Prensa y canon · Textos historiográficos
“Discurso leídos ante la Real Academia de la Historia. Discurso del excelentísimo señor marqués de Molins (conclusión)”
- Autor del texto editado
- Roca de Togores, Mariano, marqués de Molíns (1812-1889)
- Título de la obra
- El Correo de Ultramar. Parte literaria ilustrada, t. X, año 16, nº 241
- Autor de la obra
- Lasalle y Mélan, X. de (dir.)
- Edición
- París:
Tip. Walder,
1857
- Paginación
- pp. 110-111
Fuentes
Información técnica
Encoding: Noelia Santiago López
DISCURSOS LEÍDOS ANTE LA REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA
1
Discurso del excelentísimo señor marqués de Molins
(conclusión)
Si ni aquellas noticias biográficas descubiertas por el señor Guerra y abonadas por el mismo Cervantes os satisfacen; si la razón histórica que yo he procurado exponer no os convence, haced, en fin, comparecer a ambos autores, que aún vivos están en sus obras. Celebrad con ellas una especie de careo, y la verdad quedará patente, y la causa fallada por el sentido común, que es a la vez inocente y justiciero, indocto e inspirado, niño y profeta como Daniel. Demandad a ambos contendientes, La Torre y Quevedo, la descripción del sitio en que presentaron los arrebatos del amor de la casta poesía; y bien que uno y otro nombren (más entendidos que los viejos de la Escritura ) las mismas plantas y las mismas fuentes, todavía el color será tan diverso, las señas tan contradictorias, que fácilmente aparecerá la impostura. La Torre, pintando la yedra, os dirá:
Viva yo siempre ansí con tan ceñido
lazo, Filis, contigo como aquesta
yedra inmortal en esta encina puesta,
que la enreda su tronco envejecido.
Mira allí un olmo seco y un florido [5]
junto a la fuente, que una vid le presta
hermosura y valor; ¡y tú, dispuesta
a perseguirme, pónesme en olvido!
Por ti, cruel, olvido mi ganado
y le dejo sin guarda del ardiente [10]
lobo cruel, ganado que tú amaste.
Un cabritillo de este coronado
monte vi yo llevar; lloré ¡y, presente
a mi dolor, soberbia te gozaste!
¿Cabe mayor naturalidad en el lenguaje, mayor sencillez y, por decirlo así, mayor inocencia en las imágenes? Pues veamos ahora cómo Quevedo describe la misma planta, la propia escena, iguales sentimientos:
Esta yedra anudada que camina
y en verde laberinto comprehende
la estatura del álamo, que ofende,
pues cuanto le acaricia le arruina,
si es abrazo o prisión no determina [5]
la vista que al frondoso halago atiende.
El tronco solo si es favor entiende
o cárcel que le esconde y que le inclina.
¡Ay, Lisi! Quien me viere enriquecido
con alta adoración de tu hermosura [10]
y de tan nobles penas asistido,
pregunte a mi pasión y a mi ventura,
y sabrá que es prisión de mi sentido
lo que juzga blasón de mi locura.
Aquel verde laberinto, aquella estatura del álamo, aquel halago frondoso, y los retruécanos y los conceptos, y la intención misma filosófica ¿no os parecen, señores, el colorete con que en vano se quiere imitar la frescura de la juventud?
Pues oíd ahora cómo describe La Torre un sitio campestre:
Esta es, Tirsis, la fuente do solía
contemplar su beldad mi Filis bella;
este, el prado gentil, Tirsis, donde ella
su hermosa frente de su flor ceñía.
Aquí, Tirsis, la vi cuando salía [5]
dando la luz de una yotra estrella;
allí, Tirsis, me vido, y tras aquella
haya se me escondió, y ansí la vía.
En esta cueva de este monte amado
me dio la mano y me ciñó la frente [10]
de verde yedra y de violetas tiernas.
Al prado y haya y cueva y monte y fuente,
y al cielo desparciendo olor sagrado,
rindo de tanto bien gracias eternas.
Dado que estos versos sean traducidos del italiano, su lenguaje, señores, ¿no os parece tan natural y sencillo como el murmullo mismo de la fuente que describe? Pues escuchad el de Quevedo:
Esta fuente me habla, mas no entiendo
su lenguaje ni sé lo que razona;
sé que habla de amor y que blasona
de verme, a su pesar, por Flori ardiendo.
