“PARTE LITERARIA. Buscapié de Cervantes. Con notas históricas y críticas por don Adolfo de Castro. Cádiz: 1848”
- Autor del texto editado
- Cañete, Manuel (1822-1891)
- Título de la obra
- El Faro, nº 332, 2 abril 1848
- Autor de la obra
- Coello y Quesada, Diego (ed.); Ayuso, Juan (dir.)
- Edición
- Madrid:
Imprenta a cargo de Luis García,
1848
- Paginación
- p. 4
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Hemeroteca Digital Hispánica. (texto completo)
Información técnica
Transcriptor: Isabel Román Gutiérrez
Editor: Pedro Ruiz Pérez
Encoding: Noelia Santiago López
Editor: Pedro Ruiz Pérez
Encoding: Noelia Santiago López
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Córdoba, 22 octubre 2024
PARTE LITERARIA
Buscapié de Cervantes. Con notas históricas y críticas por don Adolfo de Castro. Cádiz: 1848
Joya de raro valor y peregrina por demás es en estos nuestros malhadados tiempos de sabiduría intuitiva y de literatos al vapor el joven que, sin haber dejado de serlo, antes bien, teniendo más falta de años que de ilustración verdadera y sólida, se entra por los tan intrincados laberintos de la antigüedad en busca de los tesoros literarios que la incuria de los hombres o el curso vario de las edades ha sepultado en el polvo del olvido o confiado en depósito a la mala guarda de los ignorantes. Pero de que tales prendas necesiten para ser halladas la linterna de un nuevo Diógenes no ha de concluirse que se ha perdido ya la simiente de los jóvenes de aplicación y de estudios, que dar semejante cosa por segura fuera lo mismo que arrojarse al temerario intento de poner coto y valla a la voluntad sin límite del Altísimo. Cuanto más que, si en tamaño desvarío cayese nuestro pobre espíritu, la irresistible lógica de los hechos no dejaría que se acreditase como cosa cierta la vanidad de nuestras palabras, pues en punto somos donde con solo parar mientes en el epígrafe de estos renglones podríamos salir de dudas, si dudas padeciésemos por acaso.
La literatura española, o mejor dicho, la literatura universal (que universal es y con todos habla y a todos enseña la sin par creación de nuestro Cervantes), debe el importantísimo descubrimiento de un donoso librillo de tan maravilloso ingenio (asunto largos años de conjeturas arbitrarias entre los hombres de mayor erudición y sabiduría) a una de las raras excepciones que por joyas hemos ya arriba calificado. Y cierto que semejante hallazgo acredita y añade quilates al precio que como erudito infatigable y curioso papelista avalora en sus verdes años al señor don Adolfo de Castro, demás del que como sencillo y verídico historiador se le concede por cuantos saben y conocen que solo comprendiendo bien lo pasado se puede arrancar al gremio de los siglos la verdad y la luz.
Y, con efecto, no solo ha sido punto de controversia el fin al que había enderezado Cervantes su Buscapié, ya teniéndole algunos por clave de una alegoría que ni existe, ni pudo existir en ningún caso, atendida la elevación de su espíritu, ya considerándole otros como escrito únicamente para llamar la atención de los españoles sobre un libro desdeñado de los que más aptos eran para comprenderlo, sino que personas de vasta lectura y nada corto entendimiento han negado el que semejante producción hubiese existido jamás. Afortunadamente, la diligencia del señor de Castro ha podido al fin tropezar con ella; y, gracias a su celo por el esplendor de nuestra literatura, lo que hasta ahora había tenido el carácter de problemático ha entrado en el número de las cosas cuya certidumbre es innegable. La cuestión ha variado de aspecto, y, una vez probado con la publicación del Buscapié que semejante escritura existe, los términos de la proposición deben ser otros. ¿Es, pues, el libro encontrado en Cádiz lo que nos habían dicho aquellos a quienes hemos debido noticias de su existencia? ¿Será verdaderamente parto del inmortal autor del Quijote, o bien una de tantas plumas que las cornejas se visten para emular el vuelo del águila?
