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Prensa y canon · Textos historiográficos

“Discurso de don Aureliano Fernández Guerra y Orbe (Continuación)”

Autor del texto editado
Fernández-Guerra y Orbe, Aureliano (1816-1894)
Título de la obra
El Correo de Ultramar. Parte literaria ilustrada, t. X, año 16, nº 240
Autor de la obra
Lasalle y Mélan, X. de (dir.)
Edición
París: Tip. Walder, 1857
Paginación
p. 94
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Biblioteca Virtual de Prensa Histórica. (texto completo)
Información técnica
Editor: Pedro Ruiz Pérez
Encoding: Noelia Santiago López
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Córdoba, 15 julio 2024

DISCURSOS LEÍDOS ANTE LA REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA


1

Discurso de don Aureliano Fernández Guerra y Orbe

(Continuación)


Pero antes de concluir ¿deberé, señores, por ventura, detenerme a indicar los pequeños lunares que deslustran estas inspiraciones poéticas, así como los méritos que las avaloran? ¿Habré de señalarlos ante vosotros, amaestrados custodios de la frase castiza y defensores insignes de su pureza y nitidez? ¿Cúmpleme indagar por qué causa, en un siglo en que los petrarquistas italianos, capitaneados por el Bembo, rendían ciego culto a la forma, nimiamente cuidadosos de pulir el giro, la sentencia; de observar la exacta medida y armonía de los versos, hasta caer en afectados, Francisco de la Torre, inspirándose en los grandes modelos de Italia y copiando otros de segundo orden, como Benedetto Varchi y Angelo de Constanzo, peca tantas veces contra la forma? Esto fuera en mi atrevimiento indisculpable, cuando la aventajada pluma de un ilustre académico, recientemente arrebatado a la vida, con peregrino arte deslindó aquellos descuidos y bellezas. Quintana vuelve su personalidad, en 1808 y 1830, al lírico desconocido; desprecia los aún hoy erradamente acreditados sueños de Velázquez; proclama que para ello no se necesita más sino conocer, según sus diferentes edades, los estilos de nuestra poesía; y, ¡admirable acierto! coloca a La Torre próximo a fray Luis de León y a Garcilaso.

¡Cómo le deleitan estos en su opinión frutos de los más opimos que rindió aquella era de excelentes varones! Las rimas (dice el autor del Pelayo) “todas pastoriles; sus imágenes, sus pensamientos y su estilo no desdicen nunca de este carácter, y guardan la propiedad más rigurosa en él. Sus dotes más eminentes son la sencillez en la expresión, la viveza y ternura de los afectos, la lozanía y amenidad risueña de la fantasía. Ningún poeta castellano ha sabido como él sacar de los objetos campestres tantos sentimientos tiernos y melancólicos. Las imitaciones de los antiguos, en que estas poesías abundan, están refundidas tan naturalmente en su carácter y estilo, que se identifican enteramente con él. Lástima que a la pureza de su lenguaje no añadiese mayor cuidado en la elegancia, que a veces padece por expresiones y voces triviales y prosaicas. Y lástima grande que falte a sus églogas variedad, conocimiento del arte del diálogo, oposición y contraste entre las situaciones de los interlocutores. El poeta que pinta y siente con tanta delicadeza y fuego cuando habla por sí mismo no acierta a hacer hablar a los otros, y se pierde en descripciones uniformes y prolijas, que al fin cansan y fastidian”. Las palabras del autorizado crítico no consienten que las reemplacen otras.

Pero, señores, ¿qué vale encontrar dureza en tal verso, prosaísmo y pesadez en cual otro, descuido en pequeños accidentes, como llamar ardoroso al cierzo y helado al austro; violencia en esta figura u oscuridad en aquella rebuscada estrofa? ¡Cuántos raudales de armonía para despuntar la rígida censura; cuánta claridad para desvanecer tan débiles sombras! Él es quien allana los caminos al puro, al sencillo, al tierno, al religioso fray Luis de León, su compañero en Alcalá de Henares y en Salamanca, a fin de que llegue a ser por excelencia el poeta castellano. Él quien, en mi sentir, educa y amaestra a Figueroa, cifrando todas sus complacencias en este, que mira como discípulo, como amigo, como hijo. En él halla Fernando de Herrera su más cuidadosa lima; en él Cervantes, la traza de un admirable canto elegíaco; bellezas que emular, Mira de Amescua; y luz y guía, todos los preclaros varones que le siguieron. ¡Dichoso quien en el templo de la fama se asienta al par de Garcilaso y León, de Tasso y Ariosto; al lado de Rafael y Miguel Ángel, de Juanes y Siloé, de Vives y Granada; entre los héroes escogidos que triunfaron en el Garellano y Pavía, en las lagunas de Méjico y en los mares de Oriente!. Más ¡ay, cuán equivocadamente le aclamo venturoso! Infelicísimo diré, quien, siéndolo en vida, es aun más infortunado todavía después de muerto, cuando en tela de juicio se le ponen los dulces hijos de su ingenio soberano.

¡Ojalá, señores académicos, que esta disputada inmortal guirnalda de áureas flores perteneciese a Quevedo! Gozo ninguno hubiera comparable con el mío, a estarme reservado a mí afirmarla en sus sienes; a mí, que años y años vivo con el Luciano español y le siento a mi mesa y velo por él y le soy deudor (grato me es confesarlo) de la honra que en este sitio recibo, y con que vosotros aprisionáis mi alma en eterna gratitud. Él es mi fiel amigo; él, otro padre cariñoso; para él ambiciono todos los aplausos y coronas; pero la verdad y la justicia, hijas del cielo, me imponen el sacrificio de volver a Francisco de la Torre lo que es suyo. ¿Qué digo sacrificio? La gloria de Quevedo permanece intacta. Brillar sin competencia no es mérito; a los grandes ingenios otros tan grandes los hacen mayores; a veces los completan; nunca les son embarazo, sino compañía.

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