Mi llanto, con que crece, bien le entiendo, [5]
pues mi dolor y mi pasión pregona;
mis lágrimas el prado las corona,
vase con ellas el cristal riendo.
Poco mi corazón debe a mis ojos,
pues que dan agua al agua y se la niegan [10]
al fuego que consume mis despojos;
si no lo ven, porque llorando ciegan,
oigan lo que no ven a mis enojos;
déjanme arder y las aguas mismas anegan.
¡Pobre agua, diremos nosotros, pasada por tales alambiques; pobre fuente, tan bien retratada por La Torre y cuyo lenguaje dice Quevedo que no entiende, y tiene razón!
Pero, si la diferencia de lugar no os prueba, señores, la coartada, pedid a ambos poetas señas de tiempo, y la veréis mejor, pues, dado que uno y otro os hablen del verano, harto notaréis que entre una estación y otra media un siglo de intervalo.
Comparad la bella descripción de La Torre, de que se ha hecho cargo el nuevo académico, con la que apuntaremos de Quevedo, y no os quedará sombra de duda.
En el verano dice La Torre:
El regalado aliento
del bullicioso céfiro, encerrado
en las hojas, el viento
enriquece y el prado,
este de flor y aquel de olor sagrado. [5]
Todo brota y extiende
ramas, hojas y flores, nardo y rosas;
la vid enlaza y prende
el olmo, y la hermosa
yedra sube tras ella presurosa. [10]
Y Quevedo describe la misma estación en los siguientes términos:
Ya la insana Canícula, ladrando
llamas, cuece las mieses, y en hervores
de frenética luz los labradores
ven a Porción los campos abrasando.
El piélago, encendido, esta exhalando [5]
al sol humos en trajes de vapores,
y en el cuerpo la sangre y los humores
discurren sediciosos fulminando.
Basta, señores: estos ladridos de llamas, estos hervores de luz, estos humos exhalados en traje de vapores ¿qué os parecerán, contrapuestos al regalado aliento del céfiro, encerrado en las hojas, y a la estación benigna, a cuyo influjo todo brota y extiende ramos, hojas y flores, nardo y rosas?
¿Qué valdrá, en contra de esto, la malicia con que se han rebuscado versos iguales en uno y otro autor? Valdrá, sí, pero para probar lo contrario de lo que se pretende.
Si La Torre, compadeciéndose de una cierva herida, concluye una estrofa diciendo a la desventurada
Diote el cielo dolor y diote vida;
y de este verso se apodera Quevedo para comenzar un soneto lleno de alambicados conceptos, se deducirá solo la pureza del original, la corrupción de la copia, la prioridad del petrarquista, la posterioridad del gongorino: la diferencia, no la identidad de ambos.
¿Qué valdrán unas cuantas estrofas rebuscadas acá y allá como piedrecitas de canteras distintas y acomodadas luego a guisa de mosaico, pero que así y todo braman de verse juntas y testifican la diversidad de su origen? Velázquez adereza de este modo una que llama canción, cuyo primer verso, de Quevedo,
Pues quitas, primavera, al año el ceño,
contiene ya una marca de conceptismo y una paronomasia que no hallarán sus semejantes en todo el libro de La Torre. Este, en cambio, reclama contra su disertor con tal naturales quejidos cual nunca usó el insigne poeta madrileño. No parece sino que es La Torre quien le dice a Velázquez
¿Quién sentirá mi pena,
si quien es causa de ella me condena?
No hará tal la Academia; antes bien, inundada en datos biográficos claros, guiada por razones históricas irrecusables, apoyada, en fin, sólidamente en el veredicto del sentido común, fallará que Quevedo no fue, no pudo ser, no debió ser el buen Francisco de la Torre. No lo fue, porque sus hechos son diversos; no lo pudo ser, porque no alcanza el hombre a apartarse así del siglo y de la sociedad en que vive y de la atmósfera en que respira; no debió, en fin, serlo, porque, aun dado el caso que ese poder casi divino alcanzase Quevedo, con usar de él hubiera faltado al primer deber del hombre de letras, más aún a la sagrada misión (como ahora se dice), al quid divinum del poeta, esto es, al don de influir con sus obras en el modo de pensar, de hablar y de obrar de sus contemporáneos.
