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Prensa y canon · Textos historiográficos

“Discurso de doctorado de José Ferrer y Subirana”

Autor del texto editado
Ferrer y Subirana, José (1813-1843)]
Título de la obra
El guardia nacional, n.º 1398
Autor de la obra
Bastú y Carrera, Vicente Joaquín (dir.)
Edición
Barcelona: Imprenta de El guardia nacional, 1839
Paginación
p. 3
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Hemeroteca Digital Hispánica. (texto completo)
Información técnica
Transcriptor: Victoria Aranda Arribas
Encoding: Noelia Santiago López
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Córdoba, 31 julio 2024

La multitud de materiales no nos ha permitido insertar hasta ahora el discurso que en el acto de conferírsele el grado de doctor en derecho civil como sobresaliente pronunció en elogio de la Reina Gobernadora el abogado y sustituto de leyes en esta Universidad literaria, don José Ferrer y Su[bi]rana. Creemos que la producción de este joven, digna de este cuerpo literario, será leída con interés así por los conceptos que encierra como por la multitud de imágenes de que está sembrada.

Padres académicos, una de las causas más poderosas para el desenvolvimiento y progreso de la civilización es la aparición de ciertas personas en la cima del poder. Decir, manifiesta un historiador filósofo y filósofo elocuente, por qué en una época determinada “aparece sobre el solio una persona de un corazón grande, [...] que pone de suyo en el desarrollo de la civilización, es un secreto de la providencia que no es dado al hombre ni profundizar, ni conocer; ello es, sin embargo, cierto, y varias veces ha existido, porque varias veces se ha ejercido ese poder útil y glorioso que imprime a la humanidad y por mano del hombre un inmenso y estraordinario movimiento”. En efecto, no hay más que abrir la historia y recorrer los distintos países de la tierra para observar que siempre que se ha visto al frente de la sociedad un hombre digno de dirigir sus destinos la sociedad ha adelantado rápidamente en el camino de su perfectibilidad y mejora. Se verá también que cuando ha vestido la diadema y el manto real una mujer consagrada a la felicidad y bienestar de sus pueblos, una mujer que logre conciliarse el aprecio y estimación general, entonces los pueblos cambian de un modo que pasma su condición y fortuna; todo recibe nueva vida, parece que el mismo mundo se transforma; florecen las artes, brillan las ciencias, prospera la industria, circula el comercio, se abren a la vez las fuentes de la felicidad pública, y hasta aquella sociedad que vegetaba poco antes en la corrupción y en el marasmo se rejuvenece en cierto modo y adquiere nuevo impulso, nueva lozanía, nuevo vigor.

Fácilmente conoceréis, padres académicos, que esto que más o menos se ha verificado en aquellos pueblos que han tenido a su cabeza una persona digna de dirigirlos y mandarlos ha sucedido entre nosotros; y fácilmente adivinaréis también que esta persona es María Cristina, madre y reina de los españoles, acreedora no menos al primer título que al segundo, por la elevación de su alma y por los beneficios inmensos que ha derramado sobre este país.

[…]

Padres académicos, para estimar la influencia de un rey en la civilización y mejora de un país cualquiera no hay más que examinar sus obras, recorrer sus monumentos, ver lo que has hecho y lo que ha dejado de hacer […]. Y bien, ¿qué ha hecho la augusta viuda de Fernando VII? ¡Ah, padres académicos! Desvanecidos a veces por el vértigo que ha turbado nuestros sentidos y desfallecido el ánimo por la multitud de desgracias que se han agrupado a nuestro alrededor, no siempre hemos podido levantar la vista a la contemplación de las obras inmortales creadas por nuestra reina, ni siempre ha podido entonar nuestra voz un himno puro y sonoro en obsequio de los beneficios que de la misma hemos recibido. […]

Las artes, que miradas por tanto tiempo con fría indiferencia, faltas de animación y de vida estaban condenadas a un seco y estéril empirismo, reverdecen en nuestros días y echan por do quiera los más hermosos pimpollos. […]

No entraré en la historia de la literatura española, tan grande algún tiempo, tan pequeña después, tan rica de recuerdos gloriosos como llena de memorias tristes y oscuras. Solo diré que, subida a su apogeo en tiempo de los primeros príncipes de la dinastía austríaca, tal vez más por el impulso de los sucesos que por el favor que estos príncipes le concedieran, fue decayendo juntamente con la grandeza castellana del altísimo punto a que se viera encumbrada, y que, cuando parecía agonizar la monarquía bajo el débil Carlos II, se eclipsaron también y estuvieron a punto de apagarse todas las antorchas del humano saber. Mas, saliendo la literatura española de tanta postración y desaliento y cobrando fuerzas bajo los primeros reyes de la casa de Borbón, volvió a ostentarse por fin en tiempo de Carlos III con todo el brillo y majestad que todavía hoy admiramos. Con las discordias de la corte, con los temores que inspiraban las doctrinas que prepararon la revolución de un pueblo vecino, y cuyo influjo debía hacerse sentir más o menos tarde en la península, y posteriormente con aquella lucha porfiada y terrible que sostuvimos con el coloso de la Francia, distrajéronse los ánimos; faltó la paz del alma; faltó la tranquilidad de la vida doméstica y sin la cual las ciencias se marchitan y perecen; y la literatura española, siguiendo el curso de los acontecimientos, y menguando cuando la nación menguaba, fue perdiendo poco a poco todo su grandor e importancia. Tal fue en aquella época el estado de las ciencias, y cuando esperaban un rayo de luz quedaron envueltas en la doble proscripción del año 14 y del 23. Perseguidas entonces algunas de ellas y mantenidas todas bajo la tutela de una autoridad siempre vigilante y cavilosa, mal podía gozar de la libertad e independencia tan necesarias para su prosperidad y vida, y de ahí su desaliento fatal y el estado tristísimo a que se hallaban reducidas y que anunciaba bien el fin que las aguardaba. No quiso la Providencia que se sucediese así; otra había de ser la suerte de las letras; otros los destinos de la juventud española; y, cuando esta era vergonzosamente expelida de las universidades, apareció de repente sobre el solio una mujer, mejor diré un ángel, cuyas primeras palabras al desplegar los labios fueron dirigirse a esa misma juventud y cuya [primera obra] fue abrir […] de par en par las puertas […] que el genio del temor y de la sospecha había cuidadosamente cerrado; obra grande, inmortal, que forma uno de los más bellos laureles de esa corona que el genio de la fama ha puesto sobre las sienes de nuestra reina. Y la juventud española tampoco ha sido indigna de sus favores; ella ha respondido a su llamamiento, conoce su misión, prevé sus altos destinos; ve que es esa generación naciente, dorada, que ha de ser el orgullo de su patria; y, por eso, colmada de esperanzas, llena de la ambición más noble, marcha en esta vasta carrera que abrió a sus ojos la excelsa Cristina, y se adelanta con rapidez hacia un porvenir resplandeciente y glorioso.

[…]

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