Prensa y canon · Textos historiográficos
“Lengua castellana. Artículo 3º”
- Autor del texto editado
- F. de U.
- Título de la obra
- La Estrella. Periódico de literatura, ciencias, artes y modas, nº 9, 04/09/1842
- Autor de la obra
- [No se indica]
- Edición
- Cádiz:
Imprenta de la Revista Médica,
1842
- Paginación
- pp. 73-75
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar del Internet Archive. (texto completo)
Información técnica
Editor: Pedro Ruiz Pérez
Encoding: Noelia Santiago López
Encoding: Noelia Santiago López
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Córdoba, 1 mayo 2024
Lengua castellana
Artículo 3º
1
Dijimos en nuestro anterior artículo que la invasión de las razas del norte había causado un gran trastorno en la lengua reinante en España durante la dominación romana, y hoy vamos a esponer ligeramente las causas y consecuencias de esta invasión al respecto de la cuestión que nos ocupa, como también la influencia de los árabes y el estado de la lengua en tiempos de don Alfonso el Sabio.
Constantino, con grave censura de los sabios de su tiempo, había trasladado la silla imperial a Constantinopla, lo cual favoreció mucho a los pontífices, quienes después por esta sola causa se apoderaron de Roma. Pero no se limitaron a esto solo los efectos de aquella medida antipolítica, sino que fue también un estímulo a la ambición de los del norte, puesto que un suceso tal les abría las puertas del occidente. Estrechados estos en países quizá demasiado pequeños para su numerosa población y tan fríos y estériles como la Suecia, la Escandinavia, la Tartaria y otros semejantes; ansiosos, por otra parte, de los tesoros que ostentaba la orgullosa Roma, se lanzaron en busca de sus riquezas, al par que de tierras más templadas y feraces. Vieron espedito el camino por donde debían marchar, y con casi ninguna oposición penetraron en España los suevos, alanos, vándalos y silingos en cuatrocientos diez, según dijimos últimamente, mientras que los godos, a las órdenes de Alarico, entraban en Roma como para anunciarla que otros más feroces habían de saquearla y vengar a Cartago. Seis años después penetraban en nuestra patria esos mismos godos, a quienes los bárbaros, dueños ya de Barcelona, abrieron sus puertas, y la España toda quedó sometida a tan diversas razas 2 .
Pero esta conquista no se había estendido más allá de la simple dominación, y la religión y la lengua latina fueron respetadas. Los mismos godos se entregaron al estudio de esta última, y muchos hubo de ellos que escribieron en el mejor latín posible en aquellos tiempos. El vulgo, sin embargo, no podía admitirlo tal como se enseñaba, y así llegó al último estremo la corrupción de esta lengua. Usáronse indeclinables todos los sustantivos, y para distinguir los géneros se introdujeron los artículos godos. Una variación semejante sufrieron los verbos: fáciles en tomar la conjugación activa, usaban para la pasiva del participio y del verbo auxiliar. El idioma no pudo menos de resentirse con el continuo uso que de él hacían personas que le eran estrañas, y tuvo que admitir entre sus voces algunos vocablos godos. Tales fueron los efectos de su invasión y de su monarquía, que duró cerca de tres siglos.
Pero aún no se habían cumplido cuando los árabes en crecido número y dirigidos por Tarif entraron en nuestra paria. Conocido es de nuestros lectores este período de la historia española, que ha adulterado en sentir de algunos una tradición y que inspiró a fray Luis de León una de sus mejores composiciones. Empeñose una lucha cruel en las orillas del Laetes, lucha que después de seis días se decidió en favor de los árabes, y estos quedaron ejerciendo su dominio en España. Los godos, faltos de su rey, cuyo fin no conoce la historia, se retiraron a las montañas de Asturias, de las que habían de salir después para fundar esas diversas coronas que se reunieron con tanta gloria en las cabezas de los reyes conocidos por el sobrenombre de Católicos. Desde aquellas montañas que habían convertido en hogares, donde, si no las comodidades, conservaban al menos la libertad y la independencia de que en aquellos tiempos eran muy amantes los españoles, hacían con bastante frecuencia sus escursiones a los pueblos inmediatos, sin permitir a los musulmanes la posesión pacífica del terreno conquistado. Entonces empezaron esas luchas crueles que en la edad media habían de levantar la Europa al solo nombre de los cruzados y que no habían de terminar hasta la total espulsión de los árabes después de la reconquista de Granada por don Fernando y doña Isabel; de esta suerte, fueron necesarios siete siglos para corregir una sola falta del último de los reyes godos.