Y ¿para qué, señores, el anacronismo que se pretende? Quevedo, con sus equívocos, con sus antítesis, con sus conceptos, con su estilo, en fin, hablaba el lenguaje de todos; todos le entendían, todos le admiraban; do quiera penetraba, do quiera influía. Él solo con sus jácaras y sus agudezas ejercía en aquel tiempo el ministerio confiado al periodismo de la oposición; él solo manejaba con facilidad y con éxito la palanca que hoy mueve con dificultad la prensa toda. Compró su oficio con desengaños y persecuciones; por ejercerlo fue condenado (según él dice) más aún que a morir, esto es, a morirse. Conquistó con tormentos la palma del martirio; ¿queréis que la suelte por un ramillete de flores silvestres? ¿No os parece, señores, que fuera en él cobardía, y no erudición, cambiar el látigo de Juvenal por el caramillo de Garcilaso? No lo hizo, y, según el dicho del inolvidable académico don José Muso, siguió en ello su vocación poética, que también viene de Dios. No lo hizo, porque presintió instintivamente el consejo que Quintana daba a sus poetas:
Y, si queréis que el universo os crea
dignos del lauro que os ciñe la frente,
que vuestro canto enérgico y valiente
digno también del universo sea.
Canto enérgico; fuelo tanto el de Quevedo, que sonó desde los calabozos hasta los alcázares; que inquietó a sus opresores, solazó a los oprimidos y se gravó en la memoria de todos, grandes y pequeños, propios y extraños. Cantó valiente, y tanto, que desenmascaró todos los vicios, combatió todas las tiranías; y esto, señores, marchando a través de persecuciones y abrumado de años y enfermedades, con una fuerza, una audacia y una singularidad que sorprenden al cantor mismo de Trafalgar y de la imprenta.
Así considerado Quevedo, confesadme que La Torre queda a gran distancia.
Pero, al llegar a este punto, permitidme que, sorprendido por los nombres que se han escapado de mi pluma, haga al público confidente de mis sensaciones. ¡’Quintana y Muso, La Torre y Quevedo!
Quintana: el crítico concienzudo, el inspirado poeta, cuyo puesto está aún vacante en este recinto y quedará vacío en la posteridad, pero cuya memoria, unida a los grandes acontecimientos contemporáneos de nuestra patria, vive en todos los ánimos. Muso: el sabio profundísimo, el laborioso académico, el inolvidable erudito, a quien echamos de menos casi en todas las sesiones, pero cuyo nombre oyen quizá muchos por primera vez. Quevedo: el filósofo que respetan los ancianos, el poeta que aman los jóvenes, el político que consultan los repúblicos, el sabio que conocen todos como si viviera entre nosotros. Francisco de la Torre: cuya existencia misma ha sido hasta hoy un problema. Todos ellos me mueven a remontarme hacia el origen de esa misteriosa corriente con que la fortuna arrastra el nombre y las obras de los ingenios, salvando unas, dejando sumergirse a otras. ¿De qué manera, me pregunto a mí mismo, ha llegado hasta nosotros la fama de Macías, venerado de los amantes desgraciados, sin que sus obras se salven para servir a su culto de reliquias? ¿De qué modo, por el contrario, el poema del Cid eterniza los hechos del Aquiles castellano, dejando perderse en el olvido el nombre del Homero que rudamente como pudo lo inmortalizó? Y, aún de más arriba, ¿cómo el poeta legislador Horacio en un mismo verso une la fama de Virgilio y de Vario, y la posteridad salva de las llamas y recibe casi íntegras las obras de uno, a su pesar, mientras pregunta dudosa si pertenece al otro una desencajada docena de hexámetros?
¿Será, señores, que hay en el orden moral, al par que en la naturaleza, ríos caudalosos que, como el Tajo, llevan su corriente entre el fragor de las cascadas, entre el aroma de los jardines, entre la majestad de los montes, el bullicio de las ciudades y la riqueza de los campos; y otros, como el Guadiana, tan modestos, que ocultan su caudal, sin dejar más indicios de su curso que la feracidad de las llanuras por donde calladamente se deslizan? En tal caso, señores, los cuerpos científicos obran cuerdamente siguiendo el bien dirigido ímpetu de la fama, pero proceden con igual justicia y con mayor generosidad apartando la arena del olvido, cavando la tierra y la broza que acarrean el tiempo y la envidia, para sacar a luz esos caudales que inútil y oscuramente se perdieran.
