“Una lección de literatura”
- Autor del texto editado
- “Uno de tantos”
- Título de la obra
- El guardia nacional, nº 1051, 28 noviembre 1838
- Autor de la obra
- Ferrer, Luis (dir.)
- Edición
- Barcelona:
Imprenta del Guardia Nacional,
1838
- Paginación
- p. 3
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Hemeroteca Digital Hispánica. (texto completo)
Información técnica
Editor: Victoria Aranda Arribas
Encoding: Noelia Santiago López
Encoding: Noelia Santiago López
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Córdoba, 1 octubre 2024
Una lección de literatura
Señor editor:
Tengo que contarle, pesia a muchos, lo que me sucedió una de esas tardes con [un] amigo] mío de buenas prendas, pero a quien […] en suerte la maldita estrella de ser un […] hecho y derecho. No crea usted que […] aunque romántico, por más que están […] estas dos palabras según algunos a […] conozco yo personalmente y conoce […] de más allá de su patria por sus escritos; pues románticos hay que no me dejarán mentir, y que se las apostarán con todos los clásicos que cantan, cacarean y graznan en este valle de miserias, por más que tengan estos una fama más gigantesca que el mismo coloso de Rodas.
Fue, pues, el caso, que, estando leyendo la otra tarde no sé qué librote, vi abrirse con estruendo la puerta de mi cuarto, y entrar como un remolino y ponerse a mi lado de un salto como un arlequín al joven amigo de que acabo de hablarle a usted. Reía, trincaba y se frotaba entrambas manos más alegre que estudiante en tiempo de vacaciones.
—¡Ora! —le dije— ¿Qué ha sucedido?
—¡Pues ya me lo figuraba yo! Metido en tu chiribitil, como ave en su nido, nunca sabes lo que pasa por estos mundos de Dios…
—Pero, bien, ¿qué quieres que sepa?
—La gran noticia, hombre, ¡la estupenda noticia! Ha llegado a esta capital un sabio del Oriente, un prodigio de sabiduría, ¿entiendes?
—¿Y qué?
—Que quiero ir a verle, a hablarle, a preguntarle qué es lo que debo estudiar para ser sabio. Vamos, vístete pronto, como yo, de riguroso uniforme, e iremos a hacerle una visita.
—Pero bien, ¿quién nos introducirá?
—No te pares en esas pequeñeces, tonto; los hombres del Oriente no son como nosotros los occidentales. Basta que le indiquemos que vamos a él para que nos muestre el camino de la sabiduría y nos recibirá como si fuésemos enviados del emperador de Marruecos.
Quise desengañar a mi amigo con las mejores razones que me acudieron, más viendo que era predicar a don Juan Tenorio, púseme mis calzones nuevos, mi casaca con faldones curvilíneos, mi sombrero a la dernière y mis guantes amarillos y nos disparamos por esas calles y plazas atropellando a toda alma viviente, cayendo más maldiciones sobre nosotros que Dios le asista al mendigo sobre despilfarrado pordiosero.
Al cabo de un cuarto de hora nos hallábamos ya a los pies del sabio.
Haremos gracia a nuestros lectores, pues juzgamos no lo tomarán a mal, así de la descripción del traje y fisonomía del musulmán, como de lo de Alá es grande y a los pies de usted etc., y nos meteremos de sopetón en el diálogo que se entabló, por fin, después de aquella tempestad de cumplimientos, capaces de atolondrar la más robusta cabeza.
—Nosotros, señor, dijo mi compañero, sabedores de que Dios os ha favorecido con el don de ciencia, venimos a rogaros os dignéis dejar un rayo de vuestra luz sobre nuestras almas, ¡a que nos reveléis los medios de llegar al templo del saber!
—¡Jóvenes! —exclamó gravemente el moro—. Sé que muchos os arrojarían de sí con desprecio y tacharían de locura vuestro deseo de aprender, pero los verdaderos sabios acogemos con placer a los jóvenes filósofos, amatores sapientiæ, como diría Julio, y los protege[mos]. Para saber es menester estudiar.
—Bien –prosiguió mi amigo–, pero ¿en qué libros se debe estudiar? ¿Dónde están esas obras, esas piedras miliarias que conducen al luminoso templo?
—Esas piedras miliarias, jóvenes —dijo el sabio, apuntando esta idea de mi amigo en su cuaderno de pensamientos sueltos de donde sacaba su cosecha—; estos libros son los que estudiamos los sabios.
Mi amigo y yo nos miramos atónitos.
—Pero me parece que, como debe ante todo fijar su opinión, abrazar una escuela…
—No hay más que una escuela verdadera —le interrumpió el oriental con su tono de autoridad acostumbrado—: la de la verdad.
—Ya se ve, pero en literatura, por ejemplo, tendrá uno que estudiar en el clasicismo, en el romanticismo…
—Ni en uno ni en otro. En Homero y Cervantes.
