejor escrito de Inglaterra, juicio con el cual nunca han estado muy conformes todos los críticos.
(Se concluirá)