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Prensa y canon

“De la dicción de Lope de Vega”

Autor del texto editado
Sin firma
Título de la obra
Gaceta de Bayona. Periódico político, literario e industrial, nº 101, 18/09/1829
Autor de la obra
Lista, Alberto (dir.)
Edición
Bayona: Imprenta de Duhart-Fauvet, impresor del rey, 1829
Paginación
p. 3
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Hemeroteca Digital Hispánica. (texto completo)
Información técnica
Editor: Pedro Ruiz Pérez
Encoding: Noelia Santiago López
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Córdoba, 27 mayo 2024

VARIEDADES

De la dicción de Lope de Vega


En el número 26 de este periódico insertamos un artículo acerca del lenguaje poético de los españoles, en el cual caracterizamos la dicción de Lope de Vega de trivial, prosaica y desaliñada; y, a pesar de estos defectos, no dudamos colocar este poeta entre aquellos con cuyo idioma se contentan nuestras musas, aunque en el último lugar. Se nos ha pedido razón de esta contradicción aparente en otro artículo remitido, que insertamos en nuestro número 39; y, habiendo ya hablado de Lope de Vega considerado como autor dramático, y del nuevo sistema que introdujo en el teatro español, justo es que salvemos aquella antilogía, dando al mismo tiempo una idea más estensa del mérito de Lope en cuanto a las calidades y vicios de su elocución.

En el mismo artículo del número 26 en que censuramos, a nuestro parecer con justicia, los defectos de su lenguaje poético en contraposición del de Herrera y la escuela sevillana, dijimos que hizo admirar los rasgos de un genio, ya delicado, ya sublime, y atribuimos a su peligrosa facilidad la trivialidad y desaliño de su lenguaje. En efecto, Lope ni se paró, ni corrigió nunca; y no es necesario recurrir a los manuscritos autógrafos que aún se conservan de él, en los cuales no se encuentra un borrón, para conocer que jamás empleó la lima; basta observar el inmenso número de sus composiciones, la prisa con que las hacía y, más que todo, la corriente siempre fácil y casi siempre armoniosa de sus versos, que, unida a las frecuentísimas incorrecciones, indica el hábito de hacerlos y la incuria de corregirlos. Poseía aquel hombre estraordinario un fondo inagotable de formas poéticas, así como poseyó un tesoro casi infinito de combinaciones dramáticas; una facilidad admirable en reducir a versos todos los pensamientos que le ocurrían, y una grande riqueza de ideas y de imágenes. Estas fueron las dotes características de su genio, y, si este hubiera tenido el auxilio de un gusto delicado, como el de Garcilaso o Rioja, o severo, como el de Herrera; si, reprimiendo la ambición de dominar en todos los géneros, hubiera reducido el número de sus composiciones y las hubiera limado, no hay duda que poseeríamos en él uno de los mejores modelos de la buena poesía castellana, pues tenía originalidad en los pensamientos, soltura en los giros, armonía en la versificación y, en fin, todas las dotes capaces de formar un gran poeta, si el mal gusto que empezaba ya a cundir y la precisión en que él se creía de escribir precipitadamente no hubieran echado a perder tan escelentes cualidades.

Nuestra opinión acerca de Lope de Vega es que el mismo trabajo le costaron los versos más prosaicos y ridículos que hizo como los más bellos que algunas veces se deslizaban de su fecunda pluma. Todos los alumnos de las musas suelen hacer en sueños versos de los que solo se acuerdan cuando despiertan que los componían sin detenerse y que les parecían lindísimos. De esta especie son los buenos trozos de Lope de Vega, versos soñados, hechos sin cuidado y en los cuales la inspiración casual del genio suplió la falta del gusto y de la corrección. Por eso son tan dignos de estudiarse, porque en ellos se ve la obra de la naturaleza sin auxilio ninguno del arte. Pero es fácil de conocer que este estado de inspiración, ni promovido por el trabajo, ni solicitado por el examen y combinación de las ideas, no ha podido ser nunca la situación habitual del genio. Es una chispa eléctrica que se escapa en el momento mismo que aparece; y, si no prende su fuego en materiales reunidos con discernimiento, dispuestos por el buen gusto y afinados por la corrección, se verán al lado de un fósforo brillante y fugitivo tinieblas densas y continuas. Tal es, generalmente hablando, la poesía de Lope en sus comedias, en sus poemas épicos, en sus églogas, elegías y canciones, porque no hubo género ninguno de poesía en que no trabajase. Si quiere verse la prueba de lo que hemos dicho, léanse sus barquerolas, donde se hallan sentimientos ternísimos y delicados o pensamientos graves y noblemente espresados, en medio de juegos y equívocos ingeniosos, alusiones pedantescas y metáforas insufribles; y lo bueno y lo malo se han escrito con la misma facilidad y en la misma buena intención de agradar a los lectores; en una palabra, sin el menor vestigio de elección ni buen gusto.

