“Influencia moral del Quijote”
- Autor del texto editado
- Castro y Orozco, José de, Marqués de Gerona (1808-1869)] J. de C. y O.
- Título de la obra
- El Panorama. Revista de literatura y artes, tercera época, año cuarto. nº 129, 25 de mayo de 1841
- Autor de la obra
- Azcona, Agustín (dir.)
- Edición
- Madrid:
, Imprenta de El Panorama,
1841
- Paginación
- pp. 195-197
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Hemeroteca Digital Hispánica. (texto completo)
Información técnica
Transcriptor: Isabel Román Gutiérrez
Editor: Pedro Ruiz Pérez
Encoding: Noelia Santiago López
Editor: Pedro Ruiz Pérez
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Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Córdoba, 18 septiembre 2024
Influencia moral del Quijote
Cervantes murió olvidado y pobre en el siglo XVII, y en el XVIII y en el XIX ha merecido entre nosotros los honores de una apoteosis completa. Su inmortal Quijote, difundido rápidamente por toda Europa, fue desde luego considerado como una obra escrita con objeto filosófico muy profundo; y equivocando algunos sus conocidas tendencias, no tan altas ni elevadas como quisieron suponer, llegaron a asegurar que el héroe burlesco de la Mancha era una sutilísima parodia de las andanzas de san Ignacio y de la conducta intolerante y reprensible de sus hijos, los jesuitas. Creyose por otros que el ridículo recaía principalmente sobre las empresas de Carlos V, dimanando de aquí la invención de que existió un buscapié, libro que hoy se reputa fabuloso, por más que algún crítico diga haberle visto y hojeado.
Por este estilo se han sostenido diversas opiniones, unas probables, otras ridículas, cosa que nada tiene de extraño atendida la universal celebridad del admirable poema de Miguel de Cervantes Saavedra. “Es el único libro bueno que tienen los españoles”, decía en el siglo pasado Montesquieu, con una ignorancia indisculpable en escritor tan sensato e ilustrado; “olvídate de tu querida y lee el Quijote” daba por todo consejo Saint Évremont a los que hubiesen de padecer pena de destierro.
Hoy, por el contrario, no faltan críticos que, conviniendo en que el ingenioso hidalgo tuvo por principal objeto extinguir la afición a la lectura de los libros de caballerías, sospechan, sin embargo, que Miguel de Cervantes, al mismo tiempo que logró combatir este mal gusto literario, afectó indirectamente de una manera lastimosa la índole de nuestras costumbres esencialmente nobles y caballerescas. “El arma del ridículo (dicen los mismos), es de dos filos; y la moral y los sentimientos generosos quedaron desde la publicación de aquella obra muy mal parados en España, porque la crítica, aplicada con mayor o menor proximidad a las máximas de pundonor y valentía, aunque sean generalmente exageradas, y hasta cierto punto nocivas, corre el riesgo de convertirse en una apología indirecta del egoísmo”. Este raciocinio, más o menos explanado, ha dado lugar a esa opinión que es preciso examinar con algún detenimiento para ver si son sólidos los fundamentos en que se apoya.
Para llegar a este término, justo parece recorrer con rapidez el origen de la caballería y los resultados morales que este recuerdo histórico producía en el siglo XV[I].
Cuando las sociedades se hallaban en un estado de lamentable atraso, cuando apenas existían en ellas leyes ni gobierno, fue preciso y conveniente que los esfuerzos del individuo suplieran la nulidad del poder público, encargándose el más valiente o el más generoso de la protección y amparo de los débiles u oprimidos. Teseo en la antigua Grecia y los caballeros de los siglos medios fueron un producto lógico de esta situación social. El pueblo los apreciaba como sus adalides y protectores; pero su gloria y sus hazañas inoculaban naturalmente en la multitud el germen de una exaltación intolerante y belicosa que llegó a hacerse perjudicial a la misma causa pública luego que, centralizado el poder y asegurada la monarquía, cesó de hecho el accidente que convertía en útiles y laudables los esfuerzos de ese mismo individualismo, casi siempre excéntrico y peligroso. Cervantes encontró una sociedad que se alimentaba de leyendas caballerescas, por medio de las cuales se perpetuaba en ella un germen dañoso ya para su aplomo y adelantos desde los últimos actos del siglo XV. No fueron, pues, los sentimientos honrados y generosos, personificados en las caballerías, los que aquel famoso ingenio se propuso desterrar con su Quijote: criticó, solo, su importunidad, su exuberancia y todos los extravíos a ellas consiguientes, extravíos que realmente tendían a conservar una anarquía moral y aun política tan deforme y repugnante a la sazón cuanto es bella y gustosa hoy la memoria de aquellos siglos bárbaros, si los atravesamos escoltados por esa caballería magnífica y protectora.
Verdad es que el protagonista de Miguel de Cervantes sale generalmente mal parado de todas las empresas que acomete, guiado por su generosidad caballeresca. Así le sucede, en efecto, en la aventura de los galeotes, por ejemplo, y en la de los dos ejércitos de carneros; más hay que advertir que don Quijote procede en uno y otro caso con igual imprudencia, porque ni los criminales condenados por la justicia merecen la protección del hombre honrado hasta el punto a que la lleva aquel frenético hidalgo, ni es propio del hombre imparcial y sesudo tomar parte en cuestiones que no le pertenecen, mucho menos decidiéndose por puro capricho y sin pesar ni aun saber siquiera de antemano cúya sea la razón en el combate.
