Prensa y canon · Textos historiográficos
“VARIEDADES. Concluye el artículo sobre la Historia de la literatura española en alemán por Bouterwek, traducida al castellano y adicionada por don José Gómez de la Cortina y don Nicolás Hugalde y Mollinedo”
- Autor del texto editado
- Reinoso, Félix José]
- Título de la obra
- Gaceta de Bayona. Periódico político, literario e industrial, nº 112, 26/10/1829
- Autor de la obra
- Lista, Alberto (dir.)
- Edición
- Bayona:
Imprenta de Duchart-Fauvet, impresor del rey,
1829
- Paginación
- pp. 2-3
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Hemeroteca Digital Hispánica. (texto completo)
Información técnica
Editor: Pedro Ruiz Pérez
Encoding: Noelia Santiago López
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Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Córdoba, 3 junio 2024
VARIEDADES
Concluye el artículo sobre la “Historia de la literatura española” en alemán por Bouterwek, traducida al castellano y adicionada por don José Gómez de la Cortina y don Nicolás Hugalde y Mollinedo
No conociendo el original, la hemos juzgado en la versión castellana, que suponemos fiel, por el concepto debido a los traductores. La dicción de estos muestra facilidad y pureza, y es lástima que en ella se tropiecen algunos descuidos. Al fin del prólogo, hablando de la utilidad que traería la traducción de toda la historia literaria, de que es una sección la presente, “¿Quién, dicen, no olvidará ridículas y esclusivas pretensiones nacionales..., ni se atreverá a negar el copioso fruto que pudieran conseguir los españoles del conocimiento y estudio de tan bellos modelos?” La segunda negación ni contradice el pensamiento de los escritores. Póngase en su lugar no, a la cual equivale y sustituye en el segundo miembro, y aparecerá el sentido trocado a los ojos menos perspicaces. ¿Quién no se atreverá a negar el copioso fruto? Ciertamente no es esto lo que se ha querido decir. Las negaciones no y ni preguntando espresan el deseo o la esperanza de que se afirme o se haga lo que se pregunta. En la primer parte de aquel período da la negación a entender que se olvidarán las ridículas pretensiones; en la segunda, que se negará el fruto de conocer los modelos estranjeros. Estas locuciones espurias: alguno que otro, una que otra, se hallan usadas con frecuencia. La introducción reciente de la partícula que en semejantes espresiones es absurda en la construcción, inútil al sentido, ingrata para la armonía y desautorizada absolutamente. Solo recordamos un autor apreciable de nuestros días que haya cometido este solecismo, pero su ejemplo debe hacer más cautos a los escritores, para no dejarse contagiar de las corrupciones vulgares del idioma.
Omitiendo algún otro reparo que la traducción nos ofrece, solo notaremos una alteración hecha en el testo contra la intención manifiesta del autor. Hablando de La Celestina celebra la naturalidad y facilidad de su diálogo, principalmente en el primer acto, que es del autor desconocido y aventaja a los demás; y cita en seguida y confirmación de estas palabras un pasaje de aquel drama, que precisamente debió ser del acto primero, en que elogia esas dotes con preferencia. Pero los traductores sustituyen en esta cita del original otro pasaje del acto XII, que pertenece al continuador, como todos, menos el primero, por parecerles más propio para probar lo que afirma. ¿Mas cómo se prueba que el primer acto es más fácil y natural con ejemplo de naturalidad y facilidad en los otros? Si los traductores creyeron, no sin razón, que el continuador no cede en el diálogo al autor del acto primero, debiéronlo manifestar en nota distinta, sin destruir, queriendo mejorarla, la prueba alegada por Bouterwek.
Las notas de los traductores, en que tal vez se corrige alguna equivocación en los hechos, son generalmente ampliaciones del testo y ejemplos numerosos en confirmación de su doctrina. Hay en ellas noticias curiosas e importantes, debidas a la diligencia de los traductores, las cuales designamos ya en el mencionado anuncio que trasladamos de su prospecto; las demás son pasajes tomados de Velázquez, Sarmiento, Sánchez y varios otros, algunos modernos, que hablaron de paso o a propósito de nuestra antigua poesía. Nosotros, reconociendo el mérito de esta compilación de noticias diseminadas, quisiéramos hallar más reflexiones filosóficas, que, aplicadas oportunamente, sirven más para la instrucción que los hechos desnudos y que, según se ha mostrado, necesita la historia de Bouterwek. Es muy disculpable que se equivoque en sus juicios un estranjero, calificando las antiguas composiciones en una lengua cuyo primer estado y variaciones sucesivas no puede conocer a fondo ni sentir como un escritor nacional, pero es necesario, al traducirse en el idioma y para la nación de que se trata, corregir sus juicios equivocados.
