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Prensa y canon

“Discurso de acción de gracias a la Real Academia Española”

Autor del texto editado
Bretón de los Herreros, Manuel (1796-1873)
Título de la obra
Álbum pintoresco universal, tomo I, 00-06-1841
Autor de la obra
Oliva, Francisco (dir.)
Edición
Barcelona: Imprenta de Oliva, 1841
Paginación
pp. 541-543
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Hemeroteca Digital Hispánica. (texto completo)
Información técnica
Editor: Pedro Ruiz Pérez
Encoding: Noelia Santiago López
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Córdoba, 10 junio 2024

BIOGRAFÍAS CONTEMPORÁNEAS

Don Manuel Bretón de los Herreros

[...]


1

Discurso de acción de gracias a la Real Academia Española,leído al tomar posesión de la plaza de socio honorarioen la sesión del día 15 de junio de 1837


Excelentísimo señor:

Si en este momento de sumo gozo, aunque de harta confusión para mí, hubiera de expresar mi voz el sentimiento que apenas podrá manifestar preparada mi tosca pluma, trémulo y balbuciente el labio no lograría articular un acento, que la gratitud, cuando es tan profunda y sincera como la mía, hace sonrojarse y enmudecer al hombre más elocuente; ¿qué será cuando la haya de mostrar quien, como yo, carece del precioso don de la palabra? Mi natural timidez habría de ser mayor en presencia de una corporación por tantos títulos respetable; la misma benevolencia con que se digna de premiar mis pobres méritos admitiéndome en su seno me cubriría de rubor, anudaría mi lengua, y aumentaría mi tribulación el recelo de parecer ingrato.

¡No plega al cielo que merezca yo jamás esa infame nota! Si incapaz de agradecimiento fuese mi corazón, digno sería yo de acabar mis días en la adversidad, cuyo aciago rostro aprendí a conocer, por dicha mía, desde la adolescencia. Por dicha mía sí, que, a haberse deslizado entre comodidades y deleites los primeros años de mi trabajada juventud, quizá no hubieran vertido tantas lágrimas mis ojos, pero tampoco me hubiera desvelado el consolador afán de ganar amigos que de buen grado las enjugasen. Hoy me cansaría ya tal vez la existencia carcomida por el hastío, humillada por el íntimo conocimiento de mi nulidad y estragada acaso por los vicios. Mi nombre sonaría apenas fuera del hogar doméstico, en algún corrillo de ahumado café y en los registros de la policía. Si totalmente no yace en triste oscuridad, ¡merced al saludable abandono en que la suerte me puso cuando pudieron serme provechosas las lecciones del mundo; merced a la precisión en que temprano me vi de beneficiar mis recursos intelectuales, bien que limitados, bien que desvalidos; merced a los consejos desinteresados y a la cordial protección de generosos amigos; merced, en fin, hasta al abatimiento y al desamparo en que ha gemido nuestra literatura! Esta última reflexión podrá parecer una paradoja, pero no lo es, ciertamente. Una vez consagrado al culto de las musas, o con bastante constancia para arrostrar las amarguras y privaciones inherentes a la profesión en España, o arrastrado tal vez por algún móvil secreto que yo no llamaré fatalidad, fueme forzoso redoblar más y más mis tareas y velar una y otra noche, supliendo con mi laboriosidad la pequeñez de mi ingenio. Así logré que el público perdonase benigno mis defectos, sea por no tomarse la molestia de examinarlos, en fuerza de ser tantos y tan frecuentes, sea porque desarmase su crítica la buena fe con que en obsequio suyo pulsaba yo incesante mi ruda lira, cuando otras mucho más doctas callaban desdeñosas o desalentadas.

Esta infatigable laboriosidad, con la cual suele adquirí reputación de afluente o inspirado poeta el que en realidad no es ni lo uno ni lo otro, es sin duda, señores, la cualidad que habéis querido recompensar en mí. Yo, a lo menos, solo de ella osaré blasonar como literato, porque sería demasiado petulante si llamase ciencia a mis cortos conocimientos, y genio creador a mi perseverancia en el trabajo.

