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Prensa y canon · Textos historiográficos

“Discurso tercero sobre el teatro español, pronunciado por el excelentísimo señor don Javier de Burgos en el liceo de Granada, el viernes 16 de abril (Conclusión)”

Autor del texto editado
Burgos, Javier de (1778-1849)
Título de la obra
El Panorama. Revista de literatura y artes, tercera época, año cuarto, nº 127, 13 de mayo de 1841
Autor de la obra
Azcona, Agustín (dir.)
Edición
Madrid: Imprenta de El Panorama, 1841
Paginación
pp. 180-183
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Hemeroteca Digital Hispánica. (texto completo)
Información técnica
Transcriptor: Isabel Román Gutiérrez
Editor: Pedro Ruiz Pérez
Encoding: Noelia Santiago López
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Córdoba, 11 octubre 2024

DISCURSO TERCERO SOBRE EL TEATRO ESPAÑOL, PRONUNCIADO POR EL EXCELENTÍSIMO SEÑOR DON JAVIER DE BURGOS EN EL LICEO DE GRANADA, EL VIERNES 16 DE ABRIL (CONCLUSIÓN)


En 1808 un movimiento político, grande como lo fue siempre entre nosotros todo lo que tuvo el carácter de nacional, lanzó de nuevo la nación a los campos de batalla en que durante siglos se había ella cubierto de gloria. La juventud dedicada al estudio arrojó los libros para empuñar las armas, y fácil fue prever que más adelante se resentiría la ilustración de los esfuerzos hechos para sostener la independencia. Entre tanto, por patriotismo unos, por deseo de adquirir nombradía otros, y algunos por la necesidad de asegurar en la retribución señalada a los empleos su suerte y la de sus familias, los hombres todos que antes cultivaran las letras se dedicaron exclusivamente a la política. Ninguno pensó en la literatura, y el teatro no produjo por consiguiente sino una u otra de aquellas piezas con que en situaciones semejantes se procura halagar las pasiones excitadas o mantener el entusiasmo público. A este género pertenece La viuda de Padilla, de don Francisco Martínez de la Rosa, que obtuvo aplausos en Cádiz porque lisonjeaba ciertos instintos de la época, como los obtuvieron siempre en España Pelayo, Numancia y algunas otras composiciones de este género, porque en ellas se lisonjeó el instinto permanente de nacionalismo.

En los 13 años que siguieron a la pacificación de I814 no se aumentó el repertorio teatral sino con una o dos composiciones desconocidas del marqués de Casa-Cajigal, con el Don Dieguito e Indulgencia para todos de don Manuel Eduardo de Gorostiza, con una u otra composición ligera de don José Joaquín de Mora y de don José María Carnerero, y con algunas traducciones de piezas extranjeras y refundiciones de otras nacionales, trabajos en que respectivamente se distinguieron los citados Carnerero y Mora, Dionisio Solís, don Juan Nicasio Gallego y don Félix Enciso Castrillón; de manera que a los veinte años del reinado de Fernando VII se hallaba el teatro en la misma postración y desconcierto que en la época de la abdicación de su padre. Habíase anegado el rico archivo de dos siglos, y apenas en cerca de ochenta años transcurridos desde 1750, en que salieron a luz las tragedias de Montiano llegaron a ochenta las composiciones originales o traducidas del nuevo teatro.

A este tiempo apareció entre nosotros un autor que desde su composición primera anunció disposiciones felices y prometió días más prósperos a la escena patria. Don Manuel Bretón de los Herreros (pues todos han adivinado ya que hablo de él) hizo, en efecto, festivas y lindas comedias, y, bien que los hábitos de su vida o la índole de su talento le impidieron lanzarse a profundas combinaciones dramáticas, nadie disputará a las suyas gracia y verdad, ni facilidad y soltura a sus versos. Quizá en otra época hubiera podido Bretón llegar a ser un Lope de Vega, pues existe bastante analogía entre las concepciones fáciles de uno y otro autor; y, salva la diferencia de los tiempos, aun entre el modo de expresarlas. Pero las recias implosiones del periodo de transición que recorreremos no permiten que se aprecie hoy debidamente a los autores dramáticos que se contenten con recorrer la superficie de la sociedad. Mientras esta no se asiente sobre bases sólidas, será menester para interesar a los concurrentes al teatro otros medios que sencillas y familiares intrigas, y versificación elegante y fluida. La indicación de los que pueden substituirse a estos resultará de las consideraciones que voy a hacer sobre una cuestión esencialmente enlazada con la historia que aquí recorro.

