“VARIEDADES. Colección general de comedias escogidas”
- Autor del texto editado
- Lista y Aragón, Alberto (1775-1848)]
- Título de la obra
- Gaceta de Bayona. Periódico político, literario e industrial, nº 11
- Autor de la obra
- Lista y Aragón, Alberto (1775-1848) (dir.)
- Edición
- Bayona:
Imprenta de Duhart Fauvet, impresor del rey,
1828
- Paginación
- pp. 3-4
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Hemeroteca Digital Hispánica. (texto completo)
Información técnica
Editor: Mercedes Comellas
Encoding: Noelia Santiago López
Encoding: Noelia Santiago López
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Córdoba, 27 agosto 2024
VARIEDADES
Colección general de comedias escogidas
1
Esta colección debe contener las mejores producciones de nuestros autores dramáticos desde Lope de Vega hasta Cañizares, esto es, desde el último tercio del siglo XVI hasta el primero del XVIII. El precio es sumamente barato, pues el de suscripción es el mismo a que se venden en las calles las comedias sueltas, y muy inferior al que tienen en las librerías las comedias de aquella época, que se han hecho raras. La ejecución tipográfica es decente; a la verdad, se notan bastantes yerros de sentido, pero estos son de las pésimas impresiones del siglo XVII, que sirven de originales para esta edición. Sin embargo, aconsejaremos a sus redactores, hombres conocidos entre nuestros literatos por su buen gusto, escogida lectura y excelentes producciones poéticas, que se tomen el trabajo de corregir las ediciones antiguas, pues muchos de sus yerros son bastante fáciles de notar. Citaremos solamente dos que hemos tenido proporción de comparar con los originales.
Cuaderno lº. La dama duende, pág. 175, dice: “Descúbrete por quien eres”. Léase: “¿Descubierta por quién eres?”. Pregunta Beatriz a Ángela si ha de manifestar quién es a don Manuel.
Cuaderno 2º. El lindo D. Diego, pág. 249, dice: “¡Ay tal! Como”, léase “¡Ay tal como!”. “Como” es aquí sustantivo; en el lenguaje familiar de aquel tiempo significaba “tormento, incomodidad, fastidio, burla”.
A semejanza de estos hay varios pasajes cuyo verdadero sentido puede restablecerse, mucho más siendo los editores, como ya hemos dicho, hombres inteligentes y que poseen muy bien nuestro idioma y la práctica de nuestra versificación.
Aunque esta colección empezó a publicarse dos años ha, sin embargo, hasta ahora sólo se han dado a luz 16 cuadernos, esto es, 32 comedias. Mas no es culpa de los editores, sino efecto de la circunspección con que nuestras leyes mandan examinar las obras que se han de dar a luz, aunque sean reimpresiones. La lentitud se aumenta por las ocupaciones de los censores, que no gozan de emolumento por serlo, y que generalmente tienen negocios de más gravedad que entender. Sería muy útil una ley que conciliase la necesidad del examen con la rapidez de las impresiones.
La empresa de esta colección es poco conocida en los países extranjeros y, sin embargo, atendido el gusto con que en el día se leen nuestras comedias del siglo XVII en Alemania, Inglaterra y Francia, y el subido precio a que se compran en España las ediciones antiguas, debe ser para ellos la colección actual no sólo un objeto de instrucción y placer, sino también de economía. Por esa razón damos cuenta de ella a pesar de haber empezado mucho ha su publicación.
Los editores hacen al fin de cada comedia el juicio de ella, notando brevemente las bellezas o defectos del plan, y llamando la atención a las escenas más notables por el diálogo o la versificación. Estos juicios, en general, están hechos con inteligencia y modestia, y los extranjeros pueden confiar en el buen gusto de sus autores con respecto a los versos que se citen como buenos.
Hemos dicho en general, porque no nos gusta cierto odio a las reglas que se trasluce en el juicio de García del Castañar, cuaderno 7º, aunque convenimos en el merecido elogio que se hace de esta comedia. Todas las reglas de Aristóteles, Horacio y Boileau no quitarán su mérito a las composiciones de nuestro teatro antiguo; y, sin embargo, aquellas reglas son buenas, y los que las enseñan y siguen no merecen el ridículo nombre de preceptistas. La aversión a ellas se vuelve a descubrir en el juicio de Las muñecas de Marcela, cuaderno 8º. Nosotros no aprobamos que al juzgar de las producciones del arte se empiece por desacreditar sus preceptos. No es ahora la ocasión oportuna de ventilar esta cuestión; bástenos decir que el teatro francés, esclavo de las reglas, ha producido obras admirables y que se acercan a la perfección ideal del género; y que el teatro español y el inglés, más libres y desembarazados del yugo, han presentado bellezas de otro orden, quizá tan interesantes y seguramente más originales. Ambos géneros agradan, y por consiguiente ambos géneros son buenos. En el primero hay más regularidad, y son más seguros los efectos teatrales de las situaciones; en el segundo se observa más novedad y atrevimiento. Orosman excita el más vivo interés por medio de afectos que le son comunes con los espectadores; Otelo y el Tetrarca subyugan nuestra alma mostrando sentimientos que sólo ellos han experimentado. Nuestra simpatía con Orosman es más íntima; pero los homicidas de Mariane y Edelmira aterran más nuestros corazones.