Temblaría, por lo mismo, al considerar que la constante práctica del insigne cuerpo que me ha favorecido con sus sufragios me impone el arduo deber de anunciarme disertando sobre algún punto literario, pues, aun eligiendo el que esté más a mis alcances, mi desaliñado discurso ha de revelar desde luego mi falta de criterio y erudición. Me anima, empero, la indulgencia que ya me ha dispensado esta sabia corporación y que seguramente no negará a una tarea nueva para mí. Por otra parte, yo estoy lejos de presumir que la Academia haya menester el auxilio de mis pocas luces; al contrario: vengo a saludarla codicioso de sus consejos, y en prueba de que los necesito y cordialmente los imploro, perdonadme, señores, que os ofrezca este bosquejo.

Expondré mis ideas acerca de si es necesario o no el ornato de la versificación para los dramas, especialmente para la comedia, y discurriré sobre los metros que más se adaptan a este género de poemas. Protesto que escribo con desconfianza del acierto, y, por tanto, será breve mi discurso. Tenga siquiera esta recomendación.

Yo creo, señores, que los dramas se deben escribir en verso. Así lo hicieron los poetas griegos y romanos de cuyas obras escénicas se tiene noticia. En verso vieron la luz pública los primeros ensayos de nuestros dramáticos de la edad media. El gran Cervantes, mejor prosista que versificador, no juzgó conveniente, sin embargo, el privar de la rima a sus producciones dramáticas; tampoco renunciaron a ella Lope de Vega, Calderón, Tirso de Molina ni ninguno, en fin, de los célebres escritores que dieron tanto esplendor a la escena española; igual práctica siguieron los autores de segundo orden que la abastecieron después. Hasta los últimos años del siglo anterior no vieron dramas en prosa nuestros teatros, a excepción de algunos entremeses de Lope de Rueda, cuyo sistema de dialogar en prosa para entretener al público no tuvo otros imitadores que Juan de Timoneda, Alonso de la Vega y algún erudito traductor de Séneca o de Terencio.

Recordando Moratín en sus Orígenes del teatro español los diálogos prosaicos de Lope de Rueda, se lamenta de que nuestros autores dramáticos no acertaran a seguir este nuevo camino. Yo tengo en mucha estima los ensayos de aquel discreto sevillano, a quien podemos considerar como el fundador de nuestra escena, y venero como es justo la opinión del que en nuestros días la restauró, purgándola, con la doctrina y el ejemplo, de la torpe semilla que desde ella prodigaron los Zavalas y los Comellas. Creo, no obstante, que el dictamen de un Calderón, de un Rojas, de un Moreto y de tantos otros esclarecidos ingenios no es de menos peso y autoridad. Si con sus diálogos en prosa pretendió Rueda establecer una escuela, lo cual es para mí muy dudoso, ¿quién no aplaudirá una defección que ha producido dramas como El desdén con el desdén, García del Castañar y La dama duende ? Algunos aislados ejemplos, pocos de ellos felices, no han de prevalecer contra la práctica de más de tres siglos, atestiguada con tantos millares de comedias, cuya versificación, casi siempre fluida y amena, no embarazó por cierto a sus autores para dar a los diálogos movimientos y soltura; que, si muchas veces prestaban a los interlocutores un lenguaje poco conveniente a su carácter, a su estado y a sus intereses, no lo hicieron constreñidos por el imperio de la rima; culpa fue de la manía culterana, que llegó a cundir demasiado, y de la facilidad con que aquellos mimados poetas, seguros del aura popular, se abandonaban a la lozanía de su imaginación.