Antes de contestar estas preguntas oigamos, para obrar con mayor conocimiento de causa, lo que acerca del libro en cuestión habían ya asentado personas de tan conocida erudición y sana crítica como don Vicente de los Ríos y don Martín Fernández de Navarrete. Dice el primero en su Vida de Cervantes que este portentoso ingenio hizo en el Buscapié, “obrita que se imprimió anónima y es extremadamente rara, una aparente y graciosa crítica del Quijote, insinuando que era una sátira fina y paliada de varias personas muy conocidas y principales, pero sin descubrir ni manifestar aun por los más leves indicios ninguna de ellas. Crítica discretísimamente manejada, con la cual dio tanto crédito y reputación al Quijote y picó la credulidad del público, de modo que todos le buscaban y leían a porfía, creyendo descubrir claramente en su lectura los objetos de la sátira que insinuaba el Buscapié”. Y don Martín Fernández de Navarrete, en la Vida del mismo Cervantes, que con tanto acierto diseñó y que tanto abunda en preciosas ilustraciones y documentos, afirma que, según las suposiciones de algunos, “el público recibió el Quijote con la mayor indiferencia, siendo hasta su título objeto de la burla y desprecio de los semidoctos; y que Cervantes, conociendo que su obra era leída de los que no la entendían, y que no se dedicaban a su lectura los que podían entenderla, procuró excitar la atención de todos publicando El Buscapié, obra anónima, pero ingeniosa y discreta, en la cual, haciendo una aparente crítica de! Quijote, se indicaba que era una sátira llena de instrucción y de gracia con el objeto de desterrar la perniciosa lección de los libros de caballería; y que los interlocutores, aunque de mera invención, no eran con todo tan imaginarios, que no tuviesen cierta relación con el carácter y algunas acciones caballerescas de Carlos V y de los paladines que procuraron imitarlo, como también de otras personas que tenían a su cargo el gobierno político y económico de la monarquía”, añadiendo con referencia al mencionado Buscapié que “como no podemos dudar de su existencia, pues que asegura haberle visto y leído, y da razón de su contenido y circunstancias una persona tan conocida por su sinceridad y buena fe como don Antonio Ruidíaz, debemos creer que Cervantes no intentó manifestar con este opúsculo el fin principal de su novela, que había ya declarado sin rebozo en el prólogo, sino levantar el velo de algunas alusiones y parodias a sucesos recientes o personas conocidas, cuanto bastare a estimular la curiosidad de los lectores para vislumbrarlas o percibirlas y admirar su ingenio, delicadeza y artificio sin comprometer la suerte de su autor. Y […], como ignoramos si el Buscapié salió a luz al mismo tiempo que el Quijote, o si fue muy posterior, no podemos graduar el influjo que tuvo para que esta obra fuese recibida desde luego con tan general aplauso de las gentes como manifestó su autor en la segunda parte; y fue consecuencia de esta aceptación el haberse hecho a lo menos cuatro ediciones en el mismo año de 1605 en que se publicó la primera”.
Tales son las opiniones más acreditadas respecto al contenido del Buscapié, ya que tanto Pellicer como el citado don Vicente de los Ríos y el mismo don Martín de Navarrete rechazan como imputación por muchos respetos injuriosa a Cervantes la de que había intentado, según aviesos espíritus lo aseguraban, ridiculizar la nobleza española, haciendo de su novela una sátira de su nación. Pero basta leer el libro publicado recientemente en Cádiz para convencerse de cuán aventuradas eran estas conjeturas que bajo la fe y sinceridad de don Antonio Ruidíaz pasaban plaza no ha mucho de semi-probables. Lejos de proponerse descubrir secretos escondidos en el Quijote y cuidadosamente cubiertos con el tupido velo de la alegoría; lejos de rebajar la importancia de su inmortal epopeya hasta el punto de poner en claro que en tal o cual personaje donde todos vemos uno de los tipos generales de la humanidad había querido aludir a este o aquel individuo de los que en su tiempo vivían, Cervantes se limita en el Buscapié a defender su obra de los ataques insidiosos de algunos hipercríticos ignorantes; y siempre que toma en boca el nombre de Garlos V es para darle los dictados de nunca vencido emperador, de emperador SEMPER AUGUSTO, de claro, de ínclito, y otros de semejante naturaleza.
