“SECCIÓN LITERARIA. Clásicos españoles. Obra original del señor don Pablo Piferrer, adoptada por la Facultad de Filosofía de la Universidad Literaria de Barcelona. Conclusión”
- Autor del texto editado
- A.S.G.
- Título de la obra
- El espósito: revista semanal de literatura, ciencias, artes, modas y teatros, nº 16
- Autor de la obra
- Díez Fernández de Córdoba, Manuel (dir.)
- Edición
- Cádiz:
Imprenta de la Casa de Misericordia,
1846
- Paginación
- pp. 121-123
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar del Internet Archive. (texto completo)
Información técnica
Transcriptor: Isabel Román Gutiérrez
Editor: Pedro Ruiz Pérez
Encoding: Noelia Santiago López
Editor: Pedro Ruiz Pérez
Encoding: Noelia Santiago López
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Córdoba, 12 agosto 2024
SECCIÓN LITERARIA.
Clásicos españoles.
1
Obra original del señor don Pablo Piferrer, adoptada por la Facultad de Filosofía de la Universidad Literaria de Barcelona
(Conclusión)
Ninguno mejor que el señor Piferrer nos podía manifestar la razón y objeto de sus Clásicos Españoles. “Mi intento, dice, es tan solo circunscribirme a las obras de seis de nuestros prosadores más insignes de los siglos XVI y XVII, y algunos de los que, a fines del pasado y primer tercio del actual, restauraron nuestro idioma: ordenar una colección breve y manual que contenga lo mejor de aquella época antigua y de esta moderna, induzca con poco esfuerzo a una comparación entre los caracteres de una y otra y permita a la memoria retener y ahondar como otros tantos tipos el espíritu y la esencia de nuestros primeros escritores”. Para conseguir tan noble propósito ha creído oportuno encabezar su libro con una sucinta historia de la prosa castellana, a la cual le presta el modesto título de Noticia de todas las épocas de nuestra prosa: trabajo ímprobo, lleno de exquisita erudición, abundante en detalles, y donde brilla el estudio del literato con el sano juicio de un profundo crítico.
Divide este profesor en siete épocas la historia de nuestra buena elocución, que comprende desde el siglo X hasta principios del presente, en que apareció el malogrado Larra. La primera abraza tres siglos, del X al XIII, y señala como la flor más hermosa de este periodo, en que se iba despojando nuestra lengua de la corteza latina, al Poema del Cid, ese venerable cimiento de la literatura, como lo llama[n] el señor Trueba y Quintana, uno de nuestros más ilustrados amigos 2 . Al rayar el XV fija los límites de la segunda, entre cuyos autores campean Alonso el Sabio y López de Ayala, cronista de cuatro reyes de Castilla. La tercera sigue a los acontecimientos de todo el XV. Nuestra literatura se asemeja a un tierno infante que crece por momentos. La cuarta llega hasta la mitad del XVI, y se oyen repetir los nombres de Guevara, Cervantes de Salazar, Ávila, Montemayor, Simón Abril, Lope de Rueda y Ambrosio de Morales. Reconócese en esta era la influencia italiana, que después de haberse desarrollado en nuestra poesía no dejó de herir, aunque levemente, nuestra prosa. La ciencia de las humanidades adquiere un triunfo completo: el deseo de estudiar a los autores clásicos griegos y latinos hierve en todas las inteligencias. Los españoles corren la Europa, huellan la América, escalan el África. Carlos V generaliza su idioma en todo el mundo. Mendoza, León, Granada, Santa Teresa, Mateo Alemán, Mariana y Cervantes forman la quinta, de 1556 a 1620, reinados de Felipe II y Felipe III. Nuestra literatura llegó al non plus ultra de sus esfuerzos. El ingenioso hidalgo debía cerrar la cúpula de este gigante edificio; desde entonces no ha habido quien le haya eclipsado; imitádole, ninguno; corregídole la plana, muchos. ¡Con cuánta verdad no escribe el señor de Piferrer que nuestra literatura seguía la misma suerte que la monarquía decadente de Felipe III! Los dos últimos reyes de la casa de Austria y los tres primeros de la de Borbón vieron florecer la sexta, que solo sirvió para hacer más interesantes las bellezas de la anterior. La extravagancia, el amaneramiento, reemplazaron a la sencillez y sublimidad que rebozaba aquella. El poeta Góngora tuvo audacia para estampar en la frente de su siglo los vuelos de su exaltada fantasía; muy pocos autores de estos tiempos dejaron de inocularse en sus errores. Era un torrente que asolaba cuanto encontraba a su paso. Quevedo, Moncada, Coloma, Saavedra, Fajardo, Gracián y Solís, cada cual en su género y con un estilo propio, cultivaron nuestra prosa. A la muerte del cantor de la Conquista de Méjico, acaecida en 1686, sucedió un interregno entre esta época y la séptima que comenzó a la conclusión del XVIII, con el virtuoso Jovellanos. Capmany, Moratín, Quintana, Martínez de la Rosa son los intérpretes de esta última. Larra se presenta como el caudillo que proclamó las ideas modernas en nuestra variada sociedad. Su nombre constituye otra época, que juzgará el porvenir.
Según va narrando el autor, anota las dotes que adornan a cada escritor, nos muestra su retrato, y, aunque en miniatura, resalta en debida proporción su vida, acompañada de la gloria que adquirió y vicisitudes que tuvo; luego nos da curiosos pormenores sobre sus obras y examina con detenimiento la armonía del estilo, la cultura de la frase y cuantos rasgos caracterizan nuestra lengua. Nada se escapa a su fina penetración; sus observaciones son delicadas y están expuestas con una dicción fácil y una naturalidad que agrada sobremanera. ¿Quién no divisa al través de sus pensamientos un talento investigador, auxiliado por muchos años de estudio? ¿Quién no hojeará con placer un libro que insensiblemente nos inicia en el conocimiento de nuestra literatura y nos convida a hacer un buen uso de nuestros autores clásicos? Una obra de esta clase hacía falta en España, y sería suficiente para granjear al autor un lugar distinguido en la republica literaria, si el señor Piferrer no le ocupara antes de ahora, pues es uno de esos ingenios cuyo más hermoso elogio son sus mismas obras. ¿Qué amante de las letras no ha leído sus Recuerdos y bellezas de España y sus discursos sobre nuestra poesía, música y teatros? ¿Quién no le ha aplaudido ya para que valgan algo nuestras desnudas alabanzas? Sabemos que a este profesor no le enorgullecen ni las planchas ni los periódicos; la lisonja tampoco le obliga a sonreír. Su modestia compite con la universalidad de sus conocimientos. Reciba al menos el homenaje de los que anhelan el renacimiento de nuestra literatura.
A.S.G.