¿Será que el culto de las letras, como el de la religión, tiene por una parte pontífices, que lo ejercen y predican en medio de las turbas, al ruido de los órganos, entre el humo de los inciensos; y por otra, solitarios y anacoretas, que en el yermo del estudio, con la penitencia de un trabajo incesante elevan un corazón puro y consumen una vida preciosa? Entonces estas asambleas, a su vez, obran como fieles, contribuyendo a la pompa del culto, dando incienso y doblando la rodilla ante los apóstoles de la civilización; pero proceden como casi inspiradas cuando, atravesando el desierto de la ingratitud, van a coronar a estos ungidos de la ciencia, a estos mártires de la laboriosidad, y los presentan por ellas laureados a la veneración pública, como hace hoy con Francisco de la Torre y con don Aureliano Fernández Guerra la Real Academia Española.
Voy a concluir, señores, pero no sin rogar a esta elevada corporación que, al terminar en el corriente año sus tareas, defina ya de un modo documental e inapelable la contienda presente. Ni callaré sin exhortar al nuevo académico a que continúe con ánimo su carrera; estímulos deben ser para él más poderosos que mi voz la justicia con que ha recompensado sus afanes el primer cuerpo literario de España, la benevolencia con que el público lo ha oído, la oportunidad, en fin, con que la Providencia ha puesto en sus manos testimonios irrecusables de la verdad que quería probar. Y hablo, señores, de la Providencia porque yo veo que su inmensidad rige el orden físico como el orden moral. Ella preside al eterno giro de innumerables astros como al escondido movimiento de una modesta violeta; ella guía a los inventores que, cual Colón y Newton, modifican el modo de ser de la humanidad, y a aquellos que dilucidan un punto imperceptible de la historia de la literatura. Basta a alcanzar su soberano auxilio el no vendarse los ojos con un orgulloso escepticismo, sino seguir con intención sana el camino de la verdad.
Y vosotros, señores, en fin, recibid el testimonio de mi gratitud por la indulgencia con que me habéis oído, contribuyendo con vuestro tácito asentimiento a la solemnidad de un fallo que, no la Academia, sino la historia, la razón y el sentido común tiene dictado. Pero, si al salir de este juicio, como de ordinario acontece, queréis investigar el móvil que ha impelido a cada uno de los contendientes, permitidme que os dé la clave para descubrirlo.
Nos apasionamos de los escritores y poetas como de los actores que son en la gran comedia del mundo, y cada cual gusta de arrojar al suyo favorito un ramo de las flores que tiene a mano. Si alguno puede en esto llevar ventaja a los demás, es Quevedo, por la popularidad misma de su nombre; y así es que no hay sujeto decidor y bromista que no le atribuya parte de sus agudezas y anécdotas anónimas que pasan por las más chistosas; ni se halla erudito aficionado a investigaciones curiosas que no le busque o entrevea en conspiraciones e intrigas de aquellos enmarañados tiempos. Pues bien, algo de esto acontece a tres de sus más ilustres apasionados. Tarsia, su primer biógrafo, refiriendo una desgracia que en no sé qué función ecuestre aconteció a no sé cuál jinete que calzaba las espuelas con que fue amortajado el satírico, atribuye a este, a Quevedo, señores, olor de santidad y acaso don de milagros... Es que Tarsia escribía en el tiempo de las canonizaciones y de los prodigios. Hoy corren otros vientos; vivimos en el tiempo de los diccionarios biográficos y de los libros estereotípicos, y el señor Fernández Guerra ha ofrecido al Luciano español una vida feraz y una edición correcta. Velázquez, entre uno y otro, vivió en el tiempo de la invasión de los escépticos, cuando se disputaba a los autores sus obras, a los héroes sus hazañas, a Dios mismo sus atributos. En medio de este universal saqueo halló caídas y sin dueño conocido una zampoña pastoril y una corona de mirtos, y de ellas hizo presente al asendereado señor de la Torre de Juan Abad. No culpéis, señores, a Velázquez. ¿Qué mucho que tomase el nombre de Francisco de la Torre por un disfraz, en época en que el Cid Ruy Díaz pasaba por un mito y la religión misma por un sistema planetario?