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Prensa y canon · Textos historiográficos

“Discurso leídos ante la Real Academia de la Historia. Discurso del excelentísimo señor marqués de Molins”

Autor del texto editado
Roca de Togores, Mariano, marqués de Molíns (1812-1889)
Título de la obra
El Correo de Ultramar. Parte literaria ilustrada, t. X, año 16, nº 240
Autor de la obra
Lasalle y Mélan, X. de (dir.)
Edición
París: Tip. Walder, 1857
Paginación
pp. 94-96
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Biblioteca Virtual de Prensa Histórica. (texto completo)
Información técnica
Editor: Pedro Ruiz Pérez
Encoding: Noelia Santiago López
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Córdoba, 1 julio 2024

DISCURSOS LEÍDOS ANTE LA REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA


1

Discurso del excelentísimo señor marqués de Molins


Señores, con ser artificio común en los oradores el ponderar lo desventajoso de su posición para avalorar más su desempeño, debo yo, en homenaje de verdad, decir que a ninguno otro que a mí pudierais haber elegido más obligado a juzgar con imparcialidad vuestra conducta y a participar de la gratitud del que con ella habéis favorecido. Ausente de la Academia y de la patria por efecto de vicisitudes que quiero olvidar, ni aun pude contribuir con mi humilde sufragio a la elección de que hoy juzga el público. Testigo soy, que no abogado, juez y no parte. Pero ¿de quién habéis de temer vosotros residencia, cuando el discurso mismo que acabamos de oír os disculpa, si disculpa merecieran, vuestros votos?

Encomio, sí, que cuando estas corporaciones apartan la vista de las escenas políticas, que a cada uno de sus individuos conmueven, y no van a ornar con sus laureles el triunfo de los poderosos, ni a aumentar con sus aplausos el ruido de los mal contentos, cumplen con un alto deber moral, que merece, por lo menos, consideración y respeto. Y, cuando ni aun así satisfechas, llegan a buscar en su retiro al sabio, laborioso y modesto, para interrumpir quizá la hora de su desgracia con el testimonio del público afecto, alcanzan para sí propias la estimación y alabanza, no ya meramente de los doctos, sino de todos los bien nacidos.

Así, señores académicos, habéis obrado cuando para dar sucesor a uno de vuestros compañeros, aficionado al arte dramático y distinguido en la ciencia histórica, nombrasteis a uno de los correctos autores de la Ricahembra, al concienzudo y clásico biógrafo de Quevedo, a don Aureliano Fernández Guerra y Orbe.

Si es vuestro deber, como lo publica vuestro lema, limpiar el habla y la literatura patrias de las corruptelas que el transcurso del tiempo introduce; fijar el uso y el estilo de cada voz, de cada género y de cada época; dar esplendor, en fin, a los escritores y a escuelas, ¿cuál nombramiento mejor pudierais haber hecho que este, que coloca entre vosotros al diligente crítico, que eligiendo por héroe de sus investigaciones a Quevedo ha limpiado cuidadosamente su historia personal y literaria de las manchas con que la incuria de dos siglos y la corrupción del gusto las habían afeado; ha fijado de un modo indeleble el límite entre los hechos y los escritos que le pertenecían y los que le atribuyeron primero la calumnia, luego la lisonja, últimamente la ignorancia; y viene hoy, en fin, a dar clarísimo esplendor a la dudosa existencia de unos de nuestros más clásicos maestros, el llamado bachiller Francisco de la Torre.

El señor Fernández Guerra, pues, no recibe de vosotros carta de ciudadanía en la república de las letras; a ella pertenece; en ella vive con gloria ha mucho tiempo; ni siquiera ingresa por vuestros sufragios en el noble gremio al que pertenecéis y que el tiempo ha ilustrado con aplicación incansable y con crítica bien intencionada. El hombre que, como yo os he dicho y él acaba de demostrar, limpia, fija y da esplendor a dos tan insignes maestros, como son el autor de la Bucólica del Tajo y el señor de la Torre de Juan Abad, recibe de vosotros título y no oficio de académico.

