“El casamentero”
- Autor del texto editado
- V.
- Título de la obra
- El guardia nacional, nº 1062, 3 mayo 1840
- Autor de la obra
- Bastús y Carrera, Vicente Joaquín (dir.)
- Edición
- Barcelona:
Imprenta del Guardia Nacional,
1840
- Paginación
- pp. 1-2
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Hemeroteca Digital Hispánica. (texto completo)
Información técnica
Editor: Victoria Aranda Arribas
Encoding: Noelia Santiago López
Encoding: Noelia Santiago López
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
Este documento sigue los criterios y lenguaje cifrado de TEI http://www.tei-c.org/About/website.xml
Córdoba, 30 septiembre 2024
EL CASAMENTERO
“¡Qué feliz es el estado del matrimonio! ¡Reniego de la vida de soltero!”
Esta exclamación enteramente contraria a los principios que profeso hace muchos años me la arrancó la viva apología del matrimonio hecha por un hombrecillo que estaba a mi lado en el café de los Dos Amigos, y cuya baja estatura, mejillas rubicundas y graciosa sonrisa atraían la atención de los circunstantes.
“¡Qué felicidad es vivir con una esposa! ¡Qué solitaria y qué triste es la vida de soltero!” me hizo repetir más bien el espirituoso licor que había apurado que la elocuencia del nupcial apologista.
Pero el buen hombre no quiso oír más para trabar conversación conmigo, siendo el resultado de esta conversación el encontrármelo a la mañana siguiente en mi casa e introducido en mi estancia. Después de las salutaciones ordinarias, dirigiéndose a mí, con suma franqueza me dijo:
—Apostaría cualquier cosa a que ha dormido usted mal esta noche.
—Está usted equivocado —le contesté.
—Sea usted franco y no trate de engañarme; confiéseme usted que se ha considerado en ese lecho como un vasto y solitario desierto y que ciertas ideas le han hecho renegar del celibato.
—Ya que usted lo quiere, supongamos que haya sido así, ¿Qué tenemos que hacer con eso?
—En ese caso no puedo menos de darle a usted la enhorabuena; en la flor de su juventud, con las prendas físicas y morales que le adornan, era un absurdo vivir solo y sin afectos; el matrimonio proporcionará a usted dulces cuidados, afectos, ternura y la compañía de una mujer amable y cariñosa.
—¡Calle! ¡Luego usted ha creído que yo trato de casarme! ¡Ay, amigo mía, cuán equivocado está usted! ¿No ha oído usted aquella cuarteta de un poeta nuestro que dice «Que en banquetes y en amores, / en mujeres y manjares, / no hay desde estar satisfecho / a estar harto en dos instantes»?
—Sí, pero usted sabrá que no tiene muy buena aplicación al caso de que hablamos al presente. Un matrimonio con una esposa cuyas relevantes prendas pudieran hacer la felicidad de su esposo…
—¿Pero y dónde encontraremos a semejante esposa?
—Nada más fácil; yo tengo… es decir, yo conozco algunas en quienes concurren estas cualidades, y que no se negarían a unirse con un joven tan recomendable como usted.
—¿Usted se burla?
—Nada de eso. ¿Conoce usted a la señorita **? ¡Oh! Es un partido ventajosísimo. Bien lo demuestran los gallardos amantes que tiene. Si quiere usted contraer este enlace, es preciso que no se descuide, porque son muchos los que merecen sus atenciones, y…
—Ya creo que puede usted doblar la hoja por lo que respecta a mi enlace con esa joven, pues como dice nuestro fecundo poeta Lope de Vega, «la mujer que tuvo amores / no es buena para casada, / que de la vida pasada / le quedan los borradores».
—Propondré, pues, a usted, otra que no tiene más que pedir. Es una joven de 18 años, bella, graciosa y de talento. Canta como un serafín, baila como las Gracias, toca perfectamente el piano, sabe el francés, el alemán, el inglés y el italiano.
—¿Y no está también instruida en las diversas labores de aguja, en el modo de gobernar una casa…? Vamos, ya entiendo; es un exquisito mueble de adorno y nada más. Aun si hubiera de viajar, no tendría inconveniente en optar a su mano, porque me podría servir de intérprete o me ahorraría la molestia de tener que serlo; pero mi condición estacionaria no propende por ese extremo.
