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Prensa y canon · Textos historiográficos

“Historia literaria (...). Plan para una historia filosófica de la poesía española. Por D. M.M. de A. (...)”

Autor del texto editado
Arjona, Manuel María de (1761-1820)
Título de la obra
Minerva o El revisor general, t. III, nº 67, 1806-12-26
Autor de la obra
Olive, Pedro María de (dir.)
Edición
Madrid: Imprenta de Vega y Compañía, 1806
Paginación
pp. 73-81
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Hemeroteca Digital Hispánica. (texto completo)
Información técnica
Transcriptor: Elena Cano Turrión
Editor: Pedro Ruiz Pérez
Encoding: Noelia Santiago López
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Córdoba, 20 mayo 2024

HISTORIA LITERARIA


Se nos ha remitido el siguiente discurso, que nos parece acreedor a que se copie en nuestro periódico.

Plan para una historia filosófica de la poesía española. Por D. M.M. de A. (Correo de Sevilla del miércoles, 23 de Julio de 1806)


La comparación de la pintura y de la poesía, hace ya mucho tiempo descubierta por los profesores de una y otra arte y extendida sabiamente en los últimos, me parece que jamás será tan práctica como en el plan de la historia de nuestra poesía, que voy a proponer. Sé que nos ha tocado en suerte una época en que los pensamientos brillantes, por falsos que sean, adquieren a sus autores el renombre de ingeniosos. Mas, aunque el mío tenga la apariencia de esta novedad afectada, me parece que en el fondo es muy sólido y, de consiguiente, muy sencillo. Con todo, desconfiando de mis luces y temiendo la secreta seducción con que cada uno se embelesa con sus propias invenciones, desde luego ofrezco solamente un plan o como un diseño de mis ideas, para, si estas merecen la aprobación de los literatos, darles la extensión debida.

Todo mi proyecto se reduce a esta breve sentencia: que la historia de la poesía española debe escribirse por escuelas, así como se escribe la de la pintura. Este método tiene desde luego la incomparable ventaja de clasificar el estilo de nuestros poetas, y subdividir después estas clases mayores en otras subalternas, con lo cual se describe exactamente el mérito de cada poeta, y su carácter se analiza de una manera que no es tan fácil de ejecutar en una historia seguida como la de Quadrio y Tiraboschi. Desentrañado ya así (usemos de esta expresión) el íntimo artificio poético de cada escuela, puede después desempeñarse con mucha libertad y desahogo la comparación entre unas y otras, para deducir (lo que hasta ahora ninguno ha hecho) o cuál sea la mejor o qué mezcla se pueda hacer de las bellezas de todas, para que nuestros modernos poetas puedan emular y aun exceder la gloria de los antiguos.

Mas, para entrar ya a proponer nuestro plan, es preciso suponer que en él no entran los poetas anteriores a Garcilaso. Aunque en aquellos escritores no falten pensamientos ingeniosos e imágenes ya halagüeñas y ya grandiosas, su lenguaje no es más que un frasario mixto de un mal español y de un peor latín, y, por más que se pondere su mérito, sus obras, al fin, serán como las naves con que se descubrió la América, cuya forma sirve para admirar el valor y pericia de los que se embarcaron en ellas; pero nadie las admitiría por modelo para fabricar otra igual y fiarse en ella al ímpetu del mar y viento. El estilo, el método y aun los pensamientos de aquellos poetas nada tienen de común con los que los siguieron, y sus obras ni tuvieron influjo considerable en la poesía posterior ni lo pueden tener en el día.

Tampoco incluiré en mi plan los poetas que han florecido o que solamente han vivido desde mediados de este siglo, por razones de que cada uno se puede hacer cargo, aunque alguno de ellos haya formado escuela aparte, pero escuela tan ridícula, que apenas es acreedora ni aun a una sátira.

Redúcese, pues, nuestra historia a dos siglos y medio de nuestra poesía; esto es, desde principios del XVI hasta mitad del XVIII, la que desde luego vamos a extender ligeramente, como en un mapa general, siendo las discusiones más prolijas propias de esta historia ya perfecta.



