Prensa y canon · Textos historiográficos
“VARIEDADES. Concluye el artículo del número 151”
- Autor del texto editado
- Reinoso, Félix José]
- Título de la obra
- Gaceta de Bayona. Periódico político, literario e industrial, nº 153, 19/03/1830
- Autor de la obra
- Lista, Alberto (dir.)
- Edición
- Bayona:
Imprenta de Duchart-Fauvet, impresor del rey,
1830
- Paginación
- pp. 2-3
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Hemeroteca Digital Hispánica. (texto completo)
Información técnica
Editor: Pedro Ruiz Pérez
Encoding: Noelia Santiago López
Encoding: Noelia Santiago López
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Córdoba, 15 julio 2024
VARIEDADES
Concluye el artículo del número 151
Su muerte (dice Bouterwek de Alonso el Sabio) no detuvo el movimiento que había dado a la literatura. Nosotros repusimos que “por más de un siglo después no se encuentra ni la reunión de sabios que hubo en su corte, ni obra alguna del saber y lenguaje de las Partidas, ni versos comparables a los que reconoce por suyos Bouterwek (las octavas de arte mayor). Destrozada la nación por la guerra civil que principió en los últimos años de su reinado, pocos nombres de literatos ofrece su historia hasta fines del siglo XV”. El dialogista, puesto en el empeño de contradecir esta réplica indestructible, toma para ello el más raro camino del mundo, que es el de confirmarla. “Pues esta misma guerra (añade a continuación de nuestras palabras anteriores) impidió sin duda alguna, con otras varias causas, que se volviese a ver en el período citado igual número de literatos, pero los progresos que hicieron, tanto estos como los que vinieron después de ellos, se debieron sin disputa a los esfuerzos anteriores de Alonso el Sabio; luego la muerte de este monarca no detuvo el movimiento que había dado a la literatura”. Por manera que la guerra con otras causas impidió pero no detuvo el movimiento, porque el ostáculo que disminuye por una centuria el número de los literatos y el mérito de sus escritos, con tal que algún otro se aproveche de las luces pasadas y se renueven un siglo después, no detiene la marcha de la ilustración, sino la impide solamente por cien años. ¡Bravísimo! Estamos conformes. Eso sí que es batir en ruina; las demás son escaramuzas.
Pinta el historiador alemán a los poetas romanceros que él se sabe del tiempo de Alonso en tal estado de menosprecio y aun de persecución, que ponen lástima los infelices. Reducidos a cantar en los desiertos por el mal recado que les hubo de hacer el monarca, debió serles poco sensible su muerte, pues se libertaron de tan poderoso enemigo. Nosotros, que no tenemos la menor noticia de tales hombres ni hemos tropezado con alguno que nos la dé, preguntamos ¿quiénes fueron esos miserables tan asendereados por Alonso X? para ofrecerles siquiera nuestra compasión. El dialogante responde que Boterwek no podrá decirlo, pero que nadie puede probar lo contrario. ¡Buen historiador el que no puede dar razón de los hechos que sienta! ¡Admirable apologista el que no sabe defenderle sino con la ignorancia de los hechos! No existe documento alguno de que se escribiesen romances antes de Alonso X; no existe el más leve testimonio de que dejasen de escribirse en su tiempo, porque ni en su edad ni en la anterior hay memoria de tales composiciones; mucho menos hay ningún recuerdo ni indicio, ni el más débil asidero, para sospechar que el sabio rey, protector de los literatos, desfavoreciese ni echase de sí a los soñados romanceros; entre tantas fábulas como se han mezclado con la historia, a nadie se le ha ocurrido semejante ficción. Pues, a pesar de no haber fundamento alguno, de no haberlo dicho nadie hasta ahora, de carecer de toda verosimilitud en el carácter y en la afición del rey a la poesía, a pesar de todo, un historiador nos revela sobre su palabra, como si lo hubiese visto, que Alonso trató de tal modo a los autores de romances, que los redujo a cantar en los desiertos como la cigarra. Habíase creído hasta ahora que al historiador y a cualquiera que asegura un hecho desconocido toca dar las pruebas de su afirmación, y que al lector o al oyente basta la falta de pruebas para no creerlo, pero el anónimo establece un canon opuesto enteramente, que debe hacer una revolución en la historia. El narrador, si algo vale su defensorio, puede referirnos a placer los hechos que se le antojaren, sin necesidad de acreditarlos; los lectores no deben resistir a su autoridad mientras no prueben lo contrario; y véase aquí ensanchado el campo de la historia y dado salvoconducto a las fábulas hasta que no se forme un espediente para demostrar su falsedad. Sea en buen hora, y, pues a nosotros toca probar contra un hecho imaginario de que nadie en cinco siglos y medio ha dado noticia, allá va el argumento más convincente que puede darse cuando se trata de conjeturas y de probar una negativa. El rey don Alonso, habiéndose criado en Galicia, compuso incontestablemente versos de 8 sílabas en castellano. Esta reflexión hicimos casi con las mismas palabras en nuestra crítica, aunque el anónimo la omite, según su costumbre de chapodar lo que le embaraza en su despeñadero.
