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Prensa y canon

“VARIEDADES. Costumbres de la Edad Media”

Autor del texto editado
Sin firma
Título de la obra
El guardia nacional, nº 273, 28 agosto 1836
Autor de la obra
Ferrer, Luis (dir.)
Edición
Barcelona: Imprenta del Guardia Nacional, 1836
Paginación
pp. 1-2
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Hemeroteca Digital Hispánica. (texto completo)
Información técnica
Editor: Victoria Aranda Arribas
Encoding: Noelia Santiago López
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Córdoba, 30 septiembre 2024

COSTUMBRES DE LA EDAD MEDIA


La Edad Media, fuente abundantísima de brillantes Y caballeros hechos, de horrendos crímenes y de pasiones violentas, la Edad Media, romántica por sus recuerdos, tenebrosa por su feudalismo y gloriosa por su espíritu guerrero, no podía menos de excitar el entusiasmo de nuestros literatos, que, levantando una bandera nueva, pero brillante, rompieron las trabas que hasta el día han sujetado en parte el vuelo de la imaginación. La nueva escuela, si así puede llamarse la que inspiró a Calderón sus románticos dramas, la escuela de la creación sublime y filosófica, parece haber escogido por ejemplo de sus glorias aquellos siglos mágicos con sus cruzadas, sus eternos combates y su fanatismo religioso.

Pero mucho se engañan los que, seducidos por su esplendor, brillante creen encontrar en las costumbres de estos siglos una pureza inmaculada y una caballerosidad sin límites. Si recorremos su historia, observaremos en ella una mezcla incoherente de grandeza y de crueldad, de crímenes y de virtudes, y esto en sus hombres más célebres y más respetados. Con el brazo armado de hierro son gigantes, pero desnudos de la cota de malla, cuando solo se les considera por sus pasiones, aparecen regularmente pequeños y aun despreciados.

Sus fembras, dotadas por efectos de los sacudimientos continuos de los pueblos en sus sangrientas guerras de una alma varonil, y acostumbradas a mirar con rostro sereno la sangre que hacían derramar los combates, los duelos y los torneos, adquirían también cierta fiereza y libertad hija de estos espectáculos crueles, que no eran seguramente los más a propósito para inspirarles virtudes sociales y mucho menos la ternura que es el principal distintivo de esta hermosa parte del género humano. El honor parecía ser entonces todo, pero el honor se mancillaba a menudo, en los hombres por cualquier cosa, en las mujeres por sus pasiones. Ni podía menos de suceder así, porque la sociedad estaba desenclavijada, y, por consiguiente, las acciones individuales eran más libres que en nuestros días, en que el ojo de la censura social es un freno que contiene muchas veces al hombre en su fiereza y a la mujer en sus extravíos.

Si se quieren hallar pruebas que autoricen esta verdad, léanse los romances de aquella época, romances que ninguna señorita del siglo XIX leería sin ruborizarse, y se verá cómo llegaron los vicios a un extremo escandaloso.

No citaremos por demasiado impudentes ninguno de ellos, pero mil y mil corren en manos de los curiosos, y al señor Durán debemos la reimpresión de muchos de ellos, que, aunque mutilados por la censura, conservan bastantes trozos que pueden atestiguar nuestro aserto.

Sin necesidad de leer estos romances, encontramos en las crónicas de aquella edad rastros abundantísimos que nos manifiestan esto mismo: no había caballero de alta alcurnia que no contase una o más barraganas, amén de la su señora; y los hijos que en ellas había se criaban bajo el apellido de su padre natural, sin que hubiesen mengua por esto de presentarse hasta las gradas del trono, y sin que su bastardía fuese obstáculo para que pudiesen elevarse a los primeros puestos de la nación. Los reyes tenían públicamente sus mancebas, y de ellas y de sus hijos hablan las crónicas que se escribían en tiempo de los mismos reyes.

Para dar a nuestros lectores una muestra de la corrupción de las costumbres de aquella época, no dudamos en ofrecerles como documento curioso y original la siguiente pragmática del rey don Fernando V.

“Título de las mujeres barraganas y deshonestas.

Ordenamos y mandamos y tenemos por bien que las barraganas de los clérigos, ni las de los legos ni otras mujeres algunas mal infamadas, que no traigan faldas rastrando de manto ni pelote, ni de sayas ni sedales ni otros adobos ningunos; y, si los trujeren, que pierdan los paños e ge los tome el alguacil.

Otro sí: por cuanto fue denunciado y dicho que en esta ciudad de Sevilla había casasque se llaman monasterios de malas mujeres que usaban mal de sus cuerpos en pecado de lujuria, y que tenían un mayoral a manera de abadesa, y que aquella como encubiertamente y como a manera de orden de lujuria alquilaba las mujeres malas que allí estaban, por usar de esta maldad, y, aunque algunas veces acaecía, por cuanto estas tales malas que así estaban ayuntadas a manera de colegio hacían sus lujurias y maldades más encubiertamente que las mundarias públicas; que algunas mujeres casadas y viudas y honestas y vírgenes que entraban en las tales casas y que acaecía que facían ende algunos errores, lo cual es gran deservicio a Dios e cosa de mal ejemplo, e porque la castidad en mi tiempo no podría facer tal cosa, ordeno y mando que no fagan tales ayuntamientos de mujeres, mas que las que no quisieren ser buenas y castas y quisieren vender sus cuerpos se pongan y estén en la mancebía pública, a donde están las otras mundarias públicas, y las que contra esto hicieren y en tales malos monasterios y casas de lujuria estuvieren, que, demás de las otras penas ordenadas, le den veinte azotes públicamente, y por la segunda vegada que en este yerro fuere fallada le den cien azotes públicamente, y por la tercera que le corten las narices y las echen de la ciudad para siempre”.

Por esto se ve que en el siglo XV y en el reinado de los reyes católicos había mancebías públicas que de hecho estaban autorizadas, que los clérigos tenían también públicamente sus barraganas, y que era necesaria una distinción en las ropas de estas mundarias, para que no pudiesen confundirse con las de buen vivir, prueba de lo extendido y decente que andaba por aquellos tiempos este oficio.

Más nos extenderíamos sobre este punto, pero como objeto puramente literario no lo consideramos del mayor interés para la mayoría de nuestros lectores; creemos, además, que hemos probado suficientemente que las costumbres de la Edad Media no solo no eran tan puras como muchos de nuestros críticos creen y han querido probar, sino que, por el contrario, eran más libres y corrompidas que las nuestras.

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