Prensa y canon · Textos historiográficos
“Continúa el artículo sobre la Historia de la literatura española de Bouterwek”
- Autor del texto editado
- Reinoso, Félix José]
- Título de la obra
- Gaceta de Bayona. Periódico político, literario e industrial, nº 113, 30/10/1829
- Autor de la obra
- Lista, Alberto (dir.)
- Edición
- Bayona:
Imprenta de Duchart-Fauvet, impresor del rey,
1829
- Paginación
- pp. 3-4
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Hemeroteca Digital Hispánica. (texto completo)
Información técnica
Editor: Pedro Ruiz Pérez
Encoding: Noelia Santiago López
Encoding: Noelia Santiago López
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Córdoba, 3 junio 2024
VARIEDADES
Continúa el artículo sobre la “Historia de la literatura española” de Bouterwek
Pero las calificaciones inexactas de los hechos o de las obras son más importantes que esas otras equivocaciones. El Poema del Cid, al que solo concede el título de crónica en verso, no carece, a pesar de su rusticidad, de miras poéticas en el uso frecuente del diálogo, en sus descripciones y en la viva pintura de algunos combates, como el señor Quintana observa justamente en su prólogo a las Poesías selectas, y como se muestra desde los primeros versos que existen de aquella obra:
De los sos oios tan fuerte mientre lorando,
tornaba la cabeza e estabalos catando.
Esto no es escribir una crónica, sino pintar; y eso basta para que se mire aquel escrito como un primer aliento de la poesía.
Tampoco quiere reconocer a Alonso X como poeta, en cuyas obras, dice, no se descubre el más ligero rasgo de poesía. Más, atribuyéndole, como le atribuye, las coplas mencionadas, ¿la armonía y cadencia de su metro, incomparables con la pesadez monótona de los alejandrinos usados entonces, la corriente y elegancia de su dicción, el estilo y tono elegiaco de los versos de sus Querellas nada valen en la ruda poesía del siglo XIII? La razón más fuerte de haberse dudado por algunos que sean obra de aquel rey estas coplas y las del tesoro es la inmensa superioridad de ellas sobre todos los versos de aquel siglo y del siguiente.
La infancia de nuestra poesía, en que no se oyeron otros sones tan bien formados, terminó con el siglo XIV; a entrada del otro da principio su adolescencia bajo el reinado de Juan II, en que levantó su voz con mejores tonos, con otro espíritu y designios. Esta nueva edad de la poesía española ha sido generalmente señalada por los literatos, como confiesa Bouterwek, quien no quiere, sin embargo, considerarla como una nueva época, sino como perfección de la antigua. Pero el Laberinto de Juan de Mena ¿no es obra de un género desconocido por los poetas anteriores? ¿Puede mirarse como una perfección en la misma línea de los poemas del Cid y de Alejandro o de los escritos de Berceo? Invención, plan, metro, lenguaje, todo es de nueva creación. Otro genio, otras miras, otra inteligencia se muestra en todas las partes de la poesía. Aunque solo hubiese la gran mudanza de metro y el intento de crear un habla poética, bastaría para fijar una nueva era, distinta de la precedente; la introducción de nuevos instrumentos forma en las artes una revolución. Bouterwek, sin dar el valor debido a esta mudanza, llama ficción tan fría como ridícula a la fábula del Laberinto, en que el poeta, conducido por la Providencia que se le aparece, canta las vicisitudes de la fortuna humana, simbolizada por tres grandes ruedas del tiempo, pasado, presente y futuro, en que se muestran los personajes y acciones ilustres de los dos primeros, entreviéndose solo por un velo la que representa lo por venir. Ficción magnífica, atendiendo las ideas y gusto alegórico de la edad, que hubiera dado mayor gloria a su autor si no hubiese tenido un modelo en el Dante. ¿Qué dirá de las visiones de este el historiador? Juan de Mena, el más agraviado de todos en su pluma, es el más instruido y filósofo y el de más genio y elocuencia de todos nuestros poetas antiguos; su obra es el más grandioso monumento de la poesía y del saber español antes del siglo XVI. Pero el historiador germano suele olvidarse de la época de que habla y o no reconocer el mérito respectivo de los escritores o imputarles particularmente los defectos generales del tiempo. Sin embargo, dice, de escribir los nobles las crónicas en España, no llevan ventaja a las escritas por frailes en otras partes, sino en el escogimiento de la dicción y no en la floridez del estilo y enlace y deducción de los hechos. Poco después añade que la literatura española de aquel tiempo no es tan fecunda en producciones de la crítica. ¿Pero dónde en aquel tiempo prosperaba ese arte y discernimiento filosófico?