Los versos de arte mayor no volvieron a ponerse en uso en el reinado de Juan II, como dice o hacen que diga el historiador. La razón es muy clara: nunca estuvieron en uso hasta aquella época. Contesta el anónimo que, habiéndolos empleado Alonso X (pase, pues lo hemos dejado pasar), y no pudiendo probar nosotros que ninguno de los sabios de su corte compusiese en este metro, no hay inexactitud en la espresión de Bouterwek. Otra vez se nos piden pruebas de que en la historia no se afirma lo que no se sabe. Nosotros solo conocemos hechos, y no podemos conocer más hechos de los que se nos han transmitido. Adivinarlos gratuitamente no es escribir historia, sino novelas. “Pues las pocas coplas atribuidas a Alonso el Sabio (dijimos y repetiremos), siendo de un solo autor, no bastan para acreditar que estuviesen en uso. Esta frase y la de poner en uso indican una frecuencia y propagación que no alcanzaron en el siglo XV. No se dirá que Boscán y Garcilaso volvieron a poner en uso los endecasílabos a cuenta de que los empleó alguna vez el marqués de Santillana un siglo antes”. ¿Y qué dice contra esa aplicación y ese ejemplo el dialogista? Silencio profundo. Traslada de nuestro artículo lo que le parece, y siempre le parece dejar en el tintero lo que aprieta la dificultad.
Pero, en cambio de este prudente disimulo, añade mil curiosas revelaciones, que no examinaremos todas por no completar el aburrimiento de nuestros lectores. Dice que el mismo autor de nuestra crítica confiesa que don Alonso usó el verso de arte mayor, confesión que no hallará en ella quien lo lea con ojos inteligentes. Quisimos prescindir de la autenticidad de aquellos versos porque no era del caso mover esta cuestión y porque la creencia de Bouterwek era cabalmente el motivo de censurar su desprecio de la poesía del rey don Alonso. En el supuesto de ser suyas las octavas de arte mayor ¿cómo pudo decir que en sus obras no se descubre el más ligero rasgo de verdadera poesía? Dejado aparte el adelantamiento de la lengua, ¿no son ni un leve rasguño de poesía la mejora notabilísima en el estilo y el hallazgo de una nueva y mucho más bella versificación? ¿No pertenecen estas partes a la poesía, o son propias de la poesía falsa, puesto que en el epíteto verdadera está todo el busilis según el dialogista? Pero dimos repetidamente la calificación de atribuidas a aquellas coplas, y fundamos nuestra reconvención en que, atribuyéndolas como las atribuye al monarca, no reconozca luego en sus obras la más escasa vislumbre de poesía. Aun indicamos la principal razón para dudar que fuesen de don Alonso. No era menester tanto para que hubiera conocido nuestra intención cualquiera que estuviese en antecedentes, sin ponernos en la necesidad de decir que se ha engañado de medio a medio el dialogista, no sólo en esa confesión que nos imputa, sino en la creencia que supondría. Es necesaria una falta absoluta de conocimiento como para reputar de Juan Alfón o de Sánchez de Castro una tabla de Luis de Vargas, porque alguno la atribuyó a los primeros sin reflexión o sin inteligencia.