—Homero y Cervantes —le dije yo entonces— son dos grandes genios, nadie lo duda; son los dos grandes modelos para el poema heroico el uno, para la novela de costumbres el otro. Pero, ¿y para los demás géneros?
—En los demás géneros debe siempre preferirse lo mejor a lo bueno —dijo con mucha gravedad el musulmán.
—¡Perogrullada! —exclamé sonriendo.
—Como, por ejemplo —prosiguió mi amigo—, los dramas de Calderón, de Lope de Vega…
—¡Blasfemia! ¡Blasfemia! —gritó el sabio con los ojos hechos ascuas y apretando entrambos puños—. Lope y Calderón despreciaron las unidades, no hicieron caso de Aristóteles, el padre de los peripatéticos, peripetaticorum pater. Lope y Calderón, jóvenes, merecían ser quemados con sus comedias por el santo tribunal.
—¿Y Shakespeare?
—Un sacasillas y nada más.
—¿Y los autores modernos?
—Son unos burros, burros del primero al último.
—Pues lo mismo decía mi bisabuelo —dije yo sonriendo.
—Pero —insistió mi amigo—, Chateaubriand al menos…
—¡El más asno de todos! —gritó el moro—. Chateaubriand ha dicho que los españoles eran unos árabes: Chateaubriand no sabe ni migaja de geografía.
—¿Y su Genio del cristianismo?
—No vale nada.
—¿Y sus Mártires?
—Un cuento de viejas.
—¿Sus Viajes, sus Estudios hist…?
—Mentiras todo, ganas de contar maravillas.
Tiré a mi amigo del faldón de su casaca, sonriose y volvió impávido a sus preguntas.
—¿Al menos, me confesaréis que Lamartine y Victor Hugo dejan atrás a todos los poetas líricos modernos?
—Lejos, lejos de mí tal blasfemia. Yo no he leído estos autores, pero sé que Lamartine es el Gerardo Lobo, y Víctor Hugo el Silveira de los españoles.
Mi amigo y yo podíamos apenas contener la risa.
—No dudo —dije entonces al musulmán— que estaremos de acorde en cuanto al mérito literario de Walter Scott.
—Walter Scott… lo he leído apenas […], señores, pero me consta que cuando introduce un trovador, por ejemplo, en sus novelas, pone en su boca baladas, canciones, trobas, y esto, aunque parezca natural, es muy impropio. Horacio dijo, o debió de decir según los literatos, que cuando se introduce un poeta, un bardo o un juglar en una novela, no debe recitar siquiera un verso, aunque sea el héroe principal de ella. Y en esto soy del parecer del poeta, pues los versos no hacen más que distraer la atención del lector. Walter Scott no tiene una novela digna de ser leída.
—Pues bien, ¿en qué modelos estudiaremos? —volvió a preguntar mi amigo.
Nuestro sabio arrugó la frente, permaneció algunos instantes con los ojos clavados en el suelo y la barba apoyada en la mano, y luego, mirando de hito en hito ora a mi amigo ora a mí, exclamó con el tono misterioso de un oriental y enfático de un trágico clasicista:
—¡Jóvenes! Si no leyese en vuestros corazones el ardiente deseo de saber que lo[s] abrasa, me guardaría bien de revelaros lo que voy a decir, porque el sabio, lo mismo que los oráculos de la Antigüedad, tiene secretos que los profanos, los ignorantes son indignos de conocer. «Veni, vidi, vici» dijo César: venid, oíd, aprended. Para que podáis ver en todo su esplendor al Apolo de la ciencia, es necesario que aleje de mí eso que llaman los hombres la modestia, que es respeto del sabio quod tenebræ luci. ¿Queréis saber? Pues bien, estudiad mis obras, mis excelentes obras, que me han valido mucha fama (y poco dinero —añadió en voz baja—) tanto en mi patria como fuera de ella, tanto en Oriente como en Occidente, tanto en los frigidísimos polos como en el tostado ecuador, torridus equator, como dijo el pagano. ¿Queréis saber? Sed sabios como yo.
Si hubiera visto usted, señor editor, la gravedad del sapientísimo musulmán, y los carrillos hinchados de mi amigo y yo, creo que hubiera reventado usted de risa, aunque hubiese afectado usted la seriedad de un rey de una tragedia clásica.
Despedímonos, haciendo un millón de cortesías, del sabio moro, pues mi amigo estaba tan fastidiado como yo mismo de aquella lección de literatura, y, apenas estuvimos en las escalera, nos miramos uno al otro y soltamos tan estrepitosa y larga carcajada, que no dudo se hubieran levantado los muertos de sus sepulcros pensando que era llegada la hora de presentarse al juicio final, si hubiese resonado en un cementerio.
—Los clásicos son locos —exclamó mi amigo, dando una corta tregua a su eterna risa—. Concedamos que lo sean los románticos, pero esos literatos anfibios, al estilo de nuestro sabio moro, lo son más que los clásicos y los románticos.
Uno de tantos