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Prensa y canon

“LITERATURA. Romancero de romances moriscos, compuesto de todos los de esta clase, que contiene el Romancero general impreso en 1614, por don Agustín Durán. Se hallará en la Librería de Cuesta, frente a S. Felipe el Real en Madrid”

Autor del texto editado
Lista y Aragón, Alberto (1775-1848)]
Título de la obra
Gaceta de Bayona. Periódico político, literario e industrial, nº 190
Autor de la obra
Lista y Aragón, Alberto (1775-1848) (dir.)
Edición
Bayona: Imprenta de Duhart Fauvet, impresor del rey, 1828
Paginación
pp. 3-4
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Hemeroteca Digital Hispánica. (texto completo)
Información técnica
Editor: Mercedes Comellas
Encoding: Noelia Santiago López
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Córdoba, 26 agosto 2024

LITERATURA

Romancero de romances moriscos, compuesto de todos los de esta clase, que contiene el Romancero general impreso en 1614, por D. Agustín Durán. Se hallará en la Librería de Cuesta, frente a S. Felipe el Real en Madrid.


Es de grande complacencia para nosotros anunciar, en el primer artículo de este periódico relativo a la literatura española, una empresa que cada día se iba haciendo más necesaria. Son ya muy raros los ejemplares que quedan en la península de los romanceros españoles, por la grande exportación que de ellos han hecho desde 1808 los ingleses, franceses y alemanes, así como de todos nuestros buenos poetas. Era preciso, pues, hacer nuevas ediciones de ellos; si no, “antes de muchos años tendremos que acudir a las bibliotecas extranjeras si queremos estudiar las obras que nos pertenecen”, como dice el nuevo editor, hombre conocido en la literatura española por su buen gusto y buenos estudios, por sus Observaciones sobre nuestro teatro antiguo, opúsculo lleno de ideas nuevas y luminosas, por su afecto a los escritores de nuestro siglo de oro, y por la copiosa colección que posee de ellos, colección adquirida a precio de mucho trabajo y costo, y que franquea con una generosidad poco común a los literatos que desean consultarla.

El proyecto del señor Durán es publicar la colección de nuestros romances, no como se hizo en los siglos XVI y XVII, sin orden ni clasificación, sino dividida en los diferentes géneros a que pertenecen. Así el Romancero de romances moriscos que ahora anunciamos debe mirarse como el primer tomo de la mencionada colección, en el cual sólo se publican los romances moriscos (y aun no todos) y algunos satíricos y festivos, escritos por Góngora contra este género de literatura.

El romance es una clase de poesía que no es fácil comparar a ninguna de las que se cultivan en las diferentes lenguas de Europa. Es tan exclusivamente español, que hasta su consonancia métrica se desconoce en los demás idiomas, y para sentirla es necesario o haber nacido en España o haber permanecido mucho tiempo en ella, familiarizándose con nuestras canciones populares y la versificación teatral. El asonante es indígeno de nuestra península y aún no se ha aclimatado en ninguna otra lengua. Tuvo su origen, según parece, en el siglo XVI.

El verso de ocho sílabas usado en nuestros romances y comedias es más antiguo; ya sea el hemistiquio de los versos árabes de diez y seis sílabas, ya de los hexámetros semibárbaros de los poemas del Cid y Alejandro, pertenecientes a los siglos XII y XIII. Este metro se encuentra en otros idiomas, mas no con tanta frecuencia ni destinado a los mismos usos.

El romance es, propiamente hablando, la poesía popular de los españoles, porque su metro y consonancia es el más fácil y el que ocurre con más frecuencia en nuestra prosa. Por consiguiente, en este género se renuncia a los adornos pomposos y sublimes de la poesía y su mérito consiste en expresar de una manera sencilla, fácil, ya los objetos, ya los sentimientos. No es esto decir que no pueda elevar algo más su tono y llegar hasta la nobleza lírica, porque nada es difícil al genio que pugna por vencer los obstáculos del idioma y la versificación; mas, en nuestro sentir, jamás podrá expresar bien los movimientos más enérgicos y sublimes de la poesía, porque carece de cesuras, y sería muy poco cuerdo el poeta español que, teniendo a su disposición el variado y flexible endecasílabo, quisiese sujetar el desorden e impetuosidad de la poesía lírica al movimiento fácil y agradable, pero monótono, del verso de ocho sílabas.

El romance, pues, cantó las batallas, las victorias, los amores, los celos, pero en un tono más suave y menos arrebatado que el de la lira. Siempre conservó el sello de su origen popular. Tuvo más gallardía que corrección; más facilidad y gracia que movimiento y fuerza; más ingenio y donaire que grandilocuencia.

Entre los romances españoles ocupan un lugar distinguido los moriscos, llamados así no porque sean traducciones de las canciones árabes, como algunos han creído, ni porque en ellos se describan las batallas y los amores de los sarracenos, sino porque disfrazan bajo nombres, trajes y costumbres de los moros, personajes, desafíos y amores castellanos. Nuestros poetas del siglo XVI, imitando a Virgilio, encubrían con nombres pastoriles historias verdaderas de su tiempo; y las églogas de Garcilaso, el Pastor de Fílida, las Dianas de Gil Polo y de Montemayor y otras composiciones bucólicas de aquella era prueban la propensión de nuestros poetas a celebrar con nombres fingidos o sus amores o los de sus amigos y mecenas. Esta propensión dio origen al romance morisco, en el cual fue la máscara diferente y tomada de una nación ingeniosa, valiente, enamorada y de costumbres poéticas, como que era idólatra del valor y el amor. Mas no se observa tan fielmente el disfraz, que alguna vez no se conozca el origen español y cristiano de los personajes, como podrá notar cualquiera que lea con atención estos romances.

No todos son de igual mérito. Los más sobresalientes en su clase son ya bastante conocidos, por haberse insertado en la colección de Fernández y en la del señor Quintana, que ya va escaseando, de modo que se desea su reimpresión. Pero ni todos los romances buenos se insertaron en estas colecciones, porque el objeto de ellas era más general, ni deja de haber, aun en los más inferiores, pasajes dignos de conservarse. “Hemos creído, dice el señor Durán en el prólogo, que así estos (los moriscos) como los históricos deben insertarse todos, pues forman respectivamente una historia de las tradiciones y fábulas populares; y, si carecen del mérito literario suficiente para servir de modelos en su género, tienen a lo menos el de recordar nuestras glorias, pintar nuestras costumbres antiguas, y el de prestar materiales y asuntos para que los modernos se ejerciten en esta clase de literatura”.

El editor promete para otro tomo algunos romances moriscos, que no han cabido en este. Esperamos el de las “Querellas del Rey de Granada por la pérdida de Alhama”, romance que tiene ya una celebridad europea, por haber merecido que le tradujese, aunque mal, el lord Byron. Este es quizá el único romance morisco del cual se puede creer con algún fundamento que su original es árabe.

Nos abstenemos de citar en este artículo pasajes que sirvan de muestras de estilo, porque la lectura los hará conocer fácilmente. Sólo indicaremos algunos de los romances que son más estimados entre los literatos españoles y se consideran como modelos de este género. Tales son los de las páginas 11, 15, 25, 45, 47, 48, 50, 52, 72, 75, 91, 117, 123, 134, 180 y 191.

Entre los satíricos que tienen por objeto censurar el género de los romances moriscos el mejor es el de la página 225. Parece que Góngora logró lo que deseaba con estas sátiras, pues desde que las publicó dejó de publicarse esta especie de literatura, a lo menos son muy pocos los que se escribieron después, y la moda de los romances pastoriles sucedió a la de los moriscos.

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