No puede negarse que en alguna que otra aventura, como, verbigracia, en la de los azotes del zagal, don Quijote hace lo que cualquiera persona humana y sensible hubiera practicado en su lugar, sin que se liberte por ello de ser desairado, como generalmente le pasaba en todas sus caballerías; pero este suceso aislado tiene su natural explicación con confesar que fue una imprevisión de Cervantes o, si se quiere, un defecto de su obra. En toda ella resaltan, por otra parte, los sentimientos más puros y generosos: condénase el espíritu pendenciero, la exageración caballeresca y nada más, tributándose constantemente al verdadero valor y la útil y pacifica virtud elogios tan encarecidos como justos.
Don Quijote es un hombre generalmente bueno, casi siempre abatido y maltratado. Por eso se achaca también cierta inmoralidad a los cuadros de Cervantes, pues es repugnante a primera vista el espectáculo de un hidalgo honrado y pundonoroso víctima siempre de la nobleza de sus sentimientos; más los que tal sostienen no recuerdan que la sátira y el ridículo necesitan de suyo la exageración y la hipérbole, y que esa misma bondad del héroe manchego realza sobremanera la imprudencia de sus extravíos. Es bueno, es generoso, y a pesar de ello no se liberta de ser ridículo y aun temible cuando acepta por única regla de conducta la peligrosa exaltación de sus creencias,
Hasta el carácter malicioso y el egoísmo de Sancho Panza se traen a cuenta por algunos para acusar por el mismo concepto el poema de Cervantes. Sancho es el contraste de don Quijote: aquel es la prosa, este la poesía de los sentimientos; el autor los puso uno enfrente de otro para señalar sin duda el justo medio entre dos extremos igualmente reprensibles. ¿Dónde está, por otra parte, consignada en la historia esa rebaja tan decantada de los sentimientos caballerescos que se atribuye a los españoles posteriores a Cervantes? Nuestros hidalgos del siglo XVII son menos fieros, sí, que los del XV y XVI, efecto necesario de la marcha progresiva de nuestra civilización, mas ni en ese tiempo ni en ningún otro dejaron de ser galantes y bravos, y aun pendencieros y orgullosos. La corte de Felipe IV fue una corte esencialmente caballeresca: torneos, desafíos, tapadas y aventuras amorosas es lo que encontramos todavía en aquella época, que dista cerca de medio siglo de la población del Quijote. El teatro de Calderón es un monumento coetáneo, altamente caballeresco. Cervantes presentó el ridículo, y Calderón el bello ideal de la caballería. El pueblo español comprendía a ambos instintivamente, y leía con placer el Quijote y aplaudía al mismo tiempo los dramas de aquel gran poeta, que no son otra cosa, por punto general, que una apoteosis de los sentimientos nobles y elevados. Un grande de España no quiso en el reinado de Felipe V volver a habitar su propio palacio porque se habían alojado en él los enemigos de su rey; y la guerra de la independencia, y la desastrosa que hemos vuelto a presenciar en nuestros días, nos suministran ejemplos recientes de cuán profundamente se conservan en los pechos españoles los sentimientos de valor, de generosidad, de lealtad y de heroísmo. Hoy también nuestra proverbial hidalguía sirve de argumento a muchos dramas, y escritor hay en Francia que dice de nosotros que no hemos pasado todavía del siglo XV. Somos, sí, más cultos y civilizados, pero no ha desaparecido ni puede desaparecer tampoco, sino con la destrucción de la raza, ese carácter indómito, pero noble y generoso que nos distingue desde que se anuncia nuestro nombre en la historia con las espantosas catástrofes de Numancia y de Sagunto.
De las anteriores reflexiones puede deducirse naturalísimamente que, aun cuando algunos sientan lo contrario, Cervantes no se propuso ni pudo proponerse otro objeto en su Quijote que el de combatir los extravíos caballerescos ridiculizando las leyendas en que se perpetuaban para el vulgo, las cuales eran, además, indignas por otros muchos títulos de servir de pasto a una sociedad bastante adelantada ya en su civilización y cultura. El Quijote es, pues, un poema moral y bueno esencialmente, pues, no confesándose así, preciso sería decir que era buena y moral la anarquía caballeresca, objeto exclusivo de sus sátiras. Su aparición forma época en nuestra historia literaria: cuanto a la sazón se sabía en el mundo civilizado, otro tanto se encuentra resumido en sus páginas. Los juicios literarios de Cervantes son por lo común concienzudos e ilustrados, menos cuando habla de escritores contemporáneos, achaque de que no están libres los más severos críticos de nuestros días. El Quijote, por último, se divulgó prodigiosamente por España y fuera de ella aun viviendo su autor, y grande y provechoso debió de ser y ha sido realmente su influjo en el desarrollo moral e intelectual de la nación española.
J. de C. y O.