Por versos de arte mayor (este es otro de sus descubrimientos) dice que entiende no solo los de doce sílabas, sino todos los que tienen más de ocho. ¡Pobre Bouterwek en tales manos! No lo dice, por su fortuna, ni lo indican sus palabras que traslada el anónimo, pero ese sería un nuevo error, mayor que el primero. El escritor alemán no puede variar a su arbitrio una denominación española, adjudicada desde su principio esclusivamente a un determinado metro español y sancionada por el uso constante de los españoles. ¿Pero se habría salido de la dificultad por ese atajo? No entendiéndose solos por el nombre de arte mayor los de doce sílabas, sino otros cualesquiera más largos que los de ocho se agrava el cargo contra el mal defendido autor. Los versos largos usados antes del reinado de don Juan fueron los desiguales e informes del Poema del Cid, los alejandrinos y los rudos hexámetros del arcipreste de Hita 1 , los cuales, lejos de ponerse en uso otra vez, cayeron todos en un olvido tal, que no se halla ni uno solo de ellos desde aquel reinado. Así, la cláusula volvieron a ponerse en uso los de arte mayor, censurada como inexacta porque jamás habían estado en costumbre; entendida con tan inaudita esplicación de otros versos largos distintos, se vuelve falsa absolutamente, porque los otros versos largos no se restablecieron. ¡Pobre Bouterwek en tales manos!
¡Alto!, que grita ahuecando la voz el anónimo: Ahora viene una cita falsa. Sí, y enteramente falsa, porque (la Gaceta) hace decir a Bouterwek que el origen de los villancicos se confunde con la perfección de los romances, y Bouterwek no dice tal cosa de los villancicos, sino de las glosas, que es muy diferente. ¡Y que tenga valor para añadir que sería prolijo notar otras equivocaciones semejantes ...!”. Termina el dialogista con las acostumbradas de que no sabemos leer, etc. Pues allá va, sin quitarle tilde, el testo del historiador (pág. 40), y véase hasta por los topos quién es el falsario y el valiente y el que no sabe deletrear: “Los villancicos (nombre aplicado también a los motes que se cantan en la misa de Navidad, y cuya etimología se ignora) tienen mucha analogía con las canciones: el pensamiento está comprendido en dos o tres versos y amplificado o esplicado después en una o varias estancias, por lo común de siete versos. El cancionero contiene 54 villancicos, muchos de ellos inimitables por su afectuosa delicadeza. Estas notables canciones, cuyo origen se confunde probablemente con la perfección del romance español, subministraron la primera idea de las glosa...”. ¿A quién se refiere la espresión estas notables canciones sino a los villancicos, de los cuales se ha hablado únicamente en los dos anteriores períodos? Si fuese posible traer allí por arte mágica la palabra glosas, que no se había nombrado en el contesto, el sentido de la cláusula sería que las glosas subministraron la primera idea de las glosas, sentencia que no dijera Bertoldo y que ha parecido admirable al dialogista para eludir el cargo de haber confundido con la perfección del romance, sucedida a fines del siglo XVI, el origen de los villancicos, que no baja de principios del anterior 2 . ¿Esperarían nuestros lectores tal osadía o aturdimiento del folletista, que nos desmintiese, no sobre una interpretación dudosa, sino sobre el tenor literal y terminante de un libro que, si pocos han visto, puede ver todo el mundo? Pues ahí está el origen de sus insultos. El hombre que arrostra la vergüenza de tan evidente demostración de falsía es muy poco sensible a las ofensas del rubor. Este hombre halló, sin embargo, en el Correo de Madrid 3 quien, protestando imparcialidad, dijese de tan vergonzosa impostura que en ella patentiza una cita falsa. Así burlan y seducen al pueblo los que debieran esclarecerle. ¡Miserable humanidad, y más miserables escritores!
Un renuncio tan torpe, del que en vano se buscaría ejemplo entre las topinadas literarias, es la prueba más convincente de que ese papelucho no es parto, como tal vez creyeron algunos, de los traductores de Bouterwek. Aunque se olvidasen las consideraciones debidas a estos beneméritos escritores, ¿pudiera creerse que no hubiesen leído la traducción misma que habían hecho? ¿que ignorasen el sentido de sus mismas palabras? ¿Cómo entenderían el alemán los que no entendiesen su idioma nativo? ¿Y cómo los escritos ajenos, los que no entendiesen los suyos propios? ¿Qué libro podría traducir quien tan mal se tradujera a sí mismo?
