“Examen del Don Álvaro o la fuerza del sino”
- Autor del texto editado
- Sin firma
- Título de la obra
- El Artista, nº 3
- Autor de la obra
- Ochoa, Eugenio de (dir.); Madraza, Federico de (dir.)
- Edición
- Madrid:
Imprenta de I. Sancha,
1836
- Paginación
- pp. 130-132
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Hemeroteca Digital Hispánica. (texto completo)
Información técnica
Editor: Pedro Ruiz Pérez
Encoding: Noelia Santiago López
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Córdoba, 15 mayo 2024
EXAMEN DEL DON ÁLVARO O LA FUERZA DEL SINO
Drama original en cinco jornadas y en prosa y verso, de don Ángel de Saavedra, duque de Rivas
En todos los tiempos y naciones la política ha ocupado una parte de la atención pública, pero jamás ha merecido una consideración tan esclusiva, jamás ha logrado un imperio tan absoluto y universal como en el siglo que alcanzamos. Objeto de todas las conversaciones, blanco del interés común, esta reina de la opinión ha llegado a enseñorearse de la imaginación de los hombres, y en nuestra España, víctima más que las otras naciones de esta invasora dominación, hasta el sexo que más se aparta, por su blandura y candidez, de las intrigas y desastres en que va casi siempre envuelta la política, se ha persuadido neciamente de que le está reservado un lugar en el examen de sus arduas cuestiones. En otro tiempo los guerreros, los magnates y los palaciegos eran los solos que, por satisfacer su ambición o halagar su deseo de gloria, tomaban una parte activa en los manejos del gobierno y en las agitaciones de la guerra; los demás eran figuras automáticas que recibían el impulso que alguno quería darles sin investigar su procedencia, ni considerar sus efectos. En la presente centuria, desde el hombre do los palacios hasta el habitante do los tugurios, desde el literato hasta el hombre de la naturaleza, todos tienen el color de un partido, todos reconocen un derecho a oponerse al que trabaja por derrocar su prosperidad. Da aquí ha nacido que al paso que las ideas de libertad moral y política han ido cundiendo en la masa de la nación la afición, los estudios amenos ha ido desapareciendo, y la poesía, que en su mayor parte es hija del sosiego, no ha podido seguir el ímpetu atrevido que en el siglo XVI le comunicaron la dulce melodía de la lira de Garcilaso, la tersa versificación de Rioja y los cantos magníficos de Herrera. Entonces las letras y las artes eran más estimadas del público, y hasta el gobierno las premiaba alguna vez, con tal que no conspirasen a sobresaltar el poder absoluto, a enfurecer el implacable santo oficio o a despertar en el vulgo la libertad de pensar, que, una vez difundida, mal podría conservar su hipócrita preponderancia el feudalismo monacal. Este mismo vulgo, aunque sobradamente rudo y numeroso, veía con gusto representar en el teatro la parodia de sus estravagancias y aplaudía sin discernimiento a los autores que tomaban a su cargo la ocupación de divertirle. De aquí tomó origen el prodigioso número de piezas dramáticas que a la sazón anegaban la escena y la escasa lima con que las pulían sus autores; de aquí aquel teatro nacional, depósito a un tiempo de las más sublimes bellezas y de las trivialidades más repugnantes al buen gusto; de aquí en fin aquellos asombrosos ingenios que se prestaban a todas las formas, aquella invención siempre variada, siempre llena de fuego y lozanía.
Entonces, orgullosos con el lauro de la originalidad que habíamos arrancado a nuestro genio independiente, dábamos leyes a la escena universal, y el teatro francés, con ser nuestro rival, tuvo que sujetarse a la humillación de calcar su gusto y sus formas sobre las producciones del nuestro. ¿Qué ha sido, pues, de aquella gloria escénica? ¿En qué han venido a parar aquella amenidad, aquella superabundancia de composiciones dramáticas que sobraba en nuestros teatros y enriquecía los estranjeros? Desde fines del siglo XVII principió a marchitarse el laurel de nuestra poesía cómica, a poder de muchas causas que nada tienen de literarias, y los franceses, antes nuestros imitadores, principiaron a dominar en nuestros teatros.
Una plaga de insulsas traducciones, bien que dignas de sus originales, han estragado nuestra escena; y esta decadencia es en el día tan visible, que si por ventura aparece entre nosotros un drama original le miramos a nuestro pesar como una maravilla literaria, cual si con la pérdida de la costumbre hubiésemos perdido el derecho de escribir dramas.
Los restos de nuestra antigua gloria cómica han sido contemplados hasta ahora por los eruditos con una veneración supersticiosa que no ha bastado, empero, a desenvolver en sus inertes almas el fuego de la invención libre que respiran casi todas nuestras comedias antiguas, desde la Celestina hasta las últimas de Cañizares, olvidando torpemente que estos restos son las ruinas de un edificio colosal y ostentoso, donde aún halla el observador modelos de sublime estructura y bellos rasgos de proporción y ornato.