Alguna vez lo intentan los traductores, no con mucha felicidad. De las canciones cortas que se conservan en el cancionero dice el autor que eran entre los españoles del siglo XV lo que el epigrama entre los griegos y el madrigal entre los italianos y franceses. Los traductores contradicen esta comparación, que es muy exacta, porque el epigrama o inscripción de los griegos era una composición breve, con sencillez y gracia nativa, sobre cualquier asunto, como entre los modernos lo es el madrigal en materia de amor y como eran en el siglo XV las canciones de doce o pocos más versos. Creyendo, al parecer, que la agudeza constituía el epigrama entre los griegos como entre las naciones modernas, dicen los traductores que en vano se buscará este en aquellas canciones, que en la mayor parte son puramente amorosas. ¿Y no son amorosos muchos epigramas de la antología? Ellos mismos han dicho pocas líneas antes que una canción de amor puede ser epigramática. Añaden luego, entre otras inexactitudes de esta enredada nota: “El epigrama tiene un aspecto que jamás se oculta...; nuestras antiguas canciones siguen un rumbo tan opuesto, que en pocas de ellas se conoce el fin por el principio”. Esta idea del epigrama es equivocada del todo, mucho más respecto de los modernos, a quienes parece que tenían principalmente a la vista. Frecuentemente todo el artificio de nuestros epigramas consiste en ocultar el fin y sorprehender con un pensamiento inesperado.
Llevados los traductores de la misma pasión a los romances que el historiador original, dedicaron sus más desgraciados momentos a una larga nota para amplificar las alabanzas de esta composición y acometer con todo género de armas a quien no diga que es la maravilla de nuestro parnaso. “El romance en verso octosílabo puede emplearse en composiciones amorosas, festivas, jocosas, burlescas y aun serias, sobre asuntos que no pidan un tono muy elevado, pero no en composiciones graves, majestuosas y sublimes... Jamás sonarán bien en romancillo octosilábico un himno, una oda heroica y, mucho menos, una epopeya. A esta máxima del arte de hablar del señor Hermosilla, que sirve de testo para el estudio de las humanidades en España, se reducen todos los privilegios y esepciones de los romances. Los hay bellísimos (¿quién lo ha negado jamás?) en materias floridas y galantes, en que basta un lenguaje rico y natural, una media tinta amable y suave, y aquella facilidad, aquella frescura propias de una carácter original; mas no pueden tener el aparato y elevación de las odas de León, Herrera y Rioja. Es bien conocido el original de estas palabras, que trasladan largamente los traductores, sin abandonarle hasta el punto en que añade su ilustrado autor que el gusto de los romances influyó para descorregir y desaliñar la poesía. Este metro es el más cercano a la prosa; le forman hasta los muchachos de escuela; es menester cuidar mucho de evitarle cuando se escribe, porque se desliza de la pluma sin advertirlo; y ese prosaísmo esencial, que le constituye el más propio para la comedia de cuantos se conocen en Europa, es, por lo mismo, el que lo hace menos idóneo para las composiciones sublimes. Las recibirá, si se colocan en él, como se presentaban, mal de su grado, los endecasílabos a nuestros antiguos entremeses, pero jamás con su sencilla canturía, con su uniforme compás y cadencia, sin variedad determinada de acentos, sin cesura ni reposo conocido, sino en los finales, sin mudanza de combinaciones; jamás añadirá grandisonancia ni elevación a las que tengan de suyo la dicción y estilo de la obra, como añade ligereza y gracia al estilo de las composiciones amenas. Por eso en España nunca han sido clásicos los romances, como el mismo Bouterwek confiesa, a disgusto de sus intérpretes, y pudiera añadir que ni se han cultivado en la edad clásica de nuestra poesía, ni será clásica nunca la edad en que predominen los romances. Su frecuente uso desentonará siempre la poesía sublime, y su facilidad allanará los penetrales de las musas a la muchedumbre. El epíteto de clásicas se da las obras que ocupan el primer orden en las artes; el más escelente miniaturista no será reputado entre los pintores clásicos.
Los traductores, sin poder combatir estas verdades, acumulan panegíricos del romance que no las contradicen. Y, después de copiar largos trozos de los señores Quintana y Martínez de la Rosa, añaden como autoridad superior unas palabras de Lope de Vega, que hubieron de hallar en las anotaciones a la Poética del último. Si el negocio hubiera de decidirse por autoridades y no por razón, ¿qué peso añadiría el voto de Lope al de los humanistas filósofos que he citado antes? ¿Ignoran los traductores que en la edad de Lope aún no había nacido este espíritu de análisis que examina y aprecia las cosas en sí mismas? ¿Qué Lope, si fue el poeta más generosamente dotado por la naturaleza, ha sido también el que más se estravió en todas sus obras? Cuando ponderan su capacidad para escribir sobre el arte ¿se olvidan del nuevo arte de hacer comedias, que es un compendio de delirios? Bastarían, si no hubiese otras pruebas de su poco discernimiento, las mal forjadas cláusulas que insertan de él los traductores, en las cuales da por grande razón para privilegiar los romances que él es español y en nuestro idioma es natural este género. Quien escribió en quintillas la vida de san Isidro debía decir que el romance es capaz de proseguir toda grave acción de numeroso poema. Benegasi hubiera dicho otro tanto de las seguidillas.