Hemos extrañado que la elección de las comedias insertadas hasta ahora no corresponda a la aversión a las reglas, suficientemente indicada en los dos juicios citados, pues todas las piezas comprendidas en los 16 cuadernos que se han dado a luz pueden sufrir con más o menos felicidad el examen de las reglas dramáticas. Y, sin embargo, hay en nuestro teatro de los mismos autores que ya figuran en la colección comedias muy interesantes y de mucho mérito en su género que quebrantan abiertamente no sólo las unidades, si no otras muchas y muy esenciales reglas del arte dramático. ¿Será la intención de los editores suprimirlas? ¿Pero cómo se podrá dar a conocer a Calderón todo entero, cuan grande es, si no se publican Las armas de la Hermosura, Duelos de amor y lealtad, las dos partes de La hija del aire y otras muchas comedias del género que llaman heroico, en las cuales, a pesar de los delirios históricos y geográficos, a pesar de cierto tinte gongorino de la expresión, no podemos dejar de admirar la grandeza del plan, la osada descripción de los caracteres, la viveza del diálogo, la llenura y artificio de la versificación y, más que todo, el arte de interesar dramáticamente, que poseía aquel hombre extraordinario en un grado tan alto, que en sus autos, monumentos de ingenio y de mal gusto, se siente el lector, sin saber cómo, interesado a favor o en contra de los personajes alegóricos que introduce? Tan grande es el talento con que describe y hace sensibles los objetos más difíciles de presentarse en forma de imágenes, que se les llega a considerar como personas capaces de inspirar amor y aborrecimiento.
Y ¿qué diremos de un gran número de comedias de nuestro teatro que, aunque heroicas en la forma, en el fondo no son sino ideales, por ser los personajes desconocidos en la historia o, aunque sean conocidos, ser fabulosas las acciones que se les atribuyen? Tales son La Vida es sueño, En esta vida todo es verdad y todo es mentira, El Villano del Danubio, El Esclavo en grillos de oro y otras, en que bajo nombres de príncipes o históricos o fingidos por el poeta se desenvuelve una máxima moral o política. Este modo de enseñar, a que algunos han querido neciamente reducir la epopeya, fue practicado por nuestros poetas cómicos, y las piezas de este género no son las menos apreciables de nuestro tesoro dramático.
Creemos, pues, que ya es tiempo de insertar en la colección comedias superiores a las de capa y espada. No teman los editores la continua infracción de las reglas que se nota en las heroicas y morales más que en aquellas, siempre que elijan las que a pesar de estos defectos inspiren un grande interés y abunden en bellezas de diálogo y elocución 2 . Ya saben los lectores que nuestros poetas cómicos antiguos no observaban las reglas con mucha escrupulosidad, y los perdonan fácilmente, siempre que a vueltas de sus frecuentes infracciones descubran el genio que crea y la imaginación que pinta. No son de la misma especie los delirios sublimes y atrevidos de Calderón que la insensatez estúpida de León Marchante.
Pero también estamos persuadidos a que el mérito de nuestros poetas dramáticos no prescribe contra las reglas. El literato filósofo no debe concluir que las reglas son inútiles, sino examinar el motivo; por qué no las siguieron Lope, Tirso y Calderón; por qué, a pesar de los esfuerzos de muchos literatos estimables, que quisieron introducirlas en nuestro teatro en el siglo XVI, jamás se pudieron aclimatar en España; por qué el pueblo español corría con avidez a las farsas de Lope de Rueda y se dormía en la representación de tragedias semejantes a las griegas y latinas; y, en fin, por qué Lope creó y Calderón perfeccionó el teatro propiamente español, original y despojado de todas las formas antiguas. Al mismo tiempo debería examinarse por qué la nación francesa, que entró más tarde en la carrera dramática, y que empezó imitando nuestras producciones escénicas, logró, sin embargo, introducir en su teatro las reglas del antiguo, desdeñadas constantemente por el pueblo y los poetas españoles. Estas cuestiones están íntimamente ligadas con la historia y carácter de ambas naciones, y dan lugar a discusiones políticas y filosóficas de un orden superior.
Concluiremos anunciando, no a los españoles, que ya la conocen, sino a los extranjeros, el mérito de esta colección, y la necesidad que tienen de poseerla los que quieran estudiar nuestro antiguo teatro.