En nuestra época existe, además de las causas permanentes que hubo en todos tiempos para que extraviase a los hombres el error, otra causa pasajera, propia para hacer más trascendentales y perniciosos los extravíos habituales de la razón. Esta causa es el encarnizamiento de las pasiones políticas, tan funesto como el de las religiosas, pues que, igualmente intolerantes, llevan unas y otras en sus negras banderas la triste divisa de Muere o cree. La intolerancia política, lo mismo que la religiosa, exacerba los espíritus y comunica a la expresión de las ideas el carácter de exaltación que han tomado los sentimientos. De aquí resulta que aun las verdades absolutas se enuncian hoy con una exageración que las convierte en mentiras relativas, y, por consiguiente, que ahora entre nosotros todo es a la vez mentira y verdad, o, por decirlo mejor, todo a la postre se resuelve o convierte en mentira. Esta ha sucedido con la máxima abstracta de “que la literatura de una época es la expresión del estado de su sociedad”, idea que, verdadera en su generalidad con respecto a sociedades normal o definitivamente constituidas, es falsa y aun absurda cuando se aplica a la constitución anómala y excepcional de un estado social transitorio.

Sí, señores, la literatura griega fue la expresión del estado de la sociedad griega. Píndaro, elevando al cielo los vencedores de los juegos olímpicos, expresaba, en efecto, el entusiasmo que inspiraban a sus compatriotas ya la destreza o la pujanza manifestadas en los ejercicios gimnásticos, ya la elevación del ingenio, de cuyas producciones se hacía igualmente alarde en aquel espectáculo nacional. Alceo exhalando en versos magníficos su odio contra los tiranos, Demóstenes lanzando contra un rey desde la tribuna popular sus cáusticas y 'elocuentes filípicas, rendían homenaje solemne al régimen político bajo que vivían. Rendíalo Sófocles a las creencias religiosas, presentando en el teatro a Edipo como víctima condenada por el inapelable fallo del destino. Rendíalo, en fin, Aristófanes a las costumbres de su siglo, halagando las pasiones de un pueblo suspicaz, movedizo y turbulento, que en el teatro gustaba de que se calumniase a Sócrates y en las asambleas populares condenaba a Arístides al ostracismo.

La literatura francesa durante el largo reinado de Luis XIV, la italiana durante la larga influencia de los Médicis, la española durante la dominación de la dinastía austríaca, tenían asimismo un carácter propio o peculiar de la época y del país. En Francia Fenelon procuraba formar príncipes mientras Moliere combatía hipócritas, porque los hipócritas abundaban tanto entonces como era de temer que escaseasen los buenos príncipes. En Italia Taso ensalzaba la religión de su país, inmortalizando a los paladines que habían ido a restablecerla en los lugares mismos que guardaban el sepulcro de su divino autor. En España fray Luis de León cantaba en versos suaves los prodigios y los beneficios de aquella religión misma, en cuya defensa desenvainara su gloriosa espada el héroe de Lepanto, ensalzado a la par por Fernando de Herrera. La literatura francesa, italiana y española fue en las épocas que recuerdo la expresión de su estado social respectivo, porque aquellas sociedades obedecían a un impulso regular, estaban sometidas a las mismas leyes, profesaban las mismas creencias, e, infiltradas unas y otras en las costumbres, se habían convertido en hábitos uniformes, de cuya influencia no podía eximirse ninguno de los asociados. ¿No era necesario que de esta influencia misma se resintiese la literatura, y que en tal situación fuese ella la expresión del estado social?

