“Discurso de acción de gracias a la Real Academia Española, leído por el señor Bretón de los Herreros. Conclusión”
- Autor del texto editado
- Bretón de los Herreros, Manuel (1796-1873)
- Título de la obra
- Álbum pintoresco universal, tomo I, 00-06-1841
- Autor de la obra
- Oliva, Francisco (dir.)
- Edición
- Barcelona:
Imprenta de Oliva,
1841
- Paginación
- pp. 549-551
Fuentes
Información técnica
Encoding: Noelia Santiago López
Discurso de acción de gracias a la Real Academia Española,leído por el señor Bretón de los Herreros
(conclusión)
1
Llenos están nuestros dramáticos antiguos de muestras como la de arriba, sobre todo en aquellas escenas que escribieron guiados por su propia inspiración y no por la ridícula vanidad de echarla de conceptistas y eruditos. Permítaseme insertar otro ejemplo más entre infinitos con que pudiera corroborar mi aserción, y será largo y de versificación más difícil que la redondilla, porque lo es a mi juicio el romance agudo, especialmente cuando se aplica a un coloquio tan animado como el que sigue, de la comedia de Rojas Lo que son las mujeres.
Entre otros pretendientes a la mano de la dengosa Serafina se presenta un don Roque, hombre frío indiferente a todo y el más apropósito para abatir el orgullo de una dama presumida. Después de saludarla con unas cortesías de amor y de varias contestaciones muy cómicas, prosigue el diálogo de esta manera:
Serafina.
Poco habláis, y compendioso
en lo que habláis, pero ¿quién
puede conseguir el premio
sin costarle el merecer.
El servir y esperar cría [5]
el mérito. ¿Vos no veis
que no merece mi amor
quien no probó mi desdén?
Eso es juzgarme posible,
señor don Roque. Idos, pues, [10]
que no quiero yo por dueño
a quien...
Don Roque.
Al punto me iré.
¿Hase un hombre de morir
porque vos no lo queréis?
Aun tanto como premiarme [15]
os debiera agradecer...
Serafina.
Finezas, no.
Don Roque.
¿Y no es fineza...
Serafina.
¿Qué?
Don Roque.
Que me desengañéis
Serafina.
Solo el que espera merece.
Don Roque.
Pues digo que esperaré, [20]
como yo os merezca luego.
Serafina.
¿Cuánto?
Don Roque.
Una hora... dos... y tres.
Serafina.
No hay quien me merezca a mí.
¿No os vais ya?
Don Roque.
(Yéndose)
Razón tenéis
¿He de andar queriendo yo [25]
a quien no me quiere bien?
Serafina.
Sois un grosero.
Don Roque.
Es verdad.
Serafina.
Sois un prolijo.
Don Roque.
También.
Serafina.
(Aparte)
¡Que se vaya y no lo siento!
No os vais. Oíd.
Don Roque.
No me iré. [30]
Serafina.
¿Yo soy hermosa?
Don Roque.
Sí sois.
Serafina.
¿Y os parece bien?
Don Roque.
Muy bien.
Serafina.
¿Y me querréis si os premiare?
Don Roque.
Como a mi vida os querré.
Serafina.
¿Seréis constante?
Don Roque.
Sí soy. [35]
Serafina.
Pues ahora que yo sé
que me queréis, idos luego.
Don Roque.
Haceisme mucha merced.
Pregunto yo ahora: ¿pudo resignarse a escribir escenas en prosa quien con tal gracia y tal desenfado las supo versificar?
Los teatros modernos, me replicarán, no carecen de buenas comedias en prosa. El sí de las niñas de Moratín, El avaro de Molière pasan por obras maestras. No seré yo quien les dispute ese título, mas, como no hay obra humana, por buena que sea, que no pudiera ser mejor, yo no dudo que una y otra valdrían más si sus autores las hubieran escrito en verso. Le festin de pierre, producción también de Molière, escrita igualmente en prosa, fue en los teatros de París la menos afortunada entre muchas imitaciones que en el siglo de Luis XIV se hicieron de nuestro Convidado de piedra. Cayó eternamente en olvido, de que eternamente se librarán Les femmes savantes, L’école des maris, L’école des femmes, Le misantrope, Le Tartuffe, todas versificadas. Le festin de pierre se reprodujo en la escena después de la muerte de aquel grande ingenio, sin otra alteración que haberse puesto en verso la prosa de Molière por Tomás Corneille, poeta de inferior categoría, y desde entonces se representa frecuentemente con aplauso. ¡Prueben a mejorar Le Tartuffe todos los escritores del mundo despojándole de la rima!
Un drama cuyo espectáculo sea imponente y suntuoso, aquel en que se agiten altos intereses públicos o se pongan en juego vehementes pasiones o recios combates entre la virtud y el crimen, puede sostenerse sin el auxilio del verso, porque lleva consigo la fábula otros alicientes, bien que ninguno tan poderoso; pero la comedia propiamente llamada así, esto es, aquella que tiene por objeto el atacar con las armas de sazonada y culta sátira ciertos vicios sociales que no entran en la esfera de los delitos, retratando caracteres y costumbres que cada día observamos, ha de ser forzosamente poco ambiciosa en sus miras, muy sencilla en sus formas y más atenta a captarse la benevolencia del espectador por la viva agudeza del diálogo y por la armonía del lenguaje que por lo ruidoso y tremendo de la acción. Sin el prestigio de la historia, sin el socorro de la maquinaria, sin el boato de numeroso y abigarrado acompañamiento, el poeta cómico queda abandonado a sí mismo y en la necesidad de ostentar todos los recursos de su imaginación que al fin propuesto sean aplicables.