Mas no por eso es menos cierto que debe ser estudiado e imitado, si puede ser, en los pasajes hermosos, que son muchísimos, aunque mezclados con otros donde hay defectos insufribles. Así se busca el metal precioso en medio de la escoria que lo rodea. No tiene Lope ninguna composición acabada en cuanto a la dicción, escepto algún otro soneto, pero en todos los géneros dejó vestigio de talento y de desolación, como dice el señor Quintana en su introducción a la Colección de poesías selectas españolas, y es tal la prerrogativa del genio, que, a pesar de sus estravíos, escita justamente la admiración cuando es bello y grandioso, por lo mismo que se conoce la falta de estudio y aun la ausencia del buen gusto. Dos géneros son los principales en que, según nuestra opinión, debe ser imitada la dicción de Lope, estudiada como debe ser, esto es, evitando los defectos que ya hemos indicado de su estilo y que gracias a los progresos de la ciencia de las humanidades son fáciles de conocer y separar de las bellezas. Creemos que Lope merece ser estudiado en las composiciones cómicas y en las amorosas.

Alguno dirá que el género cómico no es poesía, y responderemos que no es poesía tan elevada como otros géneros, pero no por eso deja de tener alguna parte, aunque débil, del estro de las musas. Sin recurrir al interdum tamen et vocem comedia tollit de Horacio, basta observar que todo lo que se escribe en verso ha de tener por precisión cierta elevación de tono, aunque no sea más que la necesaria para poner en armonía el pensamiento con la versificación. Esto se nota en muchos versos de las comedias de Moratín, el poeta más severo quizá de nuestro parnaso, en los cuales se hallan esparcidos con sobriedad, pero con tino y elegancia, los adornos de que es capaz la poesía familiar, acomodados al tono del diálogo y a la situación de los interlocutores. Ni por eso reprehenderemos a los que escriben comedias en prosa, con tal que sean buenas; pero no es posible escribir en verso sin que se admitan algunos adornos, ya de imaginación, ya de lenguaje, que separen algún tanto el estilo de la prosa propiamente dicha. Esta separación no debe ser tan grande como en la lírica y la epopeya, pero debemos advertir que el género teatral creado por Lope de Vega admite mucha más elevación, mucha más diversidad de tintes que el que cultivó Moratín.

Los versos de las comedias de Lope y de sus composiciones del género burlesco, como La Gatomaquia y muchos sonetos y romances, tienen la misma soltura y facilidad que los demás, mas ni son tan notables las trivialidades y las incorrecciones, y se alaba con razón la fluidez propia de esta clase de poesías y que era característica en Lope. Su ingeniosidad es casi siempre natural y muy desviada de la afectación oscura de Quevedo y mucho más de su oscenidad, Su cómico es festivo y gracioso, rara vez picante y nunca cáustico, propio, en fin, de un corazón noble y bondadoso que quería hacer reír, pero que no gustaba de ofender. Moreto, que es indudablemente el más gracioso y alegre de los que le sucedieron en el principado de la escena, aunque dotado de más fuerza cómica, prefirió, sin embargo, en su dicción la ligerea y vivacidad de Lope al artificioso profundo y sentencioso de Calderón. Los cortos límites de un artículo no nos dan lugar para citar ejemplos, pero las comedias de Lope abundan de escelentes diálogos, de trozos graciosísimos y de algunos pasajes de verdadera poesía, cuando la pasión o el entusiasmo del personaje disculpan los raptos de la imaginación. En esta clase de composiciones ligeras tiene Lope muchos versos que se quedan en la memoria con solo oírlos una vez.

En las poesías amorosas brilla, entre los defectos comunes de su elocución, aquella especie de sentimiento que se compadece muy bien con las reflexiones del hombre sobre su propia alma y los afectos que la agitan; reflexiones que algunos han censurado injustamente como defectos en nuestros antiguos poetas; reflexiones muy naturales cuando el amor posee no solo el corazón y los sentidos, sino también el entendimiento; reflexiones, en fin, propias de una nación y de un siglo en que esta pasión era una especie de culto y ocupaba esclusivamente toda la existencia del hombre. Lope pintó el amor como se sentía en su tiempo, ingenioso ya en los tormentos, ya en los goces, pero siempre tierno y apasionado. Meléndez ha descrito mejor su molicie; Calderón, sus luchas con el honor; Tirso de Molina, su vanidad e inconstancia; más ninguno, que nosotros sepamos, de nuestros poetas ha descrito con más verdad que Lope la embriaguez raciocinada de la pasión. Censuramos sus juegos de palabras y sus metáforas tomadas de la primer alusión histórica o mitológica que le ocurría, pero es imposible desconocer la ternura profunda que anima hasta los mismos disparates y la felicidad con que muchas veces espresa en bellos versos pensamientos muy delicados.

Estas son las razones que nos movieron a colocar a este célebre poeta entre aquellos cuyo lenguaje es grato a las musas, no porque lo sea constantemente, sino porque en los géneros que hemos citado lo es con bastante frecuencia, a pesar de sus numerosos defectos, y en los demás tiene trozos hermosísimos, aunque mezclados con otros más débiles. Si la perfección absoluta fuese necesaria, quizá no hubiéramos citado de nuestros antiguos poetas más que a Rioja, que no carece de lunares aun en el corto número de composiciones que nos restan de él. Pero, ya que es necesario leer a casi todos nuestros poetas con precaución y saber discernir lo bueno y lo malo que hay en ellos, creemos que Lope merece, entre los principales, por lo menos el último lugar, y que no será mal poeta el que, evitando sus equívocos, su erudición y su falta general de plan, imite la dulzura de su versificación, la soltura y gracia de sus giros y la corriente de su frase, señaladamente en los dos géneros que hemos indicado.

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