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Prensa y canon

“Variedades”

Autor del texto editado
Lista y Aragón, Alberto (1775-1848)]
Título de la obra
Gaceta de Bayona. Periódico político, literario e industrial, nº 26
Autor de la obra
Lista y Aragón, Alberto (1775-1848) (dir.)
Edición
Bayona: Imprenta de Duhart Fauvet, impresor del rey, 1828
Paginación
pp. 3-4
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Hemeroteca Digital Hispánica. (texto completo)
Información técnica
Editor: Mercedes Comellas
Encoding: Noelia Santiago López
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Córdoba, 21 agosto 2024

VARIEDADES


Hay actualmente en Francia una escuela poética cuyo carácter distintivo es el conato de dar a la poesía un lenguaje diferente de la prosa, rehabilitando las voces y frases desusadas y adoptando los cortes de la versificación propios de la época de Ronsard. El Globo del 5 de noviembre, en el artículo de literatura, examina este sistema de poesía y concluye que es afectado y, por consiguiente, vicioso. “En la lengua francesa (dice) si se exceptúan las inversiones, no hay idioma poético. Si esto es un mal, es un mal sin remedio”.

Nosotros no calificaremos ni la opinión ni las pruebas del Globo; esta cuestión es peculiar de la literatura francesa, y no tendremos la arrogancia de constituirnos jueces en ella. Pero nos ha sugerido algunas reflexiones acerca del lenguaje poético de las musas españolas, que seguramente tiene lindes más extensos que el de las francesas, y nos ha parecido conveniente dar una idea de su origen y progresos.

No hablaremos de los primeros e informes partos de nuestras musas desde el siglo XII hasta el XIV, en los cuales se ve que ni la poesía ni el idioma estaban todavía formados, y fijaremos la atención en el Ennio español, Juan de Mena, en cuyo tiempo tenía ya la lengua un carácter determinado, y que fue el primero en quien se encuentra armonía sostenida, formas e intenciones poéticas y elección en la naturaleza y giro de los pensamientos. Pero el idioma castellano era grosero y rebelde todavía; y es un espectáculo digno del literato filósofo la perseverancia con que aquel poeta emprendió someterlo a las leyes del genio que él le dictaba por primera vez; y, si no siempre fue dichoso, lo fue, sin embargo, bastantes veces para que conozcamos que lo solicitó y que era digno de lograrlo. No es menos admirable que este poeta, guiado solamente, según todas las probabilidades, por el instinto del genio, se propusiese dar a la poesía un dialecto exclusivo y diverso del de la prosa; y el mismo instinto que le sugirió esta idea le inspiró los medios más oportunos de ejecutarla. No le era posible alterar las terminaciones ya consagradas del idioma; tampoco podía hacerlo muy transpositivo, por la falta de inflexión en las declinaciones y conjugaciones; pero le era lícito, y lo hizo, crear voces nuevas, tomadas de la lengua latina, abrir a las musas el rico venero donde tiene su origen nuestra habla, dar más soltura a la elocución suprimiendo los artículos, crear voces compuestas y alterar algunas veces las construcciones. Muchas de las voces y frases que, usadas después por Herrera, acusaron como nuevas los críticos superficiales habían sido tomadas de Juan de Mena; y aún quedan otras muchas de buena formación y sonido con que pudiera haberse enriquecido nuestra habla poética, y que están sepultadas en su Laberinto, quizá para siempre, porque se perdió la única circunstancia favorable para la creación del dialecto de la poesía castellana.

En efecto, la lengua no estaba fijada enteramente en la época de Juan de Mena; pudo entonces haber admitido nuevas voces y frases, y, si los sucesores de aquel poeta hubiesen tenido el mismo cuidado que él de enriquecer su dicción y hubieran acostumbrado los oídos de sus lectores a palabras y construcciones exclusivas y propias de la poesía, hubiera el habla castellana adquirido un dialecto poético.