Por el contexto del libro se conoce que los tiros de la emulación se dirigían a procurar el descrédito de la Vida y hechos del ingenioso hidalgo, negando la importancia de un escrito que, al decir de sus detractores, criticaba vicios muertos, supuesto que ni existían en España tales caballeros andantes, ni las aventuras narradas en el Quijote eran más que necedades y locuras, y otras cosas de razón desviadas y de tino, y que Cervantes, por no dejar que se acreditasen como verdaderas aserciones que, sin serlo, eran más bien hijas de la envidia o de la atrevida ignorancia, compuso el chistoso o instructivo diálogo a que dio nombre de Buscapié “para que aquellos que busquen el pie de que cojea el ingenioso manchego, se topen (Dios sea loado) con que no está enfermo de ninguno, antes bien, muy firme y seguro en ambos para entrar en singularísima batalla con los necios murmuradores”. Así pues, el referido librillo, como le llamaba el manco de Lepanto, se reduce a aprobar que en tiempos no muy remotos del en que se publicó el Quijote (es decir, unos sesenta años antes) gozaban de toda autoridad en las cortes de muchos príncipes las prácticas de la andante caballería por él con tan singular gracejo satirizadas, y que no pocos de los usos en mayor estima tenidos por la gente de noble alcurnia eran fruto lamentable de una civilización bárbara ya moribunda que era necesario desterrar para siempre de la república 1 .
Esta defensa hecha en tono dogmático hubiera sido tal vez indigesta, pero, como los grandes talentos tienen el privilegio de convertir en pradal florido los más incultos eriales, Cervantes la sazonó con una invención por demás donosa, a fin de darle un tinte novelesco que la hiciese amable ante todos; invención que imitó más tarde en el prólogo del Persiles, y en la que, suponiendo haber hallado un bachillerejo a pocos pasos de la puente toledana, entra con él en diversas pláticas hasta dar en el asunto que le era importante y dejar desvanecidos los cargos dirigidos a su poema por boca del bachiller mencionado. Después de recordar en contestación a este (quien decía con referencia al caballero de la Mancha: “¿Cuándo ha visto su infelice autor que anden tales locos por la república?”) el paso honroso de Suero de Quiñones y otros acontecimientos reales de la misma estofa; después de haber ridiculizado por medio de la narración que pone en boca del bachiller la tan antigua leyenda provenzal del conde Partinuplés, y de haber sacado a relucir oportunísimamente el reto de Francisco I a Carlos V y el tan famoso duelo habido en Roma entre Leres y Martín López, cita las nunca olvidadas fiestas de Bins, de que hizo una curiosísima relación Juan Cristóbal Calvete de Estrella, como testigo ocular y compañero de viaje del príncipe don Felipe (después Felipe II), y concluye diciendo a su contrincante: “¡Vuestra merced mire y advierta y considere, con toda la dotrina que en sí puede encerrar un señor bachiller en leyes, el número de los caballeros que se ocuparon en hacer tales fiestas, o, por mejor decir, locuras y vanidades; y que a todos dio su consentimiento el emperador y el príncipe don Felipe, y que estuvieron en ellas muy regocijados, y diga vuestra merced si no existen otros tales locos como el ingenioso manchego en el universo mundo cuando son tantos y tan honrados y tan favorecidos de los emperadores y de los reyes. En resolución, los necios de que está poblada la república cristiana no llevan sufridamente que, con la lectura de este libro, se convenza el mal limado vulgo de que en los caballerescos solo se pintan sucesos inverosímiles y enemigos de la verdad y de los buenos entendimientos; y por eso trabajan tanto y con tanta obstinación y con ánimos enconados y voluntad muy torcida contra el ingenioso hidalgo don Quijote, buscándole tachas y haciendo inquisición en todas sus aventuras para inferir de ellas maliciosamente que no hay en el mundo los locos que fingen los libros de caballerías, cuando de ellos están pobladas las cortes de los reyes (cuanto más las aldeas)”.