Pero me dirán que, si el teatro debe ser una imitación de la vida, aquel drama cuya distribución, cuya estructura, cuyo lenguaje se aproximen más a la verdad será sin duda el mejor. Con efecto, la verosimilitud es la primera regla, no solo para esta clase de poemas, sino para todas las artes de imitación; negar este axioma sería una herejía literaria, pero la verosimilitud teatral ha de tener ciertos límites, como todo lo humano. Nunca se propuso, ni puede proponerse un autor dramático trasladar a la escena las catástrofes de la edad pasada o los vicios de la presente tales como la historia los cuenta y la observación los aprende. El talento y el buen gusto hallan medios de embellecer la misma verdad sin desfigurarla; no es poeta quien no acierta a hacerlo así; la conveniencia social lo exige, el público ilustrado lo agradece. La misma prosa empleada en una comedia no carece de artificio; no es el lenguaje que usa el hombre en su casa, en su oficina, entre sus deudos y amigos. No se habla comúnmente con el despejo y la corrección que el autor atribuye a los personajes de su drama; y, aunque así fuera, queda todavía mucho que delimitar en la imitación escénica: la decoración, que no puede ser exacta; el figurar que es de día cuando es de noche; los entreactos, los apartes, los monólogos, etc.

Si es forzoso, pues, renunciar a una imitación perfecta; si el espectador hace al poeta tácitamente ciertas concesiones en gracia del placer que aquel le promete, ¿le negará la que mayor recreación ha de causarle? Si tolera que un alemán hable castizamente la lengua de Cervantes, ¿no consentirá con menos repugnancia que el avaro y celoso don Roque de Urrutia cuente sus cuitas y debilidades al malicioso Muñoz en verso castellano?

El oído del público, y más de un público español, se habitúa muy pronto y de muy buena voluntad al encanto de la versificación, y cuando la rima cuadra sin violencia con los pensamientos del autor la ilusión llega a ser completa. No se concibe mientras está alzado el telón que puedan los hombres hablar de otro modo. Porque conviene advertir que, si bien no excluye el drama en algunos casos el lujo de dicción y de imágenes que exigen otras composiciones poéticas, la fluidez hermanada a la naturalidad, la precisión y el desembarazo en la frase, la oportunidad en una réplica y esa donosa facilidad que ni se explica ni se aprende, esa magia singular que en una pluma cómica forma con expresiones prosaicas un conjunto grato y armonioso que embellece, que poetiza, por decirlo así, los más vulgares conceptos; he aquí la verdadera poesía dramática, y una poesía más difícil de lo que generalmente se cree, aunque dista y debe distar muy poco del prosaísmo.

Recuerdo unos versos de Lope de Vega en su comedia Si no vieran las mujeres, que a mi juicio pueden citarse como modelo de elocuencia cómica.

Tristán, criado de Federico, viene de ver a la dama de su señor, que le llora ausente. “¡Cómo!” exclama al saberlo Federico, y Tristán le responde:

Por ser cosa fría
esto de las perlas ya,
que aun el mar del Sur está
cansado de las que cría

no digo que las lloró,
digo que lágrimas vi;
tú allá sabrás para ti
si fueron perlas o no.


Nótese que en estos versos no hay ninguna figura brillante, ningún epíteto enfático, ningún artificio en la colocación de las palabras. Si Lope hubiera querido expresar su idea en prosa, no hubiera podido producirse con más lisura. Las rimas son tan adecuadas, tan espontáneas, que así como otro las hubiera buscado con fatiga para decir lo mismo el Fénix de nuestros ingenios hubiera sudado para excluirlas. Pues precisamente consiste en esto el mérito de las redondillas citadas; en que sus versos hubieron de formarse simultáneamente en el cerebro del poeta con más rapidez que puede escribirlos su pluma, y tan perfectos en su línea, que es imposible mejorarlos. Prosa rimada exclamará algún pedante al leerlos, pero yo le responderé que semejante prosa nada tiene de común con la que monsieur Jourdain vació sin saberlo por espacio de cuarenta años, y que solo es dado a un buen poeta el rimar prosa de esta suerte.



(Se continuará)

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