Pero Garcilaso, príncipe de nuestra poesía, con el verso endecasílabo que adoptó de los italianos, adoptó también la dicción sobria y moderada de los grandes poetas de aquella nación. Contribuyeron a esto el género bucólico y epistolar a que se dedicó, menos osado que el lírico para la introducción de voces nuevas, y la vida desasosegada y temprana muerte de este insigne poeta, que le impidieron dedicarse a composiciones más severas o sublimes. Nuestra manera poética se fijó entonces, y los sucesores de Garcilaso, si exceptuamos a su ilustre comentador, sólo aspiraron a imitar su dulzura, su facilidad, la inimitable ternura de sus sentimientos, la gracia de su versificación, y la sencillez, candor y escogimiento de sus giros.

Si el inmortal Cervantes hubiera sido tan buen versificador como poeta, no hay duda que hubiera emprendido y llevado a cabo el proyecto de Juan de Mena y fijado el dialecto poético, así como fijó para siempre las formas prosaicas del idioma, bastante monótonas hasta él, caracterizándolas y acomodándolas a los diferentes géneros con la admirable flexibilidad que comunicó a la lengua castellana. Pero aquel genio gigantesco, tan fecundo, tan poético en el lenguaje desatado, no había recibido de la naturaleza el don de reducir a un cuadro medido las producciones de la fantasía más creadora que ha admirado el orbe literario; don que apreciaba sobre todos los que había recibido del cielo; don que procuró, aunque en vano, adquirir a fuerza de estudio y de ejercicio. Parece que su alma noble, indignada de sufrir los continuos desdenes de las musas, determinó legar a la prosa la rica herencia de su genio. En efecto, esta quedó desde entonces embellecida con atavíos que eran más propios de la poesía, y se puede decir sin nota de temeridad que Cervantes fue el creador de la prosa poética, género ambiguo y muy cultivado después no sólo en España, sino en el resto de Europa, que lo tomó de nuestra literatura.

Al mismo tiempo que las musas desdeñaban los homenajes de Cervantes, aceptaban con no muy buen consejo los de Lope de Vega, que, siguiendo el ejemplo de los amantes favorecidos, abusó de los dones que le prodigaban las diosas de Helicona, y con su fecunda y peligrosa facilidad hizo admirar los rasgos de un genio ya delicado, ya sublime, en medio de una dicción prosaica y desaliñada, como tal vez suelen brillar entre las tinieblas de la noche algunos meteoros eléctricos. Cervantes elevó la prosa a la dignidad de la poesía; Lope degradó la poesía hasta la trivialidad de la prosa; y la confusión de estos dos géneros hubiera sido completa, si en la misma época no hubiera aparecido Hernando de Herrera, gran poeta y sabio humanista, autor de las canciones a la Batalla de Lepanto, la Muerte del rey D. Sebastián y la Victoria de D. Juan de Austria contra los moriscos, y autor también de los Comentarios sobre Garcilaso, que es, si no nos engañamos, la primer crítica buena que vio la Europa después de la restauración de las letras.

Este genio superior, príncipe de nuestra poesía lírica, en la cual connaturalizó los rasgos atrevidos de la hebrea y los planes concertados de la latina, habiéndose dedicado al género más capaz de una dicción desusada y libre, resucitó el proyecto de Juan de Mena y emprendió dar a las musas un idioma exclusivo para salvarlas del prosaísmo que las amenazaba. La escuela sevillana que fundó tuvo insignes alumnos, distinguiéndose entre ellos el gran Rioja, Jáuregui, Arguijo y Mosquera de Figueroa; mas, aunque conocían el mérito de las innovaciones de Herrera, no pudieron luchar contra el torrente de la facilidad con que Lope había fascinado su siglo, y fueron más sobrios en la dicción que su maestro. León y Villegas introdujeron algunas licencias griegas y latinas; los Argensolas, imitadores de Horacio, siguieron también la sobriedad de su dialecto poético. Al fin, Góngora apareció, y este genio ardiente empleó para la ruina la fuerza invencible que se le había dado para la edificación. Las musas castellanas, sacadas a la vergüenza por Quevedo, fueron despeñadas por Góngora en el precipicio del culteranismo, en que yació casi un siglo nuestra literatura.

Sólo al genio era dado reparar las ruinas causadas por el genio. Del alma delicada y sensible de Meléndez, restaurador de nuestro Parnaso, salió la poesía castellana tan gallarda, tan sublime y majestuosa, como lo había sido en los días más felices del siglo XVI. No olvidó este gran poeta restituirle los adornos de su dicción, a lo menos en la parte que fuese posible; y, así, se observan muchas voces nuevas introducidas por él, aunque en la libertad de las construcciones fuese más cauto. Y avínole bien, como lo prueba el infeliz éxito del vuelo de Cienfuegos, el más ardiente, el más atrevido de los numerosos discípulos que han seguido las huellas de aquel insigne maestro. Dotado de una imaginación rica y fogosa y de una sensibilidad sublime, creyó que nada debía resistir a la impetuosidad de sus movimientos, y quiso subyugar a un mismo tiempo las palabras, las frases y la versificación. Tuvo por poético todo lo que infringiese la ley gramatical, no observó templanza ni analogía en las innovaciones, y equivocó el neologismo con la dicción poética. A pesar de estos defectos, Cienfuegos, cuando es bueno, tiene pocos que le igualen: es un gran poeta; pero ¡infeliz del que le tome por modelo!

Después de él no se han hecho nuevas tentativas para la creación de un lenguaje poético, y nuestras musas se han contentado con hablar el idioma de Rioja, Argensola, León y Lope de Vega. No es esto decir que carecen de licencias, sino que, a pesar de ser la poesía castellana más libre que las demás de Europa, excepto acaso la alemana, sin embargo, no tiene todavía, y es probable que no tendrá jamás, un dialecto exclusivo como lo tuvieron los griegos.

Las razones que nos mueven a creer que ya es imposible esta empresa son las siguientes: 1ª. Han pasado las ocasiones favorables para conseguirla. 2ª. La prosa en ciertos géneros es tan atrevida como la poesía y la roba con descaro, fenómeno desconocido en la antigüedad griega y latina, que siempre observó una gran separación en cuanto a las dotes del estilo entre el lenguaje medido y el libre. 3ª. Se da en el día una gran preferencia a la armonía, fluidez y naturalidad, y ya nos parecería demasiado artificiosa y dura una dicción empedrada de voces y construcciones no usuales. 4ª. La filosofía, o su afectación, quieren que no se llame la atención del lector a las palabras y a la frase para que atienda exclusivamente al pensamiento. 5ª. En fin, nuestra lengua está ya fijada irrevocablemente en todos los géneros de prosa y verso, merced al gran número de excelentes escritores que la han enriquecido, y las innovaciones felices que pueden hacerse no son tan considerables, que formen un idioma completo y exclusivo de la poesía.

Los jóvenes que se dedican al arte sublime del canto deben hacer muy serias reflexiones en esta materia, si no quieren precipitarse. Consideren que ni Horacio ni Virgilio usaron de un dialecto particular, y que los grandes recursos del genio no están en las palabras, sino en las cosas. A veces una expresión, tenue y humilde por sí misma, puesta donde conviene, produce un efecto admirable e inesperado; y bien sabido es que la sencillez del lenguaje es característica en los rasgos apasionados y sublimes. No por eso deben renunciar a las riquezas hereditarias de nuestra poesía ni al derecho de aumentarlas con cautela, observando la analogía, y haciendo admisible la atrevida novedad de voces y giros por la felicidad del pensamiento. No hagan caso de los gramáticos minuciosos que pretenden medir el vuelo del genio por sus débiles y ridículos saltos, y privar la versificación de las libertades que el uso le concede. Mas no aconsejaremos nunca los abusos, y hay abuso en la dicción siempre que oprima y oscurezca al pensamiento, siempre que rompa sin disculpa las reglas de la gramática siempre, en fin, que afecte a una elección de voces y giros estudiada y laboriosa. En literatura, así como en política y moral, la gran máxima es el Ne quid nimis de Terencio.

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