Basta, y sobra ya mucho, para mostrar el valor de las réplicas del folletista. Era nuestro ánimo examinarlas todas cuando ofrecimos la contestación, pero aún no va la cuarta parte del diálogo, ¡y es tan pesado el escrutinio! La necesidad de resumir lo que dijimos primero y de estractar las respuestillas del anónimo para presentar a nuestros lectores el estado de la cuestión sin remitirlos a los originales, que ninguno acaso consultará, hace tan larga esta discusión, aunque nos esforcemos para abreviarla, que, muy lejos de exigirnos el cumplimiento cabal de nuestra oferta, nos agradecerán ciertamente que no la llevemos a cabo a costa de su sufrimiento. ¿Qué importa que sean algunas docenas, más o menos, los dislates de un papelejo que no han visto los más sobre el juicio de una obra que los más sin duda desconocen? Persuádanse todos sobre nuestra palabra de honor que hemos buscado con empeño una reflexión sola que fuese medio razonable, y no hemos podido hallarla en todo el diálogo, como deseáramos para dar a su autor un ejemplo de asentimiento y docilidad. Hemos adquirido derecho a que se nos crea, no habiendo escogido las objeciones para desvanecerlas más fácilmente, sino seguídolas paso a paso y por el orden mismo que llevan en el folleto, sin omitir uno, hasta acabar con todas las que pertenecen al primer trozo de nuestra crítica. ¿Puede esperarse que quien desvaría sin intervalo desde el principio hable con acierto en la continuación? No se vuelve de repente instruido el que empezó a escribir tan ignorante de su materia. Queriendo conciliar, sin embargo, el cumplimiento de nuestra promesa con la tolerancia de los lectores, estamos prontos a disolver cualquiera de las contradicciones restantes, a la reclamación de alguno que desee nuestra esplicación. Sólo trataremos en artículos sueltos, como ofrecimos, de lo que toca a la censura del lenguaje, por ser fácil determinar el punto de disputa sin resumir antecedentes prolijos y por ser asunto de más utilidad y no bien entendido de muchos, ya nazca del poco estudio que suele hacerse de él, ya de la escasez de tratados filosóficos sobre nuestra lengua. Poco importa a los españoles que un historiador alemán se equivoque más o menos veces hablando de nuestra literatura; esta será después de escrito su libro lo que ya era antes de que le escribiese. Pero impórtales mucho conocer su idioma y no dejarse alucinar por escritores que sólo le aprendieron de sus madres o, creyendo que nada más hay que saber, pasaron, cuando más, de corrida alguna gramática forjada sobre los artes vulgares de la latinidad.
Observaremos, sin embargo, que muchas de las contestaciones restantes se dirigen, como algunas de las refutadas, contra la defensa que hicimos de nuestras antiguas obras y autores, tratados injustamente por Bouterwek. Tal es entre otras la vindicación del título del Poema del Cid, dado a aquella composición y merecido en el siglo XII, no sólo por estar en verso, sino porque en ella se pinta y no se refiere sencillamente, como en las crónicas de tiempos más adelantados. Tal es la fijación de una edad nueva y más aventajada de la poesía, que desconoce, en el reinado de Juan II. Tal la justa apología de Juan de Mena, elogiado siempre y aun comentado de nuestros literatos, y despreciado por el buen alemán 4 . Nosotros apoyamos sobre esos puntos la opinión de todos los sabios españoles, indicando sus fundamentos, puesto que no era dado esplanarlos en un artículo de periódico. El anónimo ha tenido por más glorioso embrollar o desentenderse de nuestras razones para negar a la literatura española el honor debido a su infancia, a trueque de sostener las equivocaciones del historiador estranjero. Estamos seguros de haber adoptado una causa más justa y más noble.