Este y no otro es el objeto del Buscapié, y no alcanzamos de dónde pudo inferirse que había querido aludir a Carlos V el autor en el personaje de don Quijote, como no hubiesen equivocadamente creído los que tal decían ver una alusión, trocando sin duda los frenos por falta de buena memoria, en las palabras que hemos ya citado en el párrafo precedente. Ahora bien: ¿el Buscapié es flor nacida real y espontáneamente en la corona de Cervantes, o trasplantada a su jardín para avalorarla por algún contrahacedor entendido? ¿Habremos por acaso hecho mal en atribuírsela desde luego, como si no cupiese en ello género alguna de duda? Prescindiendo de que las aprobaciones del doctor Gutierre de Cetina y de fray Tomás Gracián Dantisco lo publican palmariamente, hay a nuestro modo de ver otra cosa que lo atestigua con no menor elocuencia, pues, según dice en El Criticón, a propósito de La tía fingida, el sabio filólogo don Bartolomé José Gallardo, “basta tener ojos en la cara para reconocer la mano de este gran pintor de la naturaleza en el rasgo más descuidado de su pincel vivaz”. Efectivamente: en el Buscapié se encuentran las mismas perfecciones y lunares que en todos los demás escritos del inmortal cautivo de Argel; y el abuso de la conjunción y relativo que, como observa oportunamente el señor de Mora, y el uso frecuente de frases elípticas tales como: ¡sosiéguese vuestra merced y hágamela muy grande”, etc., que era tan del gusto de nuestro autor, manifiestan cúyo es el opúsculo sacado a la luz del día por el señor de Castro. ¿Ni qué pincel sino el de Cervantes sabe describir con el garbo y frescura que son de admirar en las siguientes cláusulas?: “Entonces sí que me viérades salir una mañana a la hora del alba con mis monteros grandes y pequeños y mis alanos y sabuesos, vestido de una ropa que tendría lo de encima de cuero y el aforro de esquiroles, como usaban los grandes señores cuando iban a monte, y tomar en mi cuello una bocina, y cabalgar en mi cuartago con mis monteros, y cuando estuviésemos en lo más recio de la montaña sobrevenir sobre nos una tormenta y viento y agua con gran furia y en gran manera, y me perder con la luenga oscuridad en lo más entrañado del monte, do ánima ninguna osaba de penetrar por las muchas y malas animalias que allí tenían su asiento”. Por otra parte, si el libro que nos ocupa fuese, como no faltará tal vez algún malicioso que lo asegure, contrahecho en tiempo de Cervantes (ya que contrahacer en nuestros días libros de semejante índole lo reputamos por punto menos que por imposible), ¿no hubiera intentado el que a fraguar semejante ficción se arrojase poner en armonía el escrito con las interpretaciones alegóricas que daba el maldiciente vulgo al Quijote, ora para perjudicar al autor de este, si era su enemigo, o para despertar la curiosidad de todos y alimentar el interés de la general malicia, ávida siempre de encontrar en las cosas más inocentes una segunda intención que redunde en mengua y descrédito de alguna persona o de alguna elevada jerarquía?