Primera Escuela Italo-Hispana

Aunque fundó esta escuela Boscán, pero con más razón debe llamarse de Garcilaso, pues este poeta logró más influjo en los posteriores, y con razón, pues, aunque generalmente no sea muy correcto ni del gusto más delicado, su nativa belleza y dulzura merecieron la aprobación y aun admiración de todas las personas sensatas, y tuvo bastantes imitadores. Llamo esta escuela primera, porque sus copias de los italianos (a quienes siempre imitan, aun cuando parezca que imitan a los griegos y latinos) son muy imperfectas y demasiado serviles.



Segunda Escuela Italo-Hispana o Sevillana

Esta escuela, aunque dimanada de la primera, es ya enteramente perfecta en su género. Su fundador fue Fernando de Herrera, cuya imitación de los modelos italianos está tan distante de ser servil, que él solo vale más que todos sus originales. Solo un defecto hay en Herrera: él es como un grandioso salón, en que el pavimento, el techo, las paredes, las estatuas, todo es de oro, pero en el mismo hecho de ser todo de oro le falta aquella amena variedad que recrea la vista y que es más agradable que la riqueza más magnífica. Sus discípulos lo imitan en esto. Pero, a pesar de todo, son el mejor tesoro del lenguaje poético español. Advierto que no todos los poetas sevillanos son de esta escuela sevillana.



Escuela Latino-Hispana

El incomparable fr. Luis de León fue el que abrió esta nueva senda de gloria para los poetas españoles. Quien lea con reflexión sus obras advertirá que, aunque había estudiado muy bien los poetas italianos, su gusto es enteramente latino, y su divina lira resuena con aquel tono sencillo y majestuoso que se creyó hasta entonces reservado solo a Virgilio y Horacio. Mas esta senda se ha quedado en vano abierta, y aun casi ya no se conoce, pues desde fr. Luis de León nadie la ha pisado.



Escuela Greco-Hispana

Quien sepa distinguir la viveza, tersura y amenidad Ática de la gravedad, pompa y ostentación latina, sabrá también distinguir el carácter de León, de el del Bachiller de la Torre y de Villegas. Estos dos poetas, aunque en distinto género, son enteramente griegos en sus piezas escogidas, pues con especialidad el último tiene algunas que ni son griegas, ni latinas, ni de algún estilo digno de aprobación. Herrera también imitó con felicidad los griegos; pero ni imitando a estos ni a los hebreos dejaba su buen carácter peculiar, que con razón hemos llamado ítalo-hispano.



Escuela propiamente española

Todos saben que los latinos imitaron a los griegos, y aun lo confiesa el mismo Horacio, y, sin embargo, se diferencia mucho la citara latina de la griega. De la misma manera, algunos poetas españoles de genio original, imitando a los italianos, griegos y latinos, lo hicieron con tal maestría, que produjeron un nuevo género de poesía, cuyo carácter es una soltura, urbanidad y grandeza nada artificiosa, tan propio de la lengua española, que ninguna otra lo podrá copiar. Tales son Valbuena y Lope de Vega: tal es también Góngora en sus buenas poesías. En los últimos tiempos ha tenido pocos discípulos esta escuela, porque para imitar la frondosidad y lozanía de Lope se necesita una fuerza de ingenio que no se halla tan fácilmente, como la otra fuerza violenta que se hace cada uno a sí mismo para imitar los de otras escuelas.

A esta escuela pertenece toda la poesía dramática española, que es enteramente de nuestra creación en sus hermosuras y en sus defectos.

Igualmente pertenecen todos los poetas épicos que tenemos, los que son ciertamente de carácter español, aunque sus autores tuviesen a la vista al Taso y mucho más al Ariosto.



Escuela Aragonesa o de los Argensolas

Estos dos ilustres hermanos inventaron un nuevo estilo también propiamente español, aunque muy distinto del de Lope. La filosofía sensata y la dureza no desagradable de metro, correspondiente a la madurez de su filosofía, constituyen su carácter, que es bueno a la verdad; pero muy difícil y muy arriesgado para imitar, pues, si se copia solo su corteza sin su gran fondo, salen las piezas más lánguidas y fastidiosas que con la imitación de otra cualquier escuela.