Y aquí, señores, es tiempo que os diga cómo, no habiendo tenido parte en vuestro fallo, la tomo, y muy grande, en el agradecimiento que ha inspirado. Criado yo bajo el mismo techo que el señor Guerra, el cual desde Granada, su patria, vino a recibir educación en el colegio de humanidades del señor Garriga; dirigido yo por los mismos maestros, de los cuales alguno se sienta entre nosotros; inclinado a los mismos estudios, aficionado por una rara coincidencia a los propios modelos; yo, que no he alcanzado su mérito, me hago solidario de su gratitud. Y aun de buen grado sería intérprete de sus afectos, si él con prevención más discreta, no hubiera buscado en el siglo de oro de nuestros poetas para que le sirva de patrono un personaje nuevo o, al menos, desconocido y, con todo, famosísimo, con cuyo trato íntimo el señor Guerra puede envanecerse, presentándolo luego ya sin disfraz a vosotros y a los amantes todos de la literatura y de la verdad.

Hablo, señores, del pobre soldado de Italia, confundido hasta hoy con el hidalgo escolar de Alcalá; del buen sacerdote de Torrelaguna, tenido por el cortesano licencioso del Buen Retiro; del compañero de Figueroa, suplantado por el comensal de Osuna; del alumno, digámoslo así, de Garcilaso tomado por el rival de Góngora; de Francisco de la Torre, en fin, identificado malamente con don Francisco de Quevedo Villegas.

Motivo de meditación es este muy grande, que sean menester exquisitas averiguaciones biográficas, análisis críticos profundos, datos aquí y allí penosamente recogidos, estudio, habilidad, ciencia, perseverancia, para derribar el monstruoso edificio que fácilmente levanta ya un inconsiderado celo, ya una irreflexiva aseveración, aun en daño y mengua de la verdad de los hechos, de la razón histórica y del más común sentido. ¿Qué lepra es la impostura, aun en materias literarias, que tan fácilmente se inocula y propaga y con tanta dificultad se corrige y destruye?

Como el confundir a La Torre con Quevedo se oponga a la verdad de los hechos no hay para qué me esfuerce en encarecerlo; el nuevo académico ha caracterizado de tal modo las personas de uno y otro, que no queda sombra de duda. Un argumento, sin embargo, ha apuntado como de paso, al cual me permitiréis dar mayor ensanche, ya porque es, a mi ver, el más concluyente, ya porque traerá ante nosotros un testigo de mayor excepción; testigo en verdad de humilde clase, de escasa fortuna, de vida no irreprensible; lisiado y pobre, pero de un nombre tal, que en este sitio no cede el puesto a emperadores ni a santos, y que las naciones todas nos envidian más que la antigua posesión de dos mundos: llámase comúnmente Miguel de Cervantes Saavedra.

El manco de Lepanto dio a su amada el nombre de Galatea, el mismo que adoptó La Torre en la égloga XV. El autor del Quijote introduce en el capítulo XIV, parte primera de aquel inimitable libro, una canción tan parecida a la égloga citada, que no puede ocultar el parentesco.

En una y otra un pastor quiere darse muerte, desesperado y celoso por los desdenes de su amada:

Ya que quieres que muera desamado


dice el uno,

Ya que quieres, señora, que yo muera,
injusto premio de mi fe crecida,
oye mi dolorosa voz postrera,
que, junta con el ánimo cansado,
sale perdiendo la doliente vida.


Y clama el otro:

Ya que quieres, cruel, que se publique
de lengua en lengua y de una en otra gente
del áspero rigor tuyo la fuerza,
haré que el mismo infierno comunique
al triste pecho mío un son doliente
con que el uso común de mi voz tuerza.


Luego uno y otro amador se dan por satisfechos con alguna ligera muestra de compasión en sus amadas, y dicen a porfía, el uno:

Si tu beldad del cielo soberano
de mi grave dolor enternecida,
sin el desdén altivo se mostrara,
¿qué gloria más eterna y más cumplida?


