“SECCIÓN LITERARIA. Clásicos españoles. Obra original del señor don Pablo Piferrer, adoptada por la Facultad de Filosofía de la Universidad Literaria de Barcelona”
- Autor del texto editado
- A.S.G.
- Título de la obra
- El espósito: revista semanal de literatura, ciencias, artes, modas y teatros, nº 15
- Autor de la obra
- Díez Fernández de Córdoba, Manuel (dir.)
- Edición
- Cádiz:
Imprenta de la Casa de Misericordia,
1846
- Paginación
- pp. 113-114
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar del Internet Archive. (texto completo)
Información técnica
Transcriptor: Isabel Román Gutiérrez
Editor: Pedro Ruiz Pérez
Encoding: Noelia Santiago López
Editor: Pedro Ruiz Pérez
Encoding: Noelia Santiago López
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
Este documento sigue los criterios y lenguaje cifrado de TEI http://www.tei-c.org/About/website.xml
Córdoba, 12 agosto 2024
SECCIÓN LITERARIA.
Clásicos españoles.
1
Obra original del señor don Pablo Piferrer, adoptada por la Facultad de Filosofía de la Universidad Literaria de Barcelona
El abatimiento en que están nuestros teatros es el mejor termómetro del estado de nuestra poesía. Y, si no, preguntaremos: ¿a qué está reducida la poesía castellana? Por do quiera se imprimen revistas, semanarios, gacetas y enciclopedias recargadas de odas y elegías; pero ¿qué son más que un martirologio de malos versistas? Composiciones llenas de equívocos, de símiles falsos, de trasposiciones violentas, sin pasión alguna ni pensamiento que sazone la dignidad del estilo aparecen como las obras maestras de muchos literatos, que se envanecen con los honores de la estampa, sin figurarse que sus fragmentos de prosa rimada no dejan ni siquiera un recuerdo en la memoria. No menos triste se presenta ese género majestuoso de la literatura que ennobleció la pluma de Cervantes. Si el desdichado cautivo pudiera asomar la cabeza desde su ignorada tumba, ¿qué risa homérica no saldría de sus labios? ¡Cuánta no sería su confusión al comparar la época brillante de Felipe II con la nuestra, que espera con ansia los periódicos de París para escribir un renglón en prosa! La traducción ha prostituido a nuestra literatura, y ejerce tal influencia en los lectores, que, preocupados por el afán que domina de convertirnos en franceses, solo aplauden lo que viene allende de los Pirineos. No basta que nuestras leyes y nuestras costumbres vayan desapareciendo a impulsos extraños: se quiere para coronar tan funesta empresa que nos llegue a suceder como a los modernos griegos, que desconocen completamente la lengua de sus abuelos.
El descrédito de nuestra prosa no debe consistir en propalarse que jamás hemos tenido escritores elegantes y razonados, cuando se concibe la idea singular de que al hombre de talento solo le es dado escribir en verso, porque la poesía es la única que tiene derecho de pasar a la posteridad. Esta fatal irrisión del espíritu humano, ¡a cuantos errores no conduce!
El motivo de la cadencia que experimenta nuestra literatura no es un enigma si se considera que en todos los ramos de la riqueza de nuestro país se siente la misma inmovilidad. Si la literatura española no se halla en su decrepitud y, como tememos, próxima a ocultarse en el seno de otra literatura extranjera, tiene que tomar rumbo bien diferente del que hasta aquí ha llevado. ¿Cuál es el que conviene seguir? ¿Cuál es el más propio de nuestro carácter hidalgo y generoso? Ni está en nosotros el decirlo (porque nuestro voto vale bien poco en materia de sí ardua y peligrosa y en la que entramos con desconfianza), ni creemos que alguno se atreva a indicarlo con seguridad. Sin embargo, si, cuando se ve el hombre doblegado bajo el peso del infortunio, recuerda con placer los días que le cupieron de ventura y saborea su imaginación con ellos, porque a semejanza de esta ley de la naturaleza mientras ruge la tempestad nos olvidamos de lo que fuimos, ¿por qué en lugar de copiar servilmente a los autores franceses, no volvemos los ojos hacia las concepciones más sublimes de nuestros escritores de los siglos XVI y XVII? ¿No es nuestro parnaso el más rico de Europa, no es nuestra elocuencia la más grave y armoniosa? ¿No fueron sus obras aplaudidas por todas partes, no se tradujeron en Viena, Roma, Bruselas, París y Londres? ¿No merecieron repetidas impresiones? Entonces lo éramos todo y disponíamos de los destinos del mundo; pues, ya que por efecto de las vicisitudes de la fortuna nos encontramos a merced del primero que trata de dominarnos, justo es que no echemos a menos tan sagrados recuerdos y procuremos regenerarnos con su savia.
La literatura como las bellas artes no son patrimonio de ninguna escuela, ni secta ni filosofía, porque el buen gusto no tiene leyes fijas. El buen gusto se adquiere con el talento y con el estudio: sin este, a pesar de que se proclame que el genio lo es todo, nada se consigue. Una buena apreciación de los mejores autores y un sazonado criterio para escoger las bellezas y evitar los escollos donde se han estrellado precoces ingenios es el modo de formarse consumados escritores. Tales reflexiones nos han sugerido los Clásicos Españoles del señor Piferrer.
(Concluirá)
A.S.G.