Como quiera que sea, para nosotros la misma poca importancia del Buscapié como clave de encubiertas alegorías, el versar únicamente sobre puntos de erudición y de hechos, además de su galano y sabroso estilo, son prendas que nos hacen tenerlo por de Cervantes. Ni es menos importante su hallazgo para destruir las livianas aseveraciones de los que decían que semejante diálogo sirvió para acreditar y dar importancia a un libro que había sido recibido con desdén por los que más aptos eran para comprenderlo, pues, datando la aprobación dada por Dantisco en Valladolid del 6 de agosto de 1605, y habiéndose hecho en este año mismo cuatro ediciones de la primera parte del Ingenioso hidalgo, es de presumir que El Buscapié, si llegó a imprimirse, no influyese en mucho para avivar el interés común hacia don Quijote. Cervantes, pues, no quiso trazar una alegoría, sino corregir los delirios de la humanidad, no haciéndola odiosa a sus propios ojos para inspirar horror en las almas, pintando, sí, lo ridículo de sus acciones para llamarla al sendero de la luz y de la razón. Y a tal propósito se debe en no pequeña porción el que muchas prácticas bárbaras rezagadas del feudalismo expirante sucumbiesen en toda Europa, y el que la fábula engendrada en una cárcel, donde toda incomodidad tiene su asiento, y donde todo triste ruido hace su habitación, viva perennemente, y por su alta importancia civilizadora, y por su profunda filosofía moral, y por su ingeniosísima combinación, pertenezca a todos los hombres y sea patrimonio digno de igual aprecio en todos los siglos. Es verdad que de antiguo las creaciones de los países meridionales se han distinguido, más que en retratar individualidades determinadas y caracteres únicos y concéntricos, por decirlo así, en ofrecer tipos generales y simbólicos, cualidad que las distingue notablemente de las nacidas en la nebulosa región del Norte.
Pero no se ha contentado el señor de Castro con dar simplemente a luz esta joya arrancada por su pericia a los senos del olvido, sino que, a fin de hacer algunos pasajes más perceptibles, la ha dotado de curiosas y eruditas notas históricas, críticas y bibliográficas. En todas ellas rebosa el saber y el conocimiento de nuestra antigua literatura; y, si bien en ocasiones se engolfa en puntos que no tienen una afinidad íntima con su primordial objeto, no por eso dejan de ofrecer aquellas gran interés con relación a la historia literaria de los siglos XVI y XVII, y por lo tanto con relación a uno de los períodos de la vida intelectual de nuestro país cuya ilustración es más importante a su misma historia política, trazada tan superficialmente hasta ahora por casi todos los que han acometido la empresa de bosquejarla. Las noticias que da del luterano Constantino y las de Juan de Arjona; las que asienta para rectificar una falsa noticia acreditada como autoridad con la del marqués de San Felipe; la chistosa correspondencia del obispo de Bona con el duque de Medina, y otras mil preciosidades y raros documentos inéditos que pone en conocimiento del público, no solo sirven para atestiguar su vasta lectura y su claro discernimiento, sino que le colocan al lado de nuestros primeros eruditos por su constancia verdaderamente alemana. Solo una especie vamos a apuntar, no como correctivo, sino como advertencia, para que haga de ella el uso oportuno a fin de esclarecer completamente quién fue el autor del famoso Palmerín de Inglaterra.
Dice el señor de Castro que Miguel Ferrer compuso este libro según se infiere de las dedicatorias, pero en una edición antigua que manejamos ha tiempo y en el acróstico de unas coplas que la encabezaban se hacía la declaración del nombre del autor, y según las mismas era este Luis Hurtado de Toledo. Como nuestra memoria vale poco, y tuvimos la inadvertencia de no anotar ni el lugar ni el año de la edición mencionada, nos contentamos con hacer esta sencilla indicación a quien por su mucha diligencia podrá apreciarla en su verdadero punto. Deseamos, pues, que el señor de Castro dé a la estampa en breve la obra que en su nota GG nos anuncia, y entre tanto le felicitamos por su hallazgo, así como a los impresores de la Revista Médica por la edición, que puede competir con las buenas del extranjero, y que tanto es digna de la culta capital donde ha sido hecha, como de la obra que está destinada a poner en circulación entre todas las personas ilustradas del orbe.