No puede negarse, sin embargo, que la dominación arábiga influyó mucho en la historia literaria de España; poseedores los musulmanes de grandes conocimientos, enseñaron las ciencias y las artes a los españoles sujetos a su yugo, pero una falsa política les dañaba; las distinciones que hacían entre sus familias y las de los cristianos vencidos proporcionaban a los refugiados en las montañas aliados poderosos. Muchas eran las lenguas que se hablaban en España a la sazón 3 : la antigua española, la cántabra, la griega, la latina, la celtibérica, la arábiga y otras, entre las cuales se hallaba la hebrea 4 , a causa de haber venido a España los hebreos cuando la destrucción de Jerusalén, acaecida 38 años de Jesucristo.
La lengua latina corrompida por los godos era la general, y en este idioma vulgar ejercieron su influencia los musulmanes. Una multitud de voces árabes se introdujeron en él, pero una señal particular, que conservan, las distingue de las que no tienen ese origen. Al pasar las voces del uno al otro idioma llevaron consigo el artículo árabe al, que corresponde con el masculino el godo; así es que casi todos los sustantivos cuya primera sílaba es al son árabes 5 . De la misma suerte, pusieron a los nombres de los montes o cumbres el vocablo genérico gibra, que tiene esta acepción y con el cual empiezan 6 . La palabra guada o güid, equivalente de río, fue antepuesta a los nombres de estos, y de aquí procede el que la mayor parte de los ríos de Andalucía, a la cual dominaron por más tiempo, empiezan por Guada 7 ; entre ellos puede verse el Guadalete, compuesto de la primera mitad árabe, que dejamos apuntada, y la segunda, que, como dijimos en nuestro anterior artículo, significa olvido. El latín, sin embargo, se mantenía con alguna pureza en los tribunales, y todas las disposiciones de los reyes, en punto a lengua, tendían a conservar la latina: recordamos una orden dada en 1091 por Alfonso VI para que las escrituras se hicieran en este idioma.
Contemporáneo de este rey fue el célebre don Rodrigo de Vivar, conocido más generalmente por el Cid Ruy Díaz, cuya vida y hazañas se describen en un poema que se cree compuesto en el siglo doce; es el primer monumento que existe de la lengua vulgar, puesto que nada dejaron los godos escrito en ella. Allí se ve el atrevido ingenio y la lozana imaginación de los españoles luchando con un lenguaje torpe e inculto.
A tal punto había llegado la lengua vulgar cuando don Alonso, justamente llamado el Sabio, subió al trono para dar a la historia el ejemplo de un rey que [sic] en una edad en que solo brillaba el que era rudo y valiente, y procuraba difundir los conocimientos útiles y se jactaba de haber aprendido a hacer la piedra filosofal. El talento de que estaba dotado este rey, a quien la naturaleza hizo el agravio de haber anticipado algunos siglos, brilló en todas sus obras, que aún duran para mayor gloria suya y admiración de los siglos que le han sucedido. Las siete partidas es el código más consultado por los abogados españoles, considerándole como un cuerpo de leyes donde compite la parte doctrinal con la dispositiva, No cumple a nuestro propósito analizarlo ni buscar en él los deseos del imperio que al rey sabio pudieran animar y que a tal estremo condujeron su reino; quede a los jurisconsultos la cuestión de si estos deseos se manifiestan o no en la prepotencia que daba al clero, tenido entonces en tanta consideración. A nosotros no nos corresponde considerarle sino como un monumento de la lengua. Véase en él levantarse el idioma vulgar a una altura desmesurada y colocarse en el terreno que había de ocupar dos siglos después. Tal es la reflexión que se nos ocurre cuando comparamos su lenguaje con el de los escritores de su tiempo.
Pero no se limitaron a esto solo los servicios que a la lengua ya castellana hizo don Alonso el Sabio, sino que compuso además el Libro del Tesoro, mandó traducir la Biblia y prohibió el uso del latín en las escrituras públicas, así como también en los contratos y demás instrumentos privados. Muchas son las obras que compuso, en las cuales se mostró ya como poeta, ya como jurisconsulto, unas veces filósofo, otras historiador, y en todas luciendo siempre las galas de un lenguaje que él limó y perfeccionó.
Ya han visto nuestros lectores, por lo que llevamos referido, cómo se fue formando la lengua castellana. Réstanos ahora, antes de proseguir esponiendo sus progresos y vicisitudes, dar razón de los diferentes dialectos de algunas provincias de España y examinar las opiniones de varios autores que han escrito acerca del origen de nuestro idioma.
F. de U.