Y el otro:

Si por dicha conoces que merezco
que el cielo claro de tus bellos ojos
en mi muerte se turbe, no lo hagas,
que no quiero que en nada satisfagas
al darte de mi alma los despojos.


En fin, ambos invocan las deidades gentílicas para que les hagan el funeral acompañamiento, como era uso entre aquellos eruditos pastores que Petrarca y Tasso dieron a conocer a Boscán y Figueroa. Dice La Torre:

Vos, diosas de las aguas cristalinas,
sereno cielo, noche tenebrosa,
marinos dioses, reino sacrosanto,
Hécate de las sombras espantosa,
deidades sacrosantas y divinas,
que estáis atentas a mi grave llanto...


Y Cervantes:

Venga, que es tiempo ya, del hondo abismo
Tántalo con su sed; Sísifo venga
con el peso terrible de su canto,
Ticio traiga su buitre, y asimismo
con su rueda Egïón no se detenga,
ni las hermanas que trabajan tanto.


Toda esta procesión, señores, para, sin embargo, en diverso punto, y aquí la diferencia. La Torre no la hace llegar más que hasta la melancolía del bello siglo de Garcilaso, y dice, volviendo a los últimos versos:

Deidades sacrosantas y divinas,
que estáis atentas a mi grave llanto,
venza ya mi quebranto
la rigurosa ira
de aquella que os inspira
al contrario sujeto que procuro
por afligir mi desdichada suerte,
que, si me hacéis seguro
que gusta de mi muerte
y que en su deseada gracia muero,
dichoso yo, que alcanzo lo que quiero.


Cervantes hace durar más este extraño y mitológico entierro, hasta que los personajes que evoca alcanzan los nebulosos tiempos del culteranismo, y dice:

Y todos juntos su mortal quebranto
trasladen a mi pecho, y en voz baja,
si ya a un desesperado son debidas,
canten obsequias tristes, doloridas
al cuerpo a quien se niegue aun la mortaja.
Y el portero infernal de los tres rostros,
con otras mil deidades y mil mostros
lleven el doloroso contrapunto,
que otra pompa mejor no me parece
que la merece un amador difunto.


Así se deduce claramente la prioridad de la égloga de La Torre, aun cuando no la persuadiesen más poderosamente la mayor perfección que dio Cervantes a su obra, el plan mejor combinado, más condensado argumento, catástrofe más patética, estrofas uniformes y más pulidas; todo, en fin, menos el estilo y el gusto, que más dependen del siglo que de la pluma y que ya en Cervantes se aleja de la naturalidad de los petrarquistas y presagia la afectación de los gongorinos.

No podía ser de otra manera: no tan fácilmente ni a saltos adelanta la civilización, ni se quiebra tan aína la magnífica uniformidad con que marchan por un mismo camino y al mismo compás el poder y la lengua, los hombres y los escritos de una propia nación, dando así claridad y vigor a la que en principio llamé razón histórica.

No temáis, señores, que me extienda aquí en inoportunas y sabidas consideraciones para recordar lo que el habla y la literatura patrias pudieron conservar de la latina; cuánto la impusieron con su conquista los árabes; cómo la engalanaron con flores naturales Alonso X en medio de sus desventuras y Juan II al son de sus fiestas; de qué manera, en fin, la regalaron atavíos extraños los trovadores aragoneses, trayendo del oriente sus fábulas y de Provenza sus juegos.

Cosas son estas para los más sabidas, para otros indiferentes, para todos enojosas; son como las probanzas de nobleza o los árboles genealógicos de la musa española. Pero dejadme que os la presente ya zagala, siguiendo en Italia la suerte de un guerrero de Calatrava, galanteada a orilla del Tesino por el tierno Garcilaso de la Vega; joven y esbelta, inocente y alegre. ¡Cuán bellas son las formas; recuerdan las ideales creaciones del arte antiguo; cuán sin afeite es su atavío, cuán tierna su voz! Ella se complace en la vida del campo, y aun eso solo para buscar el amor y la alegría; párase a coger flores, que son su único adorno; a hablar de amor, que es su única pasión; a imitar el cantor de Laura, que es su mejor modelo.

