“Crítica. Artículo I”
- Autor del texto editado
- Sin firma
- Título de la obra
- La tarántula, nº 6, 01705/1842
- Autor de la obra
- [No se indica]
- Edición
- Granada:
Imprenta de Benavides,
1842
- Paginación
- pp. 81-83
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Hemeroteca Digital Hispánica. (texto completo)
Información técnica
Editor: Pedro Ruiz Pérez
Encoding: Noelia Santiago López
Encoding: Noelia Santiago López
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
Este documento sigue los criterios y lenguaje cifrado de TEI http://www.tei-c.org/About/website.xml
Córdoba, 15 mayo 2024
CRÍTICA
Artículo I
He visto muchas veces disputar sobre si el influjo de la crítica es favorable o perjudicial al progreso de las letras. Esta cuestión, como otras no menos reñidas, juzgo que desaparecería si antes de todo se fijase de un modo preciso el significado de las palabras, de cuya vaga acepción penden por lo real esas interminables discusiones que tienen casi siempre en violento ejercicio las plumas y los pulmones de nuestros literatos. Si por critica se entiende aquel espíritu de partido que, no siendo otra cosa sino el egoísmo de muchos individuos, forma una masa impenetrable a toda opinión o verdad que no se funde en los principios que ellos han adoptado para base de su sistema; si militan bajo las banderas de la crítica aquellas guerrillas literarias, que, apuradas las municiones de la razón, se arrojan improperios, falsedades y personalidades vergonzosas, suscribo desde luego a que nada pueden adelantar las letras con un ejercicio que, tocando todos los registros de las pasiones más viles y mezquinas del corazón, deja sin uso las más nobles y elevadas facultades del entendimiento. Pero considerar a la crítica bajo este aspecto seria confundir el abuso de las cosas con las cosas mismas. Nosotros la miramos de un modo muy diferente: la miramos como es en sí, dando a conocer las bellezas para la imitación y manifestando los defectos para que se eviten; alabando, pero sin exageración; censurando, pero sin acrimonia; respetando el fallo de los siglos en la calificación del mérito, porque aquel es de mayor peso que el dictamen de ningún individuo, pero respetándolo de manera que dé a conocer, cuando necesario fuere, que no se han escapado de sus averiguaciones las razones de dicho fallo, y que la deferencia que este nos merece no es hija de un ciego respeto a la autoridad, sino consecuencia precisa del convencimiento: en una palabra, juzgando desapasionada y sabiamente y exponiendo sus dictámenes con modestia, mayormente en aquellos casos en que sean opuestos a una opinión o doctrina generalmente recibida.
Óyese con frecuencia acusar a la crítica de que deshoja las ilusiones de los principiantes y de este modo malogra los frutos que, alimentando aquellas, pudieran cogerse. Pero esta acusación no puede recaer tampoco sobre la verdadera crítica. Esta sabe distinguir el mérito que una obra puede tener por sí misma y el que le dan las circunstancias en que se hallaba su autor al tiempo de escribirla. El Quijote es un libro admirable por su mérito intrínseco. En cualquiera situación que se hubiera hallado su autor al tiempo de escribirlo se hubiera granjeado un nombre inmortal. Pero ¿no subirá muchos grados en nuestra estimación esta misma obra considerando en qué lugar se concibió y escribió en su mayor parte? Al ver el estilo jocoso, ligero y fácil con que Cervantes se expresaba entre el ruido de los hierros y los gemidos de los atormentados, es preciso admirarnos de un alma que no ha tenido igual hasta el día; en efecto, muchos filósofos y poetas han escrito o desterrados o en la misma situación de Cervantes, pero en las obras de aquellos se hallan a cada línea vestigios de las lágrimas del que escribió; en El Quijote no se nota sino el buen humor y desenfado de Cervantes, y esto añade quilates al valor de su obra 1 . Las Eróticas de don Esteban Manuel de Villegas abundan en defectos, pero siempre se han leído con gusto, pues, fuera del mérito que realmente tienen, no puede menos de considerarse al leerlas que es un niño el que nos habla. En este concepto no juzgo que un principiante pueda desmayar porque se le noten los defectos en que haya incurrido, cuando al mismo tiempo se le manifiesten las bellezas en que haya acertado. Esto no será otra cosa que desembarazarle el camino y acelerar los progresos de su ingenio. En cuanto a aquellas cabezas infelices, rellenas del meollo de otras, que no saben inventar sin extraviarse ni imitar sin echar a perder lo que imitan, poco se pierde en que abandonen la carrera de las letras, y no debe tomarse a mal que se les dé un desengaño completo. Si ellos quisiesen obrar de buena fe y no fuese invencible su ignorancia, debían abandonar una carrera para que no han nacido, y aplicarse a otra en que podrán ser útiles a sí y a los demás.
Los mayores enemigos de la crítica justa e imparcial son esos simulacros de sabiduría que, sin haber dado nunca a luz media docena de líneas de buena prosa ni de tolerable verso, se alzan a veces en algunas partes con la dictadura de las letras y califican irremisiblemente de malo todo lo que no ha pasado por la ruda lima de sus observaciones, Para estos hombres, como dice muy bien don Manuel José Quintana, debe ser muy limitado el mundo de la opinión, pues llegan a figurarse que el espacio que se dé a los que vienen debe faltar o estrechar el que ellos ocupan. Pero estos no son críticos, sino ambiciosos, y, en vez de hacer mérito de sus envenenadas censuras, no debe el que principia a abrirse un camino en la carrera de las letras hacer otra cosa que despreciarlas y decir con resolución: más que vosotros ya he andado.