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Prensa y canon

“Bellas letras y artes. Carta de un literato a un amigo suyo”

Autor del texto editado
D, de C.
Título de la obra
El Correo. Periódico literario y mercantil, nº 556, 30/01/1832
Autor de la obra
Ximénez de Haro, Pedro (dir.)
Edición
1832
Paginación
p. 2
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Hemeroteca Digital Hispánica. (texto completo)
Información técnica
Editor: Pedro Ruiz Pérez
Encoding: Noelia Santiago López
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Córdoba, 1 mayo 2024

BELLAS LETRAS Y ARTES

Carta de un literato a un amigo suyo


Sevilla...............



Me ha gustado mucho todo lo que dices sobre las buenas artes, que andan tan pobres y desnudas entre nosotros como la verdadera filosofía y que tan gentiles y galan[a]s anduvieron en días más felices.

El dicho de Jovellanos sobre Murillo es muy discreto; tiene mucha razón. En capuchinos me paso yo buenas horas en aquella galería de tan gran pintor, y veo comprobado que hasta el movimiento sujetaban sus pinceles al lienzo. Jovellanos ha sido uno de nuestros hombres eminentes. Su vasto saber, su buen gusto, su afición a las letras y arte, su integridad, su dulzura y aquel esquisito sentir de su espíritu sencillo y candoroso le constituyen varón insigne español; y digo español no sin misterio. Indudablemente, sacó el principal tesoro de su ciencia de suelo estranjero, pero se le apropió y connaturalizó sin seguir ciega y torpemente, como tantos, a sus maestros. Así es que fue literato y no afrancesado. Ya entiendes lo que quiero decir: que se encastó en el buen saber.

Pues, y nuestra lengua tan donosa, suave y grandilocuente ¿qué persecución no sufre tan encarnizada del vandalismo que se ha criado orilla del Sena? Totalmente lloro con amargura su pérdida, irreparable casi, y no tomo vez alguna un buen escritor nuestro que no lo deje con pena al recordar que son contados los que gustan y entienden nuestro idioma, que con el toscano se pone a la par del griego y del latino. ¡Qué duda tiene! No valemos nosotros, prole degenerada, lo que nuestros abuelos. Ellos sabían con fundamento cuánto se había adelantado en literatura en aquella época en que vivieron; si tuvieron errores, era preciso en los primeros destellos de la luz que los siglos y el comercio han ido avivando. Si hubiésemos seguido sus huellas, otro sería nuestro estado, y diferente nuestra prosperidad. Iriarte, Cadalso, los Moratines, Jovellanos, toda aquella buena escuela que se formó en el reinado de Carlos III, iba por el camino recto, pues, si bien es cierto que se ajustó demasiado al espíritu de la literatura francesa, que está bien en una lengua pobre como la suya y en una nación dominada de los hábitos sociales hasta el extremo de no sentir el placer de lo natural, aquel rigorismo era quizá saludable para corregir las monstruosidades a que alguna vez nos arrastró nuestra ferviente imaginación. Siguiendo la senda bien solada que ellos abrieron, nos hubiéramos puesto al fin en el justo medio que la razón y el gusto dictan entre los delirios de la fantasía y la sequedad gálica. Mi pasión a nuestra lengua es tan vehemente como la tuya, y así es que en la ciudad en que me fije mi principal lectura serán nuestros clásicos, y con ellos cantaré, cabe estranjeros ríos, las ruinas de nuestro idioma como cantaban los israelitas junto a los ríos de Babilonia la destrucción de su templo.

Pásmate de un hecho muy positivo: hay literatos ingleses que conocen y aprecian nuestros libros cual pocos en España. Los primeros poetas del día, Scott, Southey y otros, poseen el español, leen nuestros poetas y prosistas, y un lord Holland y varios sujetos, algunos de los cuales conozco, tienen profundo conocimiento de nuestro siglo de oro y darán razón de autores que para el común de las gentes cultas son desconocidos. Basta de cosa tan triste.



D. de C.

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