Pero, abandonando este debate, no dejaremos en olvido la falsificación de algunos otros hechos, tan querida y frecuentada por el dialogista. Habíamos dicho nosotros que el Arte de hablar del señor Hermosilla y los Principios de retórica y poética de don Francisco Sánchez son los únicos libros escritos en castellano “sobre la enseñanza para escribir en prosa y verso”. ¡Jesús, qué mentira tan horrorosa! esclama cortésmente el anónimo... Decir esto es haber perdido la vergüenza. Ni con groserías ni con badajadas se nos cierra a nosotros la boca. Señale el apologista de Bouterwek otro libro español que abrace la enseñanza de las dos artes, porque a nosotros no nos ocurre, aunque probablemente hemos gastado más tiempo que él en esta clase de lectura. El resultado de la prueba ha de ser por su naturaleza muy desigual. Si nos cita otra obra española que comprenda las dos enseñanzas. se acreditará que no recordábamos un libro o, a lo más, que no le conocíamos; si no la cita, peor consecuencia debe sacarse de quien así desmiente, sin más apoyo que su descaro.
Otra imputación falsa, y no más, rebatiremos, que, si bien no se dirige contra nosotros, exige nuestra vindicación. Prescindiríamos de la críticas, justas o injustas, que se hicieron contra la obra del señor Hermosilla, que no pensamos defender ni impugnar, mas no debemos permitir que se le calumnie tomando ocasión para ello de nuestro artículo. Dice de este autor el folletista que, “sacando a relucir los trapos de todos nuestros clásicos, no solamente no se digna de copiar o citar alguno de los muchos rasgos de gran belleza que se hallan en sus obras, pero ni aun insinuar que no todo lo que compusieron es por el estilo de lo que se cita”, Así han de ser las falsedades de tomo y lomo que se dejen sentir. El señor Hermosilla advierte en su prólogo que ha escogido indistintamente los ejemplos de las bellezas, pero sólo de autores de primer orden ha tomado los de defectos, como lo hace tal vez de Cicerón y de Virgilio, máxima adoptada por los mejores preceptistas, por ser más difícil de conocer y más peligroso el mal ejemplo de los escritores célebres. Pero es tan frecuente en su obra la cita, el examen y elogio de los modelos españoles, que ya desde la dedicatoria pudo decir que está destinada a vindicar la memoria de nuestros clásicos, injustamente desacreditados por la ignorancia presuntuosa. Del mismo Lope que ha sido el tropiezo del dialogista dice en el prólogo, ponderando sus talentos admirables y su instrucción, que, si hubiera observado fielmente las reglas, sería el primer poeta del mundo. En la obra se copian muchos de sus versos con elogio, otros como profundos en la sentencia, ora como hermosos o magníficos en la dicción, ora como felices en la armonía imitativa. De los que son menos defectuosos ¿quién podría enumerar los análisis y los encomios diseminados por toda la obra? Especialmente en el primer tomo, donde abundan más los ejemplos, esceptuando tres o cuatro lugares más largos en que no se citan o sólo se trata de defectos, rara será la vez que se hallen cuatro o seis hojas sin alabanza, y muchas las páginas seguidas en que se elogian nuestros escritores. Jorge Manrique, Garcilaso, el B[achille]r de la Torre, León frecuentísima y esmeradamente, Herrera, Figueroa, Cervantes a cada paso, los dos Argensolas, Alcázar, Rioja con repetición y entusiasmo, Arguijo, Saavedra, Jáuregui y otros muchos se citan, se copian, se analizan, se celebran. No puede darse más completo elogio que el de Jorge Manrique, que no insertamos por estenderse a tres páginas (106. 107 y 108, tomo 1º). De una descripción tomada de fray Luis de León se dice que es sublime, valentísima, modelo en su línea ( id., pág. 41). Del inmortal Cervantes se trasladan y califican otras de perfectas, acabadas, bellísimas, como del hombre que en esta prenda y otras muchas no conoce igual entre nosotros (pág. 65, 68 y 69). De la epístola moral de Rioja se transcriben muchos tercetos y se afirma que en ella poseemos una composición en su género la más acabada y perfecta que haya en ningún parnaso moderno, y comparable, si alguna vez no las escede, con las del mismo Horacio (tomo 2º, pág. 162). ¿Se han menester más testimonios para demostrar la impudencia con que el anónimo asegura de quien ha estampado estas cláusulas que no se digna copiar o citar alguno de los muchos rasgos de gran belleza de nuestros clásicos, pero ni aun insinuar que no todo lo que compusieron es malo? ¡Y tan palmaria impostura se dice de un libro que anda en manos de cuantos cursan las humanidades en España! Escribir así, aunque se hiciera con otra decencia, no es sólo calumniar a los escritores particulares; es insultar al público.