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Prensa y canon · Textos historiográficos

“Literatura dramática. De la moral en el género romántico”

Autor del texto editado
López Novelta, J.
Título de la obra
La Estrella. Periódico de literatura, ciencias, artes y modas, nº 3, 24/07/1842
Autor de la obra
[No se indica]
Edición
Cádiz: Imprenta de la Revista Médica, 1842
Paginación
pp. 19-21
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar del Internet Archive. (texto completo)
Información técnica
Editor: Pedro Ruiz Pérez
Encoding: Noelia Santiago López
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Córdoba, 1 mayo 2024

LITERATURA DRAMÁTICA.

DE LA MORAL EN EL GÉNERO ROMÁNTICO


La moral es la fuente de donde brotan los bienes más apreciables para la sociedad, a ella su encuentra todo sometido: los reyes humillan sus diademas a su imperio soberano; los generales abaten su espada ante su divino estandarte; y todo sigue sus huellas, moviéndose al compás de sus leyes. La moral es también la base de los dramas, de esos soberbios espectáculos donde el hombre admira, y su imaginación se pierde en mil ideas de entusiasmo. En él ve retratados sus vicios, en él ve corregidas sus costumbres y envilecidos sus caprichos y sus crímenes.

Desde la más remota antigüedad se conoció la necesidad de ridiculizar el vicio con sus propias armas. Aristóteles y Horacio clamaron por regularizar las costumbres, criticando unas cosas, abatiendo otros pensamientos y poniendo en ridículo las modas más estravagantes y los usos más detestables. Su objeto, pues, fue corregir las estravagancias, cimentar la moral y abatir los vicios. Sus reglas rigurosas en las unidades de acción, lugar y tiempo han dado margen en tiempos menos remotos a la formación de una nueva época en los fastos dramáticos.

Molière y Crevillon siguieron en tiempo de Luis XIV la guía de los antiguos y conservaron pura la moral y las costumbres. Sus autores elevaron majestuosamente el pendón de la virtud, y a la sombra de la verdad, con las armas peregrinas de Horacio, combatieron los vicios, rindieron la esclavitud, y el teatro tomó un nuevo estado de ardimiento y solidez. Lope de Vega, Calderón y Schaspeare [sic] infringieron las reglas estrictas, dando mayor latitud a las unidades de lugar y tiempo; formaron una nueva escuela, pero sus cimientos fueron sólidos, la virtud se vio por ella ensalzada, y los delitos se pintaron en sus obras combatiendo con las sombras de Erebo y perdiéndose en la lóbrega cueva del crimen y del olvido.

En nuestros tiempos ha elevado su faz otra nueva escuela, que, violando las reglas de los antiguos, desconoce la moral, nos ostenta el crimen lleno de galas y flores y, atropellando el delicioso altar de la virtud y de la modestia, corrompe la decencia, da rienda suelta a las pasiones, arrebata nuestros sagrados remordimientos y presenta al hombre como un ser envilecido y abyecto, prostituido en el más vil y detestable estravío. El tálamo nupcial atropellado, el amor paternal adormecido, la amistad engañosa y relajada, las puñaladas, los venenos corrosivos, he aquí el plan de su drama, llamado, sin motivo, romántico y que no es otra cosa que el envilecimiento de los hombres, la corrupción de las costumbres y la relajación de la sociedad.

Estas son las tres épocas grandiosas del teatro, estas son las tres escuelas que han elevado su frente para inmortalizar a sus autores; ahora, pues, ¿cuál es la que debemos llamar romántica? ¿La moral del romanticismo es depravada y envilece la especie humana?

Varias son las opiniones que se han espresado sobre este punto. El origen de esta palabra romántico, alimentada por el fuego de una imaginación ardiente, se pierde en el campo de las conjeturas y en la superficie de las teorías. Unos la creen inventada en estos últimos tiempos por los creadores de la escuela dramática, otros llevan su origen a tiempos más remotos, pero lo que parece más verosímil, si hemos de atender al espíritu fantástico de los siglos de la edad media, es que la palabra romántico viene de otra inglesa que significa novela. Esto es sin duda lo que nuestros poetas Calderón y Lope de Vega entendieron al describir en sus comedias hechos fantásticos, hazañas de encantadores, &c., que, cubiertos con el velo de la ficción ocultaban su faz insípida y sin atractivos. Los cuentos, fantasmas, las hechiceras y las brujas, mirados bajo el prisma de nuestros novelistas, constituían en el siglo XVII el romanticismo más declarado, pero en nuestros días imaginaciones sublimes llenas de inspiraciones elevadas y portentosas han creado un nuevo género dramático, al que han dado el nombre de romántico Dumas, Delavigne, Victor-Hugo y otros, cuyo talento no ha sido puesto en duda por ninguna pluma de nuestro siglo; dotados de una imaginación ardiente, han levantado esa bandera mágica y arrebatadora, cuyas huellas han seguido los escritores de la Francia cuando la sabiduría y la ilustración estendian las alas por su suelo. Afortunadamente, ha degenerado en España la afición a espectáculos tan obscenos, donde el pudor se veía mancillado, y envilecido el altar de las costumbres. Nuestros escritores han desechado bien pronto el gusto de una moda bien perjudicial, que abomina la nobleza de nuestro teatro. Si por romántico entendemos este género, es infamante, envilece la humanidad y relaja las costumbres, y solo es digno del menosprecio, siendo responsables sus autores de los estravíos que por su causa han afligido y alarmado a la humanidad.

Pero no es este el romántico que debe entenderse en el género cómico; romántico cómico no es otra cosa que la violación de las unidades de Horacio y de Aristóteles. Lope de Vega, Schaspeare [sic] y Calderón han sido los fundadores de esta escuela; la moral ha brillado siempre en sus obras, sus composiciones han ridiculizado las costumbres depravadas, y con las armas de la crítica han ensalzado la virtud, haciéndose inmortales por sus producciones. El género de Victor-Hugo no es otro más que el de estos reformadores sabios, pero destituido de la modestia, desnudo de la humanidad y lleno de escenas sangrientas donde el corazón prostituido se recrea, y el alma sensata y advertida deplora los abusos del siglo.

La moral, pues, en el género que nosotros llamamos romántico es pura y sencilla; el abuso de este género es degradante y escandaloso, y el daño que cause a la sociedad debe considerarse producido por sus autores, responsables, por lo tanto, del efecto baladí de sus producciones.



J. López Novelta


La Minerva

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