Escuela corrompida española

Este honor de mala originalidad nos lo trajo Góngora, cuya depravación de estilo es tan suya, que nada tiene que ver con la italiana del caballero Marini. Yo juzgo que esta escuela no es del todo despreciable, pues, así como muchos sacan comedias muy buenas y muy arregladas de Lope y Calderón, con algunas reformas que les añaden, así también aun en las malas obras de Góngora se encuentra un fondo riquísimo, que una mano diestra podrá entresacar con utilidad. Lo mismo se verifica en sus secuaces, aunque no en tanto grado, pues por lo común imitan a Góngora solo en sus defectos.



Escuela de epigramatistas.

Para esta clase de poesía pongo una escuela separada, porque el genio español se ha manifestado muy original en ella. A esta también pueden reducirse los poemas jocosos que tenemos, como la Gatomaquia, Mosquea, Burromaquia, &c.



Poetas sueltos.

Después de todas estas clases deberán colocarse por su orden meramente cronológico varios poetas de corto mérito, pero no enteramente despreciables, que o no tienen un carácter decidido o han formado uno poco digno de aprecio, como Pantaleón Aznar, Andrés Rey de Artieda y otros. He expuesto ya las clases de división.

Si este pensamiento, pues, agradara, no me sería difícil reducir a estas clases todos los poetas españoles, dando una idea cabal de su mérito y añadiendo algunas subdivisiones cuando parecieran oportunas.

Entonces también se trataría de la mezcla mejor que puede hacerse de estas diferentes escuelas; pero, como este plan quedaría muy imperfecto si desde luego no expusiese algo de mi pensamiento, voy a ejecutarlo con la brevedad que exige el instituto de esta obra.

De lo dicho hasta aquí resultan siete escuelas principales, que hemos puesto por este orden

I. Italo-Hispana. I.
II. Italo-Hispana II o sevillana,
III. Latino-Hispana.
IV. Greco-Hispana.
V. Escuela propiamente española.
VI. Escuela Aragonesa o de los Argensolas.
VII. Escuela corrompida española.


El que quiera seguir la primera no tiene necesidad de hacer mezcla alguna, sino copiar con destreza la suavidad y pulidez de Garcilaso, evitando sus bajezas e imperfecciones.

E1 que se incline a la segunda, o sevillana, hará muy bien en suavizar el escogimiento de dicción siempre uniforme de Herrera, con la amenidad de la cuarta, o Greco-Hispana, o con la gallarda lozanía de la quinta, propiamente española, cuyo último partido será a mi ver mucho mejor.

La tercera, de fr. Luis de León ,es tan hermosa, que para no desfigurar su augusta simplicidad solo se le podrá añadir más sonoridad en el metro, algún poco de la Greco-Hispana y poquísimo de la sevillana o española general.

La Greco-Hispana podrá también admitir algunos adornos moderados de las dos italianas, de la latina y de la española.

Esta puede recibir mucha mejora con los fragmentos apreciables de la española corrompida, y con industria se le podrán también ingerir los de todas las demás escuelas, menos de la aragonesa, la cual ni sufre que la mezclen con otras ni ser ella mezclada de ninguna.

Pero ¿se podrán inventar otros buenos estilos además de estos? Creo que sí y que el literato que trate del modo de trasladar a nuestro parnaso ciertas bellezas de los extranjeros, en especial de los franceses, y mucho más de los italianos, que aún le son desconocidas, será con esto muy benemérito de las musas españolas.

Por último, he dicho de qué manera puedan mezclarse en cada pieza los estilos de estas diferentes escuelas. Mas en una colección se pueden, y aun se deben para la mayor hermosura, insertar piezas de todos aquellos estilos a que pueda acomodarse el autor, Horacio en mi juicio es superior a Píndaro, a Anacreonte y a Safo, porque sus odas van continuamente variando por el estilo de aquellos excelentes originales. Así que el medio de excederlos a todos es imitarlos a todos, y el poeta español que toque a este punto será el encanto y la delicia de toda la nación.

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