—Ya creo haber adivinado el gusto de usted; usted quería una esposa como la señora D… Siempre en su casa, es una joven perfectamente instruida en el ramo de pastelería y confitería; no hay una en Madrid que le gane a guisar mejor una perdiz, a escabechar un besugo ni a hacer mejores conservas y crema.
—¿Quiere decir que es un verdadero utensilio de cocina? Tampoco es lo que yo deseo.
—Válgame Dios. ¡Y qué descontentadizo es usted! Pero ya creo haber dado con su gusto. La señorita H…, no puede menos que flecharle a usted. Es una maravilla. ¡Si supera usted cuántos mueren por ella de amor! Es una joven…
Diciendo esto mi buen vejete se dio una palmada en la frente y alzó los ojos al techo; después bajó la cabeza mirando al suelo y últimamente se cogió los labios con los dedos como queriendo recordar una idea.
Es una joven… ya… ya… caigo…
bizarra como otomana,
noble como griega y turca,
discreta como ella propia
y hermosa como ninguna.
—¡Ahora sí! —exclamó, creyéndose triunfante por haberme podido ensartar estos versos de Cubillo.
—Pues ni aun esa me acomoda para esposa, porque tengo muy grabada en mi memoria aquel consejo de nuestro poeta don Francisco de Rojas que dice así: «Oye, la propia mujer / no ha de ser más que bonita; / y que ha de tener sabrás / semblante modesto y casto / y hermosura para el gasto / de su marido no más».
Absorto se quedó mi casamentero al ver que aún oponía reparos a la mujer a quien creía sin pero alguno, y para cuya propuesta había hecho un esfuerzo extraordinario; y, sacando de su bolsillo un grueso cuaderno de papel, se puso a ojear todo un repertorio de solteras casaderas… Cuál tenía 50 mil reales de renta, amén de otros tantos años de edad; y cuál brillaba con tantas buenas cualidades como señales habían impreso en su semblante las viruelas. A esta se siguió otra dilatada lista de viudas de todas clases y condiciones, pero a todas llevó la misma contestación.
Mi buen hombre quedó desconsoladísimo, pues, según después supe, era la primera vez que había salido defraudado en sus esperanzas en la infinidad de matrimonios que ha procurado. Casar es su única ocupación de todos los días, de todos los instantes; nadie sabe como él pintar una hermosura, encender la imaginación, proporcionar las ocasiones de verse los amantes, poner paz entre ellos y preparar compromisos inevitables. No hay soltera, por vieja y por desgraciada que sea, a quien no proporcione una colocación; las madres pobres que tienen hijas que casar le han llamado su providencia. Su corbatín, sus pecheras y sus dedos están adornados con multitud de anillos, cada uno de los cuales le recuerda un enlace dichoso. Finalmente, se le ha visto figurar como padrino en todas las parroquias de Madrid y de una lengua a la redonda.
—Amigo —le dije al verle suspenso—, yo le agradezco a usted su empeño por mi felicidad; pero, si llego a casarme, será con la mujer que yo mismo encuentre a propósito para mi dicha.
El hombrecillo se despidió sonriéndome y se marchó, pero observé que al irse se le había caído un librito de memorias y, cogiéndolo, leí que decía: «El día 22 tengo que visitar a M. P. y procuraré hacer girar la conversación acerca de doña G., encareciendo cuanto me sea posible su cuantiosa dota; en cuanto a sus cualidades morales, deberé hablar con ligereza.
El 23 dispondré un concierto en el cual debo tener especial cuidado de que no asistan cantatrices superiores, ni aun iguales a la señorita V… El mismo día hay que convencer a don E. de que las cartas escritas por doña J. a su primo el cadete eran una simple distracción que no han producido consecuencia alguna.
El 24 tengo que avisar a la viuda doña R. de que al día siguiente irá a visitarla por primera vez el señor don M., y no deberé separarme de ella sin que me prometa hacer encerrar en un cuarto retirado a su gato, sus perros y su papagayo, pues el señor don M. tiene una antipatía hacia esta clase de comensales.
El 25 tengo que hacer una visita preparatoria a doña L., cuya mano espero obtener».
He aquí a lo que se reduce el libro de memorias enigmático del vejete casamentero y la visita con que me ha honrado.
V.