Así la conocieron y la amaron Figueroa y Montemayor, Boscán y Gil Polo, Mendoza y León, ingenios dichosos que pudieron admirar juntas la virginal belleza de musa castellana y la juvenil pujanza del poder español.

El último de los citados, fray Luis de León, abarca en sí solo todo aquel brillante período de nuestra literatura y de nuestra historia.

Él pudo decir a la poesía castellana, hablándola el mismo lenguaje con que en su adolescencia la enamoraban Jorque Manrique y Santillana:

Ay, por Dios, señora bella,
mirad por vos mientras dura
esta flor graciosa y pura,
que el no gozalla es perdella,
y, pues no menos discreta
y perfeta
sois que bella y desdeñosa,
mirad que ninguna cosa
hay que a amor no esté sujeta.


Fray Luis parece que también dirige al poder conquistador de los españoles, hermano del numen impetuoso, que ya rayaba en la virilidad, aquel magnífico apóstrofe que lo retrata:

Acude, corre, vuela,
traspasa el alta sierra, ocupa el llano,
no perdones la espuela,
no des paz a la mano,
menea fulminando el hierro insano.


Y este exceso de vida y de fuerza, este ardor que no se satisface en las campestres escenas ni en los pastoriles coloquios, sino que ansía las batallas y da cima a colosales empresas; este corazón que no siente el amor con ternura, sino con arrebato, que abunda más en palabras que en sentimientos, impetuoso, grandíloco, halla un intérprete fiel en el cantor de Lepanto y de Eliodora, Fernando de Herrera. Él fija ya el dialecto poético, encumbra la entonación lírica, no atiende a los latinos para estudiarlos como alumno, sino para imitarlos como émulo. León, a mi entender, guía y acompaña nuestra poesía durante toda su mocedad; Herrera la retrata cuando ha llegado a la fuerza de la juventud; el uno la recuerda adolescente, la deja manceba; el otro la saluda y la enriquece ya matrona.

Así la alcanzó Lope de Vega, y, disfrutando largamente de todos sus tesoros, no correspondió (doloroso es decirlo) a sus favores; llevó a todos los géneros el numen de España, bien así como se extendía su poder a todas las partes de la tierra, sin aprovecharse, con todo, de ninguna. Llamábase entonces con propiedad el rey de Castilla monarca de dos mundos, y Lope de Vega, Fénix de los ingenios; era en aquel tiempo la poesía, como la civilización española, galana, caballeresca, osada, rica, aunque poco prevenida; algo jactanciosa, pero en todas partes dominante. ¡Bella y malograda edad aquella cuyas consecuencias dolorosas aún no han cesado!

Pero, si la ternura y sencillez acompañaron la adolescencia de nuestra musa, si el arrebato y la grandiosidad la guiaron en su juventud (que todo ello viene a ser un período), si la galantería, la fecundidad, el descuido caracterizan sus mejores años, ved cómo ya la reflexión, la mesura, la experiencia, el orden indican su madurez.

Cuando en cada uno de los autores citados o en otros sus contemporáneos halléis reminiscencias de tiempos pasados o preludios del estilo de épocas siguientes, pensad que en el engrane de los conocimientos, como de las generaciones, no hay solución de continuidad; entre año y año, entre estilo y estilo no hay entreacto o barreras que los deslinden. Pero, abarcada en conjunto la fisonomía de cada edad, ¿quién no distingue la niñez de la juventud, y esta de la madurez?

Aquella misma poesía, sencilla con Garcilaso, impetuosa con Herrera, pródiga con Lope, se presenta ahora artificiosamente ataviada; se mueve con lenta majestad y economiza sus caudales acompañada de los dos Argensolas. Antes, inocente zagala, gozó en el campo oyendo

El dulce lamentar de dos pastores.