Quisiéramos levantar aquí la pluma, si objetos más sagrados que la poesía no hubiesen de condenar nuestro disimulo. Callaríamos el injusto vilipendio con que se trata en esa misma nota la apreciable obra de uno de nuestros literatos más acreditados, único libro en nuestra lengua sobre la enseñanza para escribir en prosa y verso, si se esceptúan los brevísimos principios de don Francisco Sánchez. Nos desentenderíamos del infundado título de rapsoda con que, olvidados de la significación de esta palabra, le apodan unos traductores que en sus adiciones confiesan ellos mismos no ser casi más que meros compiladores de lo que han dicho otros. No hablaríamos del agravio con que lo escluyen del catálogo de los escritos sobre poética, donde cupieron cuantos folletos enumeró Velázquez, hasta el arte inmundo de Rengifo. Tolérense, si se quiere, estas vengancillas a una cólera cuyo principio se desconoce, si ya no puede tanto el entusiasmo romancesco. ¿Pero cómo guardar silencio cuando el pundonor literario, la decencia pública, la moral universal son ofendidos en sus más caros y esenciales fundamentos? Persuádanse los traductores una vez de que no son el medio de acreditarse en los principios de su carrera las invectivas personales con que otros más ejercitados, tocando ya en el término, han cubierto de oprobio sus canas. Si tales insultos satisfacen las pasioncillas ruines de algunos y entretienen por un momento la maledicencia, se atraen siempre la desaprobación de los hombres justos e imparciales del tiempo y el menos precio de la posteridad.
La historia de Bouterwek es un libro mal construido en su original. El escritor debe incluir en el cuerpo de su obra las esplanaciones necesarias de su argumento y citar ligeramente al pie algún lugar estraño o advertencia que no pueda omitirse ni entrar en el contesto sin interrumpir la narración o discurso. Solo se dejan para el fin cuando son necesarios largos documentos, que se colocan por apéndice; en amplificaciones de la misma materia, que son una parte de la obra, no se permite esa incómoda separación; un autor, dueño de estenderse cuanto le convenga, no se comenta a sí mismo. Tendrían disculpa esas ilustraciones en un poema didáctico, porque la poesía no sufre en ningún género los pormenores de la prosa. Bouterwek no lo ha hecho así. A un breve narración, que hubiera amenizado sembrándola de algunos ejemplos breves también (pues su obra no es una colección de poesías), ha sobrecargado 113 notas, que se ponen luego por separado. Este defecto, que él pudo precaver, no podían evitarle en sus adiciones los traductores, y el embarazo suscitado ya por la desmembración que el autor hace con sus citas y la intercalación que el lector debe hacer crece a lo sumo con las nuevas anotaciones. Baste saber que la parte de historia llena solo 56 páginas de letra gruesa, y que las notas del original y de la versión, que les esceden más de tres tantos, ocupan de letra muy menuda 217; que el testo se halla empedrado con esta multitud y duplicidad de remisiones, de las cuales estas se refieran a una sección, aquellas a otra distinta del libro; que las notas no forman, como debieran por lo menos, un comentario o cuerpo de doctrina seguida que pueda leerse por sí solo, si no están generalmente tan ligadas al testo, que no se pueden entender ni aun saber muchas veces el autor o la obra a que se refieren sin tenerle a la vista y recorrer al mismo tiempo todas las fracciones de este volumen tripartito. En este incesante ir y venir de una parte a otra, si todo se ha de leer con inteligencia, el lector no tiene guía que le conduzca. Ignora la página en que se halla cada nota, cuya llamada se hace por un número o letra puestos al principio de ella dentro de la plana, siendo muchas notas larguísimas, pues alguna de los traductores pasa de 25 folios; vaga de una en otra parte desalumbrado y pasa muchas hojas sin tropezar llamada alguna que le sirva de derrotero en este piélago para conocer de qué lado cae y si está cerca o lejos lo que busca. Y por fin de este fatigoso viaje suele hallarse, especialmente en las notas del original, con una apostilla de media línea en que se le dice que nota la armonía de un período inserto en el contesto principal. Si un libro debe facilitar cuanto sea posible su lectura, pocos se hallarán que hayan cumplido menos con este deber.
Esta obra es útil, sin embargo, a nuestra literatura. En la parte original hay por lo común buen juicio y conocimiento de la materia; en las adiciones hay copiosa y muy escogida erudición.