Cuanto el autor rebaja a los antiguos poemas del mérito respectivo a su tiempo tanto prodiga de valor y de anterioridad a los romances, sin alegar ni existir algún testimonio de esta singular preferencia. La historia debe principiar desde los tiempos conocidos y fundarse en hechos auténticos; la de los versos castellanos no puede subir más arriba del Poema del Cid, porque no se conservan otros más antiguos. Así se ha creído generalmente que los alejandrinos de catorce sílabas fueron los primeros versos en castellano, como Velázquez asegura en sus Orígenes de la poesía, y como ya indicó a la mitad del siglo XV el marqués de Santillana en su Proemio al condestable de Portugal, que es el monumento más antiguo de la historia de nuestra poesía, diciendo que entre nosotros usose primeramente el metro, de que cita obras escritas en alejandrinos. Sin duda antes de los que se conservan hubo otros versos, que se perdieron, porque la poesía y la música han nacido con los pueblos en todas partes, y podrá permitirse a un historiador la conjetura de que fuesen más cortos para acomodarlos al canto. ¿Pero sabemos cuál era el canto popular de los antiguos españoles, ni si se avenía bien con los versos largos, cuando es de creer que todos los versos se han cantado, y todavía se cantan las octavas del Taso por los gondoleros de Venecia? ¿Y en qué lengua se compusieron esos versos que no existen? ¿En portugués o en el dialecto gallego, que tantas pretensiones tiene a la antigüedad en las cantigas vulgares que en toda Castilla se componían? ¿En la lengua arábiga que los españoles no mucho después de la invasión de los moros recibieron y perdieron la propia, como dice Aldrete? Y, dado que fuesen castellanos y que fuesen cortos, ¿no pudieron tener otra mensura que la de ocho sílabas? Aun concedido todo a placer, ¿basta el octosílabo castellano para constituir el romance, que solo se forma por una serie de coplas con asonancia igual en los versos pares, y en su primitiva rudeza con rima rigurosa?
Bouterwek salta por tantas dificultades y, dándolo todo por hecho, sienta como indudable desde la cuarta línea que los primeros acentos de la poesía castellana “fueron romances y canciones populares”. Ninguno de los ejemplos que cita en sus notas manifiesta ser anterior al siglo XV; uno solo, añadido por los traductores, en que se encuentran algunas voces más antiguas o gallegas, inspira desconfianza por su estilo y sus antítesis 1 y por el uso frecuente del asonante, que es muy posterior, y pudo componerse por imitación en tiempo más reciente, como en nuestros días se ha escrito alguno en lenguaje todavía más anticuado. El historiador, para ensanchar más la dominación romancesca, dice que Alfonso XI prefirió el metro fácil de los romances para la crónica que le atribuye, la cual no está escrita en romance, sino en redondillas; los confunde a veces con los cantares y decires y con las asaz buenas canciones, que dice el marqués de Santillana compuestas por su abuelo; y parece indicar que los del romancero del Cid se cantaban en tiempo de aquel héroe, aunque no alcancen al siglo XII en el estado en que se conservan 2 , pensamiento que los traductores aclaran más en una nota, atribuyendo la reforma de su lenguaje, que no podía entonces perpetuarse por la imprenta, a que los pueblos lo acomodaban al suyo en cada época, cuando los cantaban. Difícilmente se persuadirán de esta opinión los que lean los romances del Cid con inteligencia. No solo sería necesario haber mudado el primer lenguaje instable y balbuciente en una dicción ya formada y correcta; no solo haber sustituido la asonancia a la rima, sino haber variado todo su giro y artificio, toda la planta y estilo de la obra; en una palabra, haberlos fabricado de nuevo, y esta no es cosa que se hace por el pueblo ni sucesivamente. Rejuvenézcase el lenguaje de cualquiera de las obras publicadas por don Tomás Sánchez: su estructura, sus pensamientos, su estilo, su poesía, en fin, siempre conservarán el carácter de su primitiva rusticidad.
Esta predilección del autor hacia los romances, que le hace remontarlos a un tiempo que no se puede acreditar, le impele también a traspasar los límites de la época de que trata y examinar los romanceros publicados en el siglo XVII, cuya mayor parte, y sin disputa la mejor, corresponde al que le precedió y aun al mismo en que se imprimieron. Queriendo justificar los elogios que les prodiga, fue necesario anticipar los tiempos y buscar donde quiera que se hallasen composiciones que los merecieran. Mas, dejando esos otros recientes, en cuya perfección influyó sin duda el nuevo gusto y colorido adoptado a principios del siglo XVI, es necesario confesar que los romances anteriores, menos en número de los que cree Bouterwek, no ofrecían materia para llevarse su primera atención en esta parte de la historia, para ocupar tanto lugar y merecer en ella recuerdos incesantes, para recibir los más encarecidos encomios. El que tanta severidad ha usado con el Laberinto de Mena, el que en los versos mayores de Alonso el Sabio y en el Poema del Cid no descubre rastros de poesía ¿cómo ha podido ser tan indulgente con estas producciones irregulares de un siglo de ignorancia, como a su despecho las llama alguna vez, y encontrar poesía y fijar el origen de ella en romances que no ha visto ni se conservan, ni probablemente se compusieron jamás? ¿Puede creerse que estas piececillas vulgares, si fueron tales en tiempos más antiguos y, por consiguiente, más rudos, tendrían más arte y espíritu poético que una obra estensa, escrita para lectores instruidos, con plan más meditado, con más esfuerzo y aplicación que los breves cantos del pueblo? El marqués de Santillana, testigo de mayor escepción por su inteligencia y harto más fidedigno que el historiador alemán, porque escribía en la misma época de que se trata, divide en el Proemio citado la poesía castellana en tres grados, que llama sublime, mediocre e ínfimo; y, después de hablar de los poetas que habían cultivado los dos primeros, añade: “Ínfimos son aquellos que, sin ningún orden, regla ni cuento, facen estos romances e cantares, de que la gente baja e de servil condición se alegra”. La historia de Bouterwek, de cuya traducción nos felicitamos, necesita de algunas anotaciones históricas para corregir las equivocaciones de hechos, y de muchas más, críticas y filosóficas, para rectificar la inexactitud no infrecuente de sus juicios.
(Se continuará)