Luego, cual atrevida cazadora, acompañó al denuedo español, que la decía:

Aunque mi altiva frente
no se muestra a la tuya semejante,
mas tengo amor y fuerza y osadía,
y tengo parecer de hombre valiente,
que al cazador conviene este semblante
robusto y arrogante.


Hoy, si se retira al campo, es solo para alabar en los simétricos y artificiosos pensiles de Aranjuez

Las fuentes cristalinas que, subiendo
contra su curso y natural costumbre,
están los claros aires dividiendo.


En otra edad una flor, una guirnalda eran todo el atavío de aquella poesía

dulce y sabrosa
más que la fruta de cercado ajeno,
más blanca que la leche y más hermosa
que el prado por abril de flores lleno.


Luego se ofrece a nuestro entusiasmo, desnudo el brazo que vibra la lanza, cubierto el fornido pecho con el peplo antiguo y ceñida la cabellera con el laurel de Lepanto, bien así como la victoria de un arco triunfal. Hoy se presenta ya en los saraos ataviada y compuesta con ricos aderezos y telas de brocado, ostentación de su riqueza más que se su hermosura; obra exquisita de artífices doctos, más bien que presente de inspirados amadores. En medio de la sociedad cortesana, cortesanamente crítica (copio a Quintana) “las costumbres de las mujeres perdidas, que seducen y corrompen la juventud, devoran los patrimonios y destruyen la paz de las familias, hace la censura, no solo de los diferentes estados, sino también de los modos de conseguirlos, y demuestra los peligros de la ambición y en lo que vienen a parar sus ilusiones”.

Ved aquí, señores, los caracteres de la musa en su edad madura: descontentadiza, no entusiasta; filosófica, no enamorada; abunda en sentencias más que en arrebatos, porque la guía la luz del desengaño y no el fuego de la pasión. Acomodado a la inspiración es el fuego del que se vale; aquel acento que resonó en la dulce vena de Garcilaso, que atronó en la trompa de Herrera, ahora suena severo y mesurado en la lira de los Argensolas. El primero jugaba con las fáciles silvas, el segundo inventaba las estancias rotundas, estos últimos andan al compás de los inflexibles tercetos. Allá en un tiempo era el estilo natural y florido, luego grandilocuente y figurado, ahora ya compuesto y sentencioso. ¿Es otra acaso la historia del poder español tan pujante y bello a orillas del Po y del Tesino con Carlos I y Garcilaso, tan heroico y sublime en las aguas de Lepanto con Felipe II y Herrera, tan devoto y ceremonioso, tan melancólico y preso con Felipe III en los jardines de la Isla y con Argensola en los tercetos?

¿Pero no veis, señores, en este humor desabrido, en esta frialdad glacial, en este porte mesurado anuncios de la vejez? ¡Ay!, que no son anuncios solamente, sino señales infalibles. Sucede a las letras como a las dinastías, como a las personas, que cuando despiertan pensando que la vejez llama a su umbral la encuentran sentada a la cabecera. Pensamos que nos la regala un pintor en el retrato, un menestral en el corte del vestido, y es que la hemos comprado nosotros con la frente que ha encanecido, con el talle que se ha deformado.

No hay remedio; la zagala virgen y pura de Garcilaso y de Figueroa ha envejecido; la musa impetuosa de León y de Herrera se ha debilitado; la dama riquísima de Lope ha malgastado sus tesoros; la matrona severa de los Argensolas no puede con afeites encubrir sus arrugas. El buen tiempo pasó, todo es inútil; en vano Rioja la quiere arrancar del aire nocivo de la corte; su despedida será el gemido del desengaño; en vano la llevará al campo; allí no cantará más que ruinas, y las flores mismas no la inspirarán sino pensamientos filosóficos tristes. Verá una rosa, y exclamará:

Tan cerca, tan unida
está al morir la vida,
que dudo si en sus lágrimas la aurora
muestra tu nacimiento o muerte llora.


Y en otra parte:

¿Cuál mayor dicha tuya


(dice a la arrebolera)

que el tiempo de tu edad tan veloz huya?
No es más el luengo curso de los años
que un espacioso número de daños.


