“Teatro: historia”
- Autor del texto editado
- Sin firma
- Título de la obra
- El guardia nacional, nº 353
- Autor de la obra
- Ferré, Luis (dir.)
- Edición
- Barcelona:
Imprenta del Guardia Nacional,
1836
- Paginación
- p. 2
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Hemeroteca Digital Hispánica. (texto completo)
Información técnica
Transcriptor: Victoria Aranda Arribas
Encoding: Noelia Santiago López
Encoding: Noelia Santiago López
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
Este documento sigue los criterios y lenguaje cifrado de TEI http://www.tei-c.org/About/website.xml
Córdoba, 15 agosto 2024
BARCELONA, 21 DE NOVIEMBRE
Teatro: historia
La libertad de silbar a los comediantes y las comedias con pitos, silbatos y llaves huecas no se reconoció al principio de ellas, según dice Lope de Vega. En la comedia de los Amantes sin amor pone, en lugar de prólogo, un discurso intitulado El teatro a los lectores, y este se queja de que le silban sus comedias, diciendo: «Solía no ha muchos años irse de mis bancos tres a tres y cuatro a cuatro cuando no les agradaba la fábula, la poesía o los que la recitaban, y castigar con no volver a los dueños de la acción y de los versos. Agora, por desdichas mías, es vergüenza ver a un pícaro en el coso, y otro pensar que es gracia tocar un instrumento con que pudiera en sus tiernos años haber solicitado cantar tiples».
Sin embargo, este predominio del patio y de la cazuela ya se conocía a principios del siglo XVII, pues en el año de 1603 imprimió el Viaje entretenido Agustín de Rojas, y ya se quejaba de él en estos versos:
Desdichado del autor
que aquí, como el sastre, viene
con farsas, aunque sean buenas,
que ha de errar cuando no yerre.
Pues, si uno habla tan presto,
no falta quien dice:
vete,
no te vayas, habla, calla,
éntrate luego, no te entres.
Y Miguel de Cervantes, hablando de sus comedias por los años de 1614, y ponderando que fueron buen recibidas, dice: «Compuse en este tiempo hasta veinte comedias o treinta que todas ellas se recitaron sin que se les ofreciese ofrenda de pepinos, ni otra cosa arrojadiza; corrieron su carrera, sin silbos, gritos ni barahúndas».
Mas seguro sería afirmar que esta libertad de silbar las piezas dramáticas y a los que las presentan la heredaron los teatros modernos de los antiguos, porque siempre se pagaba por entrar en ellos, y con este precio, dice Nicolás Boileau, se compra a la entrada el derecho de silbar. Suetonio dice que el comediante Pílades fue silbado en los teatros de Roma, y porque señaló con el dedo al silbador, llamando sobre él la atención del público, le desterró Augusto de aquella ciudad y de toda Italia. Y en los mismos teatros silbaron los mosqueteros romanos, por decirlo así, a una famosa comedianta llamada Arbúscula, alabada por Cicerón, y dice Horacio, que respondió con grande desenfado: «a mí bastante que me aplaudan los caballeros, pues a los demás no estimo en lo que piso».
Otra costumbre había introducida en Roma, y era que los mismos representantes procuraban ganar la voluntad de algunos amigos para que los aplaudiesen a ellos y desluciesen a otros, como dice Plauto en el prólogo de su Amphitrion.
Pero el tiempo en que con jurisdicción omnímoda ejercía el populacho este imperio fue a mediados del siglo XVII, como atestigua don Juan de Caramuel. Habla este ilustrísimo de la casta de gente de que se componían los mosqueteros (llamados así por su estrépito y gritería, con alusión a los soldados llamados mosqueteros, y no por la razón que alega un francés), y dice que se componían de sastres, carreteros, zapateros, aldeanos, etc., y añade que hacia los años de 1650 era su capataz y caudillo un tal Sánchez, zapatero de viejo, a quien los poetas procuraban tener contento y propicio. Sucedió que uno de los más ingeniosos había compuesto una comedia que, admitida por uno de sus autores, había de representarse por los más hábiles comediantes, y, temeroso de la insolencia de los mosqueteros, determinó visitar al señor Sánchez y dejar su causa en manos de su benignidad. Con este fin buscó a un conocido, que lo era del fulminante zapatero, y acompañado de él le hizo la visita: y con modo y palabras corteses le informó de que aquella comedia era el primer parto de su ingenio, y de que de ella dependía su fama y estimación futura.
Oyó el remendón con un sobrecejo digno de la severidad de Catón mismo al poeta que le hablaba con la mayor humildad y le despidió con estas formales palabras: Vaya vuesa merced muy consolado, y esté seguro de que se le hará justicia. Este caso, añade el señor Caramuel, que lo supo de la boca del amigo (a quien nombra) que acompañó al poeta novel.
A este intolerable popular predominio aludió otro poeta anónimo, diciendo:
Pero que han vuelto ya los zapateros
otra vez a las leznas; arrogante
e impía nación cuando eran mosqueteros
a quien solos poeta y comediante
no han sabido ablandar con mil plegarias,
ni con alegre y mísero semblante,
(…)
Y el remendón descanse del calzado,
y vuelva a ser tonante mosquetero
y contra el mal poeta rayo airado.