Bajo este acertado punto de vista han sido mirados por el ilustre autor del Don Álvaro o la fuerza del sino. Al aparecer este drama en la escena española hemos sentido la sorpresa que nos acomete siempre que vemos una producción original de nuestros poetas dramáticos, lo que sucede muy raras veces, unida a la que debía nacer de las estrañas formas del drama. Eco a un tiempo de nuestro teatro antiguo y del romanticismo moderno, e hija de una inspiración cuyo origen no se conoce, esta composición singular ha debido llamar la atención y la ha llamado fuertemente.
Nosotros, viviendo en Sevilla, cuyas costumbres están retratadas en algunas escenas como en un espejo veraz, no hemos podido sustraernos ni a la admiración que nos ha causado su simple lectura, ni a la tentación de manifestar nuestra opinión acerca de su mérito, aunque sin hacer ordenadamente un examen analítico de cada una de sus partes, porque este trabajo ha sido desempeñado ya con acierto por la mayor parte de los periódicos de la corte.
Cualquiera que haya leído el Don Álvaro conocerá que su argumento es la reunión de los sucesos más interesantes de la vida de un desgraciado. De esta manera de formarlo, unida a la imaginación fogosa y productiva del poeta, ha resultado que rebosa de incidentes que, si bien eminentemente dramáticos y magistralmente presentados, necesitan en nuestro sentir, para desenvolverse completamente, límites menos estrechos que los de un simple drama. Pero esta variedad, que no degenera en confusión, sirve tal vez para entretener más al espectador, y en este caso solo prueba los recursos del autor y el triunfo de su desempeño.
Es de notar que, siendo el drama un depósito de principios de la moral más pura, no ha precedido a su formación la idea de satirizar algún vicio, de corregir alguna pasión, de combatir las preocupaciones, de ridiculizar alguna humana debilidad. Hasta ahora tales han sido los blancos de casi todos los escritores dramáticos. El ridículo de los estravíos y de las manías del hombre, de la manera que lo han usado Molière, Regnard, Scribe, Pícard; el escarmiento como lo han presentado en la escena Ducange, Kotzebue y la mayor parte de los autores trágicos, o ambas cosas reunidas, han constituido las armas de corrección que debían reformar las costumbres populares, y estas armas eran como el faro que no debían perder de vista los poetas en la composición de un drama. En el Don Álvaro no se descubre ningún objeto de esta especie. Los lances, aunque íntimamente conexos entre sí, no van naciendo sucesivamente de la conducta anterior de los personajes, como sucede en las comedias clásicas, sino del incontrastable poder del destino, de las inmutables leyes de la suerte, de la fuerza del sino. Así es que en aquellas la esposición y a veces solo el título revela la mayor parte de la intriga y los matrimonios finales, mientras que en el Don Álvaro nadie puede inferir de las escenas antecedentes la progresión del argumento.
La infracción de las unidades rutinarias, el número de los actores, la circunstancia de salir algunos de ellos solo en una escena y la colocación de las situaciones altamente trágicas al lado de otras vulgares y chocarreras ha alarmado a los clásicos, y, creyendo justamente que su despotismo literario vacilaba, han multiplicado las diatribas para sofocar en su origen estas innovaciones peligrosas, capaces de empañar sus rancias glorias; pero en balde, por fortuna de los buenos estudios: la naciente Europa se ha declarado partidaria del bando libertador del yugo clásico, y la juventud española ha corrido a participar de la gloria de sus banderas.
Nosotros, hijos del siglo XIX, mal podríamos hacer frente a la moderna escuela sin atraer sobre nosotros el baldón de ser contados como adictos al sistema de retrogradación literaria. Somos partidarios del romanticismo y tenemos en ello una distinguida vanagloria, pero no queremos, sin embargo, pertenecer al número de aquellos exagerados románticos que miran el solo nombre de clasicismo como el sello de la desaprobación y que aseguran sin rebozo que cuanto hay anterior a esta reciente secta o es indigno de ser leído, o lo escribieron románticamente sus autores sin haber caído en ello. Nosotros, menos exaltados, aunque profesamos el espíritu de esta escuela como el camino más franco para que campee libre la imaginación, no nos atrevemos a proclamarlo un género esclusivo, un tipo absoluto de la perfección. Antes bien, le encontramos algunos defectos, porque, a decir verdad, ¿qué humana invención podrá creerse totalmente inmune de defectos? Vamos a fijar nuestra opinión en esta parte contrayéndonos al Don Álvaro.
(Se continuará)