Pero cuando las bases sociales se conmueven o se desquician; cuando la sociedad, alterando sus leyes, resfriando sus creencias, rompiendo el lazo de sus viejos hábitos, se abandona a impulsos excéntricos, accidentales, contradictorios, es un caos de la sociedad, y la literatura no puede ser su expresión, porque no tiene expresión el caos. Revolviéndose ella en un vacío inmenso, vaga, a la verdad, sin dirección, y parece arrastrada por el torbellino que envuelve o arrastra a la sociedad misma; pero ni aun así, es la expresión de tal o tal sociedad desquiciada, sino de toda sociedad a quien trabaje el mismo desorden; es la expresión general del desconcierto, no la del desconcierto de un determinado país. ¿Representan acaso los dramas de Víctor Hugo o de Alejandro Dumas el estado de la sociedad francesa? No; seguramente arguyen tan solo que en Francia hubo una revolución política, por consecuencia de la cual se conmovieron o desquiciaron también las creencias literarias. En la marcha política se restableció el orden, porque sin él ninguna sociedad puede vivir; en la literatura y, sobre todo, en la dramática no se restableció aún, porque ni hay interés en dictar leyes sobre esta materia, puesto que el orden político es compatible con el desorden literario, ni este puede corregirse por otros medios que por la acción lenta del tiempo y los igualmente lentos progresos de la razón pública. Entretanto, el teatro francés de Hugo y de Dumas no solo no es la expresión del estado de la sociedad francesa, sino de ninguna sociedad europea, y acaso de ninguna sociedad posible; y pasmaría que muchos de nuestros autores procurasen imitar a aquellos extranjeros, si del desconcierto producido por los trastornos políticos no fuese el desconcierto literario una consecuencia casi inevitable.

De estas consideraciones me parece resultar que proceden con error los que para justificar las aberraciones actuales de nuestro teatro alegan la necesidad de que él represente el nuevo estado de nuestra sociedad. No, él no representa más el de la nuestra que el de Hugo y Dumas el de la francesa. Porque el primero de estos dramáticos calumnió a Carlos V en Hernani y a Ana de Austria en Ruy Blas, y el segundo a Margarita de Borgoña en La torre de Nesle se creyó que los autores españoles debían calumniar a sus más grandes príncipes y presentar en el teatro como hechos auténticos las imposturas vomitadas contra ellos por los luteranos holandeses y flamencos, a quienes la política de su siglo le obligó a perseguir. Porque las citadas composiciones y otras igualmente monstruosas fueron encomiadas en una ciudad extranjera que entre su millón de habitantes cuenta cien mil perdidos, prestos a aplaudir todo lo que contribuya a desorganizar, se han traducido aquí esos dramas, en que a pretexto de la expresión de la sociedad o de retrato de las costumbres de la época se da casi diariamente a la ya harto desventurada España el espectáculo del viejo seduciendo, del crimen incitado, de la inmoralidad corrompiendo el corazón, del mal gusto estraviando la fantasía. Adúlteros, asesinos, ladrones, jugadores desalmados son frecuentemente los protagonistas de estas piezas, de que el pudor retrae a las personas morigeradas y la razón aleja a los que se acostumbraron a cultivarla. Así el teatro se ha hecho una escuela de perversidad, de corrupción, de escepticismo y de detestable gusto literario, por añadidura.

“Pero -quizá replicará alguno- ¿qué otra cosa fue el ponderado teatro de la antigua Grecia? Sin hablar de las atrocidades de los Atreos y de los Tiestes, ¿quién no recuerda al poderoso Agamenón espirando bajo el puñal del adúltero galán de su esposa, a esta inmolada después por su propio hijo a los manes sangrientos de su padre ultrajado, a Fedra en llama de un amor incestuoso, a Edipo bañado en la sangre de su padre y ocupando después un lugar en el tálamo de su viuda?”. A los que este argumento hiciesen yo respondería que en el teatro griego llevaban aquellos crímenes, en su tremendo e inmediato castigo, la corrección y el escarmiento. Egisto y Clitemnestra expían sus maldades a manos del hijo de la víctima. Orestes, lavando en la sangre de su madre los atentados cometidos por ella, no es sino el instrumento del castigo que les reservaba el cielo. El teatro griego realza aun la moralidad de este castigo, presentando a su inocente instrumento acosado de remordimientos horribles, o lo que, en el lenguaje habitualmente alegórico de aquel país, era lo mismo, devorado por las furias. Edipo expía por la pobreza y la proscripción crímenes que, por involuntarios, no merecerían hoy tan atroz pena, y acaso no merecerían ninguna. Así, los poetas griegos imprimían por la instantánea y terrible expiación del crimen un terror saludable que envolvía una alta lección de moralidad, y de un teatro semejante se pudo decir con razón que era una escuela de costumbres.