¿Cómo negar que un chiste, un rasgo de carácter, una máxima importante se graban mejor en el ánimo del auditorio con el halago de la rima? Y este mismo halago ayuda a la memoria y el arte del actor, teniendo además la ventaja de no permitirle injerir, por distracción o por petulancia, palabras de su cosecha que martiricen al poeta y comprometan su reputación.
De lo que dejo apuntado y desenvolvería más latamente, a permitirlo los límites de este discurso, resulta en mi humilde concepto que la versificación podrá no ser indispensable, pero es de suma conveniencia para el drama y especialmente para la comedia.
En cuanto al metro que más convenga a este género de composiciones, tengo también la desgracia de no estar completamente de acuerdo con algunos de nuestros modernos preceptistas. Ordenan estos que las comedias se escriban precisamente en romance octosílabo, porque dicen que es el que menos se aleja de la prosa; hay quien solo admite una asonancia para el romance de todo el drama; otros permiten que en cada acto se varíe el asonante, y así se ha hecho mientras ciegamente se ha obedecido en ese punto a la autoridad de razones más especiosas que fundadas. Yo mismo, si me es lícito recordar mis imperfectos trabajos, he pagado más de una vez tributo a la costumbre establecida, pero confieso que estoy pesaroso de mi docilidad, y mi pesar no es obra del capricho, sino por convencimiento.
La lectura de los dramáticos españoles y mi propia experiencia me han hecho ver que, si bien es verdad que el romance se presta al diálogo más que otro género cualquiera de versificación, porque no suele dividirse en estrofas y porque solo consuenan las vocales de sus versos pares, también es cierto que esta media rima cuando se prolonga mucho en la misma clave se percibe más de lo que conviene y llega a fatigar con su monotonía. Eo, eo, eo..., quinientas o más veces repetido, sin tregua y siempre en lugar determinado, produce al fin un sonsonete fastidioso, y, si han de evitarse repeticiones molestas, las apalabras asonantadas, que en la primera escena se agolpan en la pluma del poeta, se hallan con pena en las siguientes, y más cuando se hace uso de romances con rima aguda u otros cuya construcción no es tan fácil como la del que acabo de insinuar. Ciertos metros de rima entera ofrecen la ventaja de variarla con frecuencia, ya que su armonía es más pronunciada. Con ellos, aunque a primera vista parezcan más difíciles, corre menos peligro el poeta de expresarse impropiamente, porque uno o dos consonantes, combinados a placer, ocurren más bien que un asonante nuevo y forzado después de cuatrocientos.
Si examinamos nuestro teatro del siglo XVII, veremos que son muchos los metros aplicables al diálogo, particularmente entre los de arte menor, y que, variados con discreción y oportunidad, dan a la comedia un atractivo que ni el romance ni otro alguno exclusivamente empleado le pueden comunicar. Hay algunos, y es ocioso el nombrarlos, que nunca o muy rara vez deben tener cabida en un drama, ya porque constan de largas y artificiosas estancias, ya porque la colocación de sus rimas y la especialidad de sus cadencias las hacen demasiado cantables. A tal escena puede convenir una clase de versos mejor que otra, y en esta materia ni es hacedero ni entra en mi propósito el fijar reglas; quede libre al estudio y al instinto poético de cada autor; pero, si se consultase mi insignificante voto sobre los metros más generalmente adaptables al drama, y sobre todo al drama cómico, diría que el romance y la redondilla, cuidando de no emplear ambos en una misma escena.
Podría acumular citas para probar que la redondilla, sobre ser más grata al oído que el romance, no le cede en flexibilidad para plegarse a toda clase de asuntos, y que no en vano se hizo tan frecuente su uso en el siglo de oro de nuestro teatro. Por no extenderme demasiado, me limitaré a copiar algunos trozos, y la academia, mucho más versada en la patria literatura que yo, el último de sus individuos por todos conceptos, conocerá que no he necesitado detenerme mucho para encontrar ejemplos.
Véase en la comedia de Alarcón La verdad sospechosa una conversación sobre asuntos de mero interés doméstico seguida en redondillas con tanta naturalidad como podría haberse hecho en prosa. Habla don Beltrán con su hijo, el embustero don García, a quien supone casado en Salamanca.
Sigue la escena II del acto III de la citada comedia.
Los sentimientos caballerescos y el tono grave y sentencioso no se amoldan menos al metro de que hablamos; Moreto lo atestigua en este diálogo entre el rey don Pedro y el hidalgo don Rodrigo afrentado por el ricohombre de Alcalá en la comedia de este título; escena muy conocida, pero tan hermosa, que no resisto al placer de leerla.
Sigue la escena III del acto II de la expresada comedia.
Las escenas de galantería, que son las más comunes en la comedia, parece que requieren más que otra alguna la voluble gentileza de la redondilla.
Sigue en comprobación una hermosa escena de Montalbánen la comedia “Cumplir con su obligación”.
Por último, señores, no hay situación, no hay afecto que los padres de nuestra escena no hayan pintado con igual maestría valiéndose de esta bella forma de versificación. Verdad es que para imitarlos se necesita ser tan poeta como ellos, y que para componer comedias en versos desabridos, escabrosos y atestados de ripios y sandeces, más vale escribirlas en prosa; mejor diré: más vale no escribir comedias.
Si quisiera también señalar ejemplos de escenas infelices por mal versificadas, desgraciadamente no me faltaría de don de tomarlos, pero muy mal visto sería, señores, que yo censurase ajenos defectos cuando he menester toda vuestra indulgencia para los míos.