Tiene razón: daños para la monarquía como para la literatura, para los versos como para las flores. Pero, lo que es peor, con la edad ha acontecido a la musa como a las mujeres hermosas: los defectillos interesantes se han tornado achaques dolorosos, y las inclinaciones, vicios. Era nuestra poesía sonora, y se hace ampulosa; era festiva, y se vuelve chocarrera; era discreta, y se torna culta; era pensadora, y se convierte en pedante. ¿Qué importa que hombres como Góngora y Quevedo, de robustas fuerzas, de vista de lince, de ágiles movimientos y, en fin, de pura intención, la quieran dar la mano? ¿Qué prestará la juventud del lazarillo, si la pobre anciana está débil y ciega y casi tullida y, lo que es peor, depravada? En ninguna parte se conoce más la caducidad de la musa castellana que en las juveniles poesías de Quevedo.

Allí, si se imita a los clásicos, no es con el respeto de alumno ni con la emulación de rival, sino con la afectación de pedagogo; si se pintan los objetos de la naturaleza, los árboles, las fuentes, no es con la sencillez juvenil y amable de Garcilaso, que enamora, ni con la calma varonil de fray Luis, que consuela; es con un espíritu desengañado y mordaz que arranca la risa; con un tendencia senil, filosófica y amarga, que desconsuela. Garcilaso es joven y pinta, fray Luis es varón y goza, Quevedo es viejo y analiza y diseca y dogmatiza.

Pues ¿qué os diré de las bellezas de otro orden, qué de los sentimientos morales, qué de la gloria humana, la cual Garcilaso mereció con una vida denodada y con una muerte heroica, pero que no nombró jamás en sus canciones? ¿De la gloria qué enalteció en líricos tonos Herrera, qué despreció el santo arrobamiento el maestro León, y qué el autor de El gran tacaño arrastra por el lodo? ¿Qué os diré de la política, no llamada hasta entonces a intervenir en nuestro Parnaso, y a cuyo servicio puso Quevedo todas las nueve musas, su ciencia y su imaginación, el cielo y el infierno? Qué os diré, en fin del amor, ese sentimiento inocente en Garcilaso, puro en Herrera, caballeresco en Lope, frío en Argensola, material, sensual, casi crapuloso en Quevedo?

Tal es, sin embargo, señores, el hombre que hizo a las letras españolas el singular beneficio de publicar por primera vez las poesías de Francisco de la Torre. Generosamente le fue pagado este favor; alguno ha llevado la gratitud hasta ceder en beneficio de Quevedo la fama toda, el nombre mismo del poeta de quien fue editor.

En este curioso litigio, que pende, señores, ante vosotros más ha de un siglo, habéis oído a dos ilustres académicos pleitear en pro de las opuestas partes: don Luis José Velázquez demandando para Quevedo la honra de las poesías que publicó; don Aureliano Fernández Guerra defendiendo como de oficio a Francisco de la Torre, casi juzgado hasta ahora en rebeldía, porque no se le había hecho comparecer, y que hoy, merced a la diligencia de su patrono, os declara en sonoros versos cuál fue su patria, su estado, su carrera y hasta sus relaciones y afectos.

No me preguntéis mi dictamen, porque a mí no me toca el oficio de ponente, sino el de relator. Yo os he retratado breve, quizá groseramente, pero con veracidad indisputable, a nuestra poesía lírica en todas sus edades; delante de vosotros, como piezas aducidas al juicio tenéis las obras de La Torre y las de Quevedo. Ved esas flores campestres aún frescas, ese estilo sencillo y cándido como la vestidura de una doncella, y decid en cuál edad ha podido ataviarse así la musa castellana; si es en la degradada época en que, dando la mano a Quevedo, recorría lupanares, penetraba en las cárceles, hablaba con retruécanos y antítesis rebuscadas y derramaba por do quiera el veneno de su corazón, corrompido a la vez y desengañado.



(Se concluirá)

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