Lo mismo hasta cierto punto se puede decir de nuestro teatro antiguo, en que las creencias políticas y religiosas, las tradiciones de la gloria nacional y aun las preocupaciones y los errores del país se retrataban siempre con admirable exactitud. En las comedias de capa y espada creyeron algunos descubrir, además de monotonía en la casi uniforme repetición de los lances, gérmenes de la corrupción en los galanteos, los escondites y las pendencias de los enamorados, Pero, buenos o malos, aquellos usos hacían parte de las costumbres de la época, y escuela de costumbres son las obras que los retratan. En El señorito mimado y La señorita mal criada retrató, asimismo, Iriarte usos nuevos que en su tiempo se introdujeron en la educación. En varios pasajes de sus comedias hizo también Moratín picantes alusiones a aquellos de nuestros usos que caen bajo la jurisdicción del poeta cómico, y comedias de costumbres se llamaron por eso aquellas y las que presentaban igual carácter.

Pero ¿qué retratan, que costumbres representan las composiciones dramáticas que hace siete u ocho años empezaron a invadir y después han invadido completamente nuestro teatro? De la sociedad en que las costumbres fuesen las que, salvo una u otra escepción, aparecen en tales dramas sería menester huir como de un lugar apestado, y como de un lugar apestado se huirá sin duda del teatro por poco que los poetas continúen amasando sus piezas con la levadura del crimen impune. “Frecuentes son en la sociedad –se dice- los crímenes que los dramáticos modernos presentan en escena”. En buena hora, responderé yo, pero para cometer algunos, y especialmente para abandonarse a los amores vedados, que manchan la honra y tumban la paz de las familias se toman en el mundo precauciones que no emplean los autores de las piezas que hablo. En el mundo la adúltera que conserva un resto de pudor se recata de sus amigos, de sus conocidos, de sus criados, de todos, en fin, los que pudieran echarle en cara su infamia, mientras que en el teatro la revela ella sin miedo y la confía sin rebozo a centenares de espectadores, a los cuales familiariza así con todas las interioridades del crimen. Aquí deshonra una a su marido, y recibe de él en recompensa la mitad de sus bienes. Allí una reina provoca en su lecho las incestuosas caricias de sus hijos y, una vez gozadas, los hace arrojar a un río después. Allá la hija de un papa... Pero detengámonos, señores; yo no me siento con fuerzas para continuar. Los miramientos que se deben a los contemporáneos me impiden, hablando del teatro actual, entrar en las particularidades a que descendí hablando del antiguo, y aun me retraen de hablar de Martínez de la Rosa, Zorrilla y otros de que, acaso porque no incurrieron en los vicios que denuncio, son menos representadas las composiciones. Obligado por esta consideración a detenerme aquí, concluiré deseando que hombres capaces y bien inspirados saquen nuestro teatro del lodazal en que se halla sumido; pero añadiré que no se debe esperar que esto suceda mientras no recobre su nivel la sociedad y su imperio las costumbres. Cuando el orden se restablezca no será indispensable para constituir un nuevo teatro buscar preceptos en Aristóteles ni en Horacio, pero será conveniente buscar inspiraciones en Moreto y en Calderón. Entonces no se sacará a la escena todo lo que pasa en el mundo, sino “lo que puede enseñar o divertir o divertir y enseñar al mismo tiempo”. Espectáculos que no enseñen o no diviertan serán siempre detestables, pero serán execrables además los que perviertan y desmoralicen.

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