“Las cosquillas, artículo inserto en el álbum de un escéptico”
- Autor del texto editado
- Sin firma
- Título de la obra
- El meteoro. Periódico semanal de literatura, artes, ciencias, modas y teatros, año tercero, nº 12, 22/03/1846
- Autor de la obra
- Edición
- Cádiz:
Imprenta del Meteoro,
1846
- Paginación
- pp. 89-90
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar. (texto completo)
Información técnica
Editor: Pedro Ruiz Pérez
Encoding: Noelia Santiago López
Encoding: Noelia Santiago López
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Córdoba, 22 julio 2024
LAS COSQUILLAS, ARTÍCULO INSERTO EN EL ÁLBUM DE UN ESCÉPTICO
¿Habéis visto alguna vez a alguno encogerse, estirarse, hacer mil gestos, abrir la boca, cerrar los ojos, morderse los labios, reír, revolverse en el asiento y estar continuamente inquieto? Pues ese no tiene más que cosquillas. Todas sus muecas, sus posiciones, sus aspavientos tan solo se reducen a tener cosquillas, que es como si volviésemos a repetir lo dicho al principio. Imposible parece que podamos sujetar y dominar a nuestros semejantes con alargar la mano, mover los dedos, ¿y para qué?... para hacerles cosquillas. Aun es esta de muy elevado temple, y por la cual la humanidad no se resiente, si bien es mirada con prevención como las .otras, sin causa o motivo fundado, porque es al mismo tiempo ofensiva y defensiva, pudiéndose servir todos de ella, no estando vedada sino a los que Dios o sus aventuras le han privado de las manos, o a los que por distinguirse y querer diferenciarse de los demás tienen la rarísima habilidad de saber hacer cosquillas con los pies. De las cosas que deseáramos se vendiesen en la época actual, y acaso la que se comprara con más gusto, fueran las cosquillas, porque para ciertas personas sería el mejor regalo que pudiera hacerse. No tenemos noticia que nadie hasta ahora las haya puesto en almoneda, ni aun tratado en esas voluminosas obras que diariamente salen a luz, si recordamos aquella cosquilla que dice el bueno del padre Isla en una de sus cartas, que obligó a salir a cierto fraile de su convento por algunos meses so pretesto de mudar de aires, y sobre todo las del inocente Iglesias, que por ser poeta ya era de sí inocente, en sus nunca bien ponderadas Doroteas y Gregorias.
El carácter dicen que es el mejor antídoto contra las cosquillas; los que le tienen alegre son los más propios para no desecharlas jamás; en ellos es ya una contribución, al contrario de las personas que desde su nacimiento se muestran adustos y severos; estos no disfrutarán jamás de una caricia convertida en cosquilla. Hay caricias convertidas en cosquilla, pero hay otras que no son más que cosquillas, y estas son las más risueñas, De nuestros autores y poetas el más cosquilloso de todos era Quevedo; el señor licenciado, así como contenía su mollera una biblioteca sabia e instructiva, reunía en su cuerpo otra de cosquillas, lo cual, si se le añade al nombre de sus resaladas producciones y al de sus títulos, no estará mal llamarle don Francisco Gómez de Quevedo y Villegas, caballero del hábito de Santiago y señor de la villa de la Torre de Juan Abad y de las Cosquillas. El genio y propensiones de Saavedra Fajardo no transigió nunca con estas apacibles doncellas; sus Empresas hubieran salido desgraciadas si por casualidad al acometerlas se encontrara alguna bajo los pliegues de su vestido; pero, en cambio, devanose los sesos algunos años leyendo a Platón, Sócrates, Aristóteles, Licurgo y demás humildes filósofos de la antigüedad, para que más tarde presenciáramos el mors parturiens en el príncipe su discípulo, que ha sido el monarca más cosquilloso que ha tenido la España desde Ataúlfo. Salvador Jacinto Polo de Medina adoleció de la misma enfermedad de Quevedo. Góngora dejose rendir por ellas, y que por tradición se charla que se daba a las Estrellas a menudo. Era el restaurador de la poesía castellana el célebre Meléndez Valdés, que, aunque se le titula el gran poeta del siglo XVIII, no por eso dejó de tener las suyas, pues las musas no deben estar unidas con una poesía que generalmente está circunscrita en el lugar en el que cada cual se las encuentra. Poesía que para algunos conserva un sabor de anacreóntica, y para otros no pasa de un verdadero epigrama, con todos los dotes necesarios que marca el erudito don Juan de Iriarte (otro que bien baila) cuando, sin duda inspirado cosquillosamente, dijo:
A la abeja semejante,
para que cause placer
el epigrama ha de ser
pequeño, dulce y punzante.
(Concluirá)