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Prensa y canon

“Teatros. El vergonzoso en palacio”

Autor del texto editado
Lista y Aragón, Alberto (1775-1848)]
Título de la obra
El Censor. Periódico político y literario, t. VI, nº 36
Autor de la obra
Miñano, Sebastián (dir.)
Edición
Madrid: Imprenta propia administrada por León Amarita, 1821
Paginación
pp. 423-431
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Hemeroteca Digital Hispánica. (texto completo)
Información técnica
Transcriptor: Isabel Román Gutiérrez
Editor: Pedro Ruiz Pérez
Encoding: Noelia Santiago López
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Córdoba, 20 agosto 2024

TEATROS.

El vergonzoso en palacio


El mérito del célebre poeta español que encubrió su nombre bajo el del maestro Tirso de Molina no consiste en la combinación dramática de la acción, muy defectuosa en casi todas sus comedias, si se exceptúan la de Pruebas de amor y de amistad y la de Celos con celos se curan, que fue en cierto modo modelo imitado por Moreto en El desdén con el desdén. Tirso de Molina es superior a casi todos nuestros dramáticos en la originalidad y gracia de las situaciones, en la viveza del diálogo, en la verdad de los caracteres y en la pulidez de la versificación, y en la pureza y corrección del lenguaje. Pero tantas riquezas se hallan generalmente engastadas en cuadros muy groseros e informes. La fábula es casi siempre disparatada, los incidentes inverosímiles y el desenlace mal preparado. La acción del Vergonzoso en palacio ni tiene verdad ni interés. Solo hay en ella un hecho importante, y es la introducción del creído pastor Mireno al lado de la princesa doña Magdalena en calidad de secretario suyo. Pero ¡qué de bellezas deducidas de esta situación! ¡Qué escenas tan verdaderas! ¡Qué dos caracteres tan sabia y profundamente delineados, el de la princesa enamorada y el del secretario vergonzoso! ¡Qué versos, qué lenguaje! Y sobre todo ¡qué dialogo!

A pesar de estos elogios que tributamos, y el público tributa con nosotros a aquel poeta ingenioso, el interés de la moral que siempre debe vencer al de la literatura nos obligará a proscribir esta pieza como se proscriben los mejores cuadros cuando presentan imágenes obscenas. Si su mérito hace que se conserven para perfeccionar el gusto de los artistas y pintores, su indecencia obliga a esconderlos de la vista del público. En esta línea pocas comedias conocemos en nuestro copiosísimo teatro que merezcan ser desterradas al gabinete de los literatos con más razón que la del Vergonzoso en palacio. Parece que el amor reveló al ingenio todos los recursos de su malignidad para que escribiese esta pieza.

Nosotros no nos atrevemos a entrar en el análisis de sus escenas, porque sus bellezas, aunque grandes, son todas del género desnudo, o, lo que es peor, del género en que se encubren con leve gasa las desnudeces. Sin embargo, para justificar los elogios que hemos dado al autor, copiaremos aquí la descripción que el mismo Mireno hace del amor de la princesa y de sus vergonzosos temores:

La afición
con que me honra y favorece,
las mercedes que me ofrece,
su afable conversación,

el suspenderse, el mirar, [5]
las enigmas y rodeos
con que esplica sus deseos,
el fingir un tropezar

(si es que fue fingido) 1 , el darme
la mano, con la razón 2 [10]
que me tiene en confusión
conspiran para animarme,

y entre esperanza y temor,
como ya, Brito, me abraso,
llego a hablarla, tengo el paso, [15]
tira el miedo, impele amor

y cuando más me provoca,
y a hablarla el alma comienza,
enojada la vergüenza
llega y tápame la boca. [20]


¡Cuánta verdad, cuánta poesía hay en esta descripción, señaladamente en los últimos versos!

Ya, Bito, conozco y veo
que amor que es mudo no es cuerdo;
pero, si por hablar pierdo
lo que callando poseo,

y ahora con mi privanza [5]
y imaginar que me tiene
Amor vive y se entretiene
mi incierta y loca esperanza, 3

y declarando mi amor
tengo de ver en mi daño [10]
el castigo y desengaño,
¿qué espero de su rigor?

¿No es mucho más acertado,
aunque la lengua sea muda,
gozar de un amor en duda [15]
que un desdén averiguado?


Estas reflexiones, sumamente naturales en un amante tímido, están expresadas con toda la soltura que caracteriza la versificación del autor.

La comedia del Vergonzoso acaba como casi todas las de Tirso de Molina. En las piezas de Terencio oían los espectadores los gritos de las que daban a luz sus hijos entre los bastidores. En las comedias de Tirso no hay tanta algazara, porque se contenta con fingir en el vestuario el momento de la concepción. Lo volvemos a repetir: es un dolor que tantas bellezas dramáticas se echen a perder por la indecencia de que están plagadas sus comedias. En ellas el amor no es aquel sentimiento tierno y moral de las comedias modernas, ni aquel entusiasmo noble y caballeresco de nuestros dramáticos antiguos: es el niño desnudo, maligno, voluptuoso e inconstante al cual debe su celebridad el cantor de las Metamorfosis. El único afecto de que está acompañado en las comedias de Molina es la vanidad. Una mujer abandonada dice en la comedia que analizamos

Presto verás, fementido,
si te doy más de un cuidado,
que nunca el hombre rogado
ama como aborrecido.

TASSO.- (burlándose)
Bueno
MELISA.-
Verás lo que pasa: [5]
celos te dará un pastor,
que cuando se pierde amor
ellos lo vuelven a casa.


No disputamos acerca de la verdad de sus ideas en esta materia: basta saber que la moral pública y la del teatro no permiten dar al amor dramático semejante carácter. No todo lo que es verdad se ha de describir. Lope de Vega es un modelo en esta parte: los amores que describe son tiernos, constantes y decentes, sin dejar de ser verdaderos y sin tocar en la exageración petrarquesca, a la cual se abandonó algunas veces nuestro Calderón.

Para justificar el elogio que hemos hecho de la versificación de Tirso, citaremos algunos pasajes de esta comedia en diferentes metros:

Amor ¿no es dios?
Sí, señora. Pues hablad,

que sus absolutas leyes
saben abatir monarcas
e igualar con las abarcas [5]
las coronas de los reyes.


Mireno, al verse vestido de cortesano, pronuncia el siguiente soneto, según la loable costumbre de Lope de Vega, seguida por los portas que le sucedieron, hasta Calderón, que la ridiculizó al mismo tiempo que la obedecía:

Del castizo caballo descuidado
el hambre y apetito satisface
la verde yerba que en el campo nace,
el duro freno del arzón colgado.

Mas, luego que el jaez de oro esmaltado [5]
le pone el dueño, cuando fiestas hace,
argenta espumas, céspedes deshace.
con el pretal sonoro alborozado.

Del mismo modo, entre la encina y roble
criado con el rústico lenguaje [10]
y vistiendo sayal tosco he vivido,

mas despertó mi pensamiento noble,
como al caballo, el cortesano traje,
que aumenta la soberbia el buen vestido.


El último verso del segundo cuarteto, además de la propiedad de la dicción y del pensamiento, tiene el mérito de haber ennoblecido una palabra nada poética, por el epíteto que la acompaña y por la verdad de la descripción. . Los epítetos castizo, descuidado y duro, en el primer cuarteto, pintan la idea del poeta y preparan el contraste de los cuatro versos siguientes. Los actores suprimen en la represesentación este soneto y muchas escenas, y algunos personajes de esta comedia, y hacen muy bien.

Hay muchos versos en toda la pieza relativos a las costumbres de aquel siglo, como son los siguientes:

Discreto eres, estodiado
has con el cura

¡Qué pardiez! Que, aunque el cura sabe tanto,
que canta un parce mihi por do quiere,
no me supo vestir el día del Corpus [5]
para hacer de David

Cabellos que fueron lazos
de mi esperanza crueles,
listones, rosas, papeles,
baratijas y embarazos, [10]
todo el fuego lo deshizo,
porque hechizó mi sosiego,
que suele echarse en el fuego,
porque no empezca el hechizo.
Hasta el zurrón di a la brasa [15]
do guardé mis desatinos,
que por quemar los vecinos
se pega fuego a la casa.


Tirso de Molina y Mira de Mescua imitaron a Lope de Vega en el uso de introducir algunos endecasílabos sueltos en el diálogo; pero generalmente son malos. Los únicos versos sueltos que nos acordamos de haber leído de aquella época brillante de nuestra poesía dotados de fuerza y armonía son los de la célebre égloga de Figueroa intitulada Dafne. Desde Calderón ya no se halla ejemplo en nuestros cómicos de esta versificación. Tuvieron razón para abandonarla, porque no hay ninguna menos a propósito para el género familiar, que requiere más negligencia que energía, cuando los versos libres no suenan a nada en no siendo muy vigorosos, y en no estando las cesuras muy marcadas. El Arte nuevo de hacer comedias de Lope de Vega prueba que él y sus imitadores creían aquella versificación